Capítulo 16 #2
—No pensaba hacerlo.
—Entonces mi entusiasmo parece suficiente.
Ewan dejó la carpeta sobre uno de los bancos y caminó hacia ella.
—¿Le gusta?
Cathaline habría podido responder con una broma.
No lo hizo.
—Mucho.
La expresión de Ewan perdió parte de su ligereza.
—Bien.
Una sola palabra.
Cathaline sintió que significaba más que cualquier discurso sobre ventanas, suelos o dinero.
—¿Lo ha hecho por mí? —preguntó ella, con un brillo en los ojos difícil de ignorar.
—No únicamente.
—¿Por qué, entonces?
Ewan miró alrededor.
—Porque tenía razón. Blairmuir necesitaba una habitación donde pudieran reunirse más de diez personas sin que la señora Grant empezara a expulsarlas por turnos.
—Qué romántico.
—Y porque me gusta imaginarla aquí.
Cathaline clavó sus ojos celestes en los verdes de Ewan.
—Eso ha mejorado un poco.
—No se acostumbre.
Ewan extendió una mano.
—¿Qué hace?
—Comprobar el suelo.
—No hay música.
—Usted lleva meses diciéndome que un buen salón no necesita demasiados adornos.
—Jamás he dicho eso.
—Probablemente lo pensé yo.
Cathaline colocó la mano sobre la suya. Ewan la llevó hacia el centro.
No bailaron un vals completo. Apenas unos pasos, una vuelta lenta y otra más mientras la luz del valle se desplazaba sobre el suelo nuevo.
Cathaline empezó contando. Después dejó de hacerlo.
Ewan no era el mejor bailarín de Londres. Eso también le gustaba.
Lo suficiente para no aburrirla. No tanto como para hacerle olvidar que estaba bailando con un highlander que habría preferido una carrera a caballo.
—Va demasiado deprisa —observó ella.
—No ha empezado la música.
—Esa no es una defensa.
—No sabía que estuviéramos siendo juzgados.
—Siempre lo estamos.
Ewan redujo el paso.
Cathaline quedó más cerca.
—¿Mejor?
—Aceptable.
—Su entusiasmo resulta conmovedor.
—No arruine el momento.
—Lo intento desde hace mucho.
Cathaline alzó el rostro.
Ewan la besó.
Fue un beso lento, cálido y sin urgencia. La mano que sostenía la suya descendió hasta su cintura; Cathaline se acercó y apoyó la palma sobre el chaleco de él.
La estancia estaba vacía, inundada por la luz que entraba a través de las ventanas nuevas.
Aun así, Cathaline tuvo la impresión de que no existía espacio suficiente entre aquellas paredes para todo lo que Ewan llevaba meses conteniendo.
Deslizó la mano por su pecho. Sintió el latido firme bajo la tela, la tensión de los músculos y el modo en que su cuerpo reaccionaba incluso a una caricia sencilla. Abrió el primer botón del chaleco.
Ewan interrumpió el beso.
—Rubia.
—¿Qué?
Cathaline desabrochó otro.
Los ojos verdes descendieron hacia sus dedos.
—La señora Grant cree que estamos examinando el salón.
—Eso hago.
—No parece demasiado interesada en el suelo.
—Ya lo he aprobado.
El tercer botón cedió. Cathaline introdujo la mano bajo el chaleco y recorrió la camisa hasta encontrar el calor de su cuerpo. Ewan permaneció quieto, pero la respiración perdió parte de su regularidad cuando ella deslizó los dedos hacia abajo.
La mano de Ewan se cerró alrededor de su muñeca antes de que alcanzara la cintura del pantalón.
No la apartó.
Solo la sostuvo.
—No tiene que hacer esto.
Cathaline levantó los ojos.
—Lo sé.
—Entonces será mejor que esté segura.
—Lleva meses esperando que tome decisiones por voluntad propia. No empiece a discutir cuando una le favorece.
Algo oscuro y hambriento apareció en la mirada de Ewan.
Soltó su muñeca.
Cathaline encontró los botones del pantalón y abrió el primero. Después el segundo.
La expresión de Ewan cambió.
Aquello le produjo una satisfacción inesperada. Era el mismo hombre que había atravesado Inglaterra, enfrentado a Mowbray y sostenido su mirada delante de toda la familia Hamilton. El hombre que parecía encontrar siempre una broma con la que protegerse.
Y Cathaline acababa de dejarlo sin ninguna.
Introdujo la mano bajo la abertura.
Lo encontró duro, caliente y mucho más grande de lo que la ropa permitía imaginar. Ewan inhaló bruscamente cuando los dedos de ella se cerraron a su alrededor.
—Cathaline.
Su nombre no sonó como una protesta.
Ella movió la mano con lentitud.
No sabía exactamente qué esperaba él, pero observó su rostro y aprendió. La presión de sus dedos. El recorrido. El ritmo que hacía que la mandíbula de Ewan se tensara y su mano se cerrara sobre la cintura de Cathaline.
—¿Así? —preguntó.
Ewan apoyó la frente contra la suya.
—Sabe perfectamente que sí.
—No finja que no disfruta enseñándome.
—No estoy en condiciones de fingir nada.
Cathaline volvió a acariciarlo.
Esta vez con mayor firmeza.
Ewan dejó escapar un sonido áspero y la atrajo contra su cuerpo. La besó con una necesidad muy distinta de la calma inicial, una mano enterrándose entre los bucles de su cabello y la otra apretándola por la cintura mientras Cathaline continuaba moviendo los dedos.
Le gustaba sentirlo perder el control.
Le gustaba saber que era ella quien lo provocaba.
Que aquel hombre fuerte, insolente y siempre dueño de una respuesta podía quebrarse por el movimiento de su mano.
Ewan apartó la boca de la suya.
—Más despacio.
Cathaline obedeció durante dos recorridos.
Después aceleró.
Él abrió los ojos.
—Eso no es más despacio.
—Nunca he tenido talento para obedecer órdenes escocesas.
La risa de Ewan terminó en una respiración entrecortada. Hundió el rostro en el cuello de Cathaline y la mordió suavemente bajo la oreja.
Ella sintió cómo su cuerpo se endurecía todavía más entre sus dedos.
—Rubia, si continúa...
—Esa es la intención.
Ewan la besó otra vez.
El movimiento de Cathaline se volvió más seguro. Notó el instante en que él dejó de intentar contenerse: la mano que la sostenía se tensó, su respiración se rompió contra su boca y todo su cuerpo quedó rígido.
Ewan pronunció su nombre.
No «rubia».
Cathaline.
El sonido le produjo un estremecimiento más íntimo que cualquier caricia.
Él alcanzó a sacar un pañuelo del bolsillo antes de perder el control. Cathaline siguió tocándolo mientras el placer lo recorría, más despacio al final, hasta que Ewan cerró una mano sobre la suya y la mantuvo quieta.
Durante unos segundos ninguno habló.
Ewan apoyó la frente contra el hombro de Cathaline, respirando con dificultad.
Ella le acarició el cabello rojizo de la nuca.
—Ahora sí parece cansado de mis quejas.
Ewan levantó la cabeza.
Todavía había deseo en sus ojos, pero también una incredulidad divertida que Cathaline no le había visto antes.
—Llevo años imaginando muchas formas de verla dentro de Blairmuir.
Cathaline arqueó una ceja.
—Tenga mucho cuidado con lo que dice a continuación.
—Ninguna incluía que me desabrochara los pantalones en el salón de baile.
—Entonces su imaginación no es tan extraordinaria como presume.
Ewan soltó una risa baja. Se arregló la ropa y guardó el pañuelo antes de tomar entre sus manos el rostro de Cathaline.
La besó otra vez.
Esta vez con ternura.
Sin exigir nada.
—¿Sabe qué es lo peor? —murmuró él.
—Imagino que está a punto de decírmelo.
—Que ahora este salón me parece perfecto.
Cathaline miró las ventanas, el suelo nuevo y la piedra iluminada por el sol.
—Siguen faltando lámparas.
Ewan cerró los ojos.
—Por supuesto, milady.
El Morning Post llegó a Glenmuir cuatro días después.
Cathaline lo encontró junto a su plato durante el desayuno. Malcolm había recibido correspondencia de Edimburgo; Audrey leía una carta de Eleanor y la pequeña Eliza intentaba convencer a Morna de que una cucharada de miel podía considerarse un desayuno completo.
Ewan entró mientras Cathaline abría el periódico.
Había pasado la noche en Blairmuir y todavía llevaba la chaqueta de montar. Tomó una taza del aparador y se sentó a su lado sin pedir permiso.
Cathaline localizó la columna social por costumbre.
Leyó dos noticias sobre una boda, una referencia a la partida de cierta familia hacia Bath y un comentario sobre el color que empezaba a dominar los vestidos de verano.
Después encontró su nombre.
Lady Cathaline Hamilton, cuya presencia se consideraba hasta hace poco indispensable en todas las reuniones de importancia, parece haber cambiado los salones de la capital por un prolongado retiro entre sus familiares escoceses.
Aunque el compromiso anunciado el pasado invierno con el señor Ewan Sinclair no ha sido formalmente desmentido, la ausencia de la célebre belleza ha despertado algunas preguntas acerca de si los desafortunados acontecimientos de la última temporada la han persuadido a abandonar, al menos temporalmente, la sociedad en la que tanto brilló.
Cathaline leyó la columna otra vez.
No porque no la hubiera entendido.
Porque se negaba a creer que alguien hubiera utilizado la palabra retiro para describir los últimos meses.
Ewan bebió un sorbo.
—¿Malas noticias?
Cathaline dobló el periódico con una precisión excesiva.
—Al parecer me he refugiado en Escocia.
—Espero que nadie descubra que sale de la casa.
Audrey levantó los ojos de su carta.
Cathaline no sonrió.
—También parece que he abandonado la sociedad.
Ewan dejó la taza.
—Eso sí resulta grave.
—La sociedad continúa reuniéndose sin mí.
—Una falta de lealtad imperdonable —comentó Ewan, frunciendo el caño al mismo tiempo que sonreía.
—Y ciertas personas creen que mi ausencia demuestra que el compromiso no existe.
Malcolm miró a Ewan.
Ewan miró a Cathaline.
—¿Le preocupa lo que piensen?
La pregunta no contenía burla.
Cathaline apoyó el periódico sobre la mesa.
No le preocupaba que dudasen del compromiso.
Tampoco que Londres hubiera seguido bailando sin ella.
Lo que la irritaba era la forma en que aquella columna convertía su vida en Escocia en una retirada. Como si hubiera llegado derrotada, se hubiera escondido entre montañas y aguardara a que todos olvidaran el nombre de Mowbray.
Cathaline no se había escondido.
Había vivido.
Había ayudado a Audrey, conocido Glenmuir de otro modo, entrado en Blairmuir y empezado a imaginar una vida que nadie en Londres poseía el derecho de reducir a un fracaso social.
—No —dijo.
Ewan alzó una ceja.
—¿No qué?
—No he abandonado la sociedad.
—El periódico parece convencido.