Capítulo 17
Lady Beatrice Harcourt contempló la fachada de Blairmuir desde el pie de la escalinata con la misma atención que habría dedicado a una propiedad recién adquirida por alguien a quien no terminaba de considerar sensato.
—Cathaline, querida. Cuando escribiste «Highlands», esperaba algo bastante más miserable.
Cathaline sonrió mientras permitía que la abrazara.
—Ese era exactamente el problema.
Eleanor descendió detrás de su tía con un vestido de viaje color avellana, una expresión luminosa y la mirada desviándose hacia el grupo de escoceses que se ocupaba de los caballos.
Tavish llevaba varios minutos fingiendo revisar una correa que no necesitaba atención.
En cuanto vio aparecer a Eleanor, dejó de mover las manos.
Cathaline decidió guardar aquella observación para más tarde.
Lady Beatrice subió los primeros escalones, se detuvo junto a Ewan y examinó el tartán Sinclair, el broche antiguo y la amplitud de la casa a su espalda.
—Vaya.
Cathaline levantó una ceja.
—¿Qué?
—Intentaba recordar cuándo has empezado la señora de esta casa.
—No soy la señora de Blairmuir.
Lady Beatrice recorrió con la mirada a los criados que aguardaban instrucciones, las puertas abiertas del salón y la mano de Cathaline apoyada con naturalidad sobre el brazo de Ewan, como correspondía a unos jóvenes comprometidos.
—La casa no parece saberlo.
Cathaline habría respondido si el segundo carruaje no hubiera llegado en ese momento. Lady Ashbourne descendió acompañada por su marido y aceptó la mano de un lacayo antes de mirar a Ewan.
—Señor Sinclair. Esta vez dispone de una invitación.
—He comprobado personalmente que mi nombre figuraba en ella.
—Eso demuestra un progreso admirable.
—Londres me ha educado.
Cathaline soltó un sonido escéptico.
Lady Ashbourne sonrió y entró en la casa, seguida por su marido.
Detrás llegaron los Pembroke, la señora Dalrymple con su hija y dos matrimonios amigos de los Hamilton.
Los vehículos continuaron ascendiendo por el camino mientras los mozos se llevaban caballos, los criados descargaban equipajes y la señora Grant intentaba averiguar por qué tres baúles pertenecientes a una sola dama habían terminado en alas distintas de la casa.
Lady Pembroke fue una de las primeras en detenerse al cruzar el vestíbulo. Sus ojos recorrieron la escalera, la claraboya, las alfombras y las puertas abiertas del nuevo salón.
—Me habían dicho que el señor Sinclair apenas poseía una casa de campo.
La mujer que la acompañaba siguió la dirección de su mirada.
—También me habían dicho que Escocia estaba llena de salvajes. La visita empieza a resultar decepcionante.
Cathaline oyó el comentario al pasar junto a ellas.
No sintió la necesidad de defender a Ewan ni de enumerar los almacenes, las tierras o los acuerdos ferroviarios que Londres descubriría antes de terminar la noche.
Le bastó recordar que ella había viajado hacia Glenmuir cuando todavía creía que Blairmuir era poco más que una casa modesta rodeada de pastos.
Nada de lo que aquellas mujeres descubrieran cambiaba el motivo por el que Cathaline estaba allí.
Aquella certeza le produjo una satisfacción inesperada.
Ewan se inclinó hacia ella.
—¿Está escuchando conversaciones ajenas?
—Se han esforzado muy poco en mantenerlas privadas.
—Eso no responde.
—Entonces no debería haber preguntado.
Durante la siguiente hora recibieron juntos.
No lo habían decidido de manera formal. Simplemente, cada vez que un carruaje se detenía, Ewan permanecía a su lado.
Cathaline pronunciaba nombres, renovaba presentaciones y distribuía atenciones; él recibía a quienes entraban en su casa con una seguridad que no debía nada a títulos prestados ni al apellido Hamilton.
Blairmuir lo había colocado en el centro de una escena en la que, meses atrás, Londres lo habría considerado una interrupción.
Allí nadie podía pedirle que entregara la carta al mayordomo.
Cathaline descubrió que disfrutaba de aquello más de lo que debería.
Cuando el último de los invitados alojados en Blairmuir hubo subido a su habitación, ambos entraron en el salón.
La luz de las lámparas se reflejaba sobre el suelo nuevo y las ventanas ampliadas recogían los últimos tonos del atardecer sobre el valle.
Ingleses y escoceses se distribuían en grupos que todavía conservaban una cautela educada, como si ambos bandos estuvieran decidiendo qué clase de criaturas habían encontrado al otro lado de la frontera.
Malcolm apareció junto a Ewan con una copa en la mano.
—Hay tres condes en tu comedor.
Ewan miró hacia las puertas.
—¿Son demasiados?
—En Escocia, sí.
—Cathaline sostiene que faltan dos.
Malcolm dirigió a su cuñada una mirada sombría.
—Eso es exactamente lo que me preocupa. No recuerdo haber visto tantos ingleses juntos desde que fui a buscar esposa.
Audrey, que acababa de acercarse, levantó una ceja negra.
—No fuiste a buscar esposa.
—Eso empeora el recuerdo.
—Puedo enviar a algunos de regreso —ofreció Cathaline.
—No. Ahora quiero saber cuánto tardan en quejarse del clima.
No tuvo que esperar demasiado.
