La perdición del highlander (Los Duques de Escocia 4) Capítulo 12 #2
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Capítulo 12 #2

Nada más. Ewan inclinó la cabeza y se apartó para ayudar a alguien más, y Cathaline tuvo que contener el impulso absurdo de volverse cuando sintió que él se alejaba.

Fiona ya avanzaba hacia ella, con el tartán MacKinnon sobre el hombro y el cabello pelirrojo luchando contra el viento.

No hubo abrazo efusivo entre ambas; ninguna de las dos era particularmente dada a ellos.

Fiona le tomó las manos, la examinó de arriba abajo como si quisiera comprobar que el viaje no había conseguido romper nada y dijo:

—Ha sobrevivido.

—Por muy poco. Su isla ha intentado arrancarme el sombrero tres veces.

—Entonces le ha gustado. Cuando Eilean Ròs detesta a alguien, empieza por los zapatos.

Cathaline miró las rocas negras, el mar embravecido y después a su futura cuñada.

—Empiezo a comprender muchas cosas sobre usted.

Fiona esbozó una media sonrisa.

—Espere a conocer mejor a mi abuela.

No tuvo que esperar demasiado. La anciana apareció en lo alto de la escalinata que conducía hacia la casa con un manojo de llaves colgado de la cintura, pequeña, completamente erguida y con el cabello blanco recogido en aquella trenza severa que Cathaline recordaba de las historias de Edward.

La abuela MacKinnon detuvo los ojos primero en la duquesa de Hamilton, después en Audrey y finalmente en Cathaline.

La recorrió desde los finos botines de charol hasta el sombrero con una lentitud que habría resultado impertinente en cualquier salón de Londres.

—Otra inglesa —dictaminó.

Fiona suspiró.

—Abuela.

La anciana señaló a Audrey con una mano.

—La otra llegó con demasiadas cajas y terminó casándose con un Sinclair —Audrey abrió la boca, pero Malcolm tuvo la sensatez de mirar hacia otro lado.

La abuela volvió a estudiar a Cathaline.

Sus ojos se detuvieron un instante en la perfección de su abrigo, los guantes claros y la cinta intacta del sombrero—. Esta parece peor.

Cathaline arqueó una ceja rubia sobre su piel perfecta.

—Me tranquiliza saber que le he causado una impresión. De lo contrario, sentiría que no soy yo misma.

La anciana la miró durante otro segundo y, para sorpresa de Cathaline, pareció aprobar la respuesta.

—La habitación verde es suya. Tiene buena chimenea y las ventanas cierran. No puedo prometer lo mismo del resto de la casa.

—Me conformaré.

—Eso dicen todos los ingleses hasta que empieza el viento.

Fiona intervino antes de que aquella conversación pudiera convertirse en un duelo.

—Voy a enseñarle la casa, lady Cathaline. Venga, por favor.

—No —interrumpió la abuela—. Tú tienes una boda que preparar y medio clan intentando decidir por ti cómo debe celebrarse. La muchacha sabe subir escaleras.

—¿La muchacha? —inquirió Fiona.

—Le aseguro que eso es casi afecto —comentó Fiona.

—Su familia tiene formas curiosas de demostrarlo.

—Está a punto de emparentarse usted con los MacKinnon. Sobrevivirá.

La abuela MacKinnon, que ya había empezado a alejarse, se detuvo al oírlo y volvió la cabeza hacia Cathaline.

—Aunque, por lo que me han contado, quizás termine más emparentada de lo que ya está con los Sinclair.

Cathaline endureció la sonrisa.

—Los rumores viajan deprisa hasta en las islas, por lo que veo.

—Más deprisa que los barcos —replicó la anciana—.

Primero una Hamilton se casa con un Sinclair.

Después otro Hamilton con otra Sinclair.

Solo han dado dos hijas... Ahora Edward viene a llevarse una MacKinnon y usted aparece prometida con otro Sinclair.

Empiezo a sospechar que los Hamilton tienen alguna enfermedad que vuelve imprudentes a las familias escocesas.

Fiona cerró los ojos un instante.

—Abuela.

Cathaline alzó la barbilla.

—O quizás sean las familias escocesas las que llevan demasiado tiempo buscando una mejora.

La anciana la observó en silencio.

Fiona volvió lentamente la cabeza hacia Cathaline.

Malcolm Sinclair soltó una tos que no engañó a nadie.

Entonces la abuela MacKinnon sonrió. No mucho. Lo suficiente para que varias arrugas nuevas aparecieran alrededor de sus ojos.

—Sí. Esta definitivamente es peor que la otra inglesa.

Audrey protestó desde detrás:

—Empiezo a sentirme injustamente bien tratada.

—No se acostumbre. Para que la trate mejor, debería dar un varón al laird Sinclair —respondió la anciana, y siguió caminando hacia la casa antes de que Malcom pudiera contradecirla.

Cathaline sonrió a pesar suyo y se volvió hacia Fiona.

—Su abuela me gusta.

—Eso me preocupa bastante.

Siguieron juntas hacia la entrada. Fiona continuaba sin ser la cuñada que Cathaline habría imaginado para Edward, pero ya no podía negar que empezaba a apreciarla de verdad.

