La perdición del highlander (Los Duques de Escocia 4) Capítulo 15 #2
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Capítulo 15 #2

Lo encontró una tarde en el vestíbulo, despidiendo a tres hombres que habían llegado desde unas tierras vecinas.

No oyó toda la conversación. Solo lo suficiente para comprender que una familia había perdido parte de su rebaño y que Ewan había encontrado una manera de concederles tiempo sin convertir la ayuda en caridad.

Cuando se quedaron solos, Cathaline se acercó.

—No sabía que interviniera en los asuntos de Glenmuir.

Ewan guardó una nota en el bolsillo.

—No intervengo en todos.

—Solo en los que le interesan.

—Es una forma mucho más agradable de decirlo.

—Lo necesitan bastante.

La diversión se suavizó en sus ojos.

—Los Sinclair tenemos dificultades para admitir ciertas cosas en voz alta.

—Los Hamilton también.

—Lo había notado.

Ewan se acercó lo suficiente para que Cathaline distinguiera las pequeñas gotas prendidas en su barba rojiza.

—Lleva tres días observándome.

—No sea presumido.

—Intento no serlo.

—No lo consigue.

—Usted tampoco consigue dejar de mirarme.

Cathaline levantó la barbilla.

—Estoy intentando comprender qué hace exactamente en esta casa.

—Desayunar. A veces dormir. MacNair permite ambas cosas mientras no le complique el día.

—Sabe que no me refería a eso.

—Ayudé a Malcolm cuando Glenmuir empezó a recuperarse. Continúo haciéndolo cuando me necesitan.

Cathaline habría formulado otra pregunta si Audrey no hubiera aparecido al final del pasillo.

—Ewan, Hamish dice que debes regresar mañana a tu casa.

Cathaline giró la cabeza.

Ewan lanzó a Audrey una mirada que llegó demasiado tarde.

—¿Su casa?

Audrey se detuvo.

—Blairmuir.

El nombre no le resultaba completamente desconocido. Lo había oído alguna vez, siempre de paso, como se mencionaba una pequeña finca o una propiedad secundaria que no merecía explicación.

Cathaline volvió hacia Ewan.

—Creía que Blairmuir era poco más que una casa de campo.

Audrey miró a Ewan.

Ewan miró a Audrey.

Malcolm apareció detrás de su esposa con la pequeña Eliza sobre los hombros y redujo el paso al percibir el ambiente.

Cathaline cruzó los brazos.

—¿Qué?

—Nada —respondió Ewan.

—Ewan —dijo Audrey.

—No es culpa mía que nadie le haya explicado correctamente mis miserias.

Cathaline entrecerró los ojos.

—¿Qué miserias?

—La humedad. Las ovejas. Una chimenea que mantiene una enemistad personal conmigo.

—La chimenea fue reparada hace dos años —intervino Malcolm.

Ewan lo miró.

—Tu ayuda resulta innecesaria.

La pequeña Eliza se inclinó sobre la cabeza de su padre.

—Quiero ir a casa de tío Ewan.

—Mañana —respondió Audrey.

Cathaline contempló a su hermana.

—¿También vas?

—Pensaba hacerlo.

—Entonces los acompañaré.

Ewan levantó una ceja.

—¿Está segura? Blairmuir no ofrece demasiadas diversiones para una dama londinense.

—He sobrevivido a Eilean Ròs.

—Apenas.

—Y todavía no he decidido si esa chimenea existe.

—Empiezo a temer por su decepción.

Audrey no sonrió.

Aquello confirmó a Cathaline que faltaba alguna parte de la historia.

A la mañana siguiente partieron después del desayuno.

Audrey y la pequeña Eliza viajaron en un carruaje ligero. Malcolm cabalgó junto a ellas. Cathaline eligió montar.

El camino abandonó las tierras más próximas al castillo y descendió hacia un valle amplio. Glenmuir quedó atrás entre colinas cubiertas de brezo. El aire olía a tierra húmeda, pino y humo lejano.

Ewan cabalgaba a su lado.

Llevaba un abrigo de montar negro, guantes oscuros y el tartán Sinclair sujeto sobre un hombro. El cabello largo permanecía recogido en la nuca, aunque varios mechones rojos se movían junto a sus sienes.

No era que estuviera más guapo que en Londres.

Era que allí no había nada provisional en él.

Cada hombre que alzaba una mano al verlo, cada muro que conocía y cada sendero que recorría sin vacilar lo colocaban dentro de un paisaje que parecía reconocerlo.

Aquellas tierras le sentaban indecentemente bien.

Cathaline observó un muro de piedra que se extendía hacia el oeste.

—¿Dónde terminan las tierras de Malcolm?

Ewan señaló un mojón cubierto de musgo.

—Ahí.

—¿Y qué hay después?

—Más Escocia.

—Una explicación extraordinariamente precisa.

—Ha preguntado por la geografía.

Cathaline miró los pastos del otro lado. Una docena de hombres reparaba cercados. Más abajo se distinguía un pequeño conjunto de casas con tejados nuevos y huertos cerrados. Uno de los hombres levantó la mano al ver pasar a Ewan.

Él respondió llamándolo por su nombre.

—¿Son arrendatarios de Glenmuir? —preguntó Cathaline.

—No.

Ella volvió la cabeza.

Ewan continuó cabalgando.

—¿De Blairmuir?

—Sí.

La finca modesta empezaba a adquirir una extensión sospechosa.

El camino bordeó un río donde una rueda de molino giraba bajo el agua crecida. Junto al edificio principal había carros y hombres trabajando. Ewan redujo el paso, intercambió unas palabras con el encargado y dejó indicaciones para que revisaran una viga antes de continuar.

