Capítulo 15 #3
Mowbray había hablado de Kent durante semanas. De sus habitaciones, de los jardines, de las reformas que pensaba hacer. Había llevado planos hasta Hamilton Lodge antes de que Cathaline decidiera si quería entrar en aquella vida.
Ewan nunca le había pedido que visitara Blairmuir.
No había utilizado la casa para convencerla.
Ni siquiera se había molestado en explicarle que existía.
Y, sin embargo, Cathaline estaba allí.
Había viajado hacia Escocia por decisión propia y ahora era ella quien le pedía entrar.
—Será un placer mostrarle mi hogar —respondió él.
—He llegado hasta aquí. Sería absurdo marcharme sin comprobar cuántas cosas más ha olvidado mencionar.
—Empiezo a sospechar que esto terminará costándome caro.
—Probablemente.
Ewan la condujo por una sala de estar orientada al este, un comedor capaz de acoger a una familia mucho más numerosa que la que ocupaba Blairmuir y una biblioteca donde los libros ya no cabían correctamente en los estantes.
No presumió.
No enumeró el valor de los muebles ni señaló qué cuadros había comprado.
Le habló de las partes antiguas de la casa, de las reparaciones del ala occidental y del granero que había transformado en oficinas.
Cathaline entró en una de ellas.
Sobre la mesa descansaban libros mayores, correspondencia comercial y mapas de líneas ferroviarias. Varias carpetas llevaban los nombres de almacenes de Glasgow. Otra estaba marcada con el molino de Blairmuir. Había documentos relativos a tierras, arrendamientos y una empresa de transporte.
No necesitó preguntarle cuánto poseía.
Estaba escrito alrededor de ella.
En el número de empleados que utilizaban aquella estancia.
En las firmas.
En los pagos.
En las cartas dirigidas a Ewan Sinclair como a un hombre cuya respuesta podía modificar negocios enteros.
Cathaline tomó una de las hojas y leyó su nombre al pie de un acuerdo ferroviario.
—Todo esto es suyo.
No era una pregunta.
—Sí.
—Las tierras, el molino, los almacenes...
—Tengo una participación importante en ellos.
Cathaline dejó el documento con cuidado.
La horquilla de zafiro apareció en su memoria.
No sé si podré devolvérsela, soy demasiado pobre.
—Es usted rico.
Ewan hizo una mueca.
—No utilice ese tono. Parece que ha descubierto una enfermedad.
Cathaline no se rio.
—Se burló de mí.
—Sí.
—¿Eso es todo lo que piensa decir?
Ewan inclinó ligeramente la cabeza.
—No la estaba poniendo a prueba, si es lo que piensa.
—Entonces podría haberme corregido.
—Podría.
—¿Y por qué no lo hizo?
Una chispa de diversión apareció en sus ojos, aunque debajo había algo menos ligero.
—Porque me pareció interesante que una mujer capaz de reconocer el origen de una seda a diez pasos nunca se preguntara si un hombre podía ser algo más de lo que parecía.
La frase la hirió porque contenía una parte de verdad.
Cathaline dejó la oficina.
Ewan la siguió hasta una galería aún sin terminar en el ala sur. No había alfombras ni cuadros. Varias piezas de mobiliario permanecían cubiertas y tres ventanas estrechas daban hacia el valle.
Cathaline se volvió hacia él.
—Me dejó creer que no tenía nada.
—Nunca dije eso.
—No necesitó decirlo. Me permitió pensar que dependía de Malcolm, que Glenmuir era su única casa y que elegirlo significaría aceptar una vida que usted sabía perfectamente que no era la suya.
Ewan cerró la puerta.
No avanzó hacia ella.
—Al principio me divertía.
—Qué confesión tan encantadora.
—Al principio —repitió—. Me había resultado útil durante años que la gente esperara poco de mí.
Cathaline cruzó los brazos.
Ewan la sostuvo la mirada.
—Los hombres hablan demasiado delante de alguien a quien consideran inofensivo. Negocian peor cuando creen que la sonrisa del otro significa que no está prestando atención. Malcolm parecía el duque. Audrey, la mujer de las cuentas. Yo era el primo que llegaba tarde y servía otra copa.
Cathaline pensó en todas las veces que lo había visto bromear mientras los demás discutían asuntos serios. En la facilidad con que conseguía que los hombres bajaran la guardia. En cada respuesta aparentemente despreocupada que escondía una observación meticulosa.
Había confundido ligereza con falta de profundidad.
No porque Ewan fuera menos inteligente de lo que había demostrado después.
Porque él había convertido aquella confusión en una ventaja.
—Le gusta que lo subestimen.
—A veces resulta extraordinariamente útil.
—¿También conmigo?
La pregunta borró el resto de diversión de su expresión.
—Al principio.
Cathaline sintió el golpe.
—¿Y después?
—Después ya no sabía cómo contárselo sin convertir Blairmuir en una razón para que me escogiera.
—No quería utilizar su dinero como argumento.
—No.
—Así que decidió ocultármelo.
—Sí.
—Mowbray me habló durante meses de Kent, de sus rentas y de todo lo que podía ofrecerme. Intentó diseñar una vida antes de saber si yo la quería. Usted hizo lo contrario. Decidió qué parte de su vida debía conocer antes de escogerlo.
Ewan bajó un instante la mirada.
—Tiene razón.
Cathaline había esperado una defensa.
Una broma.
Algún argumento capaz de desviar la responsabilidad hacia Londres o Mowbray.