Había algo profundamente MacKinnon en aquella mujer, en su manera de hablar de Eilean Ròs, de su clan y de cada discusión familiar como si todos formaran parte de una historia mucho más antigua que ellos.

Antes de cruzar la puerta, Cathaline se volvió una sola vez hacia el muelle.

Ewan seguía descargando el equipaje. El viento le revolvía el cabello rojo hasta volverlo casi dorado bajo la luz gris de la mañana, y llevaba las mangas recogidas sobre los antebrazos, dejando al descubierto unas manos grandes y unos brazos fuertes acostumbrados a algo bastante más exigente que sostener una copa en un salón.

El tartán Sinclair le cruzaba el cuerpo con naturalidad, las botas estaban húmedas de sal y la barba corta endurecía unas facciones que, allí, entre madera, cuerdas y hombres de clan, resultaban todavía más atractivas.

Era alto, ancho de hombros y demasiado masculino para pasar inadvertido, un pelirrojo escocés escandalosamente guapo que parecía pertenecer a aquel paisaje mucho más que a cualquier salón londinense.

Y, al verlo así, Cathaline comprendió algo que no le gustó demasiado: en Londres, Ewan se había adaptado mucho más a ella de lo que ella se había molestado en comprender.

Había soportado cenas, recepciones, protocolos, levitas impecables y conversaciones que probablemente le interesaban bastante menos que una discusión sobre caballos o tierras, y lo había hecho sin convertir nunca aquel esfuerzo en una queja.

Había cedido espacio, tiempo y hasta una parte de sí mismo para entrar en el mundo de Cathaline sin exigirle que ella hiciera lo mismo.

Aquella idea le dejó una incomodidad mucho más profunda que la culpa.

Durante semanas, Ewan la había llamado su «perdición» como si se tratara de una provocación más entre ellos, pero quizás la palabra no había sido nunca una simple broma.

Tal vez era él quien llevaba tiempo perdiéndose un poco por ella, doblándose lo suficiente para caber en una vida que no se parecía a la suya, y Cathaline no estaba segura de que le gustara descubrir cuánto podía quererla un hombre cuando ese amor empezaba a exigirle tanto.

Después del desembarco, las presentaciones, los criados entrando y saliendo con baúles, las niñas corriendo por pasillos desconocidos y media familia intentando averiguar qué habitación les correspondía, Cathaline tardó un rato en comprender el ritmo de Eilean Ròs.

La casa estaba llena, sí, pero no se sentía preparada para una boda del modo en que Hamilton Lodge habría estado preparado para una.

Allí nadie parecía dispuesto a alterar demasiado la vida de la isla por una ceremonia, por importante que fuera.

Eilean Ròs parecía ignorar que iba a celebrarse una boda.

El mar siguió golpeando las rocas. Los pescadores continuaron entrando en el patio con botas mojadas.

Los perros se tendían delante de las chimeneas y obligaban a los invitados a rodearlos.

Las puertas se abrían sin ceremonia para dejar pasar a primos, ancianos, criados y hombres del consejo; la mayoría de ellos pelirrojos.

En Hamilton Lodge, la llegada de una duquesa alteraba el ritmo de toda la casa.

En Eilean Ròs, Eliza tuvo que apartarse una mañana para permitir que dos marineros atravesaran la galería cargando una vela nueva.

Cathaline no se sintió pequeña allí.

Se sintió visible de otra manera.

Sus vestidos, el brillo de sus pendientes y la perfección de cada peinado atraían miradas, pero nadie parecía intimidado por ellos.

Las mujeres MacKinnon admiraban una manga, tocaban una tela y después le preguntaban si sabía montar con semejante cantidad de falda.

Los hombres inclinaban la cabeza ante su rango y volvían inmediatamente a discutir la marea.

Ewan se movía entre todos con una facilidad que Cathaline jamás le había visto en Londres.

No era el señor Sinclair que aceptaba una copa de champán sin saber qué condesa estaba autorizada a hablar primero.

Allí cargaba cajas, examinaba establos, discutía con Tavish sobre el estado de una embarcación y entraba en la cocina para robar pan sin que nadie considerara necesario detenerlo.

Los ancianos lo llamaban por su nombre. Los niños se colgaban de su brazo.

Una mujer de trenzas negras le entregó una taza de algo caliente en el patio y le dio un golpe en el hombro cuando él dijo algo que la hizo reír.

Cathaline observó la escena desde una ventana.

—Es Catriona MacKinnon —dijo Audrey a su espalda.

Cathaline no se giró.

—No he preguntado.

—No.

—Entonces no entiendo por qué me lo explicas, querida hermana.

Audrey se acercó a la ventana.

—Porque llevas mirando al patio desde que ella apareció.

Cathaline apartó la cortina.

—Estaba observando los preparativos.

—Catriona forma parte de ellos, sin duda.

—Audrey.

Su hermana ocultó la sonrisa.

—Es viuda, tiene tres hijos y conoció a Ewan cuando ambos tenían la edad de Richard.

Cathaline se volvió por fin.

—No me interesa.

—No he dicho que debiera interesarte.

—Lo has insinuado.

—Yo no insinúo. Pregunto cuando quiero una respuesta.

Cathaline abandonó la ventana.

—Entonces será mejor que no preguntes.

Audrey la siguió con la mirada durante un instante.

—Qué curioso.

Cathaline se detuvo.

—¿Qué?