La perdición del highlander (Los Duques de Escocia 4) Capítulo 14
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Capítulo 14

Cuatro días después de la boda, Eilean Ròs empezó a recuperar su aspecto habitual.

Las cintas Hamilton y MacKinnon desaparecieron de las puertas, los criados retiraron las flores marchitas y las mesas del gran salón dejaron de sostener copas, regalos y bandejas a todas horas.

La isla no parecía impresionada por haber celebrado la unión de dos casas antiguas.

El mar seguía golpeando las rocas, los pescadores llegaban al patio con barro en las botas y los perros continuaban durmiendo delante de las chimeneas como si ningún duque inglés tuviera derecho a pedirles que se apartaran.

Fiona tampoco parecía especialmente alterada por haberse convertido en una mujer casada.

Caminaba junto a Cathaline y Audrey por el sendero que bordeaba el huerto amurallado, vestida con lana oscura, botas resistentes y el tartán MacKinnon cruzado sobre un hombro. El cabello rojo estaba recogido en una trenza gruesa y una navaja continuaba colgando de su cinturón.

Cathaline había supuesto que el matrimonio produciría alguna transformación visible.

Por el momento, solo había conseguido que Fiona llevara un anillo y que Edward apareciera con mayor frecuencia a su lado.

—¿Ya ha descubierto algún defecto nuevo de mi hermano? —preguntó Audrey.

Fiona contempló la casa por encima del muro de piedra.

—Ocupa demasiado espacio en la cama.

Cathaline volvió la cabeza.

Audrey mantuvo una expresión mucho más serena.

—Edward siempre ha sido alto.

—No es una cuestión de altura. Se acuesta de un lado y despierta en el otro como si hubiera pasado la noche conquistando territorio.

—Eso es bastante Hamilton —reconoció Cathaline.

Fiona continuó:

—También coloca sus botas exactamente paralelas al borde de la alfombra.

—Eso no parece un defecto —dijo Audrey.

—Lo es cuando decide colocar también las mías.

Cathaline soltó una risa.

—De niño ordenaba los soldados de plomo por rango antes de permitir que Richard los utilizara.

—Richard mezclaba la caballería con los cañones —replicó Audrey—. Edward intentaba proteger la coherencia militar.

—Richard tenía seis años.

—Precisamente.

Fiona levantó un dedo.

—Y cierra las ventanas.

Cathaline dejó de sonreír.

—Eso sí es Edward.

—Anoche me levanté para abrir una porque la habitación estaba demasiado caliente. Cuando regresé a la cama, volvió a cerrarla sin apenas despertarse.

Audrey arqueó una ceja.

—¿Está segura de que dormía?

—Creo que fingía hacerlo para evitar una discusión.

Cathaline asintió con gravedad.

—Mi padre lleva años perfeccionando ese método.

—Malcolm tampoco soporta una ventana abierta por la noche —comentó Audrey.

Fiona la miró.

—¿Y qué hace usted?

—Espero a que se duerma y la abro.

—Eso resulta más prometedor.

—El matrimonio exige paciencia.

Cathaline contempló a sus dos acompañantes.

—Según lo que estoy oyendo, exige engaño, entrenamiento y una vigilancia constante de las ventanas.

—También exige apropiarse de las mantas antes que el marido —añadió Fiona.

—Malcolm no tira de ellas —lo defendió Audrey.

—Malcolm duerme como si estuviera vigilando una frontera. Probablemente teme que las mantas intenten invadir Glenmuir.

Audrey sonrió.

—Después de unos años, una aprende a ignorar ciertas cosas.

—Qué perspectiva tan alentadora —dijo Cathaline—. Me sorprende que nadie incluya estos detalles en las propuestas de matrimonio.

Fiona se giró hacia ella.

—Al menos yo sabía que estaba casándome cuando me levanté aquella mañana.

Cathaline reconoció el peligro demasiado tarde.

—Qué útil.

—Usted lleva seis semanas prometida y todavía no ha decidido si piensa conservar al prometido.

—No sabía que Ewan fuera un objeto que pudiera devolverse.

—Dada su costumbre de ir hecho un desastre en comparación a usted, varias personas de esta isla consideran admirable que todavía no haya intentado devolverlo.

Audrey ocultó una sonrisa.

Cathaline siguió caminando.

—El compromiso no es real.

—Eso dice con menos convicción cada vez —observó Fiona.

—No he cambiado de opinión.

—No he dicho que lo haya hecho.

—Lo ha pensado.

—Pienso muchas cosas. Casi ninguna resulta conveniente para las conversaciones inglesas.

Audrey intervino antes de que Cathaline encontrara una respuesta.

—La pregunta de Fiona no es del todo absurda.

Cathaline la miró.

—Qué traición tan inesperada.

—La boda ha terminado. Edward permanecerá aquí. Douglas y Mairi regresarán a Brodick. Malcolm y yo volveremos a Glenmuir. Padre y madre piensan viajar al sur antes de que termine la semana.

Fiona recogió el extremo de su tartán cuando el viento intentó levantarlo.

—¿Qué pasará cuando se marchen todos?

Cathaline no respondió de inmediato.

Durante seis semanas habían sostenido el compromiso delante de Londres. Habían acudido juntos a recepciones, soportado felicitaciones, respondido preguntas y permitido que la sociedad construyera a su alrededor una historia que ninguno de los dos había planeado.

