Capítulo 13 #2
Cathaline soltó una risa mientras Audrey se ocupaba de las últimas cintas que Eliza quería colocar a la mañana siguiente.
Entonces vio a Ewan.
Atravesó el vestíbulo con el abrigo sobre un brazo.
No dijo nada.
No buscó su mirada.
Abrió una puerta lateral y salió.
Cathaline observó cómo se cerraba.
Audrey levantó la vista de las cintas.
—No.
Cathaline se giró hacia ella.
—No he dicho nada.
—Te conozco.
—Eso suena presuntuoso.
—Soy tu hermana.
Cathaline dejó la copa sobre una mesa.
—Necesito aire.
Audrey miró hacia la puerta por donde Ewan acababa de desaparecer.
—Por supuesto.
—Ni una palabra.
—No pensaba decirla, solo te pido que no hagas nada irremediable.
—¡Audrey! ¡Por el amor de Dios! —se indignó Cathaline, tomando una capa.
Audrey regresó a las cintas.
—Procura no mancharte el vestido.
Cathaline le lanzó una mirada terrible.
—Buenas noches, Audrey.
—Que descanses.
—No te rías tú también de mí.
Su hermana no respondió.
Cathaline salió.
Por suerte, la señorita Worth no había venido a Eilean Ròs. De haber estado allí, Cathaline no habría conseguido atravesar la puerta sin dar antes una explicación bastante más convincente que la que acababa de ofrecerle a Audrey.
El viento nocturno la golpeó en cuanto atravesó la puerta.
Levantó la capucha de la capa y recogió parte de la falda con una mano.
El vestido que llevaba era más oscuro que el de la mañana, de un azul celeste semejante al de sus ojos, con el cuerpo ajustado y una sobrefalda que caía sobre el polisón en pliegues perfectamente construidos.
Había elegido perlas en las orejas y un pequeño broche en el cuello.
El cabello seguía recogido, aunque el viento empezó a liberar algunos mechones antes de que alcanzara el sendero.
No se dijo que estaba siguiendo a Ewan.
Aquello habría resultado demasiado ridículo incluso para ella.
Se dijo que necesitaba hablar con él.
Era cierto.
En parte.
Lo encontró en el cobertizo de barcas situado al final del muelle.
Una lámpara colgaba de una viga y proyectaba luz sobre cuerdas, redes y herramientas. El mar golpeaba bajo el suelo de madera. Una embarcación pequeña descansaba sobre soportes cerca de la pared.
Ewan estaba de espaldas.
Se había quitado el abrigo y la chaqueta. Llevaba la camisa remangada y estaba comprobando un nudo grueso alrededor de una pieza de hierro.
Cathaline cerró la puerta.
Ewan no se volvió.
—No sabía que lady Cathaline tuviera afición por los aparejos.
—No la tengo.
—Entonces se ha perdido.
—No me he perdido.
Ewan terminó de ajustar la cuerda antes de girarse.
La recorrió con una mirada lenta.
Cathaline sintió cada segundo.
No había nada indecoroso en aquella mirada.
Eso la irritó aún más.
—Lleva días evitándome, quizás meses.
Ewan levantó ligeramente una ceja.
—No la he evitado, me he limitado a obedecerla... me dijo que no me acercara a usted.
—Me dirige menos palabras que a los caballos.
—Los caballos discuten menos.
—Ah.
—Pero patean más.
Cathaline se acercó.
—Tuvo suficiente valor para comprometerme delante de media Inglaterra y ahora no consigue decirme buenas noches.
Ewan apoyó una cadera contra la embarcación.
—La última vez que decidí algo por usted me abofeteó delante de su padre, sus hermanos, mi primo y prácticamente toda la familia. Estoy intentando aprender.
—Lo está haciendo de manera irritante.
—Nunca me habían acusado de obedecer demasiado.
—No está obedeciendo. Está provocándome de otra forma y sé que lo está haciendo con propósito.
La sonrisa desapareció lentamente del rostro de Ewan.
—No era mi intención.
—Eso resulta difícil de creer, sobre todo cuando sus ojos se iluminan con esa sonrisa burlona.
Ewan guardó silencio.
Cathaline estaba demasiado acostumbrada a sus respuestas rápidas para no notar la diferencia.
—¿Qué quería que hiciera? —preguntó finalmente.
Ella abrió la boca.
No respondió.
¿Qué quería?
Que se acercara.
Que insistiera.
Que volviera a comportarse como el hombre que había atravesado Inglaterra por ella.
Que hiciera algo que justificara el hecho de que Cathaline llevaba días buscándolo en cada habitación.
—Podría haber hablado conmigo.
—Lo hice en Hamilton Lodge.
—Me anunció que pensaba casarse conmigo.
—Creí que era bastante claro.
—No lo fue.
—Entonces dígame qué habría sido claro.
Cathaline se acercó otro paso.
El viento entraba entre las tablas y levantaba ligeramente el borde del tartán que Ewan llevaba sujeto a la cintura.
—¿Todavía piensa hacerlo?
—¿Pedirle matrimonio?
—Sí.
—Sí.
No vaciló.
Cathaline sintió una presión incómoda bajo las costillas.
—¿Después de estas semanas?
—Especialmente después de estas semanas.
—Eso no tiene sentido.
