La perdición del highlander (Los Duques de Escocia 4) Capítulo 16 #4
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Capítulo 16 #4

Cathaline bajó la vista y añadió un nombre en una línea donde ya estaba escrito.

Nadie hizo comentario alguno. Aquella tarde, cuando Grant y Audrey se marcharon a revisar las habitaciones, Cathaline permaneció en el comedor pequeño ordenando cartas.

Ewan cerró la puerta.

Ella levantó los ojos.

—¿Qué hace?

—Consigo cinco minutos sin que nadie pregunte dónde dormirá lady Bexley.

—Podría ayudarme.

—Llevo semanas ayudándola.

Ewan rodeó la mesa.

Cathaline dejó la pluma antes de que él pudiera mancharla con la manga.

—No toque las invitaciones.

—No pensaba hacerlo.

—¿Qué pensaba hacer?

Ewan apoyó una mano en el respaldo de su silla y se inclinó.

—Esto.

La besó.

No fue un beso urgente. Tampoco inocente.

Cathaline alzó una mano hacia su nuca y encontró la cinta que sujetaba el cabello rojizo. Tiró apenas de ella, lo suficiente para acercarlo más.

Ewan apoyó la otra mano en su cintura.

—Está convirtiendo mi casa en el acontecimiento del verano —murmuró contra su boca.

—Todavía no ha ocurrido.

—Londres ha cruzado media Gran Bretaña antes de que usted haya elegido las flores. Creo que ya ha ocurrido.

Cathaline le rozó la barba con los dedos.

—¿Le molesta?

—No.

—Dígalo ahora. Después será demasiado tarde.

Ewan miró las listas, las cartas y la habitación que llevaba semanas perteneciendo más a Cathaline que a él.

—Blairmuir llevaba años esperando que alguien supiera qué hacer con tanto espacio.

—Eso no responde.

—Me gusta verla aquí, ya lo sabe.

La sencillez de la frase le produjo más efecto que una declaración elaborada.

La víspera del baile, Blairmuir dejó de parecer una casa preparada para recibir invitados y empezó a parecer una casa asediada por ellos.

Llegaron baúles antes que sus propietarios.

Cajas con vestidos.

Sombrereras.

Criados adelantados para comprobar habitaciones.

Flores desde Glasgow.

Vinos desde Edimburgo.

Dos músicos que aseguraban haber sido contratados para la tarde anterior y que Ewan juraba no haber visto jamás.

Cathaline atravesaba los pasillos con una lista en una mano y el reloj prendido a la cintura. La señora Grant la seguía durante parte del trayecto; Audrey aparecía desde otra dirección con nuevas preguntas y MacNair daba órdenes desde la cocina con una autoridad que nadie se atrevía a discutir.

Ewan la observó recibir a un proveedor que pretendía cobrar el doble por unas lámparas transportadas desde Glasgow.

Cathaline no elevó la voz.

No amenazó.

Le pidió que repitiera el precio delante de Hamish y de dos criados que podían recordar exactamente cuánto había cobrado por el mismo servicio a los Campbell.

El hombre redujo la factura.

—¿Cómo sabía lo de los Campbell? —preguntó Ewan cuando se marchó.

—No lo sabía.

—Ha mentido.

—He preguntado con suficiente seguridad.

Ewan sonrió.

—Eso sí resulta bastante escocés.

Cathaline continuó andando.

—El poder no siempre necesita llevar tartán.

Él la siguió.

—Nunca pensé que fuera solo hermosa.

Cathaline redujo el paso.

—Qué alivio.

—Pensé que le gustaba ser el centro de cualquier habitación.

—Me gusta.

—Sí. Pero también sabe cuándo conseguir que todos miren hacia otro lado.

Ella volvió el rostro.

Ewan señaló con la cabeza a una doncella joven que acababa de romper una copa cerca del comedor.

Cathaline había iniciado deliberadamente una discusión sobre las flores con lady Audrey justo cuando la muchacha se inclinaba a recoger los restos, evitando que Grant la reprendiera delante de varios criados londinenses.

Cathaline no había pensado que Ewan lo hubiera visto.

—Estaba nerviosa —dijo.

—Lo sé.

—No tenía sentido avergonzarla.

—También lo sé.

Ewan se detuvo frente a ella.

—Eso es lo que Mowbray nunca comprendió —Cathaline se puso rígida ante el nombre. Ewan no apartó la mirada—. Él veía cómo entraba en una habitación. Yo veo lo que hace una vez que todos están mirándola.

Cathaline sintió que la lista pesaba de otro modo entre sus dedos.

Mowbray había querido a la mujer que Londres admiraba.

Ewan conocía también a la que contaba respiraciones antes de responder, la que recordaba qué criada estaba nerviosa, qué viuda no soportaba la compasión y qué joven necesitaba una pregunta sencilla para dejar de sentirse invisible.

—Empieza a observar demasiado —dijo.

—Es mi único pasatiempo.

Cathaline miró alrededor. El pasillo estaba vacío.

Lo tomó por la solapa y lo besó.

Solo una vez. Lo suficiente para que Ewan olvidara lo que pensaba decir a continuación.

Cuando se apartó, él todavía tenía una mano apoyada en su cintura.

—Vuelva a trabajar —ordenó ella.

Ewan tardó un instante en recuperar la voz.

—Empiezo a sospechar que está tomando demasiadas libertades en mi casa.

Cathaline alzó una ceja.

—Entonces debería haber pensado mejor a quién dejaba entrar.

La mirada de Ewan se volvió más intensa.

—Ese fue exactamente mi error.

Cathaline sostuvo sus ojos un segundo más. Después continuó con su labor.

No necesitó mirar atrás para saber que Ewan seguía observándola.

Blairmuir había empezado siendo la casa de Ewan Sinclair. Últimamente, Cathaline tenía la peligrosa impresión de que también estaba aprendiendo a hacerle sitio a ella.