Capítulo 14 #4
—Eso parece especialmente imprudente después de todo lo ocurrido.
—Probablemente.
La horquilla quedó torcida.
Cathaline no la corrigió.
Cuando regresaron al sendero, la lluvia había disminuido. Edward apareció a lo lejos acompañado por Richard. Ruairidh se encontraba ya en la casa, la rodilla vendada y el orgullo bastante más herido que el cuerpo.
Nadie preguntó por qué habían tardado.
Edward miró la venda de Cathaline.
Después el cabello de Ewan.
Después la horquilla mal colocada.
Tuvo la prudencia de guardar silencio.
Quizás Eilean Ròs estuviera mejorando a los Hamilton.
Dos días después, el salón de mapas quedó cubierto por horarios de trenes, rutas marítimas y listas de equipaje.
La boda había terminado.
La familia debía separarse.
Edward permanecería en Eilean Ròs con Fiona. Douglas y Mairi regresarían a Brodick con Harriet. Alexander, Eliza y Richard iniciarían el viaje hacia Inglaterra. Audrey y Malcolm volverían a Glenmuir con la pequeña Eliza.
Ewan regresaría a Glenmuir junto a su primo Malcolm.
Cathaline permanecía junto a una ventana mientras su padre señalaba sobre el mapa el camino que tomarían desde el puerto.
—Nos detendremos una noche en Glasgow —dijo Alexander— y después continuaremos hacia el sur. Keller enviará parte del equipaje directamente a Londres. El resto irá a Hamilton Lodge.
Cathaline miró a Audrey.
Su hermana estaba sentada junto a Malcolm, con la pequeña Eliza sobre el regazo. Ewan permanecía cerca de la chimenea, escuchando a Tavish explicar las condiciones del camino hacia el continente.
No parecía prestar atención a Cathaline.
Ella sabía que sí.
—Mi equipaje no irá al sur —dijo Cathaline de repente.
El duque de Hamilton levantó la vista del mapa.
—¿Cómo?
Todas las conversaciones se detuvieron.
Cathaline mantuvo la espalda recta.
—Pasaré unas semanas en Glenmuir con Audrey.
Audrey no movió una sola facción. Aquello habría resultado más convincente si sus ojos no hubieran adquirido de inmediato un brillo confuso y satisfecho a la vez.
Malcolm giró la cabeza hacia Ewan.
Ewan se había quedado completamente inmóvil.
Richard fue el primero en hablar.
—¿Por qué?
Cathaline lo miró.
—Porque Audrey es mi hermana.
—También lo era antes de que viniéramos a la isla.
—Qué observación tan brillante, Richard.
—Solo intento comprender la repentina necesidad familiar.
El duque de Hamilton apoyó ambas manos sobre la mesa.
—Cathaline.
—No tengo ninguna obligación inmediata en Londres. Hace años que no paso una temporada completa con Audrey y deseo estar con mi sobrina antes de regresar al sur.
La pequeña Eliza levantó la cabeza al oírse mencionada.
—Tía Cathaline vendrá conmigo.
—Eso parece —respondió Malcolm, sin apartar los ojos de Ewan.
Cathaline continuó:
—Viajaré con mi doncella. Permaneceré bajo el techo de Audrey y Malcolm. No existe ninguna objeción razonable.
Douglas dejó escapar una risa breve.
—Nunca le ha interesado demasiado que fueran razonables.
—En esta ocasión he tenido la consideración de preparar varias.
El duque de Hamilton miró a su esposa, molesto.
Eliza observaba a Cathaline con una calma que confirmaba que había comprendido desde la primera frase.
—¿Cuánto tiempo? —preguntó el duque.
—Unas semanas.
—Cathaline, no juegues con las palabras. Se me está agotando la paciencia.
—Padre, no estoy pidiendo permiso para viajar sola por las Highlands. Estaré con Audrey.
El duque de Hamilton se giró hacia Malcolm una mirada que habría hecho retroceder a hombres menos acostumbrados a duques Hamilton.
—Mi hija permanecerá bajo tu techo y bajo tu responsabilidad.
Malcolm se puso en pie.
—Como si fuera una de los nuestros.
Alexander dirigió entonces los ojos hacia Ewan.
—No he hablado contigo.
Ewan inclinó la cabeza.
—Lo había supuesto.
Richard tosió para esconder una risa.
Douglas no se molestó en esconderla.
—Sinclair —advirtió Alexander—, mientras Cathaline permanezca en Glenmuir...
—Padre —lo interrumpió ella—. No necesito que negocies mi conducta delante de toda la familia.
—No estaba negociando la tuya.
Ewan levantó las manos.
—Por una vez, estoy completamente de acuerdo con lady Cathaline. Sería una lástima estropear el momento.
Alexander no parecía compartir la opinión.
Sin embargo, contempló a Cathaline durante varios segundos y terminó asintiendo.
—Viajarás con los duques de Glenmuir.
—Sí.
