La perdición del highlander (Los Duques de Escocia 4) Capítulo 10
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Capítulo 10

El hombre de Mowbray perdió el sombrero en la primera curva y estuvo a punto de perder la vida en la segunda.

Ewan llevaba siguiéndolo desde que abandonó una pequeña posada al sur de Perth, donde el desconocido había hecho demasiadas preguntas acerca del viaje de un escocés pelirrojo a Londres.

Había querido saber qué tren tomó, cuánto equipaje llevaba, si viajaba solo y si alguna vez mencionó el nombre de lady Cathaline Hamilton.

El posadero no recordaba gran cosa, pero sí lo suficiente para mandar a buscar a Ewan antes de que el hombre terminara su cerveza.

Ahora ambos cabalgaban bajo una lluvia que convertía el camino en una lengua de barro.

El desconocido se inclinaba sobre un caballo castaño, con un portafolios sujeto contra el pecho y la mirada volviéndose una y otra vez hacia atrás.

No debía de ser un jinete particularmente bueno.

En la primera pendiente perdió el sombrero; en la segunda, tiró demasiado de las riendas cuando el animal resbaló cerca del borde.

El caballo cayó sobre un costado.

El hombre salió despedido hacia el barranco.

Ewan podría haber continuado detrás del portafolios, que había rebotado varios pasos más adelante. En cambio, soltó sus propias riendas, saltó de la montura y se lanzó al suelo antes de que el desconocido desapareciera entre los árboles.

Alcanzó a agarrarlo por el cuello del abrigo.

El peso de ambos los arrastró medio cuerpo sobre la pendiente.

Ewan clavó una rodilla en el barro, aferró una raíz con la mano libre y tiró hasta devolverlo al camino.

El hombre quedó tendido boca arriba, respirando con dificultad y contemplando el cielo como si acabara de descubrir que todavía existía.

—No se mueva —ordenó Ewan.

—Mi cartera.

—Su cuello parece una preocupación más inmediata.

El desconocido intentó incorporarse y gimió. Ewan le pasó una mano rápida por el hombro y el brazo. Nada parecía roto, aunque al día siguiente recordaría la caída cada vez que respirara.

El portafolios se había abierto. Varias hojas se extendían por el barro.

Ewan recogió la primera.

En la parte superior figuraba el nombre de Rooke y Bellamy, procuradores, Gray's Inn.

Debajo había una relación de personas: un criado de la casa de lady Ashbourne, dos invitados de lady Harcourt, la propietaria de la Corona y el Brezo y un empleado de la estación que recordaba la llegada de Ewan a Londres.

La segunda hoja contenía preguntas.

¿Había entregado personalmente una carta a lady Cathaline?

¿Se habían apartado de los demás invitados?

¿Con qué frecuencia había visitado la residencia Hamilton?

¿Había existido entre ambos una familiaridad anterior al cortejo de lord Mowbray?

Ewan dejó de sentir la lluvia.

—Devuélvame eso —exigió el hombre desde el suelo.

Ewan levantó la vista.

—¿Trabaja para Mowbray?

—Trabajo para una firma de abogados.

—Eso no responde.

—Tampoco le concede derecho a leer correspondencia privada.

Ewan contempló otra hoja. No contenía pruebas. Solo fragmentos de una historia reunidos para que, colocados en el orden conveniente, parecieran algo distinto: la carta, la pañoleta, las visitas, la biblioteca, la presencia de Ewan junto a Cathaline mientras Mowbray todavía la cortejaba.

—¿Adónde lleva esto?

—No es asunto suyo.

Ewan se agachó frente a él.

—Acabo de impedir que se rompa el cuello. No me obligue a lamentarlo tan pronto.

El hombre palideció.

—A York.

—¿Por qué?

—El señor Rooke se reunirá allí con lord Mowbray. Prepararán una declaración formal antes de enviarla a Londres.

—¿A quién?

—No lo sé —Ewan sostuvo sus ojos hasta que el desconocido apartó la mirada.

Sin la sonrisa, la pequeña cicatriz sobre la nariz endurecía aún más sus facciones—.

A dos editores —admitió—. Y a varios caballeros relacionados con ambas familias.

El conde desea dejar constancia de que retiró sus atenciones al descubrir una relación anterior que no podía ignorar sin comprometer su honor.

—No descubrió ninguna relación.

—Eso deberá discutirlo con él.

Ewan volvió a guardar los papeles en el portafolios. No necesitaba robarlos. Ya sabía lo esencial.

Mowbray no buscaba demostrar nada. Solo quería fijar su versión por escrito antes de que los Hamilton consiguieran imponer la verdad.

Entregó la cartera al hombre y se puso en pie.

—¿Cómo se llama?

El desconocido dudó.

—Pike.

—Señor Pike, la próxima vez que huya de un escocés, escoja un caballo que sepa mantenerlo encima.

Pike apretó la boca.

—No estaba huyendo.

—Entonces cabalga siempre de una manera muy poco digna.

Ewan recuperó su montura y reanudó el camino. No había avanzado ni media milla cuando oyó cascos detrás de él.

Miró por encima del hombro.

Dos jinetes se habían detenido junto a Pike. Uno hablaba con él mientras el otro observaba el camino. Pike señaló hacia Ewan.

