Capítulo 19 #3
—Lo conozco desde antes de que aprendiera a comportarse como un necio. Siempre parecía el más ligero de los Sinclair, el que nunca se tomaba nada demasiado en serio, pero no era verdad. Solo era su manera de cargar con las cosas sin permitir que nadie se diera cuenta.
—Entonces lleva años engañando a todo el mundo.
—A casi todo el mundo. A la familia, no tanto.
—Qué alivio.
—Y ahora tampoco a ti.
Cathaline sonrió.
—No. Ahora ya no.
Mairi apoyó una mano sobre la suya.
—Entonces cuídalo.
No hablaba como quien formula una amenaza, sino como una prima que conocía demasiado bien al hombre del otro lado del salón.
—Lo haré.
—Bien. Lleva demasiado tiempo cuidando de todos sin permitir que nadie haga lo mismo por él.
Cathaline encontró otra vez los ojos verdes de Ewan.
—Eso también pienso cambiarlo.
Más tarde, cuando Glenmuir empezó a quedarse en silencio, Cathaline salió al corredor y encontró a Ewan cerca de la escalera.
—¿Ha organizado esto? —preguntó.
—¿Qué?
—Estar exactamente aquí cuando yo iba a salir.
—Tengo talentos que todavía no conoce.
Cathaline se acercó.
—Eso parece improbable.
Ewan miró hacia las habitaciones.
—Su padre está a veinte pasos.
—Mi padre duerme.
—Richard no.
—Richard tiene veinte años. Tendrá que aprender a sobrevivir a ciertas realidades.
Ewan sonrió.
Cathaline tomó su mano.
—Venga conmigo.
La sonrisa desapareció. No porque no hubiera comprendido, sino porque lo hizo.
—Cathaline.
—No.
—Todavía no he dicho nada.
—Sé exactamente qué va a decir.
—Eso empieza a preocuparme.
Cathaline echó a andar. Ewan permaneció quieto hasta que ella volvió el rostro.
—¿Piensa hacerme ir sola?
La mirada de él se volvió más oscura.
La siguió.
Blairmuir estaba casi a oscuras cuando llegaron. El lacayo que los acompañó permaneció abajo y la señora Grant apareció el tiempo necesario para comprobar que no necesitaban nada antes de desaparecer sin formular preguntas.
Cathaline subió la escalera con el corazón golpeándole las costillas, no por arrepentimiento, sino por la certeza de lo que estaba a punto de hacer. Ewan la siguió hasta su habitación y se detuvo al cruzar el umbral.
Ella cerró la puerta.
—Rubia.
Cathaline lo miró.
—Lleva meses diciéndome que debo elegir.
—Sí.
—Lo he hecho.
—Nos casamos en menos de dos semanas.
—Sé contar.
—No quiero que mañana...
Cathaline cruzó la distancia y apoyó un dedo sobre sus labios.
—No vuelva a decidir lo que voy a pensar mañana.
Ewan se quedó inmóvil.
Ella dejó caer la mano. Había deseo, pero debajo existía algo mucho más firme. Durante meses, Ewan había esperado, se había detenido y le había dejado espacio incluso cuando hacerlo le costaba. Aquella noche Cathaline quería ser quien avanzara.
—Lo quiero esta noche.
Ewan la miró durante tanto tiempo que Cathaline oyó el latido de su propio corazón. No apareció triunfo en su rostro; solo incredulidad, deseo y un amor demasiado desnudo para esconderlo detrás de una sonrisa.
—Dígalo otra vez.
Cathaline se acercó.
—Lo quiero.
Ewan la besó.
Esta vez no hubo paciencia ensayada. Cathaline se aferró a sus hombros mientras todo cuanto habían aplazado durante meses se deshacía entre ambos. El beso se volvió más profundo, más urgente, y la boca de Ewan descendió hasta su cuello mientras ella soltaba la cinta que recogía su cabello.
Las hebras rojizas cayeron sobre sus hombros.
Cathaline hundió los dedos entre ellas.
—Así.
Ewan levantó la cabeza.
—¿Así qué?
—Lo prefiero así.
—Ha tardado demasiado en decírmelo.
—No quería darle demasiada confianza.
Él rio contra su piel.
Después dejó de hacerlo.
Las prendas fueron desapareciendo con una lentitud que no tenía nada de tranquila.
Cada botón, cada broche y cada cinta parecía prolongar una espera que llevaba años construyéndose entre ellos.
Ewan desabrochó el vestido de Cathaline con dedos fuertes que resultaron inesperadamente hábiles, aunque en dos ocasiones tuvo que contener la impaciencia cuando se encontró con una nueva fila de cierres.
—¿Cuántas cosas lleva puestas? —murmuró contra su nuca.
—Las necesarias para impedir que cualquier escocés llegue demasiado lejos.
—El sistema empieza a parecerme defectuoso.
Cathaline sonrió, pero la sonrisa se deshizo cuando Ewan apartó el corpiño de sus hombros y dejó un beso en la piel recién descubierta.
Su boca descendió despacio por la curva del cuello, deteniéndose junto al pequeño lunar de la clavícula como si lo hubiera recordado desde la primera vez que lo vio.
El roce de la barba rojiza añadió una aspereza cálida que le erizó la piel.
Ewan continuó liberándola de las capas que la protegían. El vestido cayó primero, extendiéndose sobre la alfombra en una mancha de seda. Después las enaguas, el polisón y el resto de aquella arquitectura que durante años había ayudado a convertirla en la mujer impecable que el mundo admiraba.
