Capítulo 16
Cathaline había dicho que permanecería unas semanas en Escocia.
Para cuando junio cubrió de verde las laderas de Glenmuir, ya nadie recordaba exactamente cuándo debía terminar aquella visita.
Al principio, ella misma había contado los días. Después empezó a contarlos por las cartas que llegaban desde Inglaterra, por las nuevas flores del jardín y por las veces que la pequeña Eliza entraba en su habitación antes de que la doncella hubiera abierto las cortinas.
La niña ya no llamaba.
Aparecía.
Algunas mañanas llevaba una muñeca. Otras, una piedra que consideraba extraordinaria. Una vez entró abrazando una rana de tamaño considerable y Cathaline tuvo que establecer normas mucho más precisas sobre qué criaturas podían compartir su dormitorio antes del desayuno.
MacNair dejó de preguntarle cuándo pensaba volver al sur.
Morna empezó a sentarse junto a ella en la sala pequeña sin tratarla como una visita.
Audrey ya no anunciaba que pasarían la tarde juntas; daba por hecho que Cathaline estaría allí cuando necesitara una segunda opinión o alguien capaz de escribir una carta que obtuviera respuesta antes de que el invierno regresara.
Cathaline tampoco permanecía ociosa.
No administraba tierras. No revisaba cuentas. No pretendía sustituir a Audrey ni aprender en dos meses lo que su hermana había tardado años en comprender.
Pero había descubierto que las habilidades adquiridas durante tres temporadas en Londres servían para algo más que rechazar pretendientes y escoger vestidos.
Audrey llevaba tiempo intentando ampliar la pequeña escuela de Glenmuir.
Tenía el edificio, una maestra y suficientes niños para llenar dos aulas, pero faltaban libros, mapas, cuadernos y un maestro dispuesto a permanecer en las Highlands después de descubrir que la lluvia podía durar más que ciertas guerras europeas.
Cathaline escribió seis cartas.
Una a un librero de Londres que todavía recordaba cuánto había gastado Eliza Hamilton cuando educó a cinco hijos.
Otra a lady Beatrice Harcourt, que pertenecía a tres comités y consideraba imposible recibir una petición sin convertirla en una causa.
Dos a conocidos de Devonshire.
Una a Eleanor.
La última a una viuda cuyo hijo acababa de terminar sus estudios y necesitaba una ocupación antes de decidir que escribir poesía era una profesión.
Tres semanas después, llegaron dos cajas de libros, mapas nuevos, una promesa de material para el otoño y una carta del joven asegurando que estaría dispuesto a conocer Glenmuir antes de aceptar el puesto.
Audrey contempló las cajas en el vestíbulo.
—Llevo meses negociando con proveedores.
Cathaline retiró una mota de polvo de uno de los lomos.
—Ese ha sido el error.
—¿Negociar?
—Permitirles creer que podían decirte que no.
Cathaline también ayudó a organizar las tardes de visita que Audrey celebraba una vez por semana para las esposas e hijas de los propietarios y arrendatarios de los alrededores. No convirtió Glenmuir en un salón londinense. Tampoco lo intentó.
Las mujeres escocesas no necesitaban lámparas francesas ni música de cámara para formular opiniones contundentes sobre la cosecha, los matrimonios ajenos y la incapacidad masculina para reconocer una fiebre hasta que el enfermo dejaba de caminar.
Cathaline aprendió sus nombres.
Recordó quién tenía una hija en Edimburgo, quién había perdido una hermana y quién no debía sentarse junto a la señora MacLeod si Audrey quería terminar la tarde sin una disputa sobre cercados.
No era caridad.
Era sociedad.
Más pequeña, menos adornada y considerablemente más sincera que la de Londres, pero sociedad al fin.
Algunas mañanas montaba con Audrey.
Otras acompañaba a la pequeña Eliza hasta la escuela y regresaba con dos flores aplastadas dentro de un guante.
Escribía a su madre, recibía paquetes de su modista, leía el Morning Post con varios días de retraso y seguía eligiendo sus vestidos con la misma atención de siempre. Escocia no había conseguido convertirla en otra mujer.
Solo había empezado a mostrarle que podía ser ella misma en más de un lugar.
Y después estaba Blairmuir.
Al principio, Cathaline visitaba la finca acompañada por Audrey.
Más tarde empezó a ir con su doncella y un lacayo Hamilton que Alexander había dejado bajo las órdenes de Malcolm con tantas instrucciones que el pobre hombre todavía parecía temer que el duque pudiera aparecer detrás de cualquier árbol.
La señora Grant dejó de recibirla como una invitada.
—El señor Sinclair está en el despacho.
—El señor Sinclair ha salido, pero regresará antes de las cuatro.
—El señor Sinclair dijo que podía esperar en la biblioteca.
Cathaline nunca preguntaba cómo sabía la mujer que había ido a ver a Ewan.
Tampoco habría servido de nada.
Ella y Ewan habían adquirido una cercanía que no necesitaba explicaciones constantes. No se perseguían por pasillos ni convertían cada encuentro en una batalla.
A veces desayunaban juntos en Glenmuir y apenas intercambiaban unas palabras. Otras caminaban durante una hora y discutían sobre algo que ninguno recordaba después.