Ewan no le ofreció ninguno.
—No quería que Blairmuir respondiera una pregunta que debía responder yo —aclaró él.
—Y para evitarlo, me obligó a responder sin conocerlo entero.
—Sí —La admisión le quitó fuerza a la réplica que Cathaline estaba preparando.
Ewan dio un paso hacia ella, pero continuó dejando una distancia prudente entre ambos—.
No fue una prueba. No habría aceptado un sí definitivo sin traerla aquí y contarle todo.
Pero debí hacerlo antes. Cuando comprendí que estaba considerando de verdad una vida conmigo, ya no tenía derecho a seguir callando.
—No.
—No.
Cathaline apartó la mirada.
El enfado seguía allí.
Sin embargo, debajo de él apareció otra sensación mucho más difícil de soportar.
Había decidido ir a Glenmuir antes de conocer Blairmuir.
Había dicho que no quería terminar el compromiso cuando todavía creía que Ewan poseía poco más que algunos ingresos y una habitación en el castillo de su primo.
Lo había deseado antes de saber cuánto podía ofrecerle.
La revelación no cambiaba la dirección de su elección.
Solo arrancaba una de las excusas con las que Cathaline seguía intentando retrasarla.
—¿Audrey puso dinero aquí? —preguntó.
—No.
La respuesta fue inmediata.
—Ayudó a Glenmuir.
—Nos enseñó a mirar unas cuentas que llevábamos generaciones aceptando como si las hubiera escrito un profeta. Me presentó agentes, hizo preguntas y consiguió que Malcolm dejara de considerar cualquier idea inglesa una conspiración.
—Pero Blairmuir es suyo.
—La compré con mis primeras ganancias y más confianza de la que justificaban mis bolsillos. Después reinvertí lo que ganaba.
Cathaline recorrió otra vez la galería con la mirada.
Aquella casa no procedía de una herencia convenientemente recibida.
Ewan la había levantado mientras Londres seguía creyendo que no era más que un escocés divertido con demasiado tartán y ninguna posición.
—Audrey lo sabía.
—Desde hace algún tiempo.
Cathaline guardó aquella traición para cuando regresaran a Glenmuir.
—Y disfrutó dejándome creer que era demasiado pobre para devolver una horquilla.
Ewan intentó contener la sonrisa.
No lo consiguió del todo.
—Esa parte fue imperdonable.
—Por fin coincidimos.
Cathaline se volvió hacia el extremo vacío de la estancia.
La galería era demasiado amplia para continuar sin propósito. La luz entraba con timidez por unas ventanas que parecían construidas para una habitación mucho menor.
Se acercó al centro.
Imaginó lámparas encendidas, música, vestidos desplazándose sobre un suelo pulido y Ewan apoyado contra una pared, fingiendo que no estaba observándola.
—Aquí quedaría bien un salón de baile.
Ewan levantó las cejas.
—¿En Blairmuir?
—La estancia tiene buenas proporciones.
—Las ventanas son demasiado pequeñas.
Cathaline volvió la cabeza.
—Exactamente.
—Sabía que diría eso.
—Entonces debería haberlas cambiado.
—Quizás la estaba esperando, Cathaline.
Aquello la hizo mirarlo.
Mowbray habría llamado a un arquitecto antes de que terminara la conversación. Habría presentado la reforma como prueba de afecto y la habitación como una parte de la vida que ya había decidido ofrecerle.
Ewan no hizo nada.
Ewan no estaba construyendo una casa alrededor de ella.
Estaba dejando espacio para que Cathaline decidiera si quería construir algo dentro.
Volvió hacia una de las ventanas.
Desde allí se veían el valle, los campos, los establos y el río descendiendo hacia el molino. Blairmuir no era una casa levantada para exhibir un apellido.
Era una vida en funcionamiento.
La vida de Ewan.
—Si yo no pudiera vivir aquí todo el año, ¿qué haría?
La pregunta salió en voz más baja de lo que pretendía.
Ewan tardó apenas un instante.
—Pasaría parte del año en Londres.
Cathaline volvió el rostro.
—¿Lo soportaría?
—No.
—Qué tranquilizador.
—Pero la soportaría a usted.
Una sonrisa amenazó con traicionarla.
Cathaline la contuvo.
—Londres forma parte de mi vida.
—Lo sé.
—Mi familia está allí durante una parte del año. Mis amistades, mis compromisos...
—Sus modistas.
—Principalmente mis modistas.
Ewan asintió con gravedad.
—No me atrevería a separarla de una relación tan importante.
—No estoy bromeando.
—Yo tampoco —Se acercó un poco más—. No le pediría que desapareciera dentro de Blairmuir, Cathaline. Pasaríamos la temporada en Londres cuando la deseara. Parte del año aquí. Glenmuir cuando Audrey consiguiera convencernos. Brodick cuando Douglas estuviera de humor para recibir a alguien.
—Ha pensado bastante en esto.
—En usted, sí. Desde el río.
Cathaline se quedó inmóvil.
—¿Desde entonces?
Ewan no sonrió.
—No sabía qué era entonces.
Ella lo observó como si acabara de alterar un recuerdo que llevaba años creyendo completo.
El agua helada.
La manta.
Su cabello empapado.
La cicatriz sobre la nariz de Ewan.
Y aquella primera certeza absurda de que un Sinclair acababa de arruinarle una muerte perfectamente digna.
Cathaline siempre había recordado el río como el día en que Ewan le salvó la vida.