La perdición del highlander (Los Duques de Escocia 4) Capítulo 11
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Capítulo 11

Cathaline oyó el carruaje antes de que el reloj del pasillo diera las cinco.

No dormía. Llevaba varias noches pasando de la cama al sillón junto a la ventana y del sillón a la cama, incapaz de cerrar los ojos durante más de unos minutos sin imaginar caminos helados, caballos sin jinete y hombres desconocidos regresando con noticias que nadie debería recibir.

Hamilton Lodge estaba lleno desde que la familia se había reunido.

Audrey y Malcolm ocupaban el ala de invitados con la pequeña Eliza; Douglas y Mairi habían llegado desde Brodick acompañados por Harriet; Edward había regresado de Eilean Ròs y Richard continuaba apareciendo a cualquier hora bajo el pretexto de necesitar un libro, una copa de agua o información que nadie pensaba concederle.

Aun con tantas personas bajo el mismo techo, Cathaline conocía los ruidos de la casa.

Aquellas ruedas sobre la grava no pertenecían a ningún criado.

Apartó la cortina.

Un carruaje cubierto de barro se detuvo frente a la escalinata. Los caballos tenían espuma en el cuello y el cochero permaneció inclinado sobre las riendas, demasiado agotado para llamar. La portezuela se abrió antes de que el lacayo de Hamilton Lodge pudiera alcanzarla.

Un hombre descendió.

Cathaline reconoció primero la altura y aquella forma obstinada de mantenerse erguido, aunque cada movimiento pareciera exigirle un esfuerzo. Después una ráfaga levantó el extremo de un tartán verde oscuro y el cabello rojizo apareció bajo la luz de los faroles.

Ewan.

La mano de Cathaline se cerró alrededor de la cortina.

Estaba vivo.

El alivio fue tan violento que tuvo que apoyarse en el marco de la ventana. Durante semanas había intentado prepararse para cualquier noticia, excepto para la única que deseaba recibir. Ahora Ewan estaba allí, debajo de su ventana, y durante un instante no vio nada más.

Después reparó en el abrigo roto en un hombro, la sangre seca junto a la sien y la rigidez con la que protegía un costado al caminar.

Cathaline abandonó la habitación sin llamar a su doncella. Llevaba una bata azul sobre el camisón, zapatillas demasiado finas para el frío del corredor y el cabello completamente suelto. No pensó en la impropiedad hasta que llegó a la escalera, y para entonces ya no estaba dispuesta a regresar.

Malcolm apareció desde el ala de invitados todavía sin levita.

Audrey salió detrás de él, envolviéndose en una bata oscura, pero su marido ya bajaba los peldaños de dos en dos.

Alexander llegó desde sus aposentos con terciopelo sobre la camisa y el rostro de un hombre al que habían despertado demasiadas veces durante las últimas semanas.

Edward apareció poco después, abrochándose la levita.

Las puertas se abrieron.

Ewan entró acompañado por una ráfaga de aire frío.

El barro le cubría las botas y el borde del abrigo; la costura de un hombro se había abierto por completo y el tartán Sinclair le cruzaba el pecho, sujeto por el antiguo broche de plata de su abuelo.

La sangre se había secado entre el cabello rojizo y la sien.

La barba corta endurecía sus facciones y acentuaba la palidez de la boca, pero seguía erguido por una mezcla de fuerza y orgullo.

Malcolm llegó hasta él y le cerró ambas manos sobre los hombros.

—¿Dónde demonios estabas?

Ewan contrajo el rostro. Malcolm advirtió la herida y aflojó una mano, aunque no lo soltó.

—Ocupándome de Mowbray.

—¿A esto lo llamas ocuparte de alguien?

—He procurado ser moderado.

No hubo verdadera diversión en la respuesta. Ewan levantó la mirada por encima del hombro de Malcolm y encontró a Cathaline en la escalera.

Se quedó callado.

Ella se había detenido a tres peldaños del vestíbulo, con una mano aferrada a la barandilla.

Ewan la contempló sin la insolencia habitual, recorriendo el cabello suelto, el rostro sin color y los ojos que no conseguían apartarse de sus heridas.

En aquella mirada no había sorpresa por encontrarla en bata ni satisfacción por haberla hecho bajar.

Había una necesidad casi feroz de comprobar que seguía allí.

Cathaline soltó la barandilla y terminó de descender.

—Ha regresado.

La frase era demasiado pobre para las semanas que había pasado odiándolo, temiéndolo y esperando una noticia. Sin embargo, no consiguió pronunciar ninguna de las amenazas que había preparado.

—Eso parece —respondió Ewan.

La voz le salió áspera por el cansancio.

El duque de Hamilton se situó junto a Malcolm.

—¿Qué ha hecho el conde?

Ewan apartó finalmente los ojos de Cathaline y sacó varias hojas dobladas del interior del abrigo.

—Pensaba enviar esta mañana una declaración sobre lady Cathaline a dos periódicos y a varias familias de Londres. No saldrá de York.

Alexander tomó los documentos. Edward leyó por encima de su hombro mientras Malcolm soltaba por fin a su primo.

—¿Mowbray la ha retirado? —preguntó el duque.

—Su abogado se ha negado a enviarla.

—No es lo mismo.

—Para esta mañana, sí.

Alexander alzó los ojos.

—Mowbray todavía puede hablar.

—Puede —dijo Ewan—. Pero ya sabe lo que tendrá que arriesgar si lo hace.