Cuando estaban solos, Ewan había aprendido a detener la mano antes de tocarla.
Una pausa.
Una mirada.
Cathaline cerraba la distancia cuando quería. Sus besos ya no nacían siempre del enfado. Algunos eran breves y tranquilos, robados en una biblioteca o junto a una puerta antes de que entrara alguien. Otros la dejaban recordándolo durante el resto del día.
Ewan no volvió a hablar de matrimonio.
No porque hubiera cambiado de opinión.
Cathaline lo sabía.
Simplemente esperaba.
Y, a diferencia de los primeros meses, ya no parecía esperar que ella desapareciera de un momento a otro.
La galería de Blairmuir fue cambiando mientras tanto.
Cathaline no habría sabido señalar cuándo empezó la reforma.
Una tarde encontró dos carpinteros levantando parte del suelo.
Otra semana descubrió que habían retirado los marcos de las ventanas.
Después aparecieron muestras de madera, planos y un hombre de Glasgow que miró a Cathaline con creciente desesperación cuando ella rechazó tres tipos de cortinas en menos de veinte minutos.
Ewan no presentó la obra como un regalo.
Tampoco la llamó salón de baile.
Decía simplemente:
—La galería necesitaba arreglos.
Cathaline fingía creerle. Habían discutido sobre el suelo.
Sobre el tamaño de las ventanas. Sobre si la piedra debía quedar visible.
Sobre la conveniencia de reservar un extremo para los músicos.
Sobre la cantidad exacta de tartán que una habitación podía admitir antes de parecer preparada para una reunión de clan.
Ewan sostenía que Cathaline pretendía convertir Blairmuir en una embajada inglesa.
Ella respondía que él había vivido demasiado tiempo entre hombres incapaces de distinguir decoración de aislamiento térmico.
A finales de junio, Cathaline pasó diez días sin ir a Blairmuir.
La pequeña Eliza tuvo fiebre durante dos noches, Audrey no quiso apartarse de ella y Cathaline permaneció también en Glenmuir, primero para acompañar a su hermana y después porque la niña había decidido que solo dormiría si su tía le contaba una historia sobre una princesa, dos caballos y un dragón al que Cathaline terminó concediendo unos modales sospechosamente escoceses.
Cuando volvió a Blairmuir, la señora Grant la esperaba en el vestíbulo.
—Está arriba.
Cathaline se quitó los guantes.
—¿Quién?
La mujer la miró con una paciencia que MacNair habría aprobado.
—El señor Sinclair.
—No había preguntado por él.
—No es necesario, milady.
Cathaline dejó los guantes sobre una consola y subió.
La puerta de la antigua galería permanecía cerrada.
La abrió.
Y se detuvo.
La estancia ya no parecía la habitación vacía que había conocido meses atrás.
Las ventanas ocupaban ahora buena parte de la pared orientada hacia el valle.
La luz entraba amplia y limpia, se extendía sobre un suelo de madera clara y alcanzaba la piedra antigua que Ewan había decidido conservar visible entre paneles oscuros.
Habían colocado dos chimeneas en los extremos de la sala.
Bajo las ventanas, varios bancos tapizados mostraban discretas líneas del tartán Sinclair.
No era un salón londinense trasladado a las Highlands.
No intentaba ocultar dónde estaba.
La piedra, la madera y los colores oscuros pertenecían a Escocia. Las proporciones, la luz y el espacio para los músicos recordaban que una mujer acostumbrada a mirar salones había pensado también en aquella habitación.
Cathaline entró despacio.
Pasó la mano por uno de los marcos.
—Ha cambiado las ventanas.
—Me cansé de oírla quejarse.
Ewan estaba junto a la chimenea del fondo, con una carpeta bajo el brazo y el cabello rojizo recogido en la nuca. Vestía una chaqueta oscura abierta sobre el chaleco y no parecía haber estado esperando junto a la puerta para contemplar su reacción.
A Cathaline le gustó que fingiera.
—También el suelo.
—Sus quejas eran muy completas.
Ella avanzó hasta el centro.
Cada paso produjo un sonido limpio sobre la madera.
—Ha conservado la piedra.
—Me amenazó con marcharse si cubría toda la pared.
—Dije que sería un crimen.
—En Escocia nos tomamos los crímenes con seriedad.
Cathaline miró hacia el extremo reservado para los músicos.
—Faltan lámparas.
Ewan cerró los ojos.
—Sabía que encontraría algo.
—No es una crítica. Es una observación.
—En su boca existe poca diferencia.
Cathaline volvió a recorrer el salón con la mirada.
No la emocionaba el gasto.
Ni el tamaño.
Ni la certeza de que Ewan podía permitirse abrir ventanas en una pared de piedra porque ella había mencionado que la estancia necesitaba más luz.
Era otra cosa: la había escuchado.
No había copiado un salón inglés. No había tomado todas sus sugerencias ni obedecido cada opinión. Había escogido, discutido y transformado la habitación sin arrancarle el carácter de Blairmuir.
Había dejado espacio para ambos.
—Podría celebrarse un baile aquí —dijo ella, girando sobre sí misma mientras contemplaba la belleza del lugar.
—Podría.
Cathaline lo miró.
—¿Eso es todo?
—Todavía no ha invitado a nadie.