La perdición del highlander (Los Duques de Escocia 4) Capítulo 13
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Capítulo 13

A la mañana siguiente, Cathaline descubrió que Eilean Ròs poseía una habilidad irritante para ensuciarlo todo.

El viento había cambiado durante la noche y traía consigo una humedad fina que no llegaba a convertirse en lluvia, pero se depositaba sobre las piedras, los escalones y los caminos como si la isla hubiera decidido comprobar hasta dónde llegaba la paciencia de sus invitados ingleses.

Cathaline contempló desde la ventana de su habitación el sendero que descendía hacia los establos y después bajó la vista hacia el vestido de paseo que su doncella acababa de terminar de ajustar.

Era de lana verde botella, perfectamente cortado, con el talle ceñido y una sobrefalda recogida lo bastante alto para evitar —en teoría— que el borde arrastrara por el suelo.

El cuello claro enmarcaba su rostro y varias filas de pequeños botones recorrían el corpiño.

Había escogido guantes color crema, botas nuevas y un sombrero adornado con una pluma discreta que, según su doncella, no sobreviviría media hora al viento.

Cathaline estaba dispuesta a demostrar que sí.

Su cabello rubio había sido recogido con el mismo cuidado con que habría acudido a una visita en Mayfair.

Dos bucles suaves enmarcaban las sienes y el resto permanecía sujeto en una construcción de horquillas, peines y una cantidad de paciencia que ninguna mujer MacKinnon parecía considerar necesaria para empezar el día.

Cuando salió al pasillo, Audrey la esperaba junto a la escalera con un abrigo oscuro y unas botas bastante más sensatas.

Su hermana contempló primero el vestido.

Después las botas.

Después el camino húmedo visible desde la ventana.

—Vas a mancharte los bajos.

Cathaline continuó caminando.

—No.

Audrey la siguió.

—Cathaline, la isla no conoce tu opinión sobre el asunto.

—Entonces será un buen momento para que la aprenda.

Audrey ocultó una sonrisa.

—En Glenmuir tardaste menos de una mañana en acabar dentro de un río.

Cathaline se detuvo en mitad de la escalera.

—Aquello fue un accidente extraordinariamente mal organizado.

—Por supuesto.

—Y no pienso repetirlo.

—Me tranquiliza saber que has negociado personalmente con el mar.

Cathaline levantó la barbilla.

—Si Eilean Ròs consigue estropear este vestido, consideraré que Fiona me debe otro.

La voz de la propia Fiona llegó desde abajo.

—No pienso indemnizar a una Hamilton por descubrir que Escocia tiene barro.

Cathaline terminó de descender.

Fiona esperaba en el vestíbulo con un traje de montar oscuro, botas hasta media pantorrilla y el tartán MacKinnon cruzado sobre un hombro.

No llevaba sombrero. El cabello rojo estaba recogido en una trenza gruesa que parecía concebida para resistir cosas bastante más graves que una ráfaga de viento.

Cathaline la observó.

—Eso explica muchas diferencias entre nosotras.

—¿Mi ropa?

—Su resignación.

Fiona ladeó la cabeza.

—Podría vivir aquí una temporada y acostumbrarse.

Cathaline la miró como si acabara de sugerirle que durmiera en un establo.

—Nunca.

Fiona sonrió.

—Eso mismo dijo Audrey.

Audrey suspiró, tocándose el broche que Malcolm le había regalado al tiempo de casarse y que sujetaba una pieza de tartán Sinclair con una pieza de tartán Hamilton. La unión de dos casas que cada vez se consolidaba más.

—No me introduzcas en esto.

Cathaline volvió hacia su hermana una mirada acusadora.

—Tú estabas enamorada. Es una enfermedad que altera el juicio.

—Y tú estás comprometida con un Sinclair.

—Falsamente.

—¿Seguro?

Cathaline siguió caminando antes de que cualquiera de las tres pudiera empeorar la conversación.

El problema era que ya no estaba tan segura de qué parte del compromiso resultaba falsa.

Aquello la acompañó durante toda la mañana.

También Ewan.

No físicamente.

Eso habría sido mucho más sencillo.

Ewan desaparecía de una habitación justo antes de que Cathaline entrara, aparecía en el patio cuando ella se encontraba junto a una ventana y atravesaba el comedor con una taza en la mano sin hacer nada más ofensivo que saludarla correctamente.

—Lady Cathaline.

Aquello era todo.

Ni una provocación.

Ni una mirada más larga de lo conveniente.

Ni una palabra impropia.

La trataba con una cortesía impecable que habría resultado tranquilizadora en cualquier otro hombre.

En Ewan Sinclair aquello resultaba insoportable. Porque él no era así, y Cathaline empezaba a sospechar que lo hacía a propósito, que estaba jugando con ella.

Cathaline pasó parte de la mañana con Fiona y Audrey inspeccionando los preparativos para la boda.

La casa MacKinnon se había transformado sin perder en absoluto su carácter.

Habían aparecido flores sobre las mesas, cintas entrelazadas con los colores Hamilton y MacKinnon, fuentes de plata que Eliza había conseguido enviar desde Inglaterra y más velas de las que la abuela MacKinnon consideraba razonables.

La propia anciana apareció cuando dos criados intentaban decidir dónde colocar una enorme composición floral que Eliza había ordenado traer expresamente desde Hamilton Lodge.

—Ahí no.

Los hombres se detuvieron.

Eliza miró hacia ella.

