La perdición del highlander (Los Duques de Escocia 4) Capítulo 14 #2
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Capítulo 14 #2

Edward y Malcolm discutían sobre la reparación del tejado de la torre.

Douglas escuchaba con la expresión de un hombre que acabaría participando aunque todavía fingiera lo contrario.

Richard había llevado unos prismáticos y se detenía cada pocos minutos para examinar rocas que continuaban negándose a convertirse en focas.

Ewan caminaba cerca de Tavish.

Cathaline no lo miraba.

Sabía, sin embargo, dónde se encontraba.

El sendero se estrechó al aproximarse al barranco que descendía hacia la cala. La lluvia de los últimos días había aumentado el caudal de un pequeño arroyo que cruzaba bajo una pasarela de madera antes de caer hacia el mar.

Fiona alzó la voz.

—Ruairidh, vuelve.

El muchacho no obedeció.

El perro había encontrado algo entre los arbustos y tiró hacia la pendiente. Ruairidh lo siguió, pisó una zona de tierra húmeda y perdió el equilibrio.

Todo ocurrió demasiado deprisa.

El niño cayó de rodillas y empezó a deslizarse hacia el arroyo.

Cathaline estaba más cerca.

Soltó la falda, dio dos pasos y le cerró una mano alrededor de la parte posterior de la chaqueta. El peso del muchacho la arrastró hacia delante. Una rodilla golpeó el suelo y la palma derecha se hundió entre grava y barro.

—¡No te muevas!

Ruairidh dejó de deslizarse, pero la tierra continuó cediendo bajo ambos.

Un brazo rodeó la cintura de Cathaline.

Ewan tiró de ella hacia atrás al mismo tiempo que Malcolm alcanzaba al muchacho por el otro lado. Entre los dos consiguieron devolverlos al camino.

El perro apareció segundos después, moviendo la cola y sin mostrar el menor arrepentimiento.

—Voy a matarlo —anunció Fiona.

Ruairidh, pálido y con una rodilla rasgada, abrazó al animal.

—No ha sido culpa suya.

—Entonces te mataré a ti.

Morag llegó corriendo desde la parte posterior del grupo y cayó de rodillas junto a su hijo. Edward examinó la pierna mientras Douglas apartaba al perro.

—No parece rota —dijo Edward—. Pero no debería apoyar el pie hasta que lo vea el médico.

Ruairidh apretó los labios.

—Puedo caminar.

—Eso dicen todos los MacKinnon antes de empeorar una herida —replicó Fiona.

Malcolm levantó al muchacho en brazos.

—Lo llevaremos a la casa.

El cielo, que hasta entonces había mostrado una cortesía inusual, decidió terminar con ella. Una ráfaga descendió desde el mar y trajo las primeras gotas gruesas de lluvia.

Audrey tomó la mano de la pequeña Eliza. Mairi llamó a Harriet. Todo el grupo empezó a reorganizarse a la vez.

Ewan miró a Cathaline.

Ella continuaba de rodillas.

El guante derecho se había rasgado sobre la palma. Una línea de sangre aparecía entre el barro.

—También se ha hecho daño.

Cathaline se puso de pie.

—No es nada.

—Me sorprende que lo diga usted.

—Puedo caminar.

—No he dicho lo contrario.

La lluvia aumentó.

Fiona señaló una construcción baja de piedra situada a pocos pasos, medio oculta detrás de la ladera.

—La antigua caseta de señales. Hay agua limpia y vendas dentro. Llévela allí antes de que se le infecte la mano.

—No necesito que me lleven a ninguna parte —protestó Cathaline.

Audrey ya se alejaba con los niños.

—Entonces camina tú sola detrás de Ewan.

Cathaline la fulminó con la mirada.

Su hermana no se volvió para recibirla.

Malcolm y Edward iniciaron el camino hacia la casa con Ruairidh. Fiona y Morag los siguieron. Douglas se ocupó de las niñas y Richard recibió la orden de llevar los perros, responsabilidad que consideró ofensiva hasta que uno de ellos intentó robarle el sombrero.

En menos de un minuto, el camino quedó casi vacío.

Ewan señaló la caseta.

—Milady.

Cathaline levantó la mano herida.

—Si vuelve a utilizar ese tono, emplearé la otra.

—Eso demuestra una capacidad admirable para adaptarse a las circunstancias.

Entraron.

La antigua caseta debía de haber servido en otro tiempo a los hombres que vigilaban la costa. Tenía una única habitación, un banco de madera sujeto a la pared, un arcón, una mesa estrecha y una ventana pequeña orientada hacia el mar. Olía a sal, cuerda húmeda y turba apagada.

Ewan cerró la puerta contra la lluvia.

Cathaline se quitó el sombrero. Una de las plumas se había doblado y un mechón rubio había escapado junto a la sien.

—Nunca pensé que vería a lady Cathaline Hamilton cubierta de barro —dijo Ewan.

Ella alzó una ceja.

—Procure disfrutarlo. No volverá a ocurrir.

Ewan miró su mano.

—Eso sería una lástima.

Cathaline frunció el ceño.

—¿Por qué?

—Porque resulta bastante atractiva cuando deja de preocuparse por parecer perfecta. Eilean Ròs ha necesitado casi una semana para conseguir tocarla.

Cathaline miró la mancha de barro sobre su falda.

—No ha ganado.

—Eso me lo creo.

—El vestido puede limpiarse.

—Y el orgullo Hamilton parece intacto.

—El mío siempre lo está.

Ewan acercó el banco a la mesa.

—Siéntese.

Cathaline lo hizo únicamente porque la mano empezaba a escocer.

Él se arrodilló frente a ella y tomó su muñeca.

El contacto fue sencillo.

Nada parecido a la noche del cobertizo.

