La perdición del highlander (Los Duques de Escocia 4) Capítulo 18 #2
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Capítulo 18 #2

—Por tanto, si desean quedarse, serán bienvenidos como cualquier otro invitado. Si han venido a discutir mi pasado, mi compromiso o las decisiones que tomé meses atrás, me temo que esta no es la ocasión.

Edmund dio un paso hacia ella.

—Cathaline...

—Lady Cathaline.

La corrección cayó con suavidad, pero contundente.

Lady Ashbourne observaba a Edmund con abierta desaprobación. Incluso algunos de los invitados que meses atrás habían participado con entusiasmo en los rumores parecían incómodos.

Lady Mowbray comprendió que la conversación ya no avanzaba en la dirección que había previsto.

—No hemos venido para discutir asuntos privados delante de una sala llena.

Cathaline levantó ligeramente las cejas.

—Entonces ha escogido una entrada peculiar.

Iain soltó una risa áspera a pocos pasos.

—Me gusta la rubia —anunció a nadie en particular.

—Lo sabemos —dijo Malcolm.

Lady Mowbray volvió el rostro hacia él.

—No esperaba encontrar al duque de Glenmuir participando en esta exhibición.

Malcolm permanecía junto a Audrey. Ambos habían dejado de fingir que conversaban con los Pembroke.

—No participo —dijo—. Observo cómo mi cuñada expulsa a personas sin necesidad de mi ayuda.

—No ha expulsado a nadie.

—Todavía.

Audrey apoyó una mano en el brazo de su marido.

No para contenerlo.

Por costumbre.

Lady Mowbray miró alrededor, quizás buscando al duque de Hamilton o a alguno de sus hijos.

—Me sorprende que la familia de Cathaline no haya considerado necesario acompañarla esta noche.

Cathaline ya había esperado aquella observación.

—Mi padre está en Londres por asuntos de la Cámara y de Hamilton Lodge.

Mi madre permanece con él y Richard, bajo una vigilancia que beneficia a Inglaterra entera.

Douglas y Mairi no podían abandonar Brodick durante la reapertura del muelle, y Edward y Fiona están en Eilean Ròs por una reunión del consejo que afecta a toda la isla.

Todos fueron invitados. Todos enviaron sus excusas, sus felicitaciones y suficientes regalos para que la señora Grant haya considerado añadir otra habitación.

—Además, yo estoy aquí —manifestó Audrey.

Lady Mowbray la miró.

Audrey sostenía su atención con la serenidad impecable de la mujer que había sido admirada en Londres y que ahora gobernaba Glenmuir junto a su marido. No había perdido elegancia, posición ni seguridad.

—Naturalmente —respondió la condesa.

—No ha sonado natural —observó Iain.

Lady Bexley ocultó una risa detrás del abanico.

Edmund perdió finalmente la poca prudencia que le quedaba.

—Todo esto no vuelve real su compromiso —dijo, mirando a Cathaline—. Un salón nuevo, invitados impresionables y suficiente dinero para ocultar el olor a ovejas no convierten a Sinclair en un hombre adecuado para usted.

Tavish dejó la copa.

Los hombres Sinclair que habían permanecido cerca de las paredes dejaron de conversar. No avanzaron, pero la estancia adquirió de pronto la quietud de un clan que acababa de oír insultar a uno de los suyos dentro de su propia casa.

Ewan, en cambio, no alteró la expresión.

—Procure no insultar a las ovejas —dijo—. Han contribuido más a esta velada que usted.

Varias risas atravesaron el salón.

Edmund apretó los dientes.

Cathaline lo miró con una calma que le costó menos de lo que habría imaginado meses atrás.

—No es Ewan quien necesita demostrar que está a mi altura.

—¿Entonces ya lo ha elegido?

—Por supuesto que lo he elegido. Por favor, lord Mowbray, no se humille más.

Cathaline se volvió para alejarse.

Edmund le cerró una mano alrededor de la muñeca.

La música se detuvo a mitad de una nota.

Cathaline miró primero sus dedos sobre el guante blanco y después su rostro.

—Suélteme.

—Me escuchará.

Ewan perdió todo rastro de paciencia.

No levantó la voz.

—Suéltela.

Edmund giró hacia él la cabeza.

—No se interponga otra vez.

Ewan tomó la muñeca de Mowbray y apartó su mano de Cathaline con una firmeza controlada.

—No tendrá que decírmelo una tercera vez.

Edmund lanzó el puño.

El golpe alcanzó a Ewan en el pómulo, pero no lo hizo retroceder ni medio paso.

Un murmullo recorrió el salón.

Ewan volvió lentamente el rostro.

Se tocó la mejilla con la lengua, como si comprobara el daño. Después miró a Edmund.

—Gracias.

Mowbray frunció el ceño.

—¿Por qué?

Ewan lo golpeó.

Una sola vez.

El puño alcanzó limpiamente la mandíbula de Edmund y lo derribó contra una silla, que cayó con él sobre la alfombra. Ewan abrió y cerró la mano antes de mirar a Cathaline.

—Llevaba meses deseando hacerlo.

Iain golpeó el suelo con el bastón.

—Al fin una parte del baile que entiendo.

—El inglés golpea peor que Richard —murmuró Morna.

MacNair negó con la cabeza.

—Richard tiene diecinueve años.

Lord Ashbourne se adelantó cuando lady Mowbray corrió hacia su hijo.

—Mowbray golpeó primero —declaró—. Todos lo hemos visto.

—Y antes sujetó a lady Cathaline por la muñeca —añadió lady Bexley—. Será una historia muy sencilla de repetir.

La condesa se volvió hacia ella.

—No se atrevería.

Lady Bexley abrió el abanico.

—Milady, llevo treinta años repitiendo historias mucho menos interesantes.

Edmund se puso de pie con ayuda de un criado. Tenía la mandíbula enrojecida y la mirada cargada de una rabia que ya no encontraba ningún lugar seguro donde colocarse.

Cathaline avanzó.

—Han entrado sin invitación en esta casa, han insultado a su dueño, a su familia y a sus invitados.

Su hijo ha vuelto a cuestionar mi palabra, me ha sujetado y después ha golpeado a Ewan.

Si una sola versión distinta llega a Londres, habrá aquí más testigos de los que sus abogados podrán contradecir.

Lady Ashbourne se situó junto a lady Bexley.

—Yo misma escribiré a quienes resulte necesario.

—También yo —dijo lady Beatrice—. Aunque preferiría no tener que desperdiciar papel.

Lady Mowbray miró alrededor.