Capítulo 10 #2
Lady Alderley la recibió con un afecto algo excesivo.
Dos jóvenes que solían acercarse a ella antes incluso de que se quitara la capa encontraron de pronto asuntos urgentes al otro lado de la habitación.
Una viuda le preguntó por su madre, por Richard y, tras una pausa cuidadosamente construida, por «el caballero escocés que causó tanta impresión durante octubre».
—El señor Sinclair está en Escocia —respondió Cathaline.
—¿Está segura? Había oído que estaba otra vez por aquí...
Edward, a su lado, se volvió con lentitud. Cathaline se adelantó antes de que su hermano decidiera estrenar en una viuda las lecciones de paciencia aprendidas en Eilean Ròs.
—Qué extraño, lady Bexley. No sabía que la presencia del señor Sinclair causara tanto interés.
La mujer abrió el abanico.
—Solo deseaba expresar mi inquietud.
—¿Inquietud? ¿Acaso cree que estaría esta noche aquí si yo estuviera inquieta? Deje de preocuparse y disfrute de la velada.
Lady Bexley encontró otro grupo al que ofrecer sus opiniones.
Cathaline concedió la siguiente danza a un vizconde cuyo nombre conocía desde hacía años y cuya conversación consiguió no recordar después.
Bailó. Sonrió. Comentó la nueva decoración del salón y escuchó a una joven explicar durante varios minutos por qué el azul había dejado de favorecer a las mujeres de pelo oscuro.
No abandonó la estancia.
No miró una sola vez hacia la puerta esperando ver entrar a un hombre que se encontraba en alguna parte entre Escocia e Inglaterra.
Cuando regresaron al carruaje, la corrección sobrevivió hasta que la portezuela se cerró.
Cathaline apoyó las manos sobre el regazo.
Uno de los guantes se había abierto junto al pulgar. No recordaba cuándo lo había apretado con tanta fuerza.
Edward lo vio.
—Encontraremos noticias.
—No sabes si continúa vivo.
—No.
La honestidad le dolió, pero la agradeció.
Edward siempre había sido así. Douglas era el heredero, el hermano mayor sobre el que descansaban demasiadas cosas; Edward, en cambio, había ocupado otro lugar en la familia.
Era el responsable sin necesitar demostrarlo, el que escuchaba antes de hablar y el único capaz de hacer una pregunta incómoda sin convertirla en una imposición.
Cathaline había confiado en él desde niña precisamente por eso.
Durante años había dado por hecho que acabaría casándose con una mujer como Eleanor: inglesa, educada, inteligente, alguien que conocía sus libros, sus silencios y aquella parte ordenada de Edward que parecía hecha para Londres.
Incluso había imaginado alguna vez lo cómodo que resultaría tener a Eleanor como cuñada.
Pero Edward había regresado distinto.
Más escocés de lo que estaba dispuesto a admitir.
Y, por lo poco que Cathaline empezaba a comprender, bastante interesado en una mujer de Eilean Ròs que no parecía tener ninguna intención de convertirse en una dama inglesa complaciente.
Aquello habría resultado divertido en cualquier otra familia.
En la suya empezaba a parecer una enfermedad.
Audrey había terminado en Glenmuir. Douglas había escogido a Mairi. Edward parecía camino de perder la cabeza por otra escocesa.
Cathaline miró a su hermano.
—¿Qué demonios os pasa a todos con Escocia?
Edward levantó una ceja.
—Nuestro padre nació allí.
—No creo que sea hereditario.
—Viendo a esta familia, yo no descartaría nada.
Cathaline volvió el rostro hacia la ventanilla. Londres pasaba al otro lado entre niebla y faroles.
—Lo último que hice fue ordenarle que se marchara.
—Ewan rara vez obedece hasta un extremo tan dramático.
Cathaline soltó una risa breve que no consiguió engañarlos.
—Esta vez lo hizo.
—Tomó el tren. Eso fue lo único que prometió.
Ella cerró los ojos.
Hasta entonces había temido muchas cosas de Ewan Sinclair.
Aquella noche solo temió una.
Que no regresara.
Durante diciembre, Ewan dejó de tener una dirección fija.
Durmió en posadas donde nadie preguntaba su apellido, en un almacén de York cuyo propietario le debía dinero y una noche en un establo porque los hombres de Mowbray habían llegado al alojamiento antes que él.
Utilizó los contactos comerciales que había reunido durante años: tratantes de lana, mozos de estación, propietarios de carruajes y un impresor que había perdido bastante dinero en una inversión que Ewan le recomendó evitar.
Descubrió que Rooke y Bellamy estaban reuniendo declaraciones de cualquier persona dispuesta a recordar a Cathaline y Ewan en la misma habitación. Ninguna demostraba una relación impropia. No la necesitaban.
Mowbray solo necesitaba dar a conocer una cosa: el conde honorable que se retiraba al descubrir que la mujer a la que pretendía casarse había alentado previamente a otro hombre.
Los abogados Hamilton respondían a cada insinuación. Mowbray respondía a cada carta con otra menos prudente. Mientras tanto, el rumor se mantenía vivo.
