Capítulo 17 #2
Lord Ashbourne fue el primero en decirlo en voz alta.
—Le confesaré algo, Sinclair. La mitad de Londres aceptó esta invitación porque esperaba ver cómo un escocés sin fortuna intentaba ofrecer un baile a la mujer más exigente de Inglaterra.
Ewan dejó la copa.
—¿Y la otra mitad?
—Vino para poder contárselo a quienes se quedaron.
—Espero que no se decepcionen.
Lord Ashbourne miró las lámparas, la extensión del comedor y los criados que se movían con eficiencia alrededor de la mesa.
—Me temo que nos ha estropeado la historia.
—Encontrarán otra —dijo Cathaline—. Siempre lo hacen.
Lady Ashbourne se inclinó hacia delante.
—Yo vine porque sabía que Cathaline jamás organizaría un desastre sin asegurarse de que fuera memorable.
—Su confianza resulta conmovedora —respondió Cathaline.
Otro caballero miró a Ewan.
—Me habían asegurado que era usted prácticamente pobre.
—Londres asegura muchas cosas.
—Podría haberlo desmentido.
La mirada verde de Ewan encontró la de Cathaline.
—Me estaba divirtiendo demasiado.
La señora Dalrymple, que hasta entonces había permanecido escuchando con una copa entre los dedos, volvió la mirada hacia Ewan.
—Señor Sinclair, ¿no tendrá usted algún primo?
Ewan parpadeó.
—Tengo varios.
La señora Dalrymple se incorporó un poco más.
—¿Solteros y con fortuna?
Cathaline bajó la copa para ocultar la sonrisa.
—Madre —murmuró la señorita Dalrymple.
—No seas ingenua, querida. Hemos viajado hasta Escocia para descubrir que los Sinclair no solo son altos y escandalosamente atractivos, sino que algunos además poseen tierras y fortuna. Una madre debe adaptarse a la información nueva.
Lord Ashbourne soltó una carcajada.
Ewan miró a Cathaline.
—Hace unos meses Londres me consideraba una desgracia.
—Londres cambia de opinión con extraordinaria rapidez cuando aparecen hectáreas —respondió ella.
La señora Dalrymple hizo un gesto desdeñoso con el abanico.
—Las hectáreas ayudan, por supuesto, pero una no debe despreciar una mandíbula bien formada.
—Madre.
—Estoy hablando en términos generales.
Cathaline ya no intentó ocultar la risa.
Ewan se inclinó hacia la señora Dalrymple con absoluta seriedad.
—Conozco a un Sinclair soltero.
Los ojos de la dama se iluminaron.
—¿De buena familia?
—Excelente.
—¿Fortuna?
Ewan meditó.
—Posee tres vacas, una espada que asegura perteneció a Robert the Bruce y una madre capaz de expulsar a un recaudador de impuestos con una escoba.
La señora Dalrymple lo contempló un instante.
—Señor Sinclair, me parece que se está burlando de mí.
—Empieza a conocerme.
Cathaline apoyó una mano sobre la mesa.
—No se preocupe, señora Dalrymple. Si aparece otro Sinclair rico y presentable, me aseguraré de que reciba usted la información antes que lady Bexley.
—Eso es todo cuanto puede pedir una madre sensata.
Ewan le sostuvo los ojos a Cathaline con una expresión que le recordó exactamente cuánto había disfrutado también engañándola a ella.
Ewan inclinó la cabeza, aceptando la acusación sin necesidad de palabras.
No sintió vergüenza al reconocer en aquellas conversaciones el mismo error que ella había cometido.
Solo una conciencia incómoda.
Todos habían visto lo que Ewan permitía ver: cuadros escoceses, insolencia, una sonrisa fácil y muy poco interés por las normas. Blairmuir demostraba que habían confundido falta de exhibición con falta de valor.
Ella también.
La diferencia era que Cathaline ya conocía al hombre escondido detrás de la broma.
Después de la cena, los invitados entraron en el salón de baile.
Durante un momento nadie habló.
Las lámparas ardían a suficiente altura para multiplicar su luz en las ventanas. La madera clara reflejaba el movimiento de las faldas, y la piedra antigua de Blairmuir permanecía visible entre cortinas oscuras y discretos detalles Sinclair.
