Capítulo 18
Lady Mowbray entró primero, vestida con seda gris perla y con la cabeza erguida bajo una diadema de diamantes. Edmund apareció detrás, impecable, contenido y bastante menos satisfecho de estar allí que su madre.
La mirada de la condesa recorrió el salón con una lentitud que pretendía parecer indiferente.
Las lámparas. Las ventanas abiertas hacia el valle. Los músicos. Lady Ashbourne. Los Pembroke. Audrey junto a Malcolm, duques de Glenmuir. Los invitados escoceses. Cathaline en el centro de la estancia.
Y finalmente Ewan a su lado.
Por primera vez desde que Cathaline la conocía, lady Mowbray tardó demasiado en encontrar una expresión adecuada.
Cathaline sonrió y avanzó hacia la mujer que había recorrido cientos de millas esperando contemplarla derrotada.
—Lady Mowbray. Lord Mowbray. Qué visita tan inesperada.
La condesa recuperó el dominio de sus facciones.
—Espero que disculpe nuestra llegada sin previo aviso. Nos alojamos unos días con los Carrick y, al enterarnos de que ofrecía una reunión tan cerca, nos pareció descortés no presentar nuestros respetos.
Los Carrick vivían a casi cuatro horas de Blairmuir.
Cathaline decidió no preguntar qué definición de proximidad utilizaban en Kent.
—Confío en que el viaje haya resultado cómodo.
Edmund la miraba con una intensidad desagradable, aunque ya no contenía la seguridad del hombre que meses atrás había actuado como si su matrimonio fuera una cuestión de tiempo.
Tenía el cabello, la corbata y la expresión perfectamente ordenados, pero algo se endureció en sus ojos al reparar en la mano de Ewan apoyada con naturalidad junto a la espalda de Cathaline.
Ewan no se adelantó.
No los recibió como rivales ni como enemigos.
Aquella era su casa, pero la decisión de permitirles entrar había sido de Cathaline y él continuaba respetándola.
—Blairmuir está muy concurrida —comentó lady Mowbray.
—Esa suele ser la intención de un baile.
—Naturalmente. Aunque organizar una reunión de esta magnitud en un lugar tan apartado debe de haber exigido un esfuerzo extraordinario.
La condesa viuda miró las paredes de piedra, los bancos tapizados con discretos detalles Sinclair y la extensión del salón. Buscaba un defecto con la atención de una mujer que no había viajado hasta allí para marcharse sin encontrarlo.
—Las Highlands pueden ser poco prácticas —continuó—. El transporte, los suministros, el alojamiento de tantas familias... Una casa inglesa está mejor preparada para esta clase de obligaciones.
Cathaline mantuvo la sonrisa.
—Por eso ha resultado tan entretenido conseguirlo.
Lady Mowbray volvió hacia ella la cabeza.
—Siempre ha disfrutado convirtiendo las dificultades en espectáculos.
—Solo cuando las dificultades insisten en presentarse sin invitación.
Ewan tosió junto a ella.
No fue una tos convincente.
Edmund endureció la mandíbula, pero su madre se limitó a extender el abanico.
—Veo que conserva su ingenio.
—Escocia no ha conseguido quitármelo.
—Todavía.
Cathaline sostuvo su mirada.
—Llevo varios meses aquí. Empiezo a creer que ha renunciado.
La llegada de los Mowbray ya había sido descubierta por medio salón. Las conversaciones continuaban, pero algunas cabezas se inclinaban demasiado cerca y varios abanicos habían quedado suspendidos el tiempo suficiente para demostrar que Londres no perdía costumbres por cruzar la frontera.
Cathaline señaló el interior de la estancia.
—Permítame llevarlos con sus viejas amistades.
La cortesía no dejaba a lady Mowbray otra opción que aceptar.
Mientras Cathaline los conducía hacia lady Beatrice y los Ashbourne, percibió movimiento junto a una de las puertas laterales. Morna se encontraba allí con MacNair, que había viajado desde Glenmuir para vigilar a los criados como si Blairmuir hubiera solicitado refuerzos militares.
—Han venido sin invitación —murmuró Morna.
—Los ingleses creen que una puerta abierta es una forma de invitarlos —respondió MacNair.
—También creen que su opinión nos importa.
MacNair contempló a lady Mowbray.
—Que no se acerque a la cocina.
La advertencia parecía más grave que una expulsión social.
Cerca de ellas, el viejo Iain observaba a los recién llegados con un disgusto que no intentaba ocultar. Tavish permanecía a su lado junto a Eleanor.
Iain dijo algo en gaélico:
— Cha do ghabh mi ri seo ach air sgàth piuthar bean an laird.
Eleanor volvió hacia Tavish una mirada inquisitiva.
—¿Qué ha dicho?
Tavish disimuló una sonrisa.
—Que solo ha aceptado tantos ingleses bajo el mismo techo por la hermana de la esposa del laird.
Cathaline se encontraba lo bastante cerca para oírlo.
—Eso es casi afecto —comentó Eleanor.
Iain entendió el tono aunque no todas las palabras.
—No exageres.
Después añadió en gaélico algo más breve.
Tavish miró al anciano.
—Y por el whisky.
—Eso resulta más creíble —admitió Eleanor.
Lady Mowbray no oyó el intercambio mientras saludaba a las familias de Londres. Se había detenido frente a una de las ventanas y contemplaba el valle con una atención crítica.