Lady Bexley llegó a Blairmuir poco antes de que anunciaran la cena, envuelta en una capa demasiado pesada para junio y acompañada por una doncella que parecía haber cargado personalmente con toda la indignación del viaje.
—Jamás había pasado tantas horas avanzando hacia un lugar que continuaba pareciendo lejano —comentó la dama mientras Cathaline la recibía.
Lady Beatrice, que la oyó desde una butaca cercana, intervino:
—No dramatice. Su Majestad lleva años pasando largas temporadas en el Balmoral y todavía no ha desaparecido entre las montañas.
—Su Majestad dispone de un tren real.
Ewan se llevó una mano al pecho.
—Lamento profundamente no haber pensado en ofrecerle uno.
Cathaline volvió la cabeza.
—No le dé ideas.
Lady Bexley miró por una de las ventanas.
—Siempre he creído que el entusiasmo de la reina por Escocia estaba algo exagerado.
—Nosotros pensamos lo mismo del entusiasmo inglés por Londres —dijo una voz áspera a poca distancia.
El viejo Iain ocupaba un sillón junto a la chimenea, envuelto en tartán pese a la temperatura y con el bastón apoyado entre las rodillas. Lady Bexley lo contempló, sorprendida de que alguien hubiera entrado en la conversación sin ser presentado.
Cathaline acudió en ayuda de ambos, aunque sospechaba que ninguno la necesitaba.
—Lady Bexley, el señor Iain Sinclair.
Iain inclinó apenas la cabeza.
—¿Ha vivido toda su vida en las Highlands? —preguntó ella.
—No.
Lady Bexley esperó una explicación.
Iain no la ofreció.
—¿Dónde más ha vivido?
—En otros lugares.
La dama abrió el abanico.
—Es usted un conversador muy preciso.
—A mi edad se aprende a no desperdiciar palabras.
—¿Conoció Londres?
—Una vez.
—¿Y qué le pareció?
—Volví rápido.
Lady Bexley lo miró durante dos segundos y luego, contra todo pronóstico, soltó una risa.
Iain pareció concederle un punto a favor.
—¿Qué esperaba usted de los ingleses? —preguntó ella.
El anciano la examinó con atención.
—Menos equipaje.
Lady Bexley abrió más el abanico.
—Solo he traído dos baúles.
—Entonces el tercer carruaje ha llegado por su cuenta.
La risa de ella fue más abierta esta vez.
Cathaline se alejó antes de que su presencia arruinara una conversación que empezaba a funcionar de una manera incomprensible.
Cuando volvió a mirar minutos después, Iain había cedido a lady Bexley el sillón más cercano al fuego y ella escuchaba una historia sobre una incursión de ganado como si hubiera descubierto una forma de entretenimiento que Londres no había sabido ofrecerle.
Audrey entró en el salón poco después.
Llevaba seda verde oscuro, perlas en el cabello negro y una banda estrecha del tartán Sinclair prendida en un hombro. No había renunciado a la elegancia con la que había gobernado años atrás cada salón de Londres. Tampoco parecía una dama inglesa disfrazada de escocesa.
Era la duquesa de Glenmuir.
La pequeña Eliza caminaba junto a ella con una cinta verde en el cabello y una seriedad adquirida exclusivamente para aquella ocasión.
Malcolm se acercó en cuanto las vio. No le ofreció el brazo con ceremonia, pero apoyó una mano sobre la espalda de su esposa y la dejó allí mientras hablaban con los Pembroke.
Lady Pembroke contempló a Audrey con visible sorpresa.
—No ha cambiado nada, lady Hamilton... disculpe, lady Sinclair.
Audrey sonrió.
—Espero haberlo hecho un poco.
—Pensé que Escocia la transformaría.
Los ojos azules de Audrey se desplazaron hacia Malcolm y después hacia la niña que se había aferrado a su falda.
—Lo ha hecho, a su modo.
No hubo defensa ni desafío en su respuesta.
Tampoco nostalgia.
Cathaline observó a su hermana conversar con las mujeres que años atrás habían lamentado que terminara «enterrada» en un castillo escocés. Audrey no intentaba demostrar que seguía siendo la misma. Precisamente porque no lo era.
Había conservado todo cuanto había sido y añadido una casa, un clan, una hija y un hombre que la miraba como si ninguna reunión mereciera atención cuando ella entraba en la estancia.
Audrey no había desaparecido al escoger a Malcolm.
Su vida se había vuelto más amplia.
Cathaline encontró a Ewan observándola desde el otro lado del salón.
Él siguió la dirección de su mirada hacia Audrey y pareció comprender qué estaba pensando. No sonrió ni hizo comentario alguno. Se limitó a cruzar la estancia y dejar la mano un instante en la parte baja de su espalda antes de continuar hacia un grupo de caballeros.
El gesto fue breve.
La sociedad lo vio.
Cathaline también.
La noticia sobre la fortuna de Ewan empezó a circular durante la cena.
No ocurrió mediante un anuncio. Un caballero reconoció el nombre de una compañía de transporte.
Otro había negociado con Calder en Glasgow y sabía quién poseía parte de los almacenes.
Alguien preguntó discretamente a Malcolm por la extensión de Blairmuir y recibió una respuesta lo bastante vaga para aumentar el interés.
Antes del postre, varios invitados contemplaban a Ewan de una forma distinta.