Capítulo 10 #4
Abel Hargreaves fue el primero. El segundo, Thomas Calder, era comerciante de lana, propietario de dos almacenes y lo bastante rico para no dejarse comprar por un Sinclair ni intimidar por un Mowbray.
El tercero fue el doctor Samuel Whitcombe, quien llevaba veinte años atendiendo a media ciudad y aceptó acompañarlos únicamente después de examinar la herida de Ewan en la misma entrada de su casa.
—Necesita que le cierre ese corte —dictaminó.
—Después.
—Podría perder el conocimiento.
—Entonces procure que firme antes.
Whitcombe lo contempló como si dudara entre curarlo o golpearlo él mismo.
—No pondré mi nombre bajo una falsedad.
—No se lo pediré. Solo dará fe de lo que me oiga declarar y de que la firma es mía.
—Eso continúa pareciéndome una estupidez.
—No ha preguntado si era sensato.
Cuando regresaron a Harrowden Lodge faltaba menos de una hora para el amanecer.
Lady Mowbray continuaba allí. Rooke había ordenado más leña para la chimenea y Edmund esperaba junto a una ventana, con una copa intacta en la mano.
Su rostro se endureció al ver entrar a los tres hombres.
—¿Qué demonios es esto?
Ewan se quitó los guantes mojados.
—Mis testigos.
Rooke se puso en pie y estudió a Hargreaves, Calder y Whitcombe antes de dirigirse a Ewan.
—Conviene que comprenda exactamente qué pueden certificar estos caballeros. Pueden declarar que usted realizó una afirmación delante de ellos y que firmó voluntariamente. No pueden dar fe de la voluntad de lady Cathaline.
—No se lo pediré.
Mowbray dejó escapar una risa seca.
—Porque ella no ha aceptado nada.
Ewan volvió la cabeza.
—Eso no tiene por qué discutirlo con usted.
—Está mintiendo.
—Entonces publique su declaración y permita que Londres decida a cuál de los dos considera un pretendiente despechado —La palabra volvió a herirlo.
Ewan se acercó a la mesa—. Si usted afirma que descubrió una relación deshonrosa, yo declararé ante estos hombres que entre lady Cathaline Hamilton y yo existía desde antes de su cortejo un compromiso privado de intención matrimonial.
Añadiré que mis atenciones hacia ella siempre fueron honorables y que usted conocía solo una parte de la situación cuando decidió convertirla en una acusación.
Lady Mowbray lo observó con incredulidad.
—La sociedad se reirá de usted.
—He sobrevivido a cosas peores que la risa de Londres.
—Su reputación quedará destruida.
—Tengo otra en Escocia.
Mowbray dio un paso hacia él.
—¿Y qué ocurrirá cuando Cathaline lo niegue?
Ewan tardó apenas un instante en responder. Fue suficiente para reconocer el precio de lo que estaba a punto de hacer.
Cathaline lo odiaría. Quizás durante semanas. Quizás durante meses. Quizás toda la vida. Tal vez decidiera que Richard había golpeado al hombre equivocado y reclamara para sí el derecho de corregir el error.
Pero Mowbray no volvería a llamarla deshonrada.
—Si lo niega —respondió—, rendiré cuentas ante ella.
—Lo destruirá.
—Eso será asunto de Cathaline.
La corrección desapareció por fin del rostro de Mowbray.
—No la tendrá.
Ewan lo miró sin sonreír.
—Usted perdió cualquier voz sobre ella cuando recibió su negativa.
—¡Ya había escogido cuando permitió que yo la cortejara!
—No. Escogió cuando lo rechazó.
Lady Mowbray tomó el brazo de su hijo.
—Edmund.
Él se soltó.
—Cree que puede presentarse aquí cubierto de sangre, inventarse un compromiso y llevarse a Cathaline como si fuera una muchacha de una aldea escocesa.
—No pienso llevarme a nadie.
—Entonces ¿qué gana?
Ewan miró la declaración preparada para los periódicos.
—Que su nombre deje de aparecer en su sucia boca.
