Capítulo 12
Durante seis semanas, Cathaline descubrió que un compromiso falso podía exigir una cantidad agotadora de cortesías verdaderas.
Londres aceptó la noticia con la rapidez con que aceptaba cualquier historia que le ofreciera una boda futura, dos apellidos conocidos y suficientes motivos para especular.
Las preguntas sobre lord Mowbray fueron perdiendo interés.
Las visitas de pésame social se convirtieron en felicitaciones; las miradas compasivas, en sonrisas que intentaban adivinar cuándo había empezado realmente el entendimiento entre lady Cathaline Hamilton y aquel escocés pelirrojo que no poseía título, pero sí la insolencia suficiente para comportarse como si no lo necesitara.
Cathaline y Ewan aparecieron juntos únicamente cuando resultó imprescindible.
Él la acompañó a una recepción, permaneció a su lado durante una visita a lady Ashbourne y le ofreció el brazo delante de media docena de mujeres que observaban la distancia exacta entre sus cuerpos.
En aquellas ocasiones interpretó el papel de prometido con una corrección que habría satisfecho a la señorita Worth y que Cathaline encontró profundamente ofensiva.
No la llamó rubia. No retuvo sus dedos. No buscó quedarse a solas con ella.
Se limitaba a inclinarse cuando correspondía, a preguntarle si tenía frío y a mantener a cualquier curioso lo bastante lejos para que nadie pudiera convertir otra conversación en un rumor.
En privado, Cathaline apenas le dirigía la palabra.
Ewan no se quejaba.
Aquello era lo más irritante.
Ella había esperado que intentara convencerla, que apareciera junto a su puerta con alguna proposición imposible o que utilizara aquella sonrisa traviesa hasta conseguir que su indignación perdiera parte de su dignidad.
En cambio, Ewan se recuperó de sus heridas, resolvió varios asuntos pendientes con Alexander y permaneció en Hamilton Lodge el tiempo necesario para sostener públicamente la historia que él mismo había creado. Después dejó de buscarla.
No desaparecía. Eso habría sido más sencillo de odiar. Permanecía cerca sin imponerse, y Cathaline empezó a descubrir con cierta irritación que el escocés al que Londres consideraba poco refinado sabía guardar una distancia con más honor que muchos caballeros perfectamente educados.
Estaba en la mesa durante el desayuno, hablaba con Malcolm en el despacho, llevaba a Richard a montar cuando la lluvia lo permitía y dejaba que las niñas le desordenaran el tartán.
A veces Cathaline entraba en una habitación y encontraba sus ojos verdes sobre ella.
Ewan apartaba la mirada antes de que pudiera decidir qué significaba.
Cuando Edward y Fiona fijaron la boda para la primera semana de marzo, la casa entera empezó a prepararse para viajar a Eilean Ròs.
Keller organizó equipajes, criados, billetes de ferrocarril y habitaciones en posadas con la serenidad de un hombre que había pasado media vida trasladando a los Hamilton de un extremo del país al otro.
Eliza redujo el equipaje familiar a una cantidad que habría permitido fundar una pequeña colonia inglesa en las islas.
Richard anunció que no necesitaba supervisión durante el trayecto, lo que consiguió que su padre duplicara la vigilancia.
Audrey y Mairi discutieron durante una tarde completa qué prendas soportarían mejor el viento marítimo mientras Harriet y la pequeña Eliza se escondían dentro de los baúles vacíos.
Ewan partió hacia Glenmuir antes del amanecer, varios días antes que los demás.
Cathaline encontró su silla vacía durante el desayuno.
No preguntó cuándo había salido.
Nadie se atrevió a decírselo.
El viaje hacia el norte ocupó varios días de trenes, carruajes y estaciones que se volvían más pequeñas conforme Inglaterra quedaba atrás.
Cathaline conocía Escocia. Había recorrido Glenmuir, había pasado temporadas en Arran y sabía que las Highlands no tenían ninguna obligación de acomodarse a vestidos caros, ruedas delicadas o personas que consideraban la lluvia un agravio personal.
Eilean Ròs era diferente.
El mar aparecía antes incluso de que la isla pudiera distinguirse con claridad.
Una extensión gris, agitada y enorme, bajo un cielo tan bajo que parecía apoyarse sobre el agua.
El viento azotaba el barco con ráfagas cargadas de sal y levantaba las faldas de las mujeres pese al peso de los tejidos.
Las gaviotas gritaban sobre los mástiles.
Los hombres MacKinnon se movían por la cubierta sin prestar atención al balanceo, hablando entre ellos en un gaélico áspero que Cathaline no comprendía.
Permaneció junto a la borda, protegida por un abrigo de viaje verde oscuro, el sombrero sujeto con más alfileres de los que su doncella consideraba elegantes y una mano enguantada alrededor de la barandilla. No pensaba conceder al mar la satisfacción de obligarla a sentarse.
Mairi se acercó a ella.
—No tiene que demostrarle nada a la isla.
—No estoy demostrando nada.
Una ola golpeó el casco y Cathaline corrigió el equilibrio sin soltar la barandilla.