—He descubierto que puedo soportar muchas cosas.
—Qué romántico.
—No había terminado —Cathaline esperó. Ewan inclinó la cabeza—. Su silencio no es una de ellas.
Algo casi parecido a satisfacción apareció dentro de ella.
—Entonces ¿por qué no ha hecho nada?
—Porque ya hice demasiado —La respuesta eliminó cualquier posibilidad de burla. Ewan bajó la vista un instante—. Di su palabra sin tenerla. No pienso utilizar ahora ese compromiso para conseguir nada más de usted.
Cathaline lo observó.
Ahí estaba otra vez.
El hombre que Londres habría considerado poco refinado comportándose con una contención que muchos caballeros ingleses no habrían mostrado.
Aquello resultaba profundamente inconveniente.
—Ha aprendido tarde.
Ewan miró su mano.
—La lección fue convincente.
Cathaline vio la pequeña cicatriz junto a la sien.
—Se la merecía.
—Sí.
—¿Ni siquiera va a discutir eso?
—No.
—Está perdiendo facultades, Ewan Sinclair. Usted no era así cuando lo conocí en Glenmuir.
—Probablemente he madurado un poco desde entonces, al igual que usted... lady Cathaline.
Cathaline se sonrojó al comprender que Ewan la veía como una mujer y avanzó hasta quedar demasiado cerca.
Una pequeña fibra de cuerda se había prendido en la manga de él; levantó la mano para retirarla, pero, una vez hecho, sus dedos no se apartaron.
No había ninguna razón para que siguieran allí.
Y, sin embargo, permanecieron. Ewan bajó la mirada hacia su mano y después la alzó hacia ella.
—Rubia.
La palabra le produjo algo absurdo y cálido bajo el pecho.
Habían pasado semanas sin oírla.
—No vuelva a llamarme de esa manera.
—Aléjese.
Cathaline levantó los ojos.
—¿Perdón?
La voz de Ewan descendió.
—Si no quiere que la llame así, aléjese.
Cathaline no se movió.
Ewan tampoco.
El mar golpeó contra los pilares del muelle.
Ella podía ver ahora pequeñas motas doradas alrededor de sus pupilas verdes. La barba corta le oscurecía la mandíbula con un color rojo que parecía fuego. Olía a sal, cuero y al jabón áspero que utilizaban los hombres allí.
Cathaline cerró una mano alrededor del borde de su tartán.
Tiró.
Y lo besó.
No fue un gesto delicado.
Durante seis semanas había intentado mantener entre ellos una distancia que Ewan había respetado con una disciplina casi ofensiva. Ahora la destruyó ella misma.
Su boca encontró la de él con rabia.
Ewan permaneció inmóvil durante un segundo.
Solo uno.
Después la mano de Ewan se cerró alrededor de su cintura y la otra encontró su nuca.
Cathaline chocó contra él.
El cuerpo masculino estaba duro, caliente y demasiado sólido bajo sus manos. El beso perdió cualquier prudencia en cuestión de segundos. Ewan abrió la boca sobre la suya y Cathaline respondió sin saber cuál de los dos había profundizado primero el contacto.
Hundió los dedos en el cabello rojo de su nuca y se quemó.
Ewan emitió un sonido bajo.
Eso fue suficiente para que Cathaline olvidara casi todo lo demás.
Él la atrajo más cerca. Una mano recorrió la curva de su espalda sobre la tela cara de su vestido y se detuvo justo encima del polisón, apretándola contra sus caderas.
Cathaline sintió claramente cuánto la deseaba.
El reconocimiento la hizo quedarse inmóvil un instante.
Ewan se detuvo también.
Los ojos verdes buscaron los suyos.
Cathaline debería haberse apartado.
En lugar de hacerlo, volvió a besarlo.
Esta vez Ewan perdió buena parte de la contención.
La levantó por la cintura y la sentó sobre el banco de trabajo.
Cathaline soltó una exclamación contra su boca cuando el vestido se acomodó torpemente entre ambos.
Las capas de tela, las enaguas y el polisón convertían cualquier movimiento en una negociación, pero Ewan pareció bastante dispuesto a enfrentarse a ella.
—No se atreva a reírse —murmuró Cathaline.
—No estaba pensando en reírme.
La forma en que la miró hizo que el calor subiera por su cuello y se sonrojara todavía más.
Ewan se colocó entre sus rodillas y volvió a besarla.
Su boca descendió hacia la mandíbula.
Después al cuello.
Cathaline inclinó la cabeza hacia atrás antes de poder evitarlo. La barba corta le raspó la piel sensible bajo la oreja. Sus manos se cerraron sobre los hombros de Ewan.
Él encontró el borde del escote.
Besó la piel que quedaba expuesta sobre la seda.
Cathaline cerró los ojos.
—Ewan —gimió.
Él levantó la cabeza.
—¿Qué?
Cathaline abrió los ojos. No podía decirlo.
Ewan esperó, inmóvil frente a ella, y aquella paciencia después de tantas semanas de provocaciones resultó mucho más insoportable que cualquiera de sus sonrisas insolentes.
Cathaline terminó por rendirse: tomó entre las manos el rostro del escocés, áspero por la barba rojiza, y volvió a besarlo con una urgencia que ya no podía fingir que no sentía. Ewan respondió enseguida.