La perdición del highlander (Los Duques de Escocia 4) Capítulo 16 #3
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Capítulo 16 #3

Cathaline abrió de nuevo la hoja, leyó una vez más la frase y después la dejó junto al plato.

—La sociedad puede venir a verme.

Nadie respondió.

Morna fue la primera en reanudar el movimiento. Colocó otra tostada frente a la pequeña Eliza como si Cathaline no acabara de pronunciar una declaración que amenazaba la tranquilidad de varias casas escocesas.

Malcolm apoyó ambos antebrazos sobre la mesa.

—¿Qué significa exactamente eso?

Cathaline se volvió hacia Ewan.

—Quiero celebrar un baile en Blairmuir.

Él permaneció inmóvil.

Audrey dejó la carta de Eleanor.

—¿Un baile?

—El salón está terminado.

—Faltan lámparas —recordó Ewan.

—Llegarán.

Malcolm miró a su primo.

Después a Cathaline.

—¿Cuántas personas?

—Todavía no lo sé.

—Esa respuesta no me tranquiliza.

—No pretendía hacerlo.

Audrey empezaba a sonreír.

Conocía demasiado bien a su hermana para no comprender la magnitud de lo que estaba naciendo.

—¿A quién piensas invitar?

Cathaline se levantó y tomó el periódico.

—A Londres.

Malcolm, el laird Sinclair, frunció el ceño.

A pesar de llevar años siendo duque de Glenmuir, nunca había convertido el castillo en una casa especialmente dada a recepciones.

Las reuniones importantes se limitaban casi siempre al clan, a miembros de otro clan o a la familia de Audrey.

Cathaline ni siquiera recordaba la última vez que había visto llegar allí a invitados ingleses que no pertenecieran, de un modo u otro, a los Hamilton o a los Cavendish.

Glenmuir había aprendido a recibir mejor desde que Audrey vivía entre sus muros.

Pero seguía sin ser una casa acostumbrada a abrir sus puertas a media sociedad londinense.

Por eso Malcolm la miró como si Cathaline acabara de proponer trasladar Almack's a las Highlands.

—Londres es bastante grande —replicó Malcolm.

—No necesito todo Londres.

—Me tranquiliza —dijo Ewan.

Cathaline sostuvo su mirada.

—Solo la parte que importa.

La pequeña Eliza levantó la mano.

—Yo importo.

—Tú ya estás invitada —dijo Audrey.

—Entonces quiero vestido nuevo.

Cathaline volvió a mirar a Ewan.

—Blairmuir es su casa. No haré nada sin su consentimiento.

La expresión de él se volvió más seria.

—¿Quiere dar allí el baile?

—Sí.

—Entonces delo.

—Todavía no sabe cuántas personas.

—Eso empieza a preocuparme, pero no cambia la respuesta.

Malcolm tomó la taza.

—¿Dónde piensa alojarlas?

Cathaline desplegó el periódico y lo alisó sobre la mesa como si pudiera convertirse en un plano.

—Blairmuir, Glenmuir y las dos casas de huéspedes cercanas a la estación.

—Una de esas casas tiene siete habitaciones.

—Tendrá ocho antes de que lleguen.

Malcolm la contempló.

—Empiezo a sentir lástima por Inglaterra.

—Debería sentirla por Blairmuir —replicó Cathaline.

Ewan se reclinó en la silla.

—¿Cuánto tiempo tenemos antes de la invasión?

Cathaline pensó en la temporada, los viajes y la cantidad exacta de días que necesitaba una dama londinense para fingir que no había aceptado una invitación con demasiada rapidez.

—Cinco semanas.

—Eso no es mucho.

—Es suficiente.

—¿Cómo lo sabe?

Cathaline sonrió por primera vez desde que había leído la columna.

—Porque vendrán.

La primera invitación fue para lady Beatrice Harcourt.

No porque fuera la dama más importante de Londres, aunque ocupaba un lugar lo bastante sólido para no necesitar demostrarlo.

Porque vivía con Eleanor.

La segunda fue para lady Ashbourne, cuyo salón había presenciado la llegada de Ewan y cuya presencia en Blairmuir convertiría el viaje en una continuación de la misma historia.

La tercera, para lady Bexley.

Ewan leyó el nombre por encima del hombro de Cathaline.

—Pensaba que no le agradaba.

—No es necesario que me agrade.

—Esa parece una razón extraña para alojarla bajo mi techo.

—Si lady Bexley ve Blairmuir, antes de que termine el desayuno del día siguiente conocerán esta casa todas las personas que jamás vendrían.

—Empiezo a comprender.

—No. Apenas he empezado, señor Sinclair.

La cuarta invitación fue para su prima lejana, lady Pembroke.

La quinta, para la señora Dalrymple y su hija.

Después llegaron los Alderley, varios matrimonios amigos de los Hamilton, dos jóvenes que Cathaline conocía desde su primera temporada y algunos caballeros cuyo apellido haría que otras madres se preguntaran por qué no habían sido incluidas.

También invitó a los vecinos escoceses.

A familias de Glasgow.

A conocidos de Malcolm.

A Tavish, con una nota separada que no mencionaba a Eleanor y que, precisamente por eso, garantizaba que acudiría.

Ewan permanecía sentado frente a Cathaline en el comedor pequeño de Blairmuir mientras ella escribía.

Había convertido la mesa en un territorio propio. Papel, sobres, listas de habitaciones, nombres de criados, horarios ferroviarios y muestras de tela ocupaban casi toda la superficie.