Mairi miró su mano.
—¿Está segura?
—He viajado antes en barco.
—No a Eilean Ròs.
Cathaline volvió los ojos hacia la costa que empezaba a perfilarse entre la bruma.
Acantilados, rocas negras, tejados oscuros y una torre que parecía haber crecido directamente de la piedra.
No había jardines trazados con precisión, largas avenidas para carruajes ni terrenos dispuestos para ser contemplados desde una terraza. Todo parecía construido para resistir.
—Es hermosa —admitió.
Mairi siguió su mirada.
—Y poco amable.
—Las dos cosas no son incompatibles.
—Eso mismo dice Fiona cuando habla de sí misma.
Cathaline sonrió un poco. Fiona MacKinnon no era, desde luego, la cuñada que habría escogido para Edward.
Cathaline siempre había imaginado a su hermano casado con una mujer como Eleanor: inglesa, elegante y capaz de atravesar una cena familiar sin mencionar derechos de clan, consejos de ancianos ni costumbres que probablemente precedían a los Plantagenet.
Fiona, en cambio, era la heredera de Eilean Ròs, hija de una estirpe MacKinnon antiquísima y dueña de una mentalidad tan escocesa que a veces parecía considerar el siglo XIX una concesión innecesaria.
Y, sin embargo, había viajado hasta Hamilton Lodge cuando Edward y los Hamilton la necesitaron, había ayudado a buscar a Ewan y había pasado días junto a Cathaline cuando apenas sabía qué noticias esperar.
No era la mujer que ella habría elegido para su hermano.
Pero le gustaba. A su manera. Y quizás eso, tratándose de Fiona y de Cathaline, ya era bastante.
La embarcación se aproximó al muelle. Varias personas esperaban bajo el viento: hombres con tartanes, mujeres envueltas en capas gruesas, criados, perros que corrían entre barriles y niños a los que nadie parecía preocupado por mantener lejos del agua.
Fiona estaba junto a Edward, con un abrigo azul oscuro y los colores MacKinnon visibles sobre el hombro.
A su lado, Tavish daba órdenes a tres hombres que intentaban asegurar una rampa.
Cathaline vio a Ewan antes de decidir si lo estaba buscando.
Se encontraba sobre el muelle, sujetando una cuerda con ambas manos mientras otros dos hombres tiraban desde el lado contrario.
No llevaba sombrero. El viento le revolvía el cabello cobrizo y le pegaba la camisa al cuerpo bajo un chaleco oscuro.
Se había quitado el abrigo para trabajar; el tartán Sinclair aparecía cruzado desde un hombro hasta la cintura, no como una extravagancia escocesa introducida en un salón de Londres, sino como parte natural de él.
La herida de la sien había dejado una línea nueva junto al nacimiento del cabello. No parecía debilitarlo. Con las botas firmes sobre la madera mojada, los brazos tensos y el cuerpo inclinado contra el peso de la cuerda, Ewan no tenía nada del hombre sin posición que lady Mowbray había despreciado.
Un anciano MacKinnon le gritó algo en gaélico.
Ewan respondió en la misma lengua sin soltar la cuerda.
Los hombres rieron.
Cathaline no supo qué había dicho. Sí supo que todos lo escuchaban. A diferencia de Audrey y, sobre todo, de Douglas, que había aprendido suficiente gaélico para desenvolverse con bastante soltura entre los escoceses, Cathaline jamás había sentido la necesidad de aprenderlo.
Había pasado temporadas en Arran, conocía Glenmuir y sabía perfectamente que una parte de sus raíces pertenecía a aquellas tierras, pero siempre se había considerado inglesa antes que cualquier otra cosa.
Escocia formaba parte de la historia de su familia; Londres, en cambio, era el mundo al que sentía que pertenecía.
Por primera vez, mientras observaba a Ewan responder en aquella lengua antigua con la naturalidad de quien no necesitaba traducirse para ser comprendido, aquella diferencia le pareció mucho más importante de lo que había supuesto.
La rampa quedó asegurada. Ewan soltó la cuerda, pasó el antebrazo por la frente y levantó los ojos hacia la embarcación.
La encontró.
Por un instante ninguno de los dos se movió.
Después Ewan recogió su abrigo del poste donde lo había dejado y se lo colocó mientras la familia empezaba a descender.
Ayudó primero a la duquesa de Hamilton, que aceptó su mano con dignidad antes de saltar los últimos centímetros por su cuenta.
Después levantó a Harriet como si no pesara nada y la entregó a Douglas.
Saludó al duque de Hamilton, estrechó el antebrazo de Edward y permitió que Audrey lo abrazara delante de todo el muelle.
Cuando llegó el turno de Cathaline, Ewan extendió la mano.
—Lady Cathaline.
Ni rubia.
Ni una sonrisa.
Cathaline posó los dedos enguantados sobre su palma. La mano de Ewan era grande, áspera y cálida pese al frío. La sostuvo mientras ella descendía la rampa y la soltó en cuanto sus botines de charol tocaron el muelle.
—Señor Sinclair.