La perdición del highlander (Los Duques de Escocia 4) Capítulo 9 #3
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Capítulo 9 #3

—Cathaline odiaría que decidieras eso por ella.

Ewan clavó sus ojos verdes en Audrey. Hubo un tiempo en que la habría llamado lady Hamilton y habría medido hasta dónde podía llevar una insolencia delante de la primogénita del duque de Hamilton.

Cuando llegó por primera vez a Glenmuir, Audrey había sido para él una inglesa demasiado elegante, demasiado rica y bastante más peligrosa de lo que Malcolm había comprendido al principio.

Ewan se había dedicado sobre todo a observarlos, a burlarse cuando podía y a apartarse cuando las discusiones dejaban de resultar divertidas.

Después Audrey se casó con Malcolm, aprendió los nombres de los arrendatarios, se puso los colores Sinclair sin renunciar jamás a los Hamilton y ayudó a levantar una casa que Ewan había visto pasar años contando cada moneda.

En algún momento, casi sin que él pudiera señalar cuándo, dejó de ser  lady Audrey . Ahora era Audrey.

Su prima por matrimonio, la madre de una pequeña Sinclair y una de las pocas personas que podían decirle que estaba comportándose como un idiota sin que él considerara necesario ofenderse. La quería, aunque jamás habría cometido la imprudencia de expresarlo de aquella manera.

—Cathaline odia que alguien decida cualquier cosa por ella.

—Por fin has aprendido algo en Londres.

Un golpe rápido sonó en la puerta. Un criado entró con una carta sobre una bandeja.

—Ha llegado por el correo de la tarde, señor Sinclair. El sobre lleva la marca de Hamilton Lodge.

Ewan dejó de oír el resto.

Reconoció la letra antes de tomarlo.

«Richard».

El joven Hamilton no era aficionado a escribir cartas. Si había llenado una hoja y pagado para que viajara con rapidez hacia Escocia, no podía contener nada bueno.

Ewan rompió el sello.

La nota era breve, aunque no tanto como habría esperado de Richard.

Sinclair:

Mi padre me arrancaría la mano si supiera que te escribo. Como ya me duele la derecha, agradeceré que no le des ocasión de estropearme la izquierda.

Mowbray ha dejado de insinuar.

Anoche, en la velada de lady Pembroke, dijo delante de lord Bexley, sir Thomas Crewe y varias damas que había retirado su cortejo al descubrir que Cathaline mantenía un entendimiento anterior que ningún hombre honorable podría ignorar.

Lady Bexley preguntó si se refería a ti. Mowbray respondió que no nombraría una indiscreción que la propia dama no había tenido la prudencia de negar.

Cathaline acababa de entrar.

Todo el salón lo oyó.

Lady Pembroke quiso acompañarla a otra estancia. Cathaline se negó, miró a Mowbray y dijo que la única indiscreción de la noche había sido confundir la cobardía con el honor. Después permaneció durante toda la siguiente pieza para que nadie pudiera decir que la había obligado a marcharse.

Esta mañana dos periódicos han enviado preguntas. Los abogados de mi padre han exigido una retractación escrita. El abogado de Mowbray ha contestado que, si continúan cuestionando el honor del conde, publicará una explicación completa del final del cortejo.

Cathaline dice que nadie hará nada. Mi padre lleva desde el amanecer reuniéndose con hombres que cobran demasiado por escribir cartas. Mi madre intenta impedir que ambos incendien Londres por métodos distintos.

Sé que el puñetazo le ha permitido presentarse como la parte ofendida. No me arrepiento, pero empiezo a comprender por qué padre dice que debería haber esperado.

Si conoces una forma de cerrar la boca de ese miserable sin concederle otro escándalo, utilízala.

No le digas a Cathaline que te he escrito.

Richard .

Ewan terminó la carta.

La volvió a leer desde el momento en que Cathaline entraba en el salón.

No necesitaba haber estado allí para verla.

La imaginó deteniéndose bajo las lámparas mientras las conversaciones morían a su alrededor.

Mowbray cubierto por la protección de su título, hablando con suficiente cