Capítulo 12 #3
—Recuerdo a una hermana menor que viajó hasta Glenmuir, se sentó delante de mí y decidió que tenía derecho a saber exactamente qué sentía yo por el laird Sinclair.
Cathaline volvió la cabeza.
—Aquello era distinto.
—¿Ah, sí?
—Audrey.
Su hermana suavizó la expresión.
—Solo digo que quizás ahora entiendo mejor por qué resultabas tan irritante.
Cathaline cruzó los brazos.
—Me alegra haber contribuido a tu crecimiento personal.
—Y a mí me alegraría bastante de devolverte el favor.
Cathaline entrecerró los ojos.
Audrey, con el cabello negro recogido de manera sencilla y aquellos ojos azules que se volvían especialmente claros cuando hablaba en serio, suavizó un poco la expresión.
—Ewan es primo de Malcolm. Ha formado parte de mi familia durante años.
Si algún día decidieras convertir este compromiso absurdo en uno verdadero, no sería precisamente la peor noticia que podrían darme.
Ewan es un buen hombre, Cathaline. Y ya sabes que yo no podré tener más hijos...
así que, seguramente, él o alguno de sus hijos acabaría convirtiéndose en el siguiente laird Sinclair, quizá incluso en el siguiente duque de Glenmuir.
—Qué conmovedor.
—No pretendía serlo.
Cathaline apartó la mirada.
Audrey añadió, con más suavidad:
—Además, ya sé lo que es mirar a un Sinclair y preguntarse qué demonios se supone que debe hacer una Hamilton con él.
Eso sí hizo que Cathaline la mirara.
Audrey, que según las viejas historias familiares era la viva imagen de su difunta tía mayor, la observó con una ternura poco habitual en ella, controlada bajo aquella frialdad elegante y siempre impecable que parecía acompañarla incluso en los momentos más íntimos.
—Mi consejo es que no dejes que el miedo decida por ti.
Cathaline tardó un instante en responder.
—No me asusta Ewan.
—No he dicho que te asuste él —respondió Audrey—.
Pero los Sinclair tienen una forma muy intensa de querer.
Cuando escogen a una mujer, rara vez retroceden.
Malcolm siempre tuvo claro que me quería y luchó por mí incluso cuando yo todavía no sabía qué hacer con él.
Llegó hasta Hamilton dispuesto a sostener su palabra delante de toda nuestra familia.
Mairi es igual, aunque el orgullo la obligue a disimularlo mejor: desde muy pronto supo que quería a Douglas —.
Audrey hizo una pausa y la miró con una ternura casi resignada—.
Empiezo a pensar que somos los Hamilton quienes siempre tardamos demasiado en entender lo que queremos.
Cathaline no respondió. Audrey tampoco insistió, y aquello fue quizás lo más parecido a una conversación amorosa que podían ofrecerse entre hermanas.
Durante el resto de la tarde, la casa volvió a llenarse de preparativos, voces y pasos apresurados, pero las palabras de Audrey continuaron acompañándola con una persistencia incómoda.
Cuando llegó la hora de la cena, Cathaline había conseguido que su doncella la vistiera como siempre y recuperó toda la compostura que se esperaba de una Hamilton.
Lo que no había conseguido era dejar de pensar en Ewan.
Ewan entró en el salón esa noche después de que todos se hubieran sentado.
Llevaba el cabello todavía húmedo, una chaqueta oscura y el tartán Sinclair sujeto con el broche.
Se disculpó con Fiona por el retraso, ocupó el lugar libre junto a Tavish y no dirigió una sola mirada hacia Cathaline hasta que el primer plato estuvo servido. Cuando lo hizo, ella ya lo observaba.
Ewan alzó apenas una ceja, casi divertido por el interés de Cathaline en él.
Cathaline frunció apenas el ceño, delicado y perfecto como todo en ella, y desvió la atención hacia Fiona.
