Capítulo 11 #3
—Su caballo regresó solo. Malcolm no sabía dónde estaba y cada día llegaba una historia distinta. No vuelva a hacerme algo así.
No era una frase propia de una mujer que pretendía despreciarlo. Ewan levantó una mano. Se detuvo antes de tocarle la mejilla.
—He regresado.
—Después de semanas.
—A usted.
El calor de la palma suspendida junto a su rostro resultaba casi tan intenso como una caricia. Cathaline sostuvo su mirada, consciente de la boca de Ewan, del movimiento controlado de su pecho y del modo en que él esperaba sin tocarla.
—No utilice mi miedo para conseguir una respuesta.
La mano descendió.
—No lo haré.
Cathaline deseó que la hubiera tocado.
Aquello la enfureció más que la declaración.
—¿Y ahora qué piensa hacer?
—Quedarme.
—Mi padre no le permitirá marcharse.
—No hablaba de su padre.
La voz de Ewan se había vuelto más grave. Cathaline sintió el significado antes de admitir que lo había comprendido.
—No estamos casados.
—Tampoco he dicho que lo estemos.
—Ni siquiera me ha pedido matrimonio.
—No voy a hacerlo mientras está en bata, furiosa y con media familia escuchando desde el pasillo.
Cathaline se inclinó un poco más.
—¿Le parece que ha mostrado demasiada delicadeza hasta ahora?
—No. Pero cuando se lo pida, quiero oír su respuesta sin que Douglas decida ayudarla.
Unos pasos se aproximaron antes de que Cathaline pudiera contestar. Eliza apareció acompañada por el médico y por Keller. El mayordomo llevaba una bandeja de plata con un telegrama.
—Ha llegado desde Londres —anunció.
La duquesa lo abrió y lo leyó una vez.
—El Morning Post solicita confirmación del compromiso antes del mediodía.
Cathaline cerró los ojos.
Ewan no tuvo la prudencia de parecer sorprendido.
—Hargreaves —comprendió ella.
—Necesitaba que nuestra historia llegara antes que la de Mowbray.
—No la llame nuestra.
—Demasiado tarde.
Alexander, Douglas, Audrey y Mairi aparecieron detrás del médico. Ninguno parecía dispuesto a permanecer lejos de aquella habitación mientras se decidía el futuro inmediato de Cathaline.
Eliza dobló el telegrama.
—No responderemos con una negativa.
—Madre.
—No hoy. Una negativa devolvería a Mowbray exactamente aquello que pretendía publicar. La casa confirmará que existe un compromiso y no ofrecerá más detalles.
Alexander tomó el telegrama.
—Yo responderé.
Cathaline miró a su padre. No había complacencia en su rostro, solo la decisión de un hombre que no permitiría que el nombre de su hija se discutiera en los periódicos.
—Padre, no he aceptado casarme con él.
—Y no te obligaré a llegar al altar. Pero esta mañana Inglaterra creerá que Sinclair actuó como un prometido, no como un seductor. Después nos ocuparemos de lo que haya hecho Sinclair.
Ewan levantó una ceja.
Douglas cruzó los brazos.
—No parezcas tan satisfecho.
—No lo estoy.
—Mientes mal.
—Estoy herido. Debe de afectar a mi talento.
Eliza entregó el telegrama a Cathaline.
—Puedes dejar que tu padre responda o escribir tú misma una línea. Pero la respuesta saldrá antes del mediodía.
Cathaline leyó la pregunta del periódico. Después miró a Ewan, sentado con la camisa abierta, el cabello rojizo todavía húmedo y los ojos verdes fijos en ella.
Cathaline miró a Ewan antes de tocar la pluma.
Seguía sentado junto al fuego, herido, exhausto y con aquella obstinación imposible en los ojos; había conseguido hacer retroceder a Mowbray, colocar su propio nombre entre ella y el escándalo y convertir una mentira en la única versión capaz de protegerla, pero el precio era que ahora toda Inglaterra la consideraría prometida a un hombre al que jamás había dado su palabra.
Cathaline tomó la pluma de la mesa y escribió una sola frase debajo del telegrama:
La familia confirma el compromiso entre lady Cathaline Hamilton y el señor Ewan Sinclair.
Keller recogió el papel. Ewan no sonrió, y eso fue lo único que evitó que Cathaline le arrojara el tintero.
—No confunda esa frase con una aceptación —le advirtió.
—No lo haré.
—Entonces ¿qué cree que significa?
Ewan la observó con una intensidad que volvió demasiado pequeña la habitación.
—Que ahora tendré ocasión de conseguirla.
Cathaline dejó la pluma sobre la mesa.
—Ha empezado de la peor manera posible.
—Nunca he sido un hombre prudente.
—Ni un caballero.
—Eso ya lo sabía cuando bajó corriendo a recibirme.
Cathaline quiso matarlo con la mirada.
Antes del mediodía, toda Inglaterra sabría que lady Cathaline Hamilton, hija de un duque, descendiente de los Cavendish de Devonshire y la joven más admirada de la temporada, estaba prometida.
Durante años, Londres había dado por hecho que acabaría escogiendo entre condes, herederos y hombres nacidos para ofrecerle uno de los grandes apellidos de Inglaterra.
En cambio, su nombre aparecería unido al de Ewan Sinclair: un escocés sin título, ajeno a la aristocracia londinense, criado entre las Highlands y dueño únicamente de la fortuna que él mismo había levantado, que había cruzado media Inglaterra, sangrado por su honor y anunciado ante tres testigos que pensaba convertirla en su esposa.
Aun así, Ewan Sinclair estaba a punto de descubrir que reclamar a Cathaline Hamilton ante Inglaterra había sido la parte fácil. Conseguir que ella quisiera permanecer a su lado sería una batalla muy distinta.