Cathaline se encontraba ahora lo bastante cerca para ver que la sangre ocultaba un corte junto a la sien, que los nudillos estaban abiertos y que una mancha oscura se extendía bajo la mandíbula.

No levantó la mano hacia él. No delante de su padre, sus hermanos y media familia reunida en el vestíbulo.

Tuvo que cerrar los dedos contra la palma para contener el impulso.

Edward terminó de leer.

—¿Cómo consiguió detenerlo?

Ewan tardó un instante en responder. Malcolm volvió hacia él una mirada cansada; Audrey, que había llegado al último peldaño, observó la reacción de su marido y comprendió que la peor noticia aún no había sido pronunciada.

Ewan miró a Cathaline.

—Le he dado una explicación que Londres preferirá al escándalo.

El alivio desapareció de su cuerpo.

—¿Qué explicación?

—Que cualquier entendimiento entre nosotros era honorable.

Cathaline se quedó inmóvil.

—Ewan.

Él sostuvo su mirada.

—He firmado una declaración delante de tres testigos.

Malcolm cerró los ojos.

—¿Qué has declarado?

La sonrisa de Ewan había desaparecido por completo.

—Que estamos comprometidos.

Durante unos segundos nadie se movió.

Douglas y Mairi aparecieron en el pasillo superior, atraídos por las voces. Él llevaba la camisa abierta en el cuello y una levita colocada con demasiada prisa; Mairi se sujetaba un chal sobre los hombros. Eliza y Richard salieron detrás de ellos, pero Cathaline apenas reparó en su llegada.

No necesitaba que nadie le explicara lo que Ewan había hecho. La carta, sus visitas y todas las libertades que Londres había observado quedaban convertidas en las acciones de un hombre con la mujer a la que pensaba desposar.

Solo que Cathaline jamás había pronunciado aquella promesa.

—Nosotros no estamos comprometidos.

—Lo sé.

Cathaline lo abofeteó.

El golpe volvió el rostro de Ewan hacia un lado y abrió de nuevo la herida de la sien. Malcolm avanzó por instinto, pero Audrey le apoyó una mano sobre el pecho y lo detuvo. Ewan tardó un segundo en mirar otra vez a Cathaline. No había enfado en sus ojos. Ni siquiera sorpresa.

Ella tenía la palma ardiendo.

—Entonces ¿qué demonios ha hecho?

Ewan sostuvo sus ojos verdes en los de ella.

—Salvar su nombre —hizo una pausa—. Y entregarle el mío.

Douglas descendió los últimos peldaños.

—Repítelo.

Mairi le cerró una mano alrededor del brazo, pero él no apartó la atención de Ewan.

Ewan conocía al hermano mayor de Cathaline desde Glenmuir. Richard reaccionaba antes de pensar; Douglas pensaba antes de golpear, lo que lo convertía en un hombre bastante menos tranquilizador. Era enorme, oscuro y dueño de un temperamento que no necesitaba estallar para resultar peligroso.

En aquel momento estaba demasiado quieto.

—He declarado que Cathaline y yo estamos comprometidos —repitió Ewan.

Douglas llegó hasta él.

—Has dado la palabra de mi hermana sin tenerla.

—Di la mía.

—No era la tuya la que faltaba.

—Era la única que podía dar a tiempo.

Douglas cerró una mano.

Mairi se interpuso entre ambos.

—No.

—Apártate.

—Es mi primo y apenas puede sostenerse.

—Acaba de comprometer a mi hermana sin preguntárselo.

—Cathaline ya le ha dado una respuesta bastante clara —replicó Mairi—. No necesitas convertirla en la causa de otra pelea entre hombres.

Audrey se situó junto a Cathaline y le tomó la mano enrojecida. No preguntó si estaba bien. Se limitó a cerrar los dedos alrededor de los suyos antes de mirar a Ewan.

—Cathaline era mi hermana mucho antes de que tú escribieras su nombre en un papel.

—Lo sé.

—No parece que lo supieras cuando decidiste hablar por ella.

Ewan aceptó la acusación sin agachar la cabeza.

El duque de Hamilton avanzó. No levantó la voz; la dureza de su rostro bastó para imponer silencio.

—Ha entrado en mi casa y me ha anunciado que ha reclamado a mi hija como prometida.

Ewan se volvió hacia él.

—La reclamé ante Mowbray como la mujer a la que pensaba desposar.

Cathaline sintió el impacto de aquellas palabras con más fuerza que la confesión del compromiso.

Alexander también.

—¿Piensa desposarla?

—Sí.

Ewan lo dijo sin vacilar y sin apartar los ojos del duque.

Cathaline lo contempló. Hasta entonces había supuesto que la declaración era únicamente un engaño construido para detener a Mowbray. Ewan acababa de afirmar delante de su padre, Malcolm y todos sus hermanos que su intención era real.

Alexander se acercó hasta quedar a muy poca distancia.

—En otra época, Sinclair, un hombre que pronunciara esas palabras sobre una Hamilton sin pedir antes la mano a su padre habría tenido que sostenerlas con una espada.

El tartán mojado descansaba sobre el hombro de Ewan. La sangre volvía a descender por su sien, pero sus ojos verdes permanecieron firmes.

—En otra época habría llegado acompañado por los hombres de mi clan. He venido solo.

La vieja sangre Hamilton apareció bajo el terciopelo y los modales ingleses de Alexander.

—Eso no lo vuelve menos insolente.

—No pretendía que lo fuera.