La perdición del highlander (Los Duques de Escocia 4) Capítulo 15
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Capítulo 15

Glenmuir había aprendido a no parecer pobre.

Cathaline lo comprendió antes de que el carruaje alcanzara el patio.

La primera vez que llegó a aquellas tierras, años atrás, el castillo había aparecido entre la lluvia como una fortaleza demasiado orgullosa para reconocer que se estaba desmoronando.

Las torres recortaban el cielo con la misma severidad, los muros continuaban oscurecidos por siglos de humedad y el viento seguía descendiendo de las montañas con una hostilidad particular hacia todo cuanto hubiera sido diseñado en Londres.

Pero el tejado de la torre norte estaba reparado.

Las ventanas tenían cristales completos.

Varias chimeneas expulsaban humo al mismo tiempo y, junto a los antiguos establos, se alzaban dos edificios nuevos de piedra. Hombres y carros entraban y salían de ellos con una actividad que Cathaline no recordaba.

Glenmuir seguía siendo austero.

Ya no parecía estar resistiendo el invierno.

Parecía preparado para aprovecharlo.

La pequeña Eliza se puso de rodillas sobre el asiento cuando reconoció la entrada.

—¡Casa!

Audrey la sujetó por la cintura antes de que intentara abrir la portezuela con el carruaje todavía en movimiento.

—Espera a que nos detengamos.

—Papá no espera.

Malcolm, que cabalgaba delante junto a Ewan, acababa de espolear el caballo al ver a varios hombres reunidos cerca de los almacenes.

Audrey contempló la espalda de su marido.

—Tu padre echaba demasiado de menos Glenmuir.

Cathaline miró por la ventanilla.

Ewan también había desmontado. Antes de que el carruaje se detuviera, un hombre se acercó a él con varios papeles. Ewan los leyó allí mismo, hizo dos preguntas y señaló uno de los edificios nuevos.

No parecía haber regresado como un invitado.

Tampoco como el primo entretenido del duque.

Había hombres esperando sus decisiones.

El carruaje entró en el patio.

La señora MacNair apareció en la escalinata con un manojo de llaves colgado de la cintura, un chal oscuro sobre los hombros y la expresión de una mujer convencida de que cualquier ausencia superior a dos días constituía una negligencia personal.

Audrey apenas había descendido cuando la anciana le tomó el rostro entre las manos.

—Estás más delgada.

—No.

—Los viajes ingleses siempre adelgazan a las personas.

—Venimos de una isla escocesa.

MacNair ignoró el dato y se volvió hacia Malcolm.

—Tú estás peor.

—Me alegra verla también.

—Has permitido que la niña pierda otra cinta.

La pequeña Eliza se tocó el cabello, descubrió que era cierto y miró a su padre con la gravedad de quien acababa de identificar al culpable.

Malcolm frunció el ceño.

—No sabía que fuera responsabilidad mía.

—Todo lo que ocurre bajo tu techo es responsabilidad tuya —sentenció MacNair.

—Todavía no estábamos bajo mi techo.

—Excusas.

Cathaline descendió después.

MacNair la examinó de arriba abajo.

—Otra Hamilton.

—Prometo no reclamar el castillo.

—La primera tampoco lo reclamó. Se limitó a casarse con el dueño.

Audrey disimuló una sonrisa.

Morna apareció detrás de la señora MacNair, más pequeña, más anciana y con la espalda inclinada sin que aquello pareciera reducir en absoluto su autoridad.

Sus ojos se detuvieron en Cathaline.

—La muchacha del río.

Cathaline levantó una ceja.

—Preferiría que me recordara vestida y seca.

Morna la contempló durante un momento.

—Te recuerdo viva. Es suficiente.

Aquello, en la anciana, debía de equivaler a una bienvenida afectuosa.

Ewan acababa de acercarse con los documentos todavía en una mano.

—No suele conceder elogios más largos.

Morna lo señaló con la barbilla.

—Tú hiciste una cosa sensata aquel día. No la estropees hablando ahora.

Ewan inclinó la cabeza con una docilidad completamente falsa.

Cathaline decidió que Morna continuaba gustándole.

El viejo Iain estaba sentado bajo la protección del pórtico, envuelto en una manta de tartán y apoyado sobre un bastón. Sus ojos claros siguieron a Cathaline durante tanto tiempo que ella acabó volviéndose hacia él.

—¿Desea preguntarme algo?

—No.

—Entonces procure no mirarme como si estuviera haciendo cuentas.

Iain entrecerró los ojos.

—Eso precisamente hago.

—¿Sobre mí?

—Sobre Glenmuir.

Ewan entregó los papeles a Malcolm.

—No empiece.

Iain ignoró la intervención.

—La casa lleva demasiado tiempo sin un muchacho Sinclair en la cuna. Los viejos pensamos en esas cosas.

Cathaline volvió despacio la cabeza hacia Ewan.

—Qué conversación tan delicada para una llegada.

—Iain considera la delicadeza una pérdida de tiempo —explicó Ewan.

—La delicadeza no ha dado nunca un heredero —replicó el anciano.

Malcolm soltó un suspiro.

—Entrad en la casa antes de que decida el nombre de niños que todavía no existen.

—Ya he pensado algunos —murmuró Iain.

Cathaline avanzó hacia la puerta sin concederle la satisfacción de responder.

No miró a Ewan.