Si Cathaline regresaba ahora a Hamilton Lodge con sus padres, nada cambiaría realmente.

Ewan tendría que volver detrás de ella.

Otra vez Inglaterra. Otra vez los salones. Otra vez levitas, cenas y conversaciones formales para sostener un compromiso que Cathaline todavía no había decidido convertir en verdadero.

La idea la incomodó más de lo que esperaba.

Hasta entonces había sido Ewan quien había cruzado distancias para entrar en su vida. Había ido a Londres por una carta, se había quedado por ella, había regresado cuando Mowbray la atacó y había soportado durante semanas un mundo que no era el suyo.

Cathaline no sabía todavía si quería casarse con él.

Pero empezaba a comprender que no podía descubrirlo obligándolo siempre a vivir en el lugar donde ella se sentía cómoda.

Cuando la familia se dispersara, el acuerdo dejaría de ser una solución inmediata a un escándalo.

Se convertiría en una elección pendiente.

—Regresaré con mis padres —dijo Cathaline.

Audrey la observó.

—¿A Londres?

—Naturalmente.

Fiona miró hacia el mar.

—¿Y el señor Sinclair?

—El señor Sinclair puede ir donde considere oportuno. Posee una habilidad extraordinaria para hacerlo sin consultar a nadie.

La respuesta debería haber cerrado el asunto.

No lo hizo.

Al doblar el sendero encontraron a Ewan y Tavish junto a una carreta cargada de sacos. Ambos discutían con un anciano MacKinnon acerca de la cantidad de harina que debía almacenarse antes de la siguiente tormenta.

Ewan llevaba un abrigo de lana oscura abierto sobre el chaleco y el tartán Sinclair cruzado desde el hombro hasta la cintura. El viento le desordenaba el cabello cobrizo y había una mancha de polvo blanco sobre una manga. Cuando vio acercarse a las mujeres, dejó de hablar.

Sus ojos encontraron primero a Cathaline.

No descendieron por su vestido ni se detuvieron en su boca.

Pero una chispa divertida apareció en ellos.

Ewan inclinó la cabeza.

—Lady Cathaline.

—Señor Sinclair.

Fiona miró alternativamente a ambos.

—Esto empieza a resultar agotador.

Ewan apoyó un brazo sobre uno de los sacos.

—¿El qué?

—La exquisita educación que has adquirido de repente, Ewan. Como si no te conociera desde que era un niño.

—Londres ha educado mi carácter.

Cathaline soltó un sonido incrédulo.

—Londres no realiza milagros.

—No me ha abofeteado nadie desde que regresamos a Escocia. Debo de estar haciendo algún progreso.

La mirada de Cathaline se estrechó.

Tavish decidió que uno de los sacos requería toda su atención.

Audrey, en cambio, no tuvo la cortesía de mirar hacia otro lado.

—El médico dijo que su herida estaba curada —comentó Cathaline.

Ewan se tocó la sien, donde la cicatriz nueva apenas se distinguía bajo el cabello.

—Algunas lesiones dejan consecuencias más profundas.

—En su caso, no creo que puedan alcanzar demasiada profundidad.

La sonrisa de Ewan apareció despacio.

Aquella sí era la expresión que Cathaline llevaba días buscando sin intención de admitirlo.

—Me tranquiliza comprobar que el matrimonio de su hermano no ha suavizado su lengua —replicó él.

—Creo que la ha agudizado.

—Qué espanto.

Fiona cerró los ojos.

—Vámonos antes de que empiecen otra vez.

—No hemos empezado nada —replicó Cathaline.

Ewan no dijo una palabra. La forma en que la miró bastó para recordarles a ambos el cobertizo, el banco de trabajo y quién había empezado exactamente la última vez.

Cathaline continuó caminando.

Lo hizo con la espalda recta.

No giró la cabeza.

Esperó hasta que la carreta quedó lo bastante lejos para hablar.

—Está jugando conmigo.

Audrey levantó una ceja.

—¿Ewan?

—Por supuesto.

—Creía que apenas te hablaba.

—Esa es precisamente una de sus formas de hacerlo.

Fiona soltó una risa.

—Entonces parece que la conoce bien.

Cathaline decidió que ambas mujeres habían disfrutado ya demasiado a su costa.

—¿No tiene usted una ventana que cerrar, Fiona?

La nueva lady Hamilton sonrió.

—Varias.

Después del almuerzo, la mitad de la familia decidió caminar hasta la antigua torre de señales situada sobre la cala occidental.

La idea había sido de Richard, que aseguraba haber visto focas desde la ladera durante la mañana.

Douglas sostuvo que probablemente se trataba de rocas.

Richard respondió que las rocas no movían la cabeza.

Malcolm preguntó cuánto whisky había tomado antes de realizar aquella observación, y la discusión terminó con tres hombres, dos mujeres, varios niños y una cantidad innecesaria de perros avanzando por el sendero.

Cathaline se unió porque la tarde estaba despejada.

No porque Ewan fuera con ellos.

Se lo repitió dos veces.

La pequeña Eliza caminaba de la mano de Audrey. Harriet avanzaba unos pasos por delante de Mairi, decidida a recoger cada piedra que consideraba interesante. Ruairidh, el hijo de Morag, corría junto a uno de los perros MacKinnon mientras Fiona le gritaba que se mantuviera lejos del borde.