—Pensaba que junto a la ventana recibirían mejor la luz.

—Las flores no necesitan verla.

—Los invitados sí.

—Los invitados han venido a una boda, no a estudiar margaritas.

Cathaline bajó la cabeza para ocultar una sonrisa.

La abuela la vio.

—¿De qué se ríe?

—De nada.

—Eso hacen los ingleses cuando no quieren admitir que alguien tiene razón.

Cathaline levantó una ceja.

—No. Nosotros acostumbramos a cambiar de tema.

La anciana pareció satisfecha.

Fiona murmuró:

—Definitivamente peor que Audrey.

—La estoy oyendo.

—Era la intención.

Cathaline sonrió.

Aquello era extraño.

Eilean Ròs le resultaba áspero, húmedo, poco práctico y completamente incapaz de comprender la necesidad de una alfombra limpia.

Sin embargo, empezaba a entender por qué Fiona había luchado tanto por conservarlo.

Todo allí parecía pertenecer a alguien. Las paredes tenían historias, los nombres se repetían durante generaciones y hasta las discusiones parecían heredadas.

Cathaline pertenecía a una familia antigua.

Pero Hamilton Lodge era distinto.

Hamilton Lodge funcionaba.

Eilean Ròs sobrevivía.

Quizás por eso le resultaba imposible no pensar en Ewan.

Lo encontró al mediodía junto a los establos.

No porque lo estuviera buscando.

Naturalmente.

Había salido con Fiona para comprobar los caballos destinados al traslado hacia la pequeña capilla donde se celebraría la ceremonia. Cathaline caminaba con una mano levantando apenas la sobrefalda, sorteando el barro con tal precisión que parecía considerar cada piedra un adversario personal.

Un mozo MacKinnon la observó avanzar.

—No creo que llegue con el vestido limpio, milady.

Cathaline ni siquiera redujo el paso.

—Entonces observe con atención. Quizás aprenda algo.

El muchacho sonrió.

Fiona soltó una risa detrás de ella.

Y entonces Cathaline vio a Ewan.

Estaba junto a un caballo gris de nombre Bran, ajustando una correa de la montura.

Llevaba pantalones oscuros, botas altas y una camisa blanca con las mangas recogidas sobre los antebrazos.

El tartán Sinclair estaba sujeto a la cintura.

El cabello rojo había perdido cualquier intento de orden bajo el viento y la barba corta oscurecía su mandíbula.

Era demasiado guapo. Hasta las mujeres de los salones londinenses lo habían dicho, y Cathaline odiaba que un hombre pudiera parecer tan indecentemente atractivo haciendo algo tan ordinario como tensar una correa.

—Fiona MacKinnon. Pronto, Fiona Hamilton.

—Ewan, no me provoques.

Él miró hacia Cathaline.

—Lady Cathaline.

Otra vez.

Cathaline apretó los dedos alrededor de la falda.

—Señor Sinclair.

Ewan regresó a la montura.

Fiona miró primero a él y después al caballo.

—Esto empieza a resultar doloroso.

Cathaline siguió caminando.

—No sé a qué se refiere.

—No juegue conmigo, Sinclair.

Ewan se limitó a reír escandalosamente mientras Fiona le daba un empujón nada femenino.

Eso fue peor.

Por la tarde, Cathaline intentó convencerse de que la irritación desaparecería si dejaba de prestarle atención.

No funcionó.

Lo vio desde el salón conversando con Malcolm.

Lo oyó reír en el pasillo con Tavish.

Lo encontró ayudando a Richard a elegir una chaqueta escocesa que el muchacho quería ponerse para la boda pese a que Alexander consideraba que ya existían suficientes Hamilton jugando a ser Highlanders.

Y Ewan seguía sin acercarse.

Cuando se cruzaron al anochecer en una galería estrecha, él se hizo a un lado para dejarla pasar.

—Buenas noches, lady Cathaline.

Ella se detuvo.

—¿Durante cuánto tiempo seguirá jugando a esto, señor Sinclair?

Ewan volvió la cabeza y fingió sorpresa.

—¿Perdón?

Cathaline miró alrededor. Había una doncella al fondo y dos hombres conversaban junto a la escalera.

No era lugar para lo que quería decir.

El problema era que tampoco sabía exactamente qué quería decir.

—Nada.

Ewan la observó durante un momento bastante largo con un brillo divertido en los ojos.

—Buenas noches, milady. Debo ir a dormir pronto, todavía me duele el golpe que me dio en la cara hace unos meses. Debo recuperarme.

Y siguió caminando.

Cathaline permaneció inmóvil hasta que desapareció tras la esquina.

El muy miserable estaba divirtiéndose.

La víspera de la boda terminó varias horas después con música, brindis y una casa llena de voces.

Los MacKinnon habían abierto el salón grande y alguien había conseguido introducir un violín, dos gaitas y suficiente whisky para que Alexander empezara a mirar a sus hijos adultos con la expresión resignada de un padre que ya había perdido cualquier esperanza de imponer moderación.

Fiona se retiró temprano con su abuela y varias mujeres del clan.

Edward fue arrastrado hacia otra habitación por Douglas, Malcolm y Tavish.

Richard intentó seguirlos.

Alexander lo atrapó por el cuello de la chaqueta.

—No.

—Tengo diecinueve años.

—Precisamente.

—Douglas bebía whisky a mi edad.

—Douglas hacía muchas cosas que no utilizarás como precedente.