Durante la cena, él habló con Malcolm y Tavish sobre una embarcación que debía salir con la marea de la mañana y escuchó a la abuela MacKinnon quejarse de que los criados ingleses cerraban demasiadas puertas y abrían demasiadas ventanas.
En algún momento, Richard terminó confesando que había intentado subir a la torre norte pese a que se lo habían prohibido, lo que provocó una discusión que entretuvo a media mesa.
—Otra inglesa en camino hacia la familia —comentó Tavish cuando la conversación derivó hacia la boda.
Malcolm levantó la vista de su copa.
—¿Otra?
—Fiona va a casarse con un Hamilton. Audrey se casó contigo. Mairi con Douglas. Y ahora este —señaló a Ewan con el vaso— ha decidido que tampoco quiere quedarse atrás.
Ewan siguió mordiendo la carne.
—No sabía que estuviéramos llevando una cuenta.
—Yo sí —dijo Tavish—. Esto empieza a parecer otra invasión, solo que esta vez sin armas y con caras mucho más bonitas.
Malcolm lo miró con calma.
—Curioso que lo diga un hombre que lleva tres días preguntando si ha llegado correo desde Inglaterra.
Tavish dejó el vaso sobre la mesa.
—Eso no tiene nada que ver.
Ewan levantó los ojos.
—Claro que no.
—Lady Eleanor vino de visita a Eilean Ròs. Es perfectamente razonable interesarse por si ha llegado bien a Londres.
—Hace semanas que llegó —dijo Malcolm, clavando sus ojos verdes en el joven Tavish.
—Entonces demuestra que soy un hombre constante.
Ewan soltó una risa.
—Eso será.
Tavish lo señaló con un dedo.
—No empieces tú. Eres el último hombre de esta mesa que puede burlarse de nadie por culpa de una inglesa.
—Cathaline no es "una inglesa".
Tavish arqueó una ceja.
—Eso ha sonado peligrosamente parecido a orgullo masculino protegiendo a su mujer.
Ewan bebió un trago antes de responder.
—Es una Hamilton.
Malcolm sonrió con dificultad. Era mayor que Ewan y, como laird de los Sinclair, estaba acostumbrado a cargar con una gravedad que su primo esquivaba siempre que podía; aun así, con Tavish cerca y lejos de los salones ingleses, también sabía permitirse cierta diversión.
—La peor de todos ellos —masculló Malcolm.
Tavish apoyó los antebrazos sobre la mesa.
—¿Qué demonios tienen los Hamilton?
Ewan miró un instante hacia el otro extremo del salón, donde Cathaline hablaba con Fiona y Audrey.
—Mala costumbre de meterse donde no los llaman.
—Y quedarse —añadió Malcolm, mirando a Audrey.
Tavish soltó una risa breve.
—Eso sí lo he notado; de hecho, han empezado a multiplicarse —señaló a las dos niñas que perseguían a los perros en el viejo salón MacKinnon.
—Lo notarás más cuando vuelvas a ver Eleanor —dijo Ewan.
Tavish se volvió hacia él.
—¿Quién ha dicho que vaya a volver a verla?
Ewan alzó una ceja.
—Nadie.
Malcolm tomó su copa.
—Precisamente por eso llevas toda la cena esperando que alguien la mencione. Así somos los escoceses, en cuanto vemos a la mujer de nuestra vida la sabemos reconocer.
Tavish murmuró algo en gaélico que hizo reír a los otros dos.
Cathaline no entendió una palabra.
Sí entendió, sin embargo, que Ewan estaba cómodo.
Allí no tenía que medir cada frase, ni recordar qué título correspondía a cada hombre, ni disfrazar de cortesía una respuesta que en Escocia podía decirse directamente.
Reía con Malcolm y Tavish como si aquel idioma, aquellas bromas y aquella manera de ocupar el espacio le pertenecieran por completo.
Y quizás eso fue lo que terminó de molestarla cuando, unos minutos después, un joven MacKinnon se acercó a pedirle un baile y Ewan ni siquiera pareció darse cuenta.
La corrección de Ewan empezó a resultar insoportable.