Capítulo 14 #3
Sus cuerpos quedaron separados por apenas unas pulgadas.
—Sigue jugando conmigo —murmuró ella.
—No, rubia. Si estuviera jugando, ya habría intentado ganar.
—¿Y qué hace ahora?
La mirada de Ewan descendió hacia su boca.
—Intento no perder.
Ninguno de los dos supo quién se movió primero.
Cathaline alzó el rostro.
Ewan inclinó la cabeza.
Sus bocas se encontraron sin rabia y sin sorpresa, como si ambos hubieran recorrido la misma distancia desde lados opuestos.
El primer beso fue lento.
Demasiado consciente. Cathaline sintió el roce de la barba, la presión firme de los labios de Ewan y la mano que se detuvo junto a su cintura antes de tocarla.
Él esperó.
Cathaline cerró los dedos sanos sobre su chaleco y lo acercó.
La mano de él descendió finalmente hasta su espalda y profundizó el beso.
La lluvia golpeaba el tejado de piedra. El mar se oía detrás de la ventana, pero dentro de la caseta solo existía la boca de Ewan y la forma en que su cuerpo parecía contener una fuerza mucho mayor de la que permitía utilizar.
Cathaline deslizó la mano hacia su nuca.
Ewan emitió un gruñido bajo y descendió la mano por la curva de su cintura, atrayéndola contra él. Cathaline sintió la dureza de su cuerpo, el calor que atravesaba la lana del vestido y la erección firme contra su vientre.
Esta vez no se quedó inmóvil.
Se apretó más contra él.
Ewan interrumpió el beso con una respiración áspera.
—Cathaline.
—No me diga que pare.
—No pensaba hacerlo.
La levantó por la cintura y la sentó sobre la mesa estrecha. La jarra de agua tembló. Ewan la apartó sin dejar de mirarla.
Cathaline abrió las rodillas lo suficiente para que él pudiera colocarse entre ellas. Las capas del vestido se acumularon alrededor de sus piernas y el polisón chocó contra la pared con una falta de elegancia que habría horrorizado a su doncella.
A Ewan no pareció importarle.
Sus manos recorrieron el costado de Cathaline, subieron hasta las costillas y se detuvieron bajo sus pechos. La presión de sus pulgares sobre la lana le arrancó un suspiro.
Cathaline sostuvo sus ojos verdes.
Ewan deslizó una mano sobre su pecho y cerró la palma alrededor de él a través del corpiño. El corsé mantenía su cuerpo firme, pero el contacto resultó lo bastante claro para endurecerle el pezón bajo las capas de tela.
Ewan lo sintió.
La boca se le tensó.
—Lleva demasiada ropa.
—Eso no suele preocupar a los hombres ingleses.
—Los hombres ingleses tienen muy poca sangre.
Cathaline habría respondido si él no hubiera besado su cuello.
La boca de Ewan descendió lentamente desde su mandíbula. Apartó con los labios el cuello del vestido y encontró la piel sensible junto a la clavícula.
Cathaline inclinó la cabeza.
—No deje otra marca.
—¿Y por qué no?
La mordió suavemente en el mismo lugar.
Cathaline ahogó un gemido.
—Eso es una marca.
—Eso es una advertencia.
—¿Para quién?
Ewan alzó los ojos hacia ella.
—Para usted. Por si mañana decide convencerme de que no me desea.
El deseo en sus ojos eliminó cualquier resto de burla.
Cathaline tomó su rostro entre las manos y volvió a besarlo. Desabrochó dos botones del chaleco, después un tercero. Encontró la camisa debajo y la piel caliente a través de la abertura.
Ewan le sujetó la muñeca vendada.
—Con esa mano no.
—No me dé órdenes.
—No pienso explicar a su madre que ha abierto una herida tocándome.
—Entonces no se lo explique.
Utilizó la mano izquierda para introducir los dedos bajo la camisa. El abdomen de Ewan se contrajo.
Cathaline recorrió el vello rojizo de su pecho, la dureza de los músculos y una cicatriz estrecha cerca de las costillas. Siguió la línea firme de su vientre hasta alcanzar la cintura del pantalón. La erección de Ewan presionaba con fuerza bajo la tela.
Apoyó la palma sobre él.
Ewan se quedó absolutamente inmóvil.
Cathaline volvió a acariciarlo, despacio, siguiendo la longitud dura bajo el pantalón.
—Rubia —gruñó.
—¿Qué?
—No finja que no sabe lo que está haciendo.
—No lo finjo.
Ewan le cerró una mano alrededor de la nuca y la besó con una urgencia que eliminó cualquier posibilidad de conversación.
Su otra mano encontró el borde de la falda.
Recogió la tela despacio, levantando primero la sobrefalda, después las enaguas. El aire frío alcanzó las botas de Cathaline y siguió subiendo por las medias.
Ella se estremeció.
Ewan se detuvo con la mano sobre su rodilla.
—Dígamelo.
Cathaline sabía qué necesitaba oír.
La petición le encendió las mejillas, pero no apartó los ojos.
—Quiero que me toque.
La respiración de Ewan se volvió más profunda.
—¿Dónde?
Cathaline abrió un poco más las piernas.
—Ewan.
—Quiero oírlo.
—Entre las piernas.
La franqueza dejó algo feroz en sus ojos. Ewan deslizó la palma por la seda de la media. Alcanzó la liga, la rebasó y encontró la piel desnuda de la parte alta del muslo.
Cathaline dejó escapar el aire.
Los dedos grandes recorrieron el interior de su pierna hasta llegar a la abertura de los calzones.
Ewan esperó una vez más. Ella movió las caderas hacia su mano.
Aquello bastó.
Sus dedos encontraron la humedad entre los pliegues de Cathaline.