—Lady Bexley irá cerca de lady Pembroke durante la cena —dijo Cathaline.

Ewan levantó la vista de una lista de vinos.

—Creía que se detestaban.

—Así es.

—¿Por qué sentarlas juntas?

—Porque pasarán la cena observándose y no tendrán tiempo de interrogar a nadie más.

Ewan dejó la hoja.

—Empiezo a pensar que su idea de una velada agradable es bastante escocesa.

—Siéntese y aprenda.

—Llevo sentado una hora.

—Y todavía pregunta demasiado.

Cathaline escribió otro nombre.

Ewan la observó en silencio.

Ella lo notó.

—¿Qué?

—Nada.

—Eso suele significar algo peligroso.

—Estaba pensando que no invita a las personas.

Cathaline levantó una ceja.

—¿Qué hago?

—Las coloca.

Ella volvió a la lista.

—La sociedad funciona mejor cuando cada persona cree que se encuentra exactamente donde desea estar.

—Aunque la haya puesto usted allí.

—Especialmente entonces.

Ewan sonrió.

No era únicamente diversión.

Cathaline reconoció admiración en sus ojos y sintió una satisfacción distinta de la que producían los elogios de los hombres de Londres.

Mowbray había admirado el efecto que ella causaba.

Ewan empezaba a comprender cómo lo conseguía.

Cathaline sabía leer una habitación antes de entrar en ella.

Sabía quién necesitaba atención y quién se volvía insoportable cuando recibía demasiada. Sabía cómo convertir una invitación en privilegio y una exclusión en el rumor que haría que el siguiente acontecimiento resultara todavía más deseado.

Ewan entendía tierras, precios y hombres que negociaban.

Cathaline comprendía otras fronteras.

No eran menos reales porque estuvieran cubiertas de seda.

Las respuestas empezaron a llegar una semana después.

Lady Beatrice Harcourt aceptaba. Eleanor, por supuesto, también.

Lady Ashbourne escribió que no se perdería por nada del mundo el primer baile importante celebrado en Blairmuir.

Lady Bexley tardó dos días más de lo necesario para aparentar que había considerado rechazar la invitación.

Lady Pembroke aceptó la misma mañana en que supo que lady Bexley acudiría.

La señora Dalrymple quería saber si el viaje era demasiado difícil para su hija.

Cathaline respondió que varias damas mayores pensaban realizarlo.

La aceptación llegó por telegrama.

Ewan leyó la noticia.

—Eso ha sido cruel.

—Ha sido eficaz.

—Empiezo a sentir orgullo.

—No se atribuya méritos.

—El baile se celebrará en mi casa.

—Porque yo lo he decidido.

—Eso no reduce mi contribución.

Cathaline le entregó otra lista.

—Consiga músicos de Edimburgo.

—Ya los he contratado.

Ella levantó los ojos.

—¿Cuándo?

—Ayer.

—Todavía no se lo había pedido.

—Se quejó de las lámparas. Supuse que los músicos aparecerían después.

Cathaline trató de ocultar la sonrisa.

—Está aprendiendo.

—Mi perdición avanza deprisa.

Blairmuir empezó a cambiar otra vez.

No en su estructura.

En su ritmo.

La señora Grant contempló la primera lista de invitados y permaneció en silencio durante tanto tiempo que Ewan decidió servirse whisky antes de que hablara.

—Treinta y seis personas no caben en esta casa.

—No dormirán todas aquí —explicó Cathaline.

—Comerán aquí.

—Sí.

—Bailarán aquí.

—Esa es la intención.

—Y querrán agua caliente.

Ewan miró a Cathaline.

—Empiezo a comprender la gravedad.

Grant no lo encontró divertido.

MacNair llegó desde Glenmuir dos días después y tomó posesión temporal de la cocina sin pedir permiso a nadie. Ella y Grant discutieron durante una tarde acerca del número de criados necesarios, del pan que podía prepararse con antelación y de si una cocinera londinense era una ayuda o una amenaza.

Audrey reorganizó las habitaciones de Glenmuir.

Malcolm protestó porque una familia vecina debía ocupar el despacho pequeño.

Cathaline le recordó que los duques podían trabajar en cualquier habitación.

—Eso lo dicen las personas que no tienen cuentas que revisar.

—Durante dos noches podrá fingir que no existen.

—Así empiezan las ruinas familiares.

—Audrey lo vigilará.

Malcolm miró a su esposa.

—Eso no me tranquiliza.

La pequeña Eliza anunció que dormiría en la habitación de Cathaline para dejar la suya a los invitados.

Cathaline rechazó la propuesta.

La niña decidió que aquello no era definitivo.

En Blairmuir, Cathaline preguntaba antes de cambiar cualquier cosa.

—¿Puedo utilizar el comedor pequeño para la correspondencia?

—Sí.

—Quiero trasladar los dos cuadros de caballos al pasillo.

—¿Por qué?

—Porque los caballos miran a los invitados como si esperaran que pierdan una carrera.

—Ese es su principal encanto.

—Ewan.

—Muévalos.

—Necesito el ala oeste para lady Beatrice, Eleanor y sus doncellas.

—Nuestra casa tiene sitio.

La pluma de Cathaline se detuvo sobre la lista.

Ewan también había oído la palabra.

No rectificó.

—Podemos alojar a veinticuatro —continuó— si Malcolm acepta quedarse con los Campbell y los Pembroke.