Capítulo 15 #4
Nunca se había preguntado qué quedó de ella dentro de él después.
—Yo tenía diecisiete años.
—Lo recuerdo.
—Y usted ya pensaba en...
No pudo terminar.
Ewan bajó la vista durante un instante.
—Pasé semanas diciéndome que solo la recordaba porque casi había muerto entre mis brazos. Después la vi detrás de una ventana observándome partir troncos.
El calor alcanzó las mejillas de Cathaline.
—Curiosidad científica.
—Naturalmente.
—No se desvíe.
Ewan regresó a la seriedad.
—No sabía llamarlo amor. Sabía que ninguna otra mujer conseguía irritarme durante semanas después de marcharse.
Que escuchaba su nombre cuando Audrey recibía una carta.
Que en la boda de Douglas no pude dejar de mirarla y que después pasé años comparando a otras mujeres con usted sin concederles la oportunidad de saberlo.
Cathaline sintió que el corazón le golpeaba con demasiada fuerza.
—Nunca me lo dijo.
—Usted tenía media aristocracia inglesa intentando conseguirla. Yo era un Sinclair sin título y todavía no había construido nada que pudiera ofrecerle.
—Ahora sabe que eso no habría debido decidirlo usted.
—Ahora sí.
Cathaline se acercó.
Apoyó una mano sobre su pecho.
El corazón de Ewan latía firme debajo del chaleco.
—Sigo enfadada.
—Lo sé.
—No debería haberme ocultado Blairmuir.
—Lo sé.
—Y la próxima vez que decida qué información necesito, lo golpearé otra vez.
—Procuraré recibirla con el otro lado de la cara.
Cathaline alzó los ojos.
No había verdadera burla en él.
Solo una paciencia que años atrás no habría considerado posible en Ewan Sinclair.
—¿Puedo besarla? —preguntó.
Cathaline arqueó una ceja.
—Después de todo lo que ha ocurrido entre nosotros, ¿ahora pide permiso?
—Ahora sí.
Aquella respuesta importó más de lo que Cathaline habría querido.
Cerró los dedos sobre su chaleco y lo acercó.
El beso no se pareció a los de Eilean Ròs.
No hubo urgencia, enojo ni necesidad de descubrir otro límite.
Ewan la besó lentamente, con una mano apoyada en su cintura y la otra junto a su rostro.
Cathaline sintió el roce de la barba, el calor de su cuerpo y el cuidado deliberado con que él impedía que el contacto se convirtiera en algo que todavía no habían decidido.
No intentaba convencerla.
No reclamaba una respuesta.
Simplemente la besaba dentro de la casa que había construido y que no había utilizado para atraerla hasta allí.
Cuando se separaron, Ewan dejó la frente contra la suya.
—¿Continúa furiosa?
—Mucho.
—Excelente.
—¿Por qué?
—Ha venido hasta mi casa para enfadarse conmigo. Empiezo a considerarlo un progreso.
Cathaline miró de nuevo la habitación vacía.
—Las ventanas siguen siendo pequeñas.
Ewan sonrió.
—Tomaré nota.
—No las cambie.
La sonrisa desapareció.
—¿No?
—Todavía no.
Ewan sostuvo su mirada.
—Esperaré.
Cathaline salió de la galería antes de que él pudiera descubrir que estaba sonriendo.
Cuando regresaron al vestíbulo, Audrey acababa de entrar con la pequeña Eliza. La niña llevaba paja en el cabello, las mejillas encendidas por el frío y sostenía contra el pecho un pequeño cordero de madera.
—Me lo ha dado el señor Fraser —anunció.
—¿A cambio de qué? —preguntó Ewan.
Eliza lo pensó.
—Nada.
Malcolm entró detrás de ellas.
—Ha prometido ponerle su nombre a uno de los corderos.
Ewan miró a su sobrina.
—Eso no es nada.
—Se llamará Ewan.
Cathaline se quitó los guantes.
—Pobre animal.
Ewan volvió la cabeza hacia ella.
—Empiezo a arrepentirme de haberle enseñado mi casa.
Audrey miró primero a su hermana y después a Ewan. La inspección fue breve, pero lo bastante clara para que Cathaline se negara a sostenerle la mirada.
