La perdición del highlander (Los Duques de Escocia 4) Capítulo 9 #4
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Capítulo 9 #4

El mozo que dormía en la habitación contigua apareció a medio vestir y con el cabello de punta. Ewan ya había encendido una lámpara y estaba ajustando la silla de un caballo oscuro, resistente y acostumbrado a jornadas largas.

—Señor Sinclair, puedo hacerlo yo.

—Vuelve a la cama.

El muchacho miró las alforjas pequeñas, el abrigo grueso y el tartán cruzado sobre el hombro de Ewan.

—¿Cuánto tiempo estará fuera?

—No lo sé.

—¿Quiere que prepare el carruaje hasta la estación?

—No voy a la estación.

El mozo decidió que cualquier pregunta adicional podría resultar perjudicial para su empleo y retrocedió.

Ewan colocó en las alforjas una camisa, algo de comida, una navaja, dinero y la carta de Richard. No necesitaba más. Los viajes cuidadosamente organizados dependían demasiado de que los demás hombres se comportaran como estaba previsto, y Mowbray ya había demostrado que no pensaba hacerlo.

Cuando sacó el caballo al patio, Malcolm lo esperaba junto a la escalinata.

Llevaba un abrigo oscuro cerrado hasta el cuello y no parecía haber dormido demasiado.

—Blairmuir tiene doce habitaciones —dijo.

Ewan puso un pie en el estribo.

—Trece si cuentas la que continúa oliendo a humedad.

—Tienes tierras, dinero y una casa propia. Algún día tendrás que decidir para qué los quieres.

Ewan se detuvo.

Al otro lado de las colinas, Blairmuir permanecía en la oscuridad. Podía imaginar sus establos, el molino, las habitaciones todavía demasiado vacías y el salón orientado al sur que Cathaline habría considerado necesitado de ventanas más grandes.

El pensamiento llegó sin permiso.

—Hoy no es ese día.

—No —respondió Malcolm—. Hoy vas a cabalgar hacia Inglaterra por una mujer que quizás jamás quiera vivir en ninguna de esas habitaciones.

Ewan levantó los ojos.

—Lo sé.

—Y tú tampoco sabes si podrías vivir en su mundo.

—Lo sé.

—¿Y aun así te marchas?

Ewan montó.

—No voy a pedirle que venga a Blairmuir.

—Entonces ¿qué vas a hacer?

Ewan recogió las riendas.

—Defender su honor.

Malcolm le sujetó el caballo antes de que pudiera girarlo.

—¿El honor de una mujer que no lleva tu nombre?

Ewan lo miró.

—¿Necesita llevarlo para que me importe?

—Para un Sinclair, normalmente sí.

—Entonces quizás no soy tan buen Sinclair como creías.

Malcolm apretó la mandíbula.

—No confundas honor con derecho.

La expresión de Ewan se endureció.

—No reclamo ningún derecho sobre ella.

—Según nuestras viejas costumbres, estás haciendo exactamente eso.

Ewan sostuvo su mirada.

—Mowbray ha puesto su nombre en boca de hombres que no tienen derecho ni a pronunciarlo.

—Y tú piensas hacer que se arrepienta.

—Sí.

—¿Por Cathaline Hamilton?

Ewan tardó apenas un segundo.

—Por su nombre. Por su honor. Y porque ningún hombre ensucia a una mujer delante de media Inglaterra y después se esconde detrás de un título.

Malcolm soltó finalmente las riendas.

—Eso ya suena más a un Sinclair.

—Nunca he dejado de serlo.

—Eso es precisamente lo que me preocupa.

Una voz áspera llegó desde la entrada de los establos.

—En mis tiempos habríamos resuelto esto antes de que amaneciera.

Ambos se volvieron.

El viejo Iain estaba junto a la puerta, apoyado en su bastón, con la espalda encorvada y una manta de tartán sobre los hombros. Nadie sabía cuánto tiempo llevaba allí escuchando. Con Iain, casi nunca convenía preguntar.

—¿Y cómo lo habrías resuelto? —preguntó Ewan.

El anciano lo miró como si la respuesta fuera evidente.

—Si un hombre estaba dispuesto a defender el honor de una mujer como si fuera de su casa, primero dejaba claro ante quién respondía por ella.

Malcolm frunció el ceño.

—Iain.

—¿Qué? Tú sabes de qué hablo.

Ewan desmontó apenas la expresión.

—Ilumíname.

Iain golpeó una vez el suelo con el bastón.

—Dos manos. Una tira de tartán. Dos testigos. Una palabra dada. Antes se hacía así cuando un hombre no quería esperar a que un cura, un abogado o un lord inglés decidieran si podía llamar suya a una mujer.

Malcolm cerró los ojos un instante.

—Eso no era un matrimonio.

—No he dicho que lo fuera.

—Entonces no empieces.

Iain ignoró al duque.

—Pero una mujer con el tartán de un hombre atado a la muñeca no era tratada como una cualquiera. Y un hombre que le daba su palabra delante de su clan sabía que después no podía esconderse detrás de excusas.

Ewan lo observó.

—Está hablando de unir las manos.

—Estoy hablando de honor.

Malcolm soltó un bufido.

—Estás hablando de meterle ideas en la cabeza.

Iain sonrió sin alegría.

—Ese muchacho ya trae demasiadas.

Ewan volvió a montar.

—Tranquilo. No pienso atar a Cathaline Hamilton con mi tartán.

Iain alzó las cejas.

—Ya lo veremos —Malcolm lanzó al anciano una mirada negra. Iain se encogió de hombros—. Yo solo digo que los viejos Sinclair no sabían distinguir entre proteger a una mujer y comprometerse con ella.

Ewan sujetó las riendas con más fuerza.

—Yo tampoco.

Iain lo miró largo rato.

—Entonces procura regresar con ella o no regreses.

El viento descendió desde las montañas y levantó el borde del tartán. Ewan hizo girar el caballo hacia el camino del sur.

Detrás quedaban Glenmuir, Blairmuir y todo cuanto había logrado construir desde los años en que los Sinclair apenas conseguían mantener sus propios tejados en pie.

Delante estaba un conde protegido por salones, títulos y la certeza de que podía castigar a una mujer con palabras sin que nadie le exigiera responder por ellas.

Mowbray había confundido su respeto por Cathaline con debilidad.

Ewan inclinó el cuerpo sobre el caballo y dejó que el animal tomara velocidad entre la escarcha.

El siglo era el diecinueve.

Eso no significaba que un Sinclair hubiera olvidado cómo cobrar una deuda.