Rooke permaneció callado durante unos segundos. Después tomó el documento y volvió a leerlo desde el principio.
—Rooke —dijo lady Mowbray.
El abogado levantó una mano sin apartar los ojos del texto.
—Un momento, milady.
Pasó a la segunda página y se detuvo en uno de los párrafos centrales. Cuando dejó las hojas sobre la mesa, su expresión era más grave.
—Si el señor Sinclair formula públicamente una declaración de compromiso anterior al cortejo de lord Mowbray y la firma ante testigos independientes, nuestra posición cambia.
Edmund se volvió hacia él.
—¿Qué posición?
—La declaración preparada para los periódicos afirma que usted retiró sus atenciones después de descubrir una relación de naturaleza deshonrosa.
Si Sinclair asume públicamente la responsabilidad de esa relación y afirma que existía intención matrimonial, los Hamilton podrán sostener que usted conocía únicamente una parte de una relación legítima y decidió presentarla como una deshonra después de ser rechazado.
—Eso es falso.
—Tal vez —respondió Rooke—. Pero no podemos demostrarlo sin obligar a lady Cathaline a declarar sobre asuntos privados. Y el duque de Hamilton tiene abogados, dinero e influencia suficientes para convertir nuestra declaración en una acusación de calumnia nacida del despecho.
Lady Mowbray frunció el ceño.
—¿Está diciendo que debemos creer a este hombre?
—No. Estoy diciendo que los periódicos no necesitan creerle para negarse a publicar algo que puede perjudicar al conde.
Edmund palideció de rabia.
—Entonces cambie el texto.
—No existe una modificación que elimine el problema. Mientras Sinclair sostenga un compromiso anterior y esté dispuesto a poner su nombre debajo, su declaración hace que la nuestra parezca una represalia.
Ewan observó cómo aquellas palabras encontraban el único lugar donde podían herir verdaderamente a Mowbray.
Su orgullo.
Lady Mowbray miró a su hijo. Había participado en la preparación de aquella declaración para salvarlo del ridículo, no para exponerlo a una disputa pública con el duque de Hamilton.
—Edmund —dijo al fin—, no entregaremos a los Hamilton un arma contra nuestra casa.
—No.
—Escucha al señor Rooke.
—¡No pienso permitir que este salvaje convierta una mentira en un compromiso delante de mí!
Ewan apoyó una hoja limpia sobre la mesa.
—Entonces cierre los ojos.
Hargreaves ocultó algo parecido a una sonrisa. El doctor Whitcombe no hizo el menor esfuerzo.
Ewan tomó la pluma. La herida de la sien había dejado de sangrar con fuerza, pero el dolor le latía detrás de un ojo y cada movimiento del brazo tiraba de la costura rota del abrigo.
Comenzó a escribir.
Declaró que entre lady Cathaline Hamilton y él existía, desde antes del cortejo de lord Mowbray, un compromiso. Añadió que asumía públicamente aquel acuerdo y que ninguna familiaridad entre ambos había tenido una intención distinta.
Rooke leyó por encima de su hombro.
—Esta declaración no obliga legalmente a lady Cathaline.
—No necesito llevarla ante un juez.
—Pero la comprometerá ante la sociedad.
—Lo sé.
Mowbray apretó la copa entre los dedos.
—Cuando ella descubra lo que ha hecho, lo odiará.
Ewan detuvo la pluma.
Pensó en Cathaline bajo las lámparas de Hamilton Lodge, en su orgullo, en la boca que sabía insultarlo mejor que nadie y en la forma en que lo había besado antes de ordenarle que se marchara.
Después escribió su nombre.
Ewan Sinclair.
—Entonces será mejor que se lo explique yo antes de que lo haga usted.
Hargreaves, Calder y Whitcombe firmaron debajo, dejando constancia de que habían escuchado la declaración y presenciado la firma.
Ninguno certificaba la voluntad de Cathaline.
Los tres daban fe de que Ewan Sinclair había puesto públicamente su nombre, su fortuna y su honor detrás de Cathaline Hamilton.
Y aunque aún no lo sabía, acababa de firmar también su propia perdición.