Ewan comprendió la estrategia.
No bastaría con destruir una hoja. Mowbray podía redactar otra.
No bastaría con golpearlo. Richard ya le había regalado el papel de víctima.
Mientras Londres tuviera que escoger entre una explicación aburrida y una vergonzosa, escogería la segunda.
A principios de enero, Ewan se alojaba en una posada de York. El techo se inclinaba tanto sobre la cama que debía agachar la cabeza para acercarse a la ventana, la palangana perdía agua y el viento entraba por una grieta junto al marco.
Blairmuir tenía trece habitaciones.
Doce sin olor a humedad.
Ewan poseía una cama amplia, criados que discutían cuando regresaba tarde y una bodega que no rebajaba el whisky con agua. Podría estar allí, ocupándose de sus tierras, revisando el molino o negándose otra vez a pagar el precio absurdo que Ferguson exigía por una colina.
En cambio, llevaba semanas durmiendo vestido, moviéndose con nombres prestados y siguiendo a hombres que consideraban la verdad una molestia negociable.
Todo por Cathaline Hamilton.
Una mujer que probablemente intentaría matarlo cuando descubriera la mitad. Y que, en aquellos momentos, quizás incluso lo despreciaba un poco por ser exactamente lo que era: un escocés insolente, maleducado y completamente incapaz de comportarse como un caballero inglés decente.
Ewan se sentó ante la mesa y sonrió.
No porque resultara divertido.
Porque empezaba a reconocer una derrota cuando la tenía delante.
Había creído que su perdición sería besarla. Se había equivocado. Besarla había sido la parte sencilla.
La verdadera perdición consistía en descubrir que podía alejarse de ella, cruzar media Inglaterra y aun así encontrar a Cathaline en cada pensamiento.
Mojó la pluma en el tintero y escribió:
Malcolm :
No me sigas. Mowbray está preparando una declaración y pienso corregir personalmente sus insinuaciones. No lleves hombres al sur ni permitas que Audrey viaje. Escribiré cuando tenga algo útil que decir.
Ewan .
Leyó la nota y decidió que contenía más explicaciones de las que Malcolm merecía.
Tomó otra hoja.
Escribió:
Cathaline :
La pluma permaneció detenida sobre el papel.
Podía decirle que estaba vivo.
Que había visto la versión que Mowbray pretendía publicar en el periódico.
Que no permitiría que lo hiciera.
También podía decirle que pensaba en ella cada vez que se quitaba el abrigo, cada vez que veía una mujer rubia al otro lado de una estancia y cada vez que despertaba con el recuerdo de sus dedos cerrados sobre su levita.
Rompió la hoja.
No porque careciera de palabras.
Porque todas significaban demasiado.
El aviso llegó aquella misma noche.
Abel Hargreaves había pasado más de veinte años entre talleres de impresión, redactores y despachos de periódicos.
No poseía ninguno de los grandes diarios de Londres, pero conocía a suficientes editores para saber qué historias estaban a punto de convertirse en tinta antes de que salieran a la calle.
Ewan había pagado bien por aquella ventaja, aunque Hargreaves parecía disfrutar tanto del asunto que quizás habría aceptado una cantidad menor.
Entró en la posada con el cuello del abrigo levantado y una expresión que hizo que Ewan dejara el vaso antes incluso de que hablara.
—Han cambiado el plan.
—¿Qué plan?
—La declaración de Mowbray. Ya no la enviarán directamente a Londres. El conde está en Harrowden Lodge, a unas ocho millas de aquí. Su madre llegó esta tarde acompañada por el señor Rooke.
Ewan se puso en pie.
—¿Lady Mowbray?
—Parece que el asunto le interesa casi tanto como a su hijo.
Aquello no lo sorprendió. Lady Mowbray llevaba meses organizando la vida de Cathaline sin haber recibido una sola palabra que la autorizara a hacerlo. Era lógico que también quisiera organizar la versión que Londres conservaría de su rechazo.
—¿Cuándo piensan enviarla?
—Mañana a primera hora. Harán llegar una carta a dos periódicos londinenses y distribuirán copias entre varios clubes y familias relacionadas con los Mowbray y los Hamilton.
Ewan frunció el ceño.
—¿No les basta con murmurar en los salones?
Hargreaves se quitó los guantes y se acercó a la chimenea.
—Los murmullos han empezado a volverse contra ellos.
Lady Cathaline continúa apareciendo en sociedad, los Hamilton no se han escondido y su padre ha hecho llegar su versión a suficientes hombres importantes.
Cada vez más personas creen que Mowbray fue rechazado y, por despecho, ha decidido ensuciar el nombre de la mujer que no ha querido casarse con él.
Una sonrisa sin humor rozó la boca de Ewan.
—Por una vez, Londres ha entendido algo correctamente.
—Lady Mowbray no comparte su satisfacción. Si esa versión se impone, su hijo no será recordado como el caballero que retiró dignamente sus atenciones al descubrir una indiscreción. Será el hombre rechazado que atacó a una dama porque su orgullo no soportó la negativa.
Ewan comprendió entonces la necesidad del papel.