Capítulo 19 #2
Ella lo abrazó antes de que pudiera continuar. Richard se quedó inmóvil un instante, sorprendido, y después la rodeó con los brazos. Cathaline sintió entonces cuánto había cambiado de verdad. Ya no abrazaba a un niño.
—Me alegra que no terminaras casándote con Mowbray —murmuró él.
Cathaline se apartó.
—Tu capacidad para expresar emociones continúa siendo extraordinaria.
—He practicado.
Douglas llegó hasta ellos y rodeó a Cathaline con un brazo antes de apartarse lo suficiente para mirarla bien.
—Al menos mis dos hermanas permanecerán en Escocia —dijo.
No era un hombre particularmente dado a bromas y, por eso mismo, Cathaline supo que hablaba en serio.
Douglas había observado a Ewan durante años, primero como primo de Malcolm, después como hombre de negocios y finalmente como el escocés que aparecía cada vez que alguno de los Hamilton estaba a punto de complicarse la vida.
Quizá no le entusiasmara entregar otra hermana a los Sinclair, pero tampoco parecía disgustarle.
—Eso ha sonado peligrosamente parecido a una aprobación —comentó Cathaline.
Douglas miró a Ewan.
—No exageres.
Ewan inclinó la cabeza.
—Me conformaré con sobrevivir al resto de la conversación.
Alexander, que había oído el intercambio, observó el tartán Sinclair sobre el hombro de Ewan y después los colores Hamilton que llevaban sus hijos.
—Podría haber sido peor.
Cathaline volvió hacia él la cabeza.
—Qué declaración tan conmovedora.
—No hablaba contigo.
Alexander dirigió toda su atención hacia Ewan.
—Mi hija podría haber escogido a un inglés convencido de que Escocia empieza al norte de York y termina en una finca de caza. En cambio ha escogido a un Sinclair criado entre estas montañas, con tierras propias y suficiente orgullo para resultar incómodo. Tampoco fingiré que eso me desagrada.
Ewan alzó una ceja.
—Empiezo a sentirme extraordinariamente bien recibido.
—No te acostumbres.
Douglas sonrió a su manera, mediante una expresión apenas menos seria.
—Es lo más parecido a una bendición que vas a obtener hoy.
—Los Hamilton nacimos en Arran mucho antes de que Londres aprendiera a pronunciar correctamente nuestro apellido —continuó Alexander—. Que una hija mía se case con un escocés no me parece una tragedia.
—Con un Sinclair —puntualizó Iain desde el pórtico.
Alexander volvió la cabeza.
—No abuses del momento, viejo.
Iain apoyó ambas manos en el bastón.
—Solo intento asegurarme de que quede claro qué clan sale ganando.
—Ahí está —murmuró Douglas—. Ya empezamos.
Ewan miró al duque, después a Douglas y finalmente al anciano.
—¿Existe alguna posibilidad de celebrar esta boda sin convertirla en una negociación entre clanes?
—Ninguna —respondieron Alexander e Iain al mismo tiempo.
Cathaline cerró los ojos durante un instante.
Aquello sí empezaba a parecer una boda entre escoceses.
Mairi descendió del carruaje con Harriet de la mano y, en pocos minutos, el patio se llenó de voces, abrazos, preguntas, criados y baúles. MacNair apareció en la escalinata, contempló el equipaje y después dirigió a Audrey una mirada agotada.
—¿Cuánto tiempo?
—Hasta después de la boda.
—Qué agotador.
Morna apareció detrás.
—Más Hamilton.
La duquesa de Hamilton subió los escalones.
—También me alegra verla, Morna.
—Eso no responde.
Harriet se refugió detrás de Mairi y Morna la examinó.
—¿Esta cuál es?
—Mi hija —respondió Douglas.
—Otra.
—Sí.
La anciana reflexionó sobre la información.
—Los Hamilton se reproducen demasiado.
—Eso nos conviene —gritó Iain desde el pórtico—. Los Sinclair necesitamos un varón.
Alexander lo miró.
—No empieces.
—Llegas tarde para impedírmelo.
Cathaline contempló a todos mientras entraban en la casa. Durante años había pensado en su familia como ramas dispersas: Audrey en Glenmuir, Douglas en Brodick, Edward en Eilean Ròs y ella entre Londres y Hamilton Lodge.
Ahora volvían a reunirse allí por ella.
Por su boda.
Ewan pasó junto a Cathaline y rozó discretamente sus dedos.
Ella cerró la mano alrededor de los suyos, lo suficiente para retenerlo un instante antes de dejarlo continuar.
En aquel contacto breve estaba todo cuanto ambos parecieron comprender al mismo tiempo: que aquello ya no era únicamente una historia entre dos personas que habían tardado demasiado en encontrarse.
Su matrimonio no iba a unir dos clanes que ya llevaban años enlazados por Audrey y Malcolm, pero sí iba a estrechar aquel vínculo y extenderlo hacia otra casa.
Glenmuir había recibido primero a una Hamilton; ahora Blairmuir recibiría a otra.
Las dos familias empezaban a dejar de parecer unidas por un único matrimonio para sentirse verdaderamente entrelazadas.
Los anillos llegaron unos días después.
Doce, para ser exactos.
El joyero de Edimburgo apareció en Glenmuir acompañado por un asistente, dos cajas grandes de terciopelo y la expresión cautelosa de un hombre a quien habían informado de que lady Cathaline Hamilton no era fácil de convencer.
Ewan se había negado a elegir por ella, detalle que Cathaline había encontrado mucho más divertido de lo necesario.