No parecía un salón inglés.
Tampoco necesitaba serlo.
Lady Harcourt se acercó a Cathaline.
—Pensé que encontraría a una Hamilton intentando acostumbrarse a Escocia.
Cathaline observó a los primeros invitados desplazarse por la habitación.
—¿Y qué ha encontrado?
La dama miró a Ewan, que discutía con los músicos porque uno de ellos aseguraba no haber recibido indicaciones sobre el orden de las piezas.
Como Malcolm, había elegido vestir kilt para el baile.
Ninguno de los dos había considerado necesario cambiar su forma de vestir por la llegada de invitados ingleses.
El tartán Sinclair, sujeto con el broche de plata, caía con la misma naturalidad con la que en Londres otros hombres llevaban levita y pantalón oscuro.
Aquella noche no eran ellos quienes debían adaptarse.
Londres había venido a Escocia.
—Escocia intentando acostumbrarse a usted.
Cathaline rio.
—Hemos llegado a un acuerdo provisional.
—Los mejores matrimonios empiezan así.
La orquesta inició los primeros compases, sin dar oportunidad a Cathaline de responder.
Ewan se acercó.
—Creo que esperan que bailemos.
—Es su casa.
—Es su baile.
—Entonces procure no estropearlo.
Ewan le ofreció la mano.
Cathaline la aceptó.
Cuando ocuparon el centro del salón, las conversaciones se apagaron poco a poco.
Audrey y Malcolm permanecían cerca de una de las ventanas.
Eleanor se encontraba junto a lady Beatrice, aunque sus ojos habían vuelto a Tavish.
Iain seguía hablando con lady Bexley, que ya no parecía recordar cuánto había protestado por el viaje.
Ewan colocó una mano en la cintura de Cathaline.
—Ahora sí hay música.
—Y todavía va demasiado deprisa.
—Llevo meses esperando esta oportunidad.
—No estropee el ritmo intentando resultar romántico.
—Demasiado tarde.
Empezaron a girar.
Cathaline había bailado cientos de valses en Londres. Con hombres más elegantes, más precisos y mucho más interesados en demostrar que conocían cada variación del paso.
Ninguno había llevado su cuerpo como si conociera también todo cuanto ella intentaba ocultar detrás de la postura.
—Me gusta verla aquí —dijo Ewan.
—Ya me lo ha dicho.
—No. Quiero decir aquí... así.
Su mirada recorrió el salón.
Blairmuir.
Cathaline comprendió.
Ewan no estaba hablando únicamente del vestido, del baile ni de la sociedad que ella había llevado hasta sus puertas. Hablaba de su vida. De la casa. De las ventanas abiertas. De una habitación que había estado vacía hasta que ambos empezaron a imaginar qué podía ocurrir dentro.
Cathaline redujo un poco la distancia.
—A mí también me gusta estar aquí.
La mano de Ewan se tensó sobre su cintura.
No pidió nada más.
Aquello hizo que la frase adquiriera mayor importancia.
Cuando terminó el vals, lady Ashbourne se acercó a Cathaline.
—Hace meses pensé que ese compromiso era una maniobra.
Cathaline miró hacia Ewan, que acababa de ser interceptado por dos hombres interesados en Glasgow.
—Siento decepcionarla, lady Ashbourne. Mi compromiso con Ewan Sinclair es real.
Cathaline tragó saliva después de decirlo. Era la primera vez que lo decía desde el corazón.
Lady Ashbourne sonrió.
—Espero que alguien del Morning Post se encuentre aquí.
—No lo está.
—Qué lástima.
Cathaline dirigió una mirada hacia lady Bexley, que escuchaba a Iain con una atención cada vez más interesada.
—No hace falta. Mañana lo sabrá.
Cerca de la otra puerta, Tavish hablaba con Eleanor.
También él había acudido vestido con kilt, aunque sus colores no eran los Sinclair.
Los cuadros verdes y azules del tartán MacKinnon envolvían la falda de lana plisada que los hombres de las Highlands llevaban sujeta a la cintura y hasta las rodillas, acompañada aquella noche por chaqueta oscura, medias altas y el pequeño sporran de cuero que colgaba delante.