La perdición del highlander (Los Duques de Escocia 4) Capítulo 19
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Capítulo 19

Habían transcurrido varias semanas desde que el último carruaje inglés abandonó las Highlands, y Glenmuir empezaba a recuperar su respiración habitual.

Durante días, el castillo había estado lleno de voces desconocidas, baúles abiertos, doncellas que corrían por los corredores y caballeros empeñados en preguntar a MacNair a qué hora podía servirse agua caliente, como si semejante asunto estuviera sujeto a negociación.

Lady Bexley se había marchado la última mañana después de anunciar que quizá regresaría al año siguiente, noticia recibida con horror general y una satisfacción que Iain intentó esconder detrás de un gruñido.

Cathaline había visto la sonrisa del anciano antes de que se envolviera mejor en su tartán y asegurara que solo agradecía disponer de doce meses para prepararse.

Ahora, sin embargo, Glenmuir volvía a parecer una casa escocesa.

Los criados hablaban sin temor a que una dama londinense interpretara el gaélico como una conspiración, Morna se quejaba de la cantidad de jabón que habían gastado los ingleses y Malcolm podía desaparecer durante horas sin que nadie se preguntara si aquella conducta era apropiada para un duque.

La tranquilidad, no obstante, era relativa.

Cathaline se encontraba sentada junto a Audrey en el salón pequeño, con una lista de invitados para su propia boda extendida sobre la mesa.

Todavía le producía una sensación extraña unir aquellas palabras.

Su boda.

Con Ewan.

No porque dudara. Eso era precisamente lo nuevo.

Durante meses, cada pensamiento sobre él había llegado acompañado por una pregunta: qué ocurriría con Londres, cuánto podría soportar de Escocia, qué parte de sí misma tendría que sacrificar y si el deseo que sentía por aquel hombre podía convertirse en algo capaz de sobrevivir a una vida entera.

Ya no pensaba en nada de aquello.

Ahora pensaba en fechas, habitaciones, flores y en la disputa que Audrey mantenía con MacNair acerca de cuántas personas podían alojarse en Glenmuir sin provocar una rebelión doméstica.

Su hermana había comenzado los preparativos antes incluso de que Cathaline terminara de contarle cómo había ocurrido la propuesta.

No pidió autorización; apareció a la mañana siguiente con tres cuadernos, una lista de posibles fechas y la convicción de que Cathaline podía organizar un baile para medio Londres, pero, abandonada a sus propios recursos, olvidaría encargar suficientes flores para su boda.

Cathaline había protestado durante aproximadamente diez minutos.

Después se había sentado a su lado.

—No necesito tres tipos de rosas —dijo, revisando la lista.

Audrey continuó escribiendo.

—No he puesto tres.

—Veo tres nombres.

—Dos son rosas. La otra es una peonía.

Cathaline levantó los ojos.

—Eso no mejora nada.

—Has llenado Blairmuir con flores para personas que ni siquiera te agradaban.

—Precisamente por eso conozco los peligros de una decoración excesiva.

Audrey dejó la pluma y la observó.

—Te casas una vez.

Cathaline arqueó una ceja.

—Espero.

La risa de Audrey llenó la habitación.

La ceremonia se celebraría en Blairmuir a finales de julio, decisión que había resultado mucho más sencilla de lo que Cathaline esperaba.

Hamilton Lodge pertenecía a su infancia; Glenmuir era la casa que Audrey había construido junto a Malcolm; Eilean Ròs pertenecía ya a Edward y Fiona, y Brodick a Douglas y Mairi.

Blairmuir era diferente.

Era el lugar al que Cathaline había llegado porque quiso hacerlo. Allí había conocido al hombre que Ewan ocultaba detrás de su sonrisa y había descubierto que imaginar una vida con él no le producía la sensación de perder la suya.

No necesitó ofrecerle una larga explicación.

—Blairmuir —había dicho.

Ewan la miró durante unos segundos.

—Podría haber esperado al menos hasta que fingiera que la decisión era conjunta.

—Podría.

—¿Y?

—No he querido.

—Empiezo a comprender mi futuro.

El sonido de varios caballos llegó desde el camino.

Cathaline levantó la cabeza al mismo tiempo que Audrey. No era el paso tranquilo de un jinete aislado ni el regreso de alguno de los hombres de Malcolm. Eran varios caballos avanzando juntos.

—No esperábamos a nadie hasta mañana —dijo Audrey.

Cathaline ya se había puesto en pie.

Se acercó a la ventana y apartó la cortina. Tres jinetes aparecieron entre los árboles.

Reconoció a su padre incluso antes de distinguirle el rostro.

Alexander Hamilton cabalgaba delante sobre un caballo oscuro, erguido y seguro después de una jornada que habría obligado a otros hombres de su edad a pedir una silla nada más desmontar.

Llevaba el tartán Hamilton sobre la chaqueta de viaje, los cuadros azul oscuro, burdeos y ocre recortándose contra el verde de las tierras Sinclair.

Una presión inesperada le cerró la garganta a Cathaline.

No había comprendido cuánto lo había echado de menos.

Douglas cabalgaba a su derecha. Más serio en apariencia y, aun desde aquella distancia, inconfundiblemente su hermano.

El tercero la obligó a mirar dos veces.

—¿Ese es Richard?