Ella se aferró a sus hombros.
—Está empapada —murmuró él contra su boca.
—Por una vez, podría dejar de hablar, Ewan Sinclair.
El pulgar de Ewan rozó el pequeño punto sensible sobre su sexo.
Cathaline perdió cualquier respuesta.
Volvió a acariciarla, con una presión lenta y circular que hizo que las piernas se le tensaran alrededor de sus caderas. Ewan no apartaba los ojos de su rostro, atento a cada reacción, a cada movimiento de su boca y a la forma en que ella intentaba contener los gemidos que ya no podía disimular.
—No se contenga —dijo él.
—Es fácil decirlo cuando no es usted quien...
El pulgar volvió a presionar.
Cathaline cerró los ojos.
Ewan introdujo un dedo dentro de ella.
El cuerpo de Cathaline se arqueó. La sensación era más íntima que cualquier cosa ocurrida anteriormente. El dedo avanzó despacio, llenándola un poquito, y después se retiró antes de entrar de nuevo.
Cathaline hundió las uñas en la camisa de Ewan.
—Míreme.
Abrió los ojos.
La expresión de Ewan era oscura, concentrada, casi dolorosa.
Añadió un segundo dedo.
Cathaline gimió.
Ewan cubrió su boca con la suya mientras la acariciaba desde dentro. El pulgar continuó moviéndose sobre ella, combinando las dos sensaciones hasta que Cathaline dejó de saber qué parte de su cuerpo intentaba seguir.
Las caderas empezaron a moverse por sí solas contra su mano.
Ewan respiró junto a su oído.
—Eso es, rubia.
Cathaline no supo si quería golpearlo o suplicarle.
El placer creció rápidamente, cerrándose en la parte baja de su vientre. Intentó apartarse por puro instinto cuando se volvió demasiado intenso, pero Ewan le sostuvo la cintura.
—No huya ahora.
—No estoy huyendo.
—Así me gusta.
Volvió a curvar los dedos dentro de ella.
Cathaline perdió el control.
El clímax la alcanzó con una fuerza que le cerró los muslos alrededor de Ewan y le arrancó su nombre. Él continuó acariciándola mientras las contracciones recorrían su cuerpo, más despacio, sosteniéndola hasta que el último estremecimiento empezó a disminuir.
Cathaline apoyó la frente en su hombro.
Le costaba respirar.
Ewan retiró la mano con cuidado y bajó las faldas para cubrirla. Después la abrazó.
No dijo nada.
Aquello resultó casi tan íntimo como todo lo anterior.
Cathaline permaneció contra su pecho, oyendo los latidos rápidos bajo la camisa abierta. La erección de Ewan continuaba dura entre ambos.
Deslizó de nuevo la mano hacia ella.
Él le sujetó la muñeca.
—No.
Cathaline levantó la cabeza.
—¿No?
Ewan cerró los ojos un segundo.
—No aquí.
—Hace un momento la puerta no parecía preocuparle.
—Hace un momento todavía recordaba mi nombre.
Cathaline movió la mano dentro de la suya, rozando deliberadamente la dureza que tensaba el pantalón.
Ewan apretó la mandíbula.
—Si abre esos botones, no voy a detenerme después de permitirle tocarme.
El calor regresó al cuerpo de Cathaline.
—Quizás no quiera que se detenga.
La mirada de Ewan descendió hacia su boca.
—No pienso tomarla sobre una mesa de una caseta de señales mientras su familia cura a un niño herido a media milla.
—Ruairidh no está herido de gravedad.
—Eso no mejora la mesa.
Cathaline casi sonrió.
Ewan le acarició la mejilla con los nudillos.
—Cuando ocurra, quiero una cama elegante, con doseles caros... algo a su altura, Cathaline Hamilton.
—Qué exigente.
—Una puerta que pueda cerrar sin que Malcolm la derribe.
—Ambicioso.
—Y quiero saber que al despertar seguirá deseando estar a mi lado.
La sonrisa desapareció de Cathaline.
—¿Cree que me arrepentiría?
—Creo que todavía está decidiendo qué parte de mí puede soportar.
La honestidad le dolió más de lo esperado.
Cathaline sostuvo su mirada.
—No quiero que nuestro compromiso termine todavía.
—Lo sé.
—No. Hace unos minutos lo esperaba. Ahora lo sabe.
Algo se suavizó en el rostro de Ewan.
—Entonces no terminará.
No le pidió más.
Ni matrimonio.
Ni una fecha.
Ni una promesa distinta.
Se limitó a besarla una vez, despacio, como si aquella decisión incompleta fuera suficiente por el momento.
Después la ayudó a bajar de la mesa.
Las piernas de Cathaline temblaron al tocar el suelo. Ewan la sostuvo por la cintura hasta que recuperó el equilibrio.
—No diga nada.
—Estaba pensando que Eilean Ròs finalmente ha conseguido desordenarla.
Cathaline miró su vestido arrugado, el mechón suelto y la ausencia casi completa de dignidad en su sombrero.
—Usted ha contribuido.
—Ha sido un honor.
Ewan se agachó y recogió algo junto a la pata de la mesa.
Una horquilla.
No era la que acababa de caer.
Cathaline reconoció la pequeña piedra azul de inmediato.
—¿La llevaba encima?
Ewan la sostuvo entre dos dedos.
—Es una inversión importante.
—Pensaba que era demasiado pobre para devolverla.
—Continúo evaluando mis posibilidades.
Se acercó y colocó la horquilla entre los mechones sueltos. Sus dedos grandes volvieron a demostrar muy poca aptitud para la tarea, pero Cathaline permaneció quieta.
—Va a arrancarme el cabello.
—Confíe en mí.