Eso bastó.

No eran criados ni viajeros. Eran hombres enviados para acompañarlo y asegurarse de que aquellos papeles llegaran a su destino. Y ahora sabían exactamente quién acababa de leerlos.

Ewan no esperó a que montaran de nuevo.

Espoleó el caballo.

El camino ascendía entre abedules y se bifurcaba varios kilómetros más adelante.

Si continuaba hacia el sur, los dos hombres podrían seguirlo hasta la siguiente estación.

Si regresaba a Glenmuir, habría cumplido exactamente aquello que Mowbray esperaba: aparecer, enfurecerse y retirarse sin conseguir nada.

Tomó la senda del norte.

Los jinetes lo siguieron.

Durante casi una hora los llevó por caminos secundarios, atravesó un arroyo dos veces y fingió encaminarse de regreso a las Highlands. Al caer la tarde llegó a un bosque que conocía desde los años en que Malcolm y él escapaban de Glenmuir para cazar sin permiso.

Allí desmontó.

Le quitó la silla al caballo, sujetó las alforjas bajo el brazo y pasó una mano por el cuello del animal.

—Vuelve a casa.

El caballo resopló.

Ewan miró el camino del norte. El animal conocía aquellos senderos y encontraría las tierras Sinclair antes de que terminara el día siguiente.

Malcolm comprendería que había cambiado de montura.

Probablemente.

Ewan apartó aquella duda y dio una palmada firme sobre la grupa. El caballo emprendió el camino entre los árboles mientras él descendía a pie hacia la pequeña estación de Auchterarder.

Cuando los dos hombres llegaron a la bifurcación, siguieron las huellas hacia el norte.

Ewan tomó el tren nocturno hacia York.

El caballo volvió a Glenmuir sin jinete dos días después.

La noticia llegó a Hamilton Lodge por telegrama antes de que Malcolm tuviera tiempo de decidir cuánto debía contar.

Alexander ordenó enviar hombres a las estaciones del norte; Richard quiso partir hacia Escocia esa misma tarde y Eliza consiguió detener a ambos recordándoles que perseguir caminos sin saber cuál había tomado Ewan solo multiplicaría los hombres perdidos.

Edward Hamilton regresó tres días más tarde.

Llegó cansado, con una mano todavía vendada y el olor del mar de Eilean Ròs prendido en el abrigo. Cathaline lo encontró en el salón con su padre, examinando el telegrama de Malcolm como si las mismas doce palabras pudieran ofrecerle algo nuevo después de la quinta lectura.

—El caballo regresó solo —dijo ella desde la puerta.

Edward levantó los ojos.

—Eso no significa que Ewan esté herido.

—Tampoco significa que esté bien.

Alexander dejó el telegrama sobre la mesa.

—Sinclair ha escogido desaparecer.

—No —replicó Cathaline—. Ha escogido hacer algo sin decirnos qué.

La diferencia no tranquilizó a nadie.

Edward se acercó a su hermana. Había cambiado durante los meses lejos de Inglaterra. Continuaba siendo el más sereno de los hermanos Hamilton, pero su calma ya no parecía una forma de mantenerse apartado, sino una decisión consciente de escuchar antes de intervenir.

—¿Qué quieres hacer? —preguntó.

Cathaline lo miró con sorpresa.

—¿Desde cuándo preguntas eso?

—Desde que descubrí lo que ocurre cuando no lo hago.

La respuesta contenía una mujer, aunque Cathaline no escogió aquel momento para preguntar su nombre.

—Esta noche iré a la velada de lady Alderley.

Alexander se giró.

—No.

—Padre.

—Mowbray ha convertido cada aparición pública en una oportunidad para provocar otro rumor.

—Precisamente por eso no permitiré que decida en qué salones puedo entrar.

Eliza observó a su hija durante unos instantes.

—Edward la acompañará.

Alexander no pareció complacido.

—No he dado mi conformidad.

—No —respondió su esposa—. Pero Cathaline tampoco la ha solicitado y no es nuestra prisionera, ella no ha hecho nada malo y no merece tener que dejar la sociedad a la que pertenece por la cobardía de lord Mowbray.

El duque miró primero a una y después a la otra. Había suficientes escoceses en la familia para que reconociera una batalla que no podía ganar sin perjudicar aquello que intentaba proteger.

—No se separará de Edward —concedió.

Cathaline levantó el mentón.

—Lo procuraré.

—Eso no ha sido una promesa.

—He aprendido de Ewan.

La mención cayó mal.

A ella más que a los demás.

La velada de lady Alderley había reunido a suficientes personas para llenar dos salones y dejar sin argumentos a cualquiera que asegurara que Londres se retiraba durante el invierno.

Cathaline entró del brazo de Edward con un vestido de seda color champaña, bordado con pequeñas cuentas de cristal que recogían el brillo de los candelabros.

Su rostro mostraba una calma perfecta. El peinado no había perdido un solo bucle rubio y sus labios conservaban la curva suave de una mujer que no había pasado la tarde preguntándose si un caballo habría regresado sin jinete porque su dueño ya no podía hacerlo.

Las conversaciones se debilitaron durante un instante.

Cathaline lo oyó.

Después el salón volvió a respirar.