Capítulo 13 #3
Una de sus grandes manos descendió por la curva de su cintura y siguió por su cadera hasta encontrar su pierna bajo el volumen de la falda.
La palma recorrió lentamente el tejido, bajó hasta su rodilla y volvió a subir, arrastrando consigo las capas del vestido.
Cathaline sintió primero el aire frío rozándole la bota; después, la seda de la media quedó expuesta.
La mano de Ewan se cerró alrededor de su pantorrilla con una firmeza que hizo que se le cortara el aliento.
Él era todo fuerza contenida, hombros anchos y cuerpo duro bajo la ropa, y ella tuvo de pronto una conciencia insoportable de su propio cuerpo, de sus curvas apretadas contra él, de sus pechos rozándole el torso cada vez que respiraba.
Ewan continuó ascendiendo despacio, sin apartar la boca de la suya, como si quisiera darle tiempo suficiente para detenerlo.
Aquello era precisamente lo peor. O lo mejor.
Cathaline ya no sabía distinguirlo. Cuando sus dedos alcanzaron la rodilla, ella se aferró con más fuerza a su nuca. Entonces Ewan se detuvo.
—Míreme.
Cathaline lo hizo.
—Si quiere que pare...
—No.
La respuesta salió demasiado deprisa.
Algo cambió en el rostro de Ewan.
No sonrió.
Y Cathaline se alegró.
Su mano siguió ascendiendo, lenta sobre la media, hasta detenerse en la parte alta del muslo. El contacto, incluso a través de la tela, le provocó un estremecimiento que Ewan sintió.
Cathaline abrió un poco las rodillas.
Él inhaló despacio.
La boca de Ewan regresó a su cuello mientras su mano permanecía firme sobre su pierna. Cathaline deslizó las manos por su torso, abrió dos botones de la camisa y encontró piel caliente debajo.
El cuerpo de Ewan era distinto al de los hombres que había conocido en salones, incluso distinto a cómo lo había imaginado. Había dureza bajo la piel, cicatrices pequeñas, músculos tensos y el calor de un hombre acostumbrado a utilizar su propio cuerpo.
Cathaline recorrió una cicatriz estrecha con los dedos.
Ewan apretó la mandíbula.
—No haga eso.
Ella volvió a hacerlo.
—¿Esto?
Él le mordió suavemente el cuello.
Cathaline perdió cualquier respuesta.
El cuerpo de Ewan volvió a acercarse entre sus piernas. La presión de él contra las capas de ropa fue suficiente para que Cathaline comprendiera exactamente dónde estaba el límite que estaban alcanzando.
Y esta vez no la asustó.
Se movió hacia él.
Ewan se quedó completamente quieto.
—Cathaline.
Ella volvió a hacerlo.
Ewan apoyó ambas manos sobre el banco, una a cada lado de su cuerpo.
—No.
Cathaline lo miró, sorprendida.
—¿No?
Ewan cerró los ojos durante un segundo.
Cuando volvió a abrirlos, había algo casi doloroso en su expresión.
—No haga eso otra vez.
—¿Por qué?
Él soltó una respiración lenta.
—Porque estoy intentando recordar que dentro de esa casa hay suficientes Hamilton para enterrarme en la isla.
Cathaline sintió una sonrisa subirle a la boca.
—¿Ahora tiene miedo de mis hermanos?
—Siempre he tenido miedo de sus hermanos. Solo soy demasiado inteligente para admitirlo delante de ellos.
Ella se rio, pero Ewan no apartó la mirada.
La risa se fue apagando poco a poco al hacerse consciente de la posición en la que estaban: él seguía entre sus rodillas y las manos de Cathaline continuaban bajo su camisa, apoyadas directamente sobre la piel cálida de su torso.
De pronto, aquello dejó de parecerle divertido.
—Si continúo —dijo Ewan— no voy a querer detenerme aquí.
Cathaline tragó saliva.
—Eso suena como una amenaza.
—Lo es, Cathaline Hamilton. Y está peligrosamente cerca de descubrir dónde está mi límite.
Cathaline sintió algo apretarse en el pecho.
No había triunfo en él.
Ni insolencia.
Solo deseo.
Mucho.
Ewan retiró lentamente la mano de debajo de las capas de falda y volvió a colocar la ropa en su sitio.
Cathaline lo observó.
—¿Por qué se detiene?
La pregunta pareció costarle un esfuerzo.
—Porque quiero más —Ella se quedó quieta. Ewan le pasó una mano por sus bucles dorados y miró hacia la puerta—. Y no quiero conseguirlo aquí, con media familia dentro de la casa y usted enfadada conmigo mañana.
—Estaré enfadada con usted mañana de todas formas.
—Probablemente.
—No parece preocuparle.
—Me preocupa bastante.
Cathaline arqueó una ceja.
—No lo demuestra.
—Estoy intentando conservar algo de dignidad.
—Va vestido con tartán en un cobertizo de barcas.
Ewan la miró.
—Y usted acaba de seguirme hasta aquí con un vestido que cuesta más que esta embarcación.
Cathaline bajó la vista hacia su falda.
—Mucho más.
Ewan soltó una risa.
Ella también.
Aquello resultó extrañamente íntimo.
Ewan recogió una horquilla del suelo.
Cathaline la reconoció.
—Démela.
Él la sostuvo entre dos dedos.
—¿Cuántas lleva?
—Las necesarias.
—Eso no es una cifra.
—No necesita conocerla.
Ewan se acercó.
En lugar de entregársela, intentó colocarla él mismo entre los mechones sueltos.
Cathaline se quedó inmóvil.
Los dedos grandes de Ewan resultaban completamente inadecuados para semejante tarea.
—Va a arrancarme el cabello.
—Estoy siendo cuidadoso.
—No sabe cómo.
—Estoy aprendiendo.
El corazón de Cathaline dio un golpe.
—Quédese con la horquilla.
—¿Es un regalo?
—Tómelo como un préstamo.
—No sé si podré devolvérselo, soy demasiado pobre.
Cathaline puso los ojos en blanco, convencida de que estaba burlándose de ella.
Ewan sonrió. No hizo nada por corregirla.
Tampoco mencionó que hacía ya algún tiempo que podía permitirse bastante más que una horquilla de ricos.
Los Sinclair conocían el alcance de aquella fortuna reciente; Cathaline, no.
Audrey todavía no había encontrado ocasión de decírselo y Ewan, perfectamente consciente de ello, parecía disfrutar demasiado de dejar que ella siguiera imaginándolo como el primo escocés de recursos modestos.
Cathaline bajó del banco.
Las piernas le fallaron ligeramente al tocar el suelo.
Ewan la sujetó por la cintura.
Esta vez ninguno de los dos fingió que era accidental.
Cathaline levantó los ojos.
—Sigo furiosa con usted.
—Lo sé.
—No he olvidado lo que hizo.
—Tampoco yo.
—Y esto no significa que vaya a casarme con usted.
Ewan miró su boca hinchada.
—No.
Cathaline estrechó los ojos.
—¿No?
—No me tiente a decir otra cosa.
Aquello debería haberla satisfecho.
En cambio, le produjo una punzada inesperada.
—Es usted un insolente.
—Y eso es lo que le gusta de mí.
Cathaline tomó su capa.
Ewan la ayudó a colocársela.