Sentía su sonrisa a la espalda.

La casa los recibió con calor.

No el calor irregular de dos chimeneas intentando compensar kilómetros de piedra húmeda, sino el de pasillos donde varias estancias tenían fuego encendido, cortinas gruesas protegían los cristales y las alfombras ya no parecían heredadas de hombres muertos durante las guerras jacobitas.

Había flores en el vestíbulo.

No demasiadas.

Audrey seguía siendo Audrey, pero Glenmuir había terminado por enseñarle que las flores no necesitaban ocupar todos los espacios disponibles.

Las paredes continuaban exhibiendo armas antiguas, retratos Sinclair y ciervos suficientes para que una persona olvidara que existían otros animales en Escocia.

Sin embargo, entre ellos aparecían ahora cuadros más luminosos, una consola inglesa, dos lámparas francesas y un retrato de la pequeña Eliza sentada junto a un perro que había permanecido quieto el tiempo suficiente para que el pintor terminara una oreja.

Glenmuir no había dejado de ser una casa Sinclair.

Había aprendido a admitir que una Hamilton vivía dentro.

Cathaline recibió la misma habitación que había ocupado años atrás.

La reconoció por la orientación hacia el valle, no por su aspecto. El papel de las paredes era nuevo, las ventanas cerraban correctamente y la chimenea no llenó de humo la estancia cuando una doncella encendió el fuego.

—Audrey ha hecho milagros —comentó Cathaline.

La joven escocesa que ordenaba sus cajas de viaje sonrió.

—Su Gracia dice que los milagros necesitan presupuestos.

Aquello también sonaba a su hermana.

Durante los dos días siguientes, Cathaline comprendió que la transformación de Glenmuir no se limitaba a ventanas, alfombras y tejados.

La casa entera funcionaba de otra manera.

Los carros llegaban y partían con mercancías. En el despacho de Malcolm se acumulaban contratos en lugar de cartas de acreedores. Había una escuela cerca de las viviendas de los arrendatarios y nuevas construcciones junto a los antiguos almacenes.

Audrey había participado en todo.

Malcolm también.

Pero el nombre de Ewan aparecía con una frecuencia que Cathaline no esperaba.

El tercer día entró tarde al desayuno.

La lluvia había oscurecido los hombros de su chaqueta y varios mechones rojizos se habían desprendido de la coleta baja. Se detuvo al ver la expresión de MacNair.

—Antes de que diga nada, he evitado el salón principal.

La mujer miró las gotas que caían de su chaqueta sobre la piedra.

—Porque no has llegado hasta él.

Ewan tomó una servilleta de la mesa y se secó la mejilla.

—Ahora estoy presentable.

Cathaline lo observó por encima de la taza.

—No abuse de la palabra.

Ewan le dirigió una sonrisa breve.

—Buenos días, rubia.

Audrey levantó los ojos del plato.

Malcolm continuó cortando carne como si no hubiera oído nada.

La pequeña Eliza sonrió de inmediato.

—Tía rubia.

—No —dijo Cathaline.

La niña miró a Ewan.

—Sí.

—Empiezo a lamentar que se le permita a la niña desayunar con la familia —dijo Cathaline.

Ewan ocupó una silla y alcanzó el pan.

—La niña demuestra un gusto excelente.

—La niña repite cualquier impertinencia que escucha.

—Entonces Richard debe de ser una influencia terrible.

Richard había regresado a Inglaterra con sus padres, pero aquello no impidió que Malcolm asintiera.

Una criada entró con una bandeja de cartas.

No se dirigió al duque.

Las dejó frente a Ewan.

Poco después apareció Hamish, un hombre de cabello gris y chaqueta oscura que llevaba un cuaderno bajo el brazo.

—El pago de Glasgow ha llegado —informó—. Calder también ha confirmado el transporte.

Ewan abrió el primer sobre.

—¿Completo?

—Completo.

—Reserve una parte para las reparaciones del norte. Lo demás no se mueve hasta que Ferguson aprenda a pedir una cantidad sensata.

Hamish asintió, consultó otra página del cuaderno y mencionó brevemente a dos arrendatarios que deseaban hablar con él. Ewan fijó una hora después del almuerzo y abrió la siguiente carta.

Cathaline miró la correspondencia.

Después miró a Malcolm.

El duque tenía únicamente dos sobres junto al plato.

—¿Desde cuándo recibe usted más cartas que el duque de Glenmuir?

Ewan untó mantequilla sobre el pan.

—Desde que descubrí que las personas pagan más deprisa cuando uno les contesta.

Malcolm dejó el cuchillo.

—No le pregunte. Se vuelve insoportable cuando habla de negocios.

Cathaline regresó a su chocolate.

No reparó en que Audrey evitaba mirarla.

En los días siguientes, aquella impresión se repitió.

Los hombres detenían a Ewan en los pasillos.

Los criados sabían dónde encontrarlo cuando llegaba una noticia de Glasgow.

Malcolm le consultaba una cláusula, el precio de un envío o la ampliación de unos pastos.

Ewan seguía bromeando, llegaba tarde y parecía incapaz de atravesar una habitación sin provocar a alguien, pero aquella ligereza no le impedía recordar nombres, cantidades y decisiones tomadas meses atrás.

Cathaline lo había considerado irresponsable durante años.

Empezaba a preguntarse cuánto de aquella imagen había construido él mismo.