—¿Has visto las famosas chimeneas? —preguntó Audrey.
—No existen.
—Una calumnia —protestó Ewan—. Tengo varias.
—Ninguna parece odiarlo.
—Les he aumentado el sueldo.
La señora Grant apareció al fondo del corredor.
—El almuerzo lleva cinco minutos esperando.
Ewan miró el reloj del vestíbulo.
—Cinco minutos no constituyen una tragedia.
—Para usted quizá.
Grant desapareció hacia el comedor.
Malcolm le dio una palmada en el hombro al pasar.
—En tu propia casa y sigues sin mandar.
—Es una tradición Sinclair.
Cathaline siguió a los demás.
El comedor de Blairmuir no pretendía impresionar a nadie.
Precisamente por eso empezó a resultarle más revelador que el resto de la casa.
Ewan ocupó su lugar sin pensarlo. La señora Grant dejó a su derecha una pequeña pila de correspondencia que alguien había apartado antes de servir. Un criado se inclinó para consultarle si recibiría a Fraser después de comer. Ewan respondió que sí y pidió que enviaran un recado al molino.
Todo ocurría alrededor de él con una naturalidad que Cathaline no había visto nunca en Londres.
Allí, Ewan siempre parecía estar de paso.
En Blairmuir, las cosas acudían a él.
Durante el almuerzo, Malcolm y Ewan discutieron brevemente sobre una nueva ruta de transporte mientras Audrey intentaba que su hija comiera algo que no fuera pan. Cathaline apenas intervino.
Escuchaba.
Observaba.
Ewan no parecía distinto.
Ese era quizás el problema.
Seguía siendo el mismo hombre que se burlaba de ella, que llevaba una horquilla en el bolsillo y que había entrado años atrás en un río para sacarla.
Solo que ahora Cathaline conocía la parte que había mantenido escondida detrás de aquella sonrisa: el hombre capaz de construir una casa, una fortuna y una vida sin dejar de parecer libre dentro de ellas.
En algún momento, Ewan levantó la vista y la encontró observándolo.
—¿Qué?
Cathaline tomó su copa.
—Nada.
—Eso suele significar algo peligroso.
—Coma, señor Sinclair.
Ewan obedeció.
La sonrisa que apareció en sus ojos confirmó que no había creído una palabra.
Después del almuerzo, Malcolm acompañó a Ewan hasta el molino. Audrey llevó a Eliza a despedirse de los corderos por segunda vez y Cathaline permaneció unos minutos con la señora Grant, que le enseñó el pequeño jardín de invierno del ala oriental.
No preguntó cuánto había costado.
Ya no necesitaba hacerlo.
Cuando finalmente regresaron al patio, la tarde había empezado a enfriarse.
Los caballos estaban preparados y el carruaje esperaba frente a la escalinata. Malcolm continuaba hablando con Ewan mientras Audrey intentaba convencer a su hija de que no podía llevarse un cordero verdadero a Glenmuir.
Cathaline descendió los escalones más despacio.
Antes de montar, volvió la vista hacia Blairmuir.
Ewan había conseguido engañarla en una cosa.
No sobre el dinero.
Sobre él.
Durante años había pensado que conocía exactamente qué clase de hombre era: divertido, insolente, imprevisible, incapaz de tomarse nada con la seriedad que los demás consideraban necesaria.
Blairmuir demostraba que aquella era solo la parte que Ewan permitía ver con facilidad.
Detrás había tierras, personas que confiaban en él, decisiones tomadas durante años y una casa que no había heredado de ningún Sinclair.
La había construido él.
Cathaline había viajado hacia el norte preguntándose cuánto tendría que abandonar si algún día escogía a Ewan.
Ahora comprendía que también había formulado mal aquella pregunta.
Podía conservar Londres.
Él podía conservar Escocia.
Blairmuir podía abrir sus ventanas.
Y ninguno de los dos tendría que desaparecer dentro de la vida del otro.
Lo difícil ya no era imaginar una vida con Ewan Sinclair.
Era reconocer que, al imaginarla, no veía una renuncia.
Empezaba a desearla.