Aun así, el pulso de Cathaline reaccionó antes de que pudiera impedirlo.

Ewan retiró despacio el guante roto. La tela se había adherido a la pequeña herida y Cathaline inspiró cuando tiró de ella.

—Lo siento.

—Creo que disfruta haciéndome daño, señor Sinclair.

—Estoy intentando mantener una expresión escocesa de absoluta indiferencia.

—No le sale bien.

—No sé fingir.

Ewan humedeció un paño y empezó a limpiar la grava de su palma.

Sus dedos eran cuidadosos pese a la aspereza de las yemas.

El cabello rojizo le había crecido durante aquellos meses y ahora lo llevaba recogido en una coleta baja, mal sujeta y demasiado larga para parecer del todo civilizada.

Varios mechones se habían soltado junto a las sienes.

Cathaline observó también la cicatriz sobre la nariz y la concentración con que evitaba hacerle daño.

—Sigue jugando conmigo —dijo.

La mano de Ewan se detuvo.

Levantó los ojos.

—No.

—Miente.

—Sí. Pero la mentira resulta más educada que decirle lo que pienso cada vez que entra en una habitación.

Cathaline sintió una calidez inesperada en las mejillas.

—¿Y qué piensa?

Ewan regresó al paño.

—Que si esto fuera un juego, habría hecho trampas hace semanas.

—Eso no responde.

—Lo sé.

—Entonces ¿qué está haciendo?

Él terminó de limpiar la herida antes de contestar.

—Esperando.

—¿A qué?

Ewan dejó el paño sobre la mesa.

—A que tome una decisión que no pueda atribuirme después.

El humor no desapareció de su voz, pero quedó algo más serio debajo.

Cathaline sostuvo su mirada.

—Ha decidido muchas cosas por mí sin esperar.

—Precisamente, como le dije en el cobertizo, ahora esperaré a que usted me dé lo que quiero por voluntad propia.

Sacó una tira limpia del arcón y empezó a vendarle la palma.

—Parece muy seguro de que le daré lo que quiere.

Cathaline sintió una presión incómoda bajo las costillas. La certeza de Ewan la desarmaba más que cualquiera de sus provocaciones.

—¿Qué hará cuando abandone Eilean Ròs? —preguntó.

Intentó que sonara casual.

No lo consiguió.

Ewan dio una vuelta a la tela alrededor de su mano.

—Regresaré a Glenmuir durante unos días.

Cathaline intentó que la pregunta siguiente sonara indiferente.

—¿Y después?

Ewan alzó una ceja.

—Me ocuparé de algunos asuntos.

—Entonces ¿no permanecerá en Glenmuir?

—No todo el tiempo.

—Comprendo.

No comprendía nada.

Y, por alguna razón, aquello la inquietó más de lo que debería.

Ewan anudó la venda.

—¿Y usted?

—Regresaré con mis padres.

—Entonces espero que el viaje sea agradable.

Cathaline aguardó.

Ewan no añadió nada.

—¿Eso es todo?

Él inclinó la cabeza.

—¿Qué esperaba que dijera?

—No lo sé.

—Ese es precisamente nuestro problema, rubia.

Cathaline retiró la mano de la suya.

—Podría haberme pedido que fuera con usted.

—Podría.

—Pero no lo ha hecho.

—No.

—¿Por qué?

Ewan se puso en pie.

La caseta no era grande. Una vez erguido, pareció ocupar demasiado espacio entre la mesa, el banco y Cathaline.

—Porque no pienso pedirle que siga a un hombre a una casa que no conoce, en una tierra que no ha escogido, sobre la base de una promesa que jamás le dio —Ewan se apoyó en el borde de la mesa, frente a ella—. Cuando regresen a Londres, si desea terminar el compromiso, lo terminaremos.

La frase le produjo un vacío inmediato.

—¿Así de sencillo?

—No para mí.

—No lo parece.

—¿Qué preferiría? ¿Que la obligara a mantenerlo porque tres hombres me vieron firmar un papel?

Cathaline no respondió.

Ewan continuó:

—Asumiré la responsabilidad. Diremos que fue usted quien cambió de opinión o que mis circunstancias no eran adecuadas para una Hamilton. Londres no necesita esforzarse demasiado para creer que un escocés sin título no estuvo a su altura.

—Permitiría que lo despreciaran.

—Londres lleva años practicando. Sobreviviré.

—¿Y Mowbray?

—Ya no podrá utilizar nada contra usted. Y después de rechazar a un escocés tan guapo, sospecho que Londres concluirá que usted debe de ser todavía más hermosa de lo que parecía.

Cathaline examinó su rostro.

Ewan estaba dispuesto a convertirse en el hombre que había reclamado a la mujer más admirada de Londres y después quedar humillado. A permitir que los salones se rieran de él, que los periódicos cuestionaran sus intenciones y que los Hamilton lo consideraran todavía más irresponsable.

No porque quisiera marcharse.

Porque quería devolverle la libertad que le había quitado.

Cathaline bajó la vista hacia la venda blanca que él acababa de colocarle.

—No quiero que termine todavía.

Ewan no se movió.

Ni siquiera pareció respirar durante un instante.

—¿Todavía? —repitió.

—No abuse de una sola palabra.

—Jamás me atrevería.

—Está sonriendo.

—Estoy intentando no hacerlo.

Cathaline levantó los ojos.

La sonrisa desapareció.

Lo que quedó en el rostro de Ewan resultó mucho más peligroso.

—Entonces no terminará —dijo.

No pidió nada más.

No utilizó la confesión para acercarse.

Simplemente permaneció delante de ella, con las manos apoyadas a ambos lados de la mesa, dejándole todo el espacio que la habitación permitía.

Cathaline se puso de pie.

Ewan no retrocedió.