Capítulo 13 #4
Sus manos permanecieron un segundo sobre sus hombros.
Cathaline volvió la cabeza.
Él estaba demasiado cerca.
—Buenas noches, rubia.
Ella debería haber protestado.
No lo hizo.
Regresó a la casa con el cabello parcialmente deshecho, la capa cerrada de manera incorrecta y una sensación extraña en las piernas que esperaba que Audrey tuviera la decencia de no advertir.
Naturalmente, Audrey lo advirtió todo.
Estaba junto a una ventana de la galería cuando Cathaline entró.
Su mirada descendió hacia la boca de su hermana.
Después hacia el cabello.
Después hacia la capa.
Cathaline levantó una mano.
—Ni una palabra.
—No he dicho nada.
—Lo estás pensando.
—Estoy pensando muchas cosas.
—Pues guárdalas.
Audrey miró hacia el sendero exterior.
—¿Ewan sigue vivo?
—Lamentablemente.
—Eso parece prometedor.
Cathaline empezó a caminar.
Audrey la siguió.
—No significa que vaya a casarme con él.
—No he dicho que lo significara.
—Pero lo piensas.
Audrey guardó silencio durante unos pasos.
—Pienso que has pasado seis semanas asegurando que no querías verlo y acabas de volver del embarcadero con la mitad de las horquillas desaparecidas.
Cathaline se detuvo.
—No es la mitad.
—Me tranquiliza.
—Buenas noches, Audrey.
Su hermana abrió la puerta de la habitación.
—Buenas noches.
Cathaline entró.
—Y no se lo cuentes a Malcolm.
Audrey la miró con una calma ofensiva.
—No necesito hacerlo.
—¿Por qué?
—Porque es primo de Ewan. Probablemente lo sabrá con solo mirarlo mañana.
Cathaline cerró la puerta. Su doncella tardó casi veinte minutos en retirar lo que quedaba del peinado y, cuando por fin se quedó sola frente al espejo, estudió su propio reflejo con una atención que no solía concederse.
Seguía siendo ella, lady Cathaline Hamilton, la mujer que Londres consideraba perfecta: el cabello rubio cayéndole sobre los hombros, los ojos celestes, la piel clara, el pequeño lunar junto a la clavícula, los labios más rojos de lo habitual y una marca tenue cerca del cuello que el vestido del día siguiente tendría que ocultar.
Cathaline rozó la zona con dos dedos. No lamentaba haber ido tras él. Y eso era, precisamente, lo peor.
A la mañana siguiente, Eilean Ròs despertó antes que el sol.
Las campanas empezaron temprano. Los criados cruzaban los corredores con flores, cintas y bandejas de desayuno. Mujeres MacKinnon entraban y salían de la habitación de Fiona. Desde el patio llegaban voces de hombres preparando caballos y carruajes.
Cathaline permitió que su doncella la vistiera con una paciencia heroica.
Había escogido seda azul Prusia. El corpiño se ajustaba perfectamente a su figura, realzando una cintura estrecha bajo el corsé antes de abrirse sobre el volumen elegante de la falda y el polisón.
Bordados de plata recorrían los puños y parte del cuerpo.
El cuello era ligeramente más alto de lo que habría elegido en Londres.
Por razones que no pensaba explicar.
Su cabello volvió a quedar recogido con absoluta perfección. Bucles rubios junto a las sienes, horquillas de perla y ni un solo mechón fuera de lugar.
La mujer del espejo no parecía haberse sentado sobre un banco de madera con Ewan Sinclair entre las rodillas unas horas antes.
Aquello requirió verdadero talento.
Cuando bajó al salón, Richard fue el primero en verla.
—Has tardado mucho.
Cathaline lo miró.
—Algunas personas necesitamos algo más que agua y una chaqueta para resultar presentables.
Richard examinó su propia ropa.
—Estoy perfectamente presentable.
—Eso demuestra que la ignorancia proporciona mucha felicidad.
Douglas soltó una risa desde el otro lado de la sala.
Y entonces Cathaline vio a Ewan.
Estaba junto a Malcolm.
Vestía su mejor traje escocés: chaqueta oscura ajustada a los hombros, chaleco, botas altas y el tartán Sinclair dispuesto sobre el cuerpo con el antiguo broche de plata. El cabello cobrizo estaba peinado hacia atrás, aunque una onda ya empezaba a liberarse junto a la sien.
La barba corta enmarcaba la boca que había recorrido su cuello unas horas antes.
Cathaline se detuvo.
Ewan la miró.
No sonrió.
Sus ojos descendieron un instante hacia el cuello alto del vestido.
Volvieron a subir.
Aquello fue suficiente.
Cathaline atravesó el salón con la espalda recta, la barbilla alta y toda la perfección de una Hamilton educada para entrar en una habitación y hacer que el resto pareciera desordenado.
Pasó junto a Ewan.
No dijo una palabra.
Él tampoco.
Para cualquiera que los observara, lady Cathaline Hamilton continuaba castigando al hombre que había tenido la insolencia de anunciar un compromiso sin preguntarle.
Solo ellos sabían que la noche anterior ella había recorrido voluntariamente la distancia hasta el embarcadero.
Solo ellos sabían quién había besado primero.
Solo ellos sabían por qué Cathaline llevaba el cuello del vestido un poco más alto aquella mañana.
A Londres le había bastado una mañana para convertir a Ewan Sinclair en su prometido.
A Eilean Ròs le había bastado una noche para hacerle temer que algún día pudiera querer que lo fuera de verdad.