La perdición del highlander (Los Duques de Escocia 4) Capítulo 10 #3
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Capítulo 10 #3

Un rumor podía cambiar de forma entre una cena y otra.

Una declaración redactada por abogados, fechada y enviada a los periódicos permitiría a los Mowbray afirmar que Edmund había actuado primero y por honor.

No buscaban únicamente perjudicar a Cathaline.

Pretendían salvar al conde de la humillación de haber sido rechazado.

—Así que necesitan fijar su mentira antes de que la verdad se vuelva más interesante.

—Exactamente. La declaración sostendrá que lord Mowbray terminó el cortejo al descubrir que lady Cathaline mantenía desde antes una relación con usted. No necesitan demostrar mucho. Solo lograr que su versión sea la primera que quede escrita.

Ewan tomó el abrigo del respaldo de la silla.

Hargreaves lo observó con desconfianza.

—No piense en robar el documento. Imprimirán otro.

—Lo sé.

—Ni en golpear al conde.

—También lo sé.

—Me tranquiliza oírlo.

Ewan introdujo los brazos en el abrigo.

—No debería.

Harrowden Lodge se alzaba al final de un camino flanqueado por árboles desnudos.

La lluvia fina había oscurecido la piedra de la fachada y convertido la grava en un lodazal.

Ewan llegó poco antes de medianoche, con el tartán Sinclair atravesado sobre un hombro y el cabello rojizo empapado contra la frente.

No alcanzó la puerta principal.

Dos hombres salieron de las caballerizas en cuanto lo vieron aproximarse. El primero agarró las riendas del caballo. Ewan le descargó la fusta sobre la muñeca y desmontó por el lado contrario, pero el segundo ya se había lanzado sobre él.

El puñetazo le alcanzó las costillas. Ewan retrocedió un paso, recuperó el equilibrio y utilizó el impulso del hombre para estrellarlo contra la pared de piedra. El primero regresó blandiendo una barra corta de madera.

—Eso resulta bastante descortés —observó Ewan.

La barra pasó a pocas pulgadas de su cabeza.

El segundo golpe le alcanzó la sien.

La piel se abrió junto al nacimiento del cabello y la sangre descendió de inmediato sobre una ceja, enturbiándole la visión. Ewan se limpió con el dorso de la mano. Cuando volvió a mirar al hombre, la ironía había desaparecido de sus ojos verdes.

Entró dentro del alcance del arma antes de que pudiera levantarla otra vez, le cerró una mano sobre la garganta y lo derribó utilizando su propio peso. El segundo hombre lo sujetó por detrás y tiró con tanta fuerza que la costura del hombro de su abrigo se rasgó.

Ewan giró y golpeó una vez.

La segunda dejó al hombre de rodillas.

Recogió la barra del barro y la arrojó lejos, fuera del alcance de ambos.

—Decidle a vuestro jefe que la próxima vez contrate hombres que sepan lo que hacen.

Atravesó la entrada con las costillas doloridas, el abrigo abierto por un hombro y sangre recorriéndole un lado del rostro.

La lluvia había oscurecido su cabello hasta convertir el rojo intenso en un tono de cobre mojado.

La pequeña cicatriz sobre la nariz, más visible cuando dejaba de sonreír, endurecía todavía más unas facciones que la barba corta y la furia volvían peligrosamente atractivas.

No parecía un caballero inglés.

Tampoco pretendía parecerlo.

La biblioteca estaba iluminada por tres lámparas y una chimenea bien alimentada.

Mowbray permanecía junto al fuego. El señor Rooke, su abogado, se encontraba ante una mesa cubierta de documentos.

Lady Mowbray estaba sentada en un sillón con una taza de té entre las manos, como si hubiera elegido aquella hora para discutir una visita familiar y no la destrucción de la reputación de una mujer.

Fue ella quien reaccionó primero.

Sus ojos recorrieron el barro de las botas, el tartán cruzado sobre el pecho, el abrigo rasgado y la sangre que descendía desde la sien.

—Dios santo —Ewan cerró la puerta a su espalda. Lady Mowbray dejó la taza sobre el plato—. ¿Así acostumbran los Sinclair a entrar en las casas ajenas?

—Normalmente utilizamos la puerta.

—Después de derribar a dos hombres.

—Ellos intentaron impedirme llegar hasta ella.

La condesa lo contempló con un desprecio que habría resultado más eficaz si Ewan hubiera concedido algún valor a su opinión.

—Un salvaje vestido con tartán continúa siendo un salvaje, señor Sinclair.

Ewan ni siquiera respondió. Clavó la mirada en Edmund.

—Retire la declaración.

Mowbray dejó escapar una risa breve.

—Ha recorrido media Inglaterra para darme una orden.

—He recorrido media Inglaterra porque parece que la explicación que le dio lady Cathaline no le ha servido. He venido a darle una mejor.

Lady Mowbray se puso en pie.

—Mida sus palabras.

Ewan volvió hacia ella la cabeza.

—Su hijo puso el nombre de Cathaline Hamilton en boca de media sociedad. Ya hemos superado el momento de la conversación en que fingimos buenos modales.

—Mi hijo ha defendido su honor y el del nuestro condado —replicó la condesa—. Los Hamilton pretenden presentarlo como un pretendiente ridículo al que una joven caprichosa permitió esperar durante meses antes de descartarlo.

