Capítulo 11 #2
Douglas dio otro paso. Mairi reforzó la mano sobre su pecho.
—Ni se te ocurra.
—Ha hablado de Cathaline como si ya fuera su mujer.
—Y ella ya le ha dejado claro que no lo es.
Richard observaba la escena desde la escalera con una mezcla de indignación y admiración.
—Creo que quizás necesite que se lo recuerden otra vez.
Edward volvió la cabeza hacia él.
—No intervengas.
—Solo intentaba ser útil.
—No lo estás siendo.
Eliza descendió los últimos peldaños y todos guardaron silencio.
La duquesa de Hamilton recorrió con una única mirada los documentos en la mano de su marido, la sangre que volvía a bajar por el rostro de Ewan, la palma enrojecida de Cathaline y el puño cerrado de Douglas.
—Ya hay suficiente sangre en mi vestíbulo.
—Eliza —empezó Alexander.
—No.
El duque cerró la boca.
—Keller enviará a buscar al médico —continuó ella—. Malcolm, lleve a su primo al salón pequeño. Mairi, traiga agua caliente y vendas. Audrey, quédate con tu hermana. Douglas, abre la mano.
Douglas miró su puño como si no recordara haberlo cerrado.
Ewan intentó avanzar.
El color desapareció de su rostro y una de sus piernas cedió. Cathaline reaccionó antes que nadie y le sujetó el brazo. El peso de Ewan la obligó a acercarse, y su mano encontró la cintura de ella por puro instinto.
La seda fina de la bata apenas se interpuso entre la palma de Ewan y su piel.
Cathaline sintió la fuerza de aquellos dedos, el calor de su cuerpo y el esfuerzo con que contenía el dolor. Durante un segundo quedaron demasiado cerca, Ewan respirando junto a su cabello y ella sujetándolo como si no llevara semanas repitiéndose que debía dejar de importarle.
Douglas avanzó.
—Se está cayendo —dijo Mairi, sin soltarlo—. No la está seduciendo delante de ti.
Ewan retiró la mano de la cintura de Cathaline en cuanto recuperó el equilibrio.
—Estoy bien.
—No —dijo ella—. No lo está.
La voz le salió demasiado baja.
Ewan la miró y toda la dureza desapareció de sus facciones.
Cathaline deseó odiar que hubiera regresado.
No pudo.
—El señor Sinclair permanecerá en Hamilton Lodge —ordenó Eliza—. El resto puede esperar hasta después de que deje de sangrar.
—No necesito una habitación —dijo Ewan.
Alexander volvió hacia él una mirada implacable.
—No abandonará mi casa hasta que responda por cada palabra que ha pronunciado sobre mi hija.
Ewan inclinó la cabeza.
—Por supuesto.
Cathaline lo miró demasiado deprisa.
Él lo advirtió.
—¿Va a desaparecer otra vez? —preguntó ella.
Toda la familia oyó el miedo oculto bajo la ira. La expresión de Ewan cambió.
—No —respondió—. Esta vez no.
Cathaline soltó su brazo antes de que él pudiera comprender cuánto había necesitado aquella respuesta.
Edward dejó los documentos sobre la mesa.
—Si negamos el compromiso esta mañana, Mowbray enviará su declaración antes del mediodía.
No añadió nada más.
El duque de Hamilton miró a Cathaline y después a Ewan.
—Entonces no lo negaremos esta mañana.
—Padre —se quejó Cathaline.
—No he dicho que te casarás con él. He dicho que no devolveré a Mowbray el arma que Sinclair acaba de quitarle.
Eliza se situó junto a su marido.
—Nadie decidirá un matrimonio antes del desayuno. Primero curaremos al supuesto prometido. Después hablaremos con los abogados y veremos qué versión recibirá Londres.
Aquello puso fin a la discusión. En Hamilton Lodge, incluso un duque reconocía cuándo su esposa había pronunciado la última palabra.
Malcolm llevó a su primo Ewan hasta el salón pequeño. Este insistió en caminar sin ayuda hasta que un dolor brusco en el costado lo obligó a aceptar el brazo de su primo.
—Si vuelves a decir que puedes caminar solo —murmuró Malcolm—, te dejaré caer para comprobarlo.
—Eso sería poco hospitalario.
—No eres mi huésped.
—Empiezo a sentirme querido.
Malcolm lo sentó en una butaca junto a la chimenea. Mairi llegó con agua caliente y la caja de vendas que Morna le había dado años atrás desde Glenmuir. Audrey entró acompañando a Cathaline y dejó la puerta entornada.
Ewan intentó quitarse el abrigo. El movimiento le arrancó una contracción de dolor.
—No mueva el brazo —dijo Cathaline al verlo intentar quitarse el abrigo.
—Puedo hacerlo, no necesito que me dé órdenes.
—Ya veo lo bien que le está yendo a usted solo.
Audrey retiró el broche del ciervo y Mairi apartó el tartán mojado. El abrigo estaba rasgado hasta el hombro y la camisa se había pegado a la piel junto al costado.
—Tendremos que cortarla —dijo Mairi.
Ewan miró la tela.
—Esa camisa me gustaba.
—También te gustó cabalgar solo hacia Inglaterra —replicó su prima—. Tus preferencias han dejado de inspirarme confianza.
Audrey tomó las tijeras.
—Yo lo haré.
—Empiezo a comprender por qué Malcolm obedece tan deprisa.
—Malcolm tardó años en aprender.
Audrey abrió la camisa desde el hombro y dejó al descubierto el costado. Un hematoma oscuro se extendía desde las costillas hasta la espalda; otro golpe le cruzaba el pecho.
Cathaline dejó de respirar.
Bajo la piel amoratada, Ewan conservaba el cuerpo de un hombre acostumbrado a trabajar, cabalgar y pelear.
Los hombros eran anchos, el abdomen firme y los músculos se marcaban con cada respiración contenida.
Una línea de vello rojizo oscurecía el centro de su pecho y desaparecía bajo la cintura del pantalón.
Ewan advirtió exactamente dónde había descendido su mirada.
—Parece peor de lo que es —dijo él, para tranquilizarla.
Cathaline levantó los ojos.
—Tiene medio cuerpo cubierto de golpes.
—La otra mitad conserva cierto mérito.
—No intente impresionarme.
—No estaba haciendo nada.
—Ese es precisamente el problema.
Audrey dejó las tijeras sobre la mesa.
—Ewan.
Él volvió hacia ella una expresión casi inocente.
—Solo estoy sentado.
—Has anunciado que vas a casarte con mi hermana sin contar con mi hermana. Por ahora, respirar ya resulta provocador.
Mairi humedeció una tela y comenzó a limpiar los nudillos de su primo.
—Audrey tiene razón.
—Esto empieza a parecer una conspiración Hamilton.
—Soy Sinclair —le recordó Mairi.
—Peor. Conoces nuestros métodos.
Eliza entró para informar de que el médico tardaría al menos media hora. Examinó rápidamente las heridas y pidió a Cathaline que acercara la lámpara. Ewan no se quejó cuando la duquesa limpió el corte, pero una vena se marcó en su cuello al sentir la presión de la gasa.
—No parece haber nada roto —dictaminó—. El médico decidirá sobre las costillas.
Audrey permaneció detrás de Cathaline.
—¿Por qué no escribiste?
—No podía permitir que Mowbray encontrara mi rastro.
—Malcolm creyó que estabas muerto.
—No era mi intención.
—Cathaline también.
El rostro de Ewan cambió un poco.
Cathaline dejó la lámpara sobre la mesa.
—No hables de mí como si no estuviera presente.
Audrey la miró.
—Entonces díselo tú.
—No tengo nada que decirle.
Su hermana observó el cabello suelto de Cathaline, la sangre en la sien de Ewan y la forma en que ninguno parecía capaz de apartar los ojos del otro.
—Claro...
Cathaline se volvió hacia su madre.
—Quiero hablar con él.
—Cathaline —advirtió Audrey.
—La puerta permanecerá abierta y todos estaréis a unos pasos.
Mairi miró primero a su primo y después a ella.
—Eso no resulta especialmente tranquilizador.
La duquesa de Hamilton cerró la caja de vendas.
—Cinco minutos.
—Es mi hermana —insistió Audrey.
La duquesa tomó a su hija mayor por el brazo.
—Y por eso debes aprender que ya no es una niña pequeña.
Malcolm permaneció junto a la puerta.
—Cinco minutos —repitió.
Ewan apoyó la cabeza contra el respaldo.
—En Escocia eras menos autoritario.
—En Escocia no habías comprometido a una Hamilton mientras yo dormía.
Todos salieron y dejaron la puerta abierta.
Cathaline tomó la gasa limpia que su madre había abandonado junto a la palangana. Se situó delante de Ewan para alcanzar la sien y se encontró entre sus rodillas, demasiado cerca del calor de su cuerpo y de la camisa abierta que dejaba expuesto su pecho.
—No es necesario —dijo él.
—Cierre la boca.
—Eso me resulta más difícil que cerrar una herida.
Cathaline limpió la sangre que había vuelto a brotar.
—Deje de mirarme.
—He pasado semanas sin verla.
La franqueza hizo que presionara con mayor fuerza. Ewan inspiró entre dientes.
—Eso ha sido deliberado.
—Sí.
—Bien.
—No se muestre satisfecho.
—Solo me alegra comprobar que todavía desea hacerme daño con sus propias manos.
Cathaline dejó la tela junto a la palangana.
—¿Pensaba casarse conmigo antes de llegar a Harrowden Lodge?
La expresión de Ewan perdió cualquier rastro de humor.
—Sí.
—¿Desde cuándo?
—Desde que regresé a Escocia y comprendí que haberla dejado en Londres no conseguía sacarla de mi vida.
Cathaline permaneció inmóvil.
—Curiosa intención para un hombre que acaba de dar mi palabra por mí.
—No esperaba que la volviera más agradable.
—¿Pensaba que aceptaría?
—No lo sabía. Por eso pensaba preguntárselo.
—Pero Mowbray le ahorró el trabajo.
—Mowbray iba a convertir su nombre en una deshonra antes del amanecer.
—Y usted decidió que podía enfrentar mi furia.
Los ojos verdes permanecieron fijos en los de ella.
—Sí.
—Qué valiente.
—No. Solo prefería convertirla en mi perdición antes de dejar que su reputación se arruinara.
Cathaline volvió a mojar la tela. Cuando se inclinó para limpiar el borde de la herida, su rodilla rozó la de Ewan y el pecho abierto de él quedó a pocas pulgadas de la seda de su bata.
Ewan cerró una mano alrededor del brazo de la butaca.
Cathaline se dio cuenta del esfuerzo que hacía para no tocarla.
—Ante esos tres hombres —continuó él— no juré que usted me perteneciera. Juré que yo respondería por lo ocurrido entre nosotros.
—Para Londres es lo mismo.
—Para mí no.
—Me ha atado a usted.
—Y yo me he atado a usted.
—Con una diferencia: usted escogió la cuerda.
—Sí.
La sencillez de aquella admisión la desarmó durante un instante. Ewan no fingía que había actuado correctamente. Tampoco parecía dispuesto a lamentar haber impedido que Mowbray publicara la declaración.
Cathaline apretó la tela entre los dedos.
—Pensé que estaba muerto.
Ewan dejó de respirar.
—Cathaline.