Cathaline permaneció frente a él con el corsé ajustándole todavía la cintura, las medias sujetas por las ligas y el cabello rubio cayéndole casi hasta la mitad de la espalda. Ewan dejó de moverse.
Ella había sido observada toda su vida. Por hombres que deseaban presumir de haber conseguido una sonrisa suya; por mujeres que calculaban el precio de un vestido; por artistas que hablaban de proporciones, luz y perfección.
Conocía cada clase de admiración y había aprendido a recibirlas todas sin permitir que ninguna alcanzara demasiado lejos.
La forma en que Ewan la miraba no se parecía a ninguna.
No contemplaba a lady Cathaline Hamilton, a la celebrada belleza de Londres ni a la hija del duque que los periódicos convertían en medida de elegancia.
Miraba a la mujer que se encontraba ante él, con el pecho agitado, las mejillas encendidas y una vulnerabilidad que no había mostrado nunca a nadie.
Sus ojos recorrieron el cabello dorado, los hombros claros y la línea voluptuosa de sus pechos realzada por el corsé.
Descendieron por la cintura estrecha hasta las caderas femeninas que la ropa solía disimular bajo capas de seda.
Al volver a su rostro, la intensidad de su expresión le produjo a Cathaline una emoción más profunda que la vergüenza.
—No me mire así —murmuró.
Ewan alzó una mano, pero se detuvo antes de tocarla.
—¿Cómo?
—Como si no hubiera visto nunca a una mujer.
—He visto mujeres.
—Qué declaración tan tranquilizadora.
Él se acercó un paso.
—Nunca la había visto a usted.
La respuesta le arrebató la réplica.
Cathaline tomó su mano y la colocó sobre su cintura.
—Entonces deje de mirar desde tan lejos.
Ewan exhaló lentamente. Sus dedos rodearon el talle ceñido por el corsé y la atrajo hacia él.
La besó con una mezcla de deseo y cuidado que no sobrevivió un par de segundos.
Cathaline sintió la dureza de su cuerpo contra el suyo, todavía separado por la camisa, el chaleco y el kilt Sinclair que Ewan llevaba sujeto a la cintura.
Fue ella quien empezó a desvestirlo.
Abrió el chaleco, apartó la camisa y dejó al descubierto el pecho cubierto de vello rojizo, las cicatrices pequeñas y la fuerza construida durante años de montar, trabajar y pelear. Recorrió con las manos los músculos firmes del abdomen y sintió cómo se contraían bajo sus dedos.
Ewan cerró los ojos un instante cuando ella alcanzó la cintura del kilt.
Cathaline examinó los pliegues de tartán, el cinturón y los cierres con creciente irritación.
—Esto es innecesariamente complicado.
—Lleva diez minutos intentando liberarse de su propio vestido.
—Mi ropa ha sido diseñada por personas civilizadas.
—La mía permite moverse.
—Pero no permite que una mujer se la quite sin instrucciones.
Ewan soltó una risa.
—¿Quiere que la ayude?
—No.
Cathaline tiró de la hebilla equivocada.
El tartán no cedió.
La risa de Ewan se hizo más evidente.
Ella levantó los ojos.
—Como vuelva a reírse, pasará la noche vestido.
—Eso sería un desperdicio terrible.
Ewan tomó sus manos y guio sus dedos hasta el cierre adecuado. El cinturón cedió y el peso de la lana empezó a aflojarse. Cathaline comprendió el mecanismo demasiado tarde para conservar ninguna elegancia: el kilt se abrió y cayó alrededor de las piernas de Ewan junto con el resto de las prendas.
La satisfacción de haberlo conseguido duró poco.
Ewan estaba completamente desnudo frente a ella.
Cathaline había sentido su erección a través de la ropa y la había tocado antes, pero verla despertó una conciencia nueva de lo que estaban a punto de hacer.
Él era grande, fuerte y abiertamente excitado.
El deseo había endurecido cada línea de su cuerpo y había eliminado el último rastro de humor de su expresión.
Ewan observó el breve descenso de la mirada de Cathaline.
—¿Alguna queja?
Ella volvió a sus ojos.
—Todavía estoy evaluando.
—Tómese el tiempo que necesite.
Cathaline cerró una mano alrededor de él.
La frase murió en la garganta de Ewan.
—Creo que ya he terminado —dijo ella.
Él la besó con una urgencia que la obligó a retroceder hasta que la parte posterior de sus piernas encontró la cama. Cathaline cayó sobre el colchón y Ewan quedó de pie frente a ella, respirando con dificultad.
Aquel hombre había cruzado Inglaterra por ella, había sangrado por ella y había esperado cuando cualquier otro habría intentado convertir el deseo en un derecho. Ahora volvía a respetarla, aunque todo su cuerpo mostraba cuánto le costaba.
Cathaline extendió la mano.
—Venga —le concedió.
Ewan se inclinó sobre ella, pero no terminó de cubrirla. Primero desató el corsé, aflojándolo poco a poco hasta que Cathaline pudo respirar sin la presión de las varillas. Cuando lo retiró, sus pechos quedaron libres.
La mirada de Ewan se oscureció.
Cathaline se sintió hermosa bajo sus ojos, pero no como se había sentido en un salón.
No era la belleza distante que obligaba a los hombres a contemplarla sin tocarla.
Era una belleza viva, cálida, hecha para las manos que recorrían ahora sus curvas y para la boca que se cerró alrededor de uno de sus pezones.
Cathaline arqueó la espalda.