—Su hijo fue rechazado. La cantidad de papel que utilicen no cambiará ese hecho.

La palabra produjo una contracción visible en el rostro de Edmund.

—No vuelva a pronunciarla.

Ewan levantó apenas una ceja roja.

—¿Rechazado?

Mowbray avanzó un paso.

—No pronuncie tampoco su nombre como si tuviera algún derecho sobre ella.

Aquello reveló más que todos los documentos de la mesa.

No era únicamente orgullo. Mowbray estaba celoso. Había observado a Cathaline y Ewan durante semanas sin comprender qué existía entre ellos, y aquella ignorancia le resultaba casi tan insoportable como la negativa.

—¿Eso es lo que le molesta? —preguntó Ewan—. ¿Que yo diga su nombre?

—Me molesta que se comporte como si hubiera existido algo entre ustedes más allá de unas cuantas libertades.

—Existía algo más serio antes de que usted empezara a cortejarla.

La quietud de Edmund fue inmediata.

Lady Mowbray miró a su hijo y después a Ewan.

—¿Qué pretende decir?

Ewan no apartó los ojos del conde.

—Que llegó tarde.

Mowbray soltó una carcajada.

—Eso es lo que pretendo expresar en el periódico, gracias por confirmarlo. Aun así, no creo que existiera nada serio entre ustedes. .

—No necesito que lo haga.

—Cathaline me habría dicho que existía otro hombre.

—¿Por qué?

La pregunta lo desconcertó.

—Porque estaba considerando casarse conmigo.

—No. Usted estaba considerando casarse con ella. Nunca aprendió a distinguir la diferencia.

Lady Mowbray dio un paso hacia ellos.

—Mi hijo cortejó a lady Cathaline con el consentimiento del duque de Hamilton.

—Y ella lo rechazó.

—Después de que usted apareciera en Londres.

Ewan arqueó una ceja.

—Entonces quizás debería preguntarse por qué bastó con que yo apareciera.

Mowbray cerró las manos junto a los costados.

—Usted entró en su casa, le escribió cartas, buscó momentos a solas con ella y se comportó delante de toda la sociedad como si poseyera algún derecho sobre una mujer cortejada por otro hombre.

—No poseía ningún derecho.

—Por fin dice algo cierto.

—Tenía algo mejor —Edmund lo miró. Ewan dejó que esperara—. Su elección.

El golpe encontró exactamente el lugar que buscaba. Mowbray palideció y lady Mowbray endureció la expresión.

—Eso es absurdo —dijo ella—. Lady Cathaline jamás habría considerado seriamente a un hombre como usted.

Ewan bajó la vista hacia el tartán empapado que cruzaba su pecho.

—Escocés, sin título y cubierto de barro. Conozco la lista.

—No posee una casa adecuada para ella.

—Poseo una.

—No tiene posición.

—Tengo dinero.

—No pertenece a su mundo.

Una sonrisa leve curvó la boca de Ewan.

—Eso parece preocuparle más a usted que a Cathaline.

Mowbray golpeó la mesa con la palma.

—¡Basta! —El tintero tembló junto a las hojas. Rooke levantó la cabeza, aunque todavía no intervino—. No convertirá esto en una historia romántica para salvarla —continuó Edmund—. Si existe alguna verdad detrás de sus insinuaciones, dígala de una vez.

Ewan se acercó a la mesa y tomó la primera hoja. La declaración afirmaba que lord Edmund Mowbray había retirado sus atenciones tras descubrir una relación anterior entre lady Cathaline Hamilton y un caballero escocés, relación que, por su naturaleza y secreto, no podía considerar honorable.

Dejó el papel donde estaba.

—Retírela.

—No.

—Entonces haré pública la verdad antes de que usted publique su mentira.

Lady Mowbray rio con desprecio.

—¿Qué verdad?

Ewan la miró.

—Que entre Cathaline y yo existía un entendimiento anterior al cortejo de su hijo. Un entendimiento de intención matrimonial.

Mowbray se quedó inmóvil. Después rio, pero la risa no alcanzó sus ojos.

—Eso es mentira.

Ewan no pestañeó.

—Demuéstrelo.

—Ella jamás estuvo comprometida con usted.

—No habíamos anunciado nada.

—Qué diferencia tan conveniente.

—Suficiente para impedir que la llame deshonrada.

Mowbray rodeó la mesa y se detuvo frente a él.

—Si mantenían ese supuesto entendimiento, ¿por qué permitió que yo la cortejara?

Ewan respiró con cuidado para no mostrar cuánto le dolían las costillas.

—Porque Cathaline Hamilton hace exactamente lo que considera oportuno. Esa es una de las cosas que usted nunca consiguió comprender.

—Y usted sí, imagino.

—Estoy empezando.

Lady Mowbray intervino con una frialdad renovada.

—Todo esto continúa siendo la palabra de un escocés sin título contra la de un conde.

—No por mucho tiempo.

Ewan introdujo una mano bajo el abrigo y sacó su cartera.

—Antes del amanecer será mi palabra firmada delante de tres hombres independientes.

Mowbray dejó de sonreír.

—No tiene testigos.

Ewan se volvió hacia la puerta.

—Todavía.

Encontrar a tres hombres respetables en York después de medianoche habría resultado imposible para alguien que no hubiera pasado años haciendo negocios en la ciudad.

Ewan conocía a demasiados.