—No ponga esa cara —dijo cuando el joyero abrió la primera caja.
Ewan se acomodó en el respaldo de la silla.
—Todavía no he puesto ninguna.
—Precisamente. Esa expresión de resignación empieza a resultarme ofensiva.
—Solo intento calcular cuántos hombres han sobrevivido antes que yo a verla escoger una joya.
Cathaline volvió la atención hacia la caja.
—Muy pocos han tenido el privilegio. Solo mi padre y usted.
—Eso tampoco me tranquiliza.
Audrey permanecía junto a una ventana, observando la escena con demasiado interés para fingir indiferencia, mientras su madre se había instalado a cierta distancia después de prometer solemnemente que no intervendría. Nadie creyó la promesa.
Cathaline examinó las piezas una por una: diamantes, rubíes, esmeraldas y dos zafiros de tamaños distintos.
Descartó el primero casi de inmediato, estudió el siguiente durante apenas unos segundos y continuó con una rapidez que hizo que el joyero empezara a perder la serenidad profesional con la que había llegado.
—Demasiado pequeño.
Audrey levantó los ojos.
—Cathaline.
—Lo es.
Pasó al siguiente.
—Demasiado amarillo.
—Es un diamante de excelente calidad, milady —explicó el joyero.
Cathaline lo miró.
—No he dicho que sea malo. He dicho que es amarillo.
Ewan apoyó la barbilla sobre una mano.
—Empiezo a sentir compasión por él.
Cathaline abrió la segunda caja.
Entonces lo vio.
Un zafiro azul profundo, ovalado, rodeado por una corona de diamantes antiguos. No era discreto ni pretendía serlo.
Era magnífico.
Cathaline lo tomó y lo colocó sobre el dedo. El azul contra su piel clara resultaba imposible de ignorar.
Ewan observó primero la piedra y después a ella.
—Era de suponer.
—¿Qué significa eso?
—Que de doce anillos ha escogido el único capaz de verse desde Glasgow.
Su madre rio. Audrey fingió toser para ocultar que estaba haciendo lo mismo.
Cathaline levantó la mano hacia la luz.
—Este.
El joyero recuperó la respiración.
Ewan continuó mirándola.
—¿Está segura?
—Completamente.
—Podemos buscar otros.
—No quiero otros.
Eliza inclinó la cabeza.
—Pensé que escogerías algo más discreto.
Cathaline volvió los ojos hacia Ewan. Él comprendió antes incluso de que ella hablara.
—Todo Londres creyó que me comprometía con un escocés sin fortuna.
—Eso ya está corregido —dijo Ewan.
—No del todo.
—Rubia...
Cathaline retiró el anillo y lo dejó frente a él.
—Quiero este.
No era únicamente vanidad, aunque Cathaline jamás había fingido que las cosas hermosas le resultaban indiferentes.
Durante meses, la sociedad había hablado de Ewan como si ella hubiera descendido varios peldaños al escogerlo, como si hubiese sacrificado posición, comodidad y fortuna por un hombre que poseía poco más que una sonrisa peligrosa y un tartán.
Cathaline sabía mejor que nadie cuánto se equivocaban.
No podía llevar Blairmuir en el dedo, ni sus tierras, ni sus negocios, ni los años de trabajo que Ewan había ocultado detrás de una personalidad divertida. Sí podía negarse a colaborar con la modestia que había permitido que otros lo juzgaran mal.
Ewan tomó el anillo.
—No necesito que demuestre nada por mí.
—Ya lo sé.
—Entonces ¿por qué?
—Porque ha pasado demasiado tiempo permitiendo que los demás piensen menos de usted. Yo no pienso hacerlo.
Por primera vez, Ewan no respondió de inmediato. Algo más íntimo que orgullo apareció en sus ojos mientras tomaba la mano de Cathaline y deslizaba el anillo hasta su sitio.
—Es obscenamente grande.
Ella contempló la piedra.
—Es perfecto.
Audrey soltó una carcajada.
—La echaba de menos.
—Llevo meses aquí contigo.
—Durante estos meses parecías peligrosamente razonable.
Cathaline levantó la mano y dejó que el zafiro atrapara la luz.
—Ya se me ha pasado.
Aquella noche Glenmuir volvió a llenarse de la clase de ruido que Cathaline conocía desde niña.
Douglas y Malcolm discutían sobre Brodick delante de una copa como si no hubieran dedicado ya toda la tarde al mismo asunto; su padre e Iain retomaron una disputa que, según su madre, había comenzado quince años atrás y cuya causa ninguno recordaba con precisión, y Harriet y la pequeña Eliza desaparecieron debajo de la mesa durante el postre hasta que MacNair las descubrió compartiendo pastel con uno de los perros.
Cuando los hombres empezaron a dispersarse por el salón, Mairi se sentó junto a Cathaline. No preguntó por los preparativos ni por Londres. Miró el anillo y después el rostro de Cathaline.
—Estás feliz.
Cathaline buscó a Ewan al otro lado de la estancia. Se encontraba con Douglas, escuchando algo que su hermano decía, aunque en aquel preciso momento levantó la cabeza y encontró su mirada.
No fue casualidad. Últimamente casi nunca lo era.
Cathaline acarició el zafiro con el pulgar.
—Su primo es todo lo que yo podría desear.
La sonrisa de Mairi se suavizó.
—Me alegra oírte decir eso.
—¿Esperabas otra cosa?
—No de ti. De él.
Cathaline volvió hacia ella la cabeza.
—¿De Ewan?