—Keller organizará el equipaje y tu doncella irá contigo.
—Naturalmente.
—Y regresarás a Inglaterra en cuanto decidas qué piensas hacer con ese compromiso.
Cathaline sintió los ojos de Ewan sobre ella.
—Precisamente por eso voy.
Nadie respondió.
No hacía falta.
Poco después, la duquesa de Hamilton encontró a su hija menor mientras supervisaba la selección de los baúles que viajarían hacia Glenmuir.
La duquesa entró en la habitación verde, apartó una cinta de seda de una silla y se sentó junto a la chimenea. La doncella de Cathaline estaba doblando vestidos dentro del baúl grande y tuvo la prudencia de retirarse al tocador con varias cajas de sombreros.
Cathaline continuó examinando una lista.
—No necesito tantos vestidos de noche.
—Audrey organiza cenas —comentó Eliza.
—En Glenmuir.
—Incluso en Escocia se cena.
Cathaline levantó los ojos.
Su madre sonreía poco.
—No empieces madre.
—No he empezado nada.
—Todos parecen haber descubierto de pronto un interés extraordinario por mis planes.
—Porque no has explicado ninguno —Cathaline dejó la lista. Eliza alisó una arruga inexistente de la falda—. Glenmuir no está de camino a Londres.
—Lo sé.
Su madre asintió.
—Bien.
Nada más.
No preguntó si amaba a Ewan. No le recordó el escándalo, el compromiso falso ni la declaración que había obligado a toda la familia a reorganizar sus vidas.
Simplemente se levantó y se acercó a su hija.
Le acomodó un mechón rubio detrás de la oreja.
—No necesitas decidirlo todo antes de llegar; es una decisión muy importante. Tú no estás hecha para Escocia. Si escoges a Ewan deberás renunciar a muchas cosas.
Cathaline tragó saliva.
—Por eso no he decidido nada todavía, madre.
Eliza le besó la frente y salió.
Cathaline permaneció junto al baúl abierto.
Durante años había sabido exactamente hacia dónde se dirigía. Londres. La temporada. Salones. Un matrimonio con un hombre cuyo título, fortuna y casa pudieran explicarse en una sola presentación.
Ewan Sinclair no cabía dentro de ninguna explicación sencilla.
Y, por primera vez, aquello no le pareció una razón suficiente para alejarse.
A la mañana siguiente, el puerto de Eilean Ròs volvió a llenarse de baúles, criados, niños, perros y miembros de la familia que intentaban despedirse sin admitir que las despedidas les desagradaban.
Edward permaneció junto a Fiona en el muelle. El tartán Hamilton cruzaba su abrigo oscuro y la mano de Fiona descansaba dentro de la suya. Cuatro días de matrimonio no habían conseguido que ninguno pareciera más dócil.
Douglas y Mairi embarcarían después hacia Arran.
Los Hamilton y los Sinclair viajarían juntos hasta el continente antes de separar sus caminos.
Cathaline descendió acompañada por su doncella. Llevaba un abrigo azul cielo, guantes claros y un sombrero adornado con una cinta amarilla. Su equipaje había sido marcado para Glenmuir.
Ewan se encontraba junto a los caballos.
Cuando vio las etiquetas, miró primero los baúles.
Después a Cathaline.
No sonrió.
Eso hizo que ella sonriera por dentro.
Esperó hasta que los demás empezaron a despedirse y se acercó.
—¿Está segura? —preguntó él.
—No convierta esto en algo más importante de lo que es.
—Jamás me atrevería.
—Está sonriendo.
—Estoy intentando no hacerlo.
Cathaline miró el caballo ensillado a su espalda.
—¿Viajará con nosotros?
—Sí. Usted pasó meses intentando comprender mi mundo.
La diversión desapareció de los ojos de Ewan.
—No siempre con éxito.
—Me parece justo comprobar si el suyo es realmente tan insoportable como asegura.
—Lo es.
—Perfecto. Así podré rechazarlo con conocimiento de causa.
—Qué romántica.
—Supongo que nunca lo he sido a pesar de la insistencia de los periódicos para convertirme en una dama que suspira por los rincones.
Cathaline sintió que el viento intentaba levantarle la cinta del sombrero.
Ewan alzó una mano y atrapó la cinta del sombrero antes de que el viento pudiera llevársela. Sus dedos rozaron brevemente la mejilla de Cathaline.
El contacto fue pequeño.
Suficiente.
—Gracias —dijo ella.
La sonrisa de Ewan apareció despacio.
—Tiene la mala costumbre de necesitar que la salve.
Cathaline sostuvo su mirada.
—Y usted la de aparecer cuando nadie se lo ha pedido.
—Nunca me ha detenido.
Durante un instante, ninguno de los dos dijo nada.
Años atrás, Ewan se había arrojado a un río para sacarla del agua.
Después, la había salvado de la ruina social.
Él siempre había corrido hacia ella.
Ahora, le tocaba a ella.