Audrey se acercó a la ventana.

—Espero que sí. Sería bastante incómodo que padre hubiera recogido a otro joven por el camino.

Cathaline casi no la oyó.

Richard había cumplido veinte años. El muchacho alto, impulsivo y demasiado rápido para pensar antes de actuar parecía haberse convertido durante aquellos meses en un hombre joven.

Sus hombros se habían ensanchado, el rostro había perdido las últimas líneas de adolescencia y cabalgaba junto a Alexander y Douglas sin parecer ya el menor de los Hamilton que se esforzaba por seguirlos.

Cathaline recordó al joven que había golpeado a Mowbray por insultarla y sintió una punzada difícil de nombrar. Mientras ella se ocupaba de escoger su futuro, el tiempo había seguido avanzando para todos.

Un carruaje apareció detrás. Su madre viajaba dentro con Mairi y Harriet, que había sacado medio cuerpo por una ventanilla y saludaba con ambas manos hasta que Mairi la obligó a sentarse.

Audrey sonrió.

—Ahora sí empieza la boda.

Cathaline ya se dirigía hacia la puerta.

Cuando alcanzó el patio, Alexander acababa de desmontar. Durante un segundo ninguno de los dos habló.

Su padre siempre había sabido decir mucho sin pronunciar una sola palabra. La estudió como si necesitara comprobar algo que no habría confiado a una carta: el rostro, la postura, quizá la ausencia de cualquier señal de arrepentimiento.

Cathaline no supo exactamente qué buscaba. Solo supo que, cuando él abrió los brazos, volvió a sentirse durante un instante como la hija menor que regresaba a casa.

Lo abrazó.

—Pensaba que vendrías mañana.

—Tu madre no quería retrasar más el viaje.

—Tu padre quería comprobar personalmente que no habías vuelto a comprometerte sin saberlo —corrigió Eliza desde el carruaje.

Alexander soltó a su hija.

—Eso ocurrió una vez.

Ewan salió de la casa en aquel preciso momento y se detuvo al reconocer al duque de Hamilton al pie de la escalinata.

Junto a Alexander se encontraban Douglas y Richard, los tres todavía cubiertos por el polvo del camino, los tres vestidos con tartán Hamilton y los tres observándolo con aquella clase de atención masculina que no necesitaba convertirse en amenaza para resultar perfectamente clara.

Alexander era el peor de todos precisamente porque no tenía que demostrar nada. Había algo en la calma con que medía a un hombre antes de hablarle que explicaba de dónde habían heredado sus hijos aquella desagradable costumbre de parecer tranquilos justo antes de hacer alguna imprudencia.

Douglas resultaba más sencillo de interpretar: Ewan lo conocía desde hacía años y sabía que bajo aquella expresión contenida continuaba existiendo el hombre capaz de discutir durante una hora por una ruta comercial y entrar después en un edificio en llamas si alguien de su familia permanecía dentro.

Richard planteaba otro problema. La última vez que Ewan lo había visto todavía conservaba algo del muchacho que golpeó a Mowbray por insultar a Cathaline; ahora tenía veinte años, hombros considerablemente más anchos y una mandíbula que empezaba a parecerse peligrosamente a la de Alexander.

Ewan contempló a los tres con una resignación que casi le hizo sonreír.

Había escogido a una mujer extraordinaria y, como consecuencia inevitable, acababa de comprometerse también con una cantidad preocupante de Hamilton capaces de romperle la cara si alguna vez dejaba de merecerla.

No se tensó, pero sí se enderezó. Había cosas que un hombre hacía por instinto, y enfrentarse al padre y a los hermanos de la mujer con la que pensaba casarse era una de ellas.

Su única esperanza era Edward, pero todavía no había llegado.

Edward era, al menos, el más frío y sensato de los Hamilton, el único capaz de observarlo durante un minuto entero sin amenazarlo, golpearlo ni discutir con él, aunque Ewan sospechaba que aquello solo significaba que prefería decidir primero dónde esconder el cadáver.

—Técnicamente, ocurrió media vez —dijo.

Alexander volvió el rostro.

—Sinclair.

—Su Gracia.

La pausa que siguió produjo en Cathaline un placer indigno.

Su padre recorrió a Ewan con la mirada.

—Supongo que esta vez se lo has preguntado.

Ewan miró a Cathaline antes de responder.

—Sí.

Alexander volvió hacia su hija.

—¿Y tú has respondido?

Cathaline sostuvo sus ojos.

—Sí.

Su padre asintió.

—Bien.

Ewan esperó.

—¿No piensa decir nada más?

—¿Esperabas un discurso?

—Había considerado varias posibilidades.

—Mi hija lleva toda la vida ignorando mis consejos cuando no le gustan. No voy a fingir ahora que poseo alguna autoridad sobre una decisión que ya ha tomado.

Algo cálido se instaló dentro del pecho de Cathaline. Besó la mejilla de su padre.

—Por eso eres mi favorito.

—Eso dices cuando necesitas algo —intervino Richard.

Cathaline se volvió hacia él y volvió a recorrerlo con la mirada.

—Has crecido.

Richard sonrió.

—Suele ocurrir.

—No tanto.

—Tengo veinte años.

Cathaline examinó deliberadamente sus hombros.

—Eso no explica todo esto.

—¿Quieres que me disculpe?