—Son nuevas —comentó.
—Sí —respondió Ewan.
—Se nota.
Cathaline vio la pequeña contracción en la mejilla de él.
—Esperemos que continúen pareciendo nuevas durante algunos años —dijo ella.
La condesa recorrió con los dedos el extremo de una cortina.
—El salón es amplio. Quizás demasiado para una casa de estas características.
—Lo era más cuando estaba vacío —respondió Ewan.
—Imagino que la ampliación habrá resultado costosa.
—No demasiado.
Lady Mowbray se volvió hacia él.
—Las personas que han hecho fortuna recientemente suelen tener una percepción singular de lo que significa demasiado.
La conversación más próxima se debilitó.
Ewan sostuvo su mirada sin perder la calma.
—Y las personas que la han heredado suelen desconocer cuánto cuesta conservarla.
Edmund dio un paso hacia delante, pero lady Mowbray levantó el abanico y lo detuvo sin mirarlo.
—No pretendía ofenderlo, señor Sinclair. Blairmuir resulta muy... meritoria para una propiedad levantada con comercio.
Lord Ashbourne, que había acudido con una copa en la mano, intervino antes de que Cathaline tuviera que hacerlo.
—La mayor parte de las propiedades inglesas dependen ya del comercio, del ferrocarril o de matrimonios ventajosos, milady. Sinclair solo ha tenido la mala educación de ganar su dinero personalmente.
Lady Bexley se acercó desde el otro lado, ahora acompañada por el viejo Iain, con quien parecía haber formado una alianza tan inexplicable como peligrosa.
—Todos llegamos con ciertas expectativas —confesó lady Bexley—. Algunos hemos tenido la cortesía de modificarlas al encontrar información nueva.
La mirada de lady Mowbray se enfrió.
—Jamás he discutido que el señor Sinclair pueda sostener una finca respetable.
—No —respondió Cathaline—. Solo ha recorrido media Escocia para comprobarlo.
La condesa cerró el abanico.
—He venido porque me preocupaba encontrarla intentando salvar una situación que no había escogido. Solo quería ser amable.
Cathaline la observó durante un instante.
Ahí estaba el verdadero propósito del viaje, recubierto por una compasión que nadie había solicitado. Lady Mowbray necesitaba creer que Blairmuir era una solución inferior; que Cathaline había aceptado una vida escocesa porque después del escándalo no le quedaba otra salida.
—Me temo que ha vuelto a comprenderme mal —dijo ella.
—¿De verdad?
—Su hijo pasó meses hablándome de Kent. De las habitaciones, los jardines, las reformas y la vida que había decidido ofrecerme. Me invitó varias veces y nunca quise ir.
Edmund dejó de mirar a Ewan.
Cathaline continuó:
—Ewan no me invitó a Blairmuir. No me habló de la casa ni de lo que poseía. Vine a Escocia antes de conocer su fortuna y entré aquí porque yo se lo pedí. Esa es la diferencia entre ambas casas, lady Mowbray. A Kent intentaron conducirme. A Blairmuir vine por decisión propia.
La condesa permaneció quieta.
Edmund soltó una risa breve y desagradable.
—¿Espera que creamos que eligió a Sinclair sin saber lo que tenía?
Cathaline volvió hacia él la atención.
—No necesito que lo crea.
—Se marchó de Londres después de que aquel compromiso la dejara sin otra opción honorable.
—Yo terminé nuestro cortejo antes de que existiera un anuncio público.
—Porque él ya había intervenido.
—Porque comprendí qué clase de hombre era usted cuando dejó de obtener lo que quería.
El color ascendió por el cuello de Edmund.
—Ha convertido mi rechazo en un entretenimiento para toda Inglaterra.
—No lo invité a este baile.
—Pero sabía que la noticia llegaría hasta nosotros.
—Confiaba en que tuviera la prudencia de permanecer lejos.
Lady Mowbray intervino:
—Edmund actuó bajo una humillación considerable. Usted permitió que creyera que podía existir un futuro entre ambos mientras mantenía una relación con ese hombre.
Cathaline notó que la mano de Ewan se tensaba a su lado.
No se movió.
Ella tampoco necesitó que lo hiciera.
—Su hijo creyó que podía existir un futuro porque jamás consideró seriamente la posibilidad de que yo dijera que no. Y cuando lo hice, prefirió acusarme antes que aceptar una negativa.
—Lady Cathaline —dijo Edmund entre dientes.
—No ha aprendido nada, milord. Continúa intentando explicar mi decisión como si le perteneciera.
—Su decisión fue una mentira.
—Mi decisión fue rechazarlo.
—Sinclair la acorraló con un compromiso inventado.
—No voy a discutir esto aquí.
Lady Mowbray cerró el abanico.
—Entonces quizá debería haberlo pensado antes de convertir su situación en un espectáculo.
Cathaline sintió cómo varias conversaciones cercanas empezaban a apagarse.
Eso bastó.
Había permitido demasiado.
Enderezó los hombros y recuperó la sonrisa serena con la que llevaba toda la noche recibiendo invitados.
—Lady Mowbray, agradezco que hayan hecho un viaje tan largo para visitarnos. Pero esta es la casa del señor Sinclair, yo soy quien ha organizado esta velada y hay personas que han venido hasta aquí para disfrutarla, no para presenciar una disputa familiar.
La condesa abrió la boca.
Cathaline continuó antes de que pudiera responder.