La perdición del highlander (Los Duques de Escocia 4) Capítulo 18 #3
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Capítulo 18 #3

Por primera vez no encontró una sola persona dispuesta a aceptar la historia que quisiera construir.

Ni siquiera Edmund parecía creer ya que pudiera salvarla.

—No permaneceremos donde mi hijo ha sido atacado.

Cathaline sostuvo su mirada.

—Por una vez estamos completamente de acuerdo.

La condesa tomó el brazo de Edmund.

Él seguía mirando a Cathaline.

—Esto no termina aquí.

—Sí —respondió ella—. Esta vez sí.

La seguridad de aquellas palabras lo detuvo más que cualquier amenaza.

No había miedo en Cathaline. No había necesidad de protegerse detrás de su padre, sus hermanos ni Ewan. Londres estaba allí. Escocia también. Todos habían oído, visto y comprendido.

Edmund Mowbray ya no controlaba ninguna versión.

Lady Mowbray condujo a su hijo hacia las puertas.

Antes de cruzarlas, volvió el rostro una última vez hacia Blairmuir. El salón, los invitados y la casa que había intentado reducir a una vulgar demostración de dinero permanecían exactamente igual.

Solo ella había perdido algo.

Las puertas se cerraron.

Durante un instante nadie supo qué hacer con el final abrupto del espectáculo.

Cathaline miró a los músicos.

—Caballeros, creo que han dejado una pieza sin terminar.

El violinista levantó el arco.

La música regresó.

Lady Bexley volvió hacia Iain.

—No había terminado la historia de las vacas.

—Usted no había dejado de interrumpir.

—Eso también forma parte de una conversación.

Iain meditó la observación.

—Quizás los ingleses no sean todos inútiles.

El baile continuó.

No igual.

Mejor.

La última tensión que todavía unía aquella casa a Mowbray había desaparecido con su carruaje. Los invitados hablarían, por supuesto. Antes de llegar a Londres, la historia habría adquirido nuevos gestos, frases distintas y quizás dos golpes adicionales.

Pero el centro no cambiaría.

Mowbray había acudido sin invitación, había perdido el control y había sido expulsado.

Ewan había defendido a Cathaline después de que ella misma lo derrotara.

Y Blairmuir había permanecido en pie.

El último carruaje partió poco antes del amanecer.

La señora Grant desapareció en dirección a las cocinas con la expresión de una mujer que pensaba dormir durante una semana.

MacNair había regresado a Glenmuir con Morna y la pequeña Eliza.

Audrey y Malcolm se alojaban en Blairmuir, pero se habían retirado hacía casi una hora después de comprobar que Cathaline continuaba rodeada por suficientes criados para satisfacer incluso a Alexander Hamilton.

El salón de baile quedó vacío.

Había copas olvidadas, flores inclinadas sobre los jarrones y marcas tenues en el suelo donde cientos de pasos habían cruzado la madera nueva.

Cathaline encontró a Ewan junto a una de las ventanas.

Tenía el pómulo ligeramente hinchado y los nudillos enrojecidos. El kilt Sinclair continuaba impecablemente sujeto a la cintura, aunque se había quitado la chaqueta y llevaba la pañoleta torcida.

—Va a tener una marca —dijo ella, alzando las manos para arreglarle la pañoleta

—No durará mucho, Mowbray golpea peor que un niño.

Ewan cerró los dedos alrededor de su muñeca, no para apartarla, sino para dejar la mano de Cathaline apoyada contra su rostro.

—Pensaba preguntárselo esta noche.

El corazón le dio un golpe.

—¿Preguntarme qué?

—No se burle. Está demasiado cansada para fingir que no lo sabe.

Ewan soltó su mano y respiró hondo.

—La primera vez anuncié ante Inglaterra que estábamos comprometidos sin preguntárselo.

—Lo recuerdo.

—Esta vez no he firmado nada. No hay abogados, periódicos ni testigos escondidos detrás de una cortina.

Cathaline miró alrededor.

—Audrey podría estar escuchando desde el pasillo.

—Eso no puedo evitarlo.

La diversión desapareció de los ojos de Ewan.

—Cathaline Hamilton, quiero casarme con usted.

No por Mowbray. No porque Londres crea que ya está decidido.

Quiero discutir con usted en Blairmuir, soportar la temporada en Londres, abrir las ventanas que considere necesarias y verla llenar esta casa de personas que me obligarán a esconderme en los establos.

Quiero que todo lo que construyamos lo decidamos entre los dos. Esta vez se lo estoy preguntando.

Cathaline lo contempló.

Durante meses había esperado aquella pregunta como si necesitara prepararse para afrontarla.

Ahora no encontró miedo.

Ni la sensación de estar renunciando a algo.

—Sí.

Ewan permaneció inmóvil.

—¿Eso es todo?

Cathaline alzó una ceja.

—No abuse de una sola palabra.

—Llevo años esperando esa.

La sonrisa de ella apareció lentamente.

—Sí, Ewan Sinclair. Me casaré con usted.

Él la besó antes de que pudiera añadir nada.

Cathaline rodeó su cuello con los brazos y sintió cómo la levantaba del suelo, riendo contra su boca.

Cuando Ewan la dejó de nuevo sobre el suelo, Cathaline miró sus manos.

—No tiene anillo.

—No me atreví a escogerlo por usted.

Ella volvió a mirarlo.

—Por fin ha aprendido algo.

—He tenido una maestra exigente.

Ewan le rozó la mejilla con los nudillos.

—Rubia, lleva años siendo mi perdición.

Cathaline se acercó otra vez.

—No parece lamentarlo.

—Ni un solo día.