Capítulo 17 #3
Tavish parecía mucho más cómodo vestido así que cualquiera de los caballeros ingleses encerrados en sus levitas.
Eleanor miró hacia la pista.
—¿No piensa bailar?
—No.
—Ha respondido con mucha seguridad.
—Porque estoy seguro.
—¿Ni siquiera si se lo pide una dama?
Tavish la observó.
—Depende de la dama.
Eleanor arqueó una ceja.
—Qué diplomático.
—No pretendía serlo.
Los músicos comenzaron otra pieza y varias parejas ocuparon el salón.
Tavish continuó junto a la puerta.
—¿Sabe navegar? —preguntó de pronto.
Eleanor volvió el rostro hacia él.
—¿Perdón?
—En barco.
—Sé perfectamente qué significa navegar.
—No ha respondido.
—Porque intento comprender por qué me pregunta eso durante un baile.
Tavish se encogió ligeramente de hombros.
—Porque bailar no sé.
—Eso ya ha quedado dolorosamente claro.
—Pero tengo un barco.
Eleanor lo miró durante un instante.
—Esa debe de ser la peor invitación que he recibido en mi vida.
—Todavía no la he invitado.
—Mucho mejor.
Tavish bajó la voz.
—Sale mañana al amanecer.
Eleanor dejó de sonreír.
—¿Adónde?
—A un lugar al que no la llevaría si supiera lo que me conviene.
Aquello consiguió toda su atención.
—Entonces supongo que irá solo.
Tavish sostuvo su mirada.
—Eso espero.
Después se apartó antes de que Eleanor pudiera hacer otra pregunta.
Cathaline, que había observado la conversación desde cierta distancia, vio cómo su amiga seguía con los ojos a Tavish MacKinnon hasta que desapareció entre los invitados.
Audrey llegó a su lado.
—No digas nada.
—No he dicho nada.
—Lo estabas pensando.
Cathaline miró a Eleanor, que todavía observaba la puerta.
—Solo estaba pensando que algunos hombres tienen una manera extraordinariamente poco inteligente de conseguir que una mujer quiera seguirlos.
Audrey soltó un suspiro.
—Por favor, no animes a Eleanor.
—Yo no he hecho nada —En aquel preciso momento, Eleanor dejó su copa sobre una mesa y salió del salón. Cathaline la siguió con la mirada—. Todavía.
Cathaline apoyó una mano en el brazo de su hermana.
Durante un instante permanecieron juntas, contemplando el salón.
Londres bailaba dentro de Blairmuir, en Glenmuir.
Audrey hablaba con antiguas conocidas sin haber perdido nada de la mujer que fue.
Malcolm discutía con un conde inglés y parecía estar disfrutando mucho más de lo que admitiría.
Lady Bexley había dejado de reírse con el viejo Iain, pero se había animado a bailar una pieza con un vecino de Glenmuir.
Ewan cruzaba la estancia en su propia casa, respetado por escoceses e ingleses que ya no sabían dónde colocar la idea del primo pobre y desordenado.
Durante meses, Cathaline había temido que amar a Ewan la obligara a escoger entre dos mundos.
Aquella noche comprendió lo limitada que había sido aquella idea.
No necesitaba abandonar uno para entrar en el otro.
Podía abrir las puertas.
La música había comenzado otra pieza cuando la señora Grant se acercó a ella. No acostumbraba a mostrar desconcierto delante de invitados, pero en aquel momento había una tensión inequívoca alrededor de sus ojos.
—Lady Cathaline.
—¿Sí?
—Ha llegado otro carruaje.
Cathaline consultó mentalmente la lista.
No faltaba nadie.
—¿Quién?
Grant bajó la voz.
—Lady Mowbray y lord Mowbray.
El salón siguió moviéndose a su alrededor.
La música.
Las conversaciones.
La seda sobre el suelo.
Cathaline permaneció quieta solo un instante.
Audrey había oído el nombre. Malcolm interrumpió su conversación. A varios pasos, Ewan volvió la cabeza de inmediato.
Se acercó sin prisa.
No preguntó qué había ocurrido; la expresión de Grant debía de habérselo explicado.
—¿Quiere que los haga marcharse?
La pregunta fue únicamente para Cathaline.
No para Malcolm.
No para Audrey.
No para la sociedad que llenaba el salón.
Cathaline miró hacia las puertas.
Los Mowbray no estaban invitados. Lady Mowbray lo sabía.
Edmund también. Habían viajado hasta las Highlands bajo la excusa de alojarse con los Carrick, cuya propiedad se encontraba a varias horas de Blairmuir, y seguramente habían decidido que la proximidad convertía una intromisión en una visita aceptable.
No engañarían a nadie.
Lady Mowbray había venido a contemplar el fracaso.
A comprobar si Cathaline se había escondido en una casa escocesa mediocre, prometida a un hombre que había exagerado su posición y rodeada de familiares intentando salvar las apariencias.
Cathaline recorrió el salón con la mirada.
Todo aquello existía porque ella había decidido crearlo.
Blairmuir pertenecía a Ewan, pero aquella noche llevaba también la huella de Cathaline en cada lámpara, cada invitación y cada persona que había recorrido media Gran Bretaña para acudir.
—No —respondió.
Ewan alzó una ceja.
—¿No?
Cathaline se quitó una arruga inexistente del guante.
—Han viajado cientos de millas para ver el desastre —Volvió los ojos hacia la entrada—. Sería descortés impedirles descubrir que se han equivocado.
La sonrisa de Ewan apareció lentamente.
—Rubia, algunas veces casi consigues asustarme.
—Solo algunas.
Las puertas del salón se abrieron.