Cathaline observó cómo el hombre asentía sin cuestionarlo.

No preguntó nada.

Ya empezaba a comprender que las respuestas aparecerían solas.

El camino ascendió.

Blairmuir surgió al otro lado de la colina.

No era un castillo.

Tampoco una casa de campo modesta.

Se alzaba sobre una ladera suave, construida en piedra gris y cubierta por un tejado oscuro de pizarra.

El cuerpo central tenía tres plantas y dos alas más bajas se extendían hacia ambos lados, formando un patio abierto hacia el valle.

Numerosas ventanas recogían la luz fría de la mañana.

Detrás se distinguían establos amplios, un picadero cercado, jardines todavía desnudos por el invierno y varias construcciones de servicio.

Más allá de la casa se extendían pastos, campos cultivados y bosques que alcanzaban las laderas del fondo.

No había una sola chimenea enemistada con nadie.

Había seis.

Todas expulsaban humo.

Cathaline detuvo el caballo.

Ewan avanzó varios pasos antes de darse cuenta de que ella no lo seguía.

Se volvió.

—¿Ocurre algo?

Cathaline miró la casa.

Después las tierras.

Después a él.

—¿Todo esto es suyo?

Ewan examinó el cielo.

—La lluvia no. Todavía.

Cathaline no sonrió.

La diversión desapareció de sus ojos.

—Cathaline.

Ella hizo avanzar la yegua y continuó hacia la casa.

No sintió alivio.

Ni satisfacción.

Sintió una punzada incómoda, casi dolorosa.

Durante semanas había intentado imaginar qué significaría escoger a Ewan: una vida más modesta, menos comodidades, una casa pequeña en alguna parte de las tierras Sinclair. Había aceptado la posibilidad antes de saber si podría soportarla.

Ewan la había dejado hacerlo con una información que sabía incompleta.

Un mozo salió de los establos antes de que alcanzaran el patio. Otro hombre esperaba en la escalinata con varios documentos. Dos perros aparecieron desde una puerta lateral y corrieron hacia Ewan.

La pequeña Eliza gritó su nombre desde el carruaje.

—¡Tío Ewan, tus perros!

—Técnicamente, ellos creen que la casa es suya.

Ewan desmontó, apartó a uno de los animales que intentaba treparle al pecho y tomó a la niña cuando Audrey la ayudó a bajar.

El hombre de los documentos se acercó. Era Hamish.

—Calder ha enviado la confirmación de Glasgow. También han llegado las cuentas de los almacenes.

Cathaline permaneció junto a su caballo.

Almacenes.

En plural.

No necesitó formular otra pregunta para entender que la casa y las tierras no eran toda la historia.

Malcolm desmontó.

—Será mejor que entremos. Va a llover.

Cathaline se volvió hacia él.

—No está lloviendo.

Una gota cayó sobre el ala de su sombrero.

Malcolm tuvo la prudencia de no señalarlo.

La casa era todavía más desconcertante por dentro.

No estaba decorada como una residencia ducal ni pretendía estarlo.

No había mármol importado, columnas, dorados ni retratos de antepasados vigilando desde cada pared.

Sin embargo, los suelos eran de buena madera, las alfombras gruesas, los muebles sólidos y la escalera central se abría bajo una claraboya que llenaba de luz el vestíbulo.

Había libros.

Muchos.

Mapas enmarcados, grabados de caballos, dos paisajes escoceses y una colección de pequeños objetos procedentes de puertos que Cathaline no reconoció.

No era una casa organizada para exhibir riqueza.

Era una casa habitada por un hombre que había escogido cada cosa sin necesidad de explicársela a nadie.

Una mujer de mediana edad salió a recibirlos y reprendió a Ewan por no haber anunciado que llevaría invitados.

—Audrey no cuenta como invitada —replicó él.

—La duquesa sí avisa.

—La educación inglesa la ha perjudicado entonces.

La mujer miró a Cathaline.

—Lady Cathaline, soy la señora Grant. Prepararemos una estancia para usted mientras almuerzan, por si necesita descansar antes del regreso.

Cathaline volvió los ojos hacia Ewan.

—¿Tengo una habitación?

—Blairmuir posee varias.

—No ha respondido.

—La señora Grant prepara una estancia para cualquiera que cruza la puerta. Teme que nadie quiera marcharse después de probar su comida.

—Porque nadie se marcha con hambre —replicó la mujer.

La pequeña Eliza tiró de la mano de Ewan.

—Los corderos.

—Siguen ahí.

—Quiero verlos.

—Eso sí puedo solucionarlo.

La niña intentó arrastrarlo hacia la puerta, pero Audrey la interceptó.

—Yo iré contigo.

—Tío Ewan también.

—Tu tío tiene cosas que hacer.

Eliza frunció el ceño.

—Siempre tiene cosas que hacer.

—Por eso seguimos alimentándolo —dijo Malcolm.

Ewan miró a Cathaline.

—¿Quiere acompañarlos?

Cathaline recorrió con los ojos el vestíbulo, las puertas abiertas al fondo y la escalera que ascendía hacia la planta superior.

Había demasiadas partes de Ewan que nunca había visto.

—No. Creo que me quedaré aquí.

Audrey la observó un segundo antes de tomar a su hija de la mano.

—Vamos a conocer a los corderos.

Cuando los demás salieron hacia los establos, Cathaline volvió hacia Ewan.

—Empiezo a pensar que me ha contado muy poco sobre usted, señor Sinclair.

Ewan sonrió.

—Eso empieza a parecer una acusación.

—Todavía no lo es.

—Qué alivio.

Cathaline miró de nuevo alrededor.

—¿Quiere enseñarme su casa?

La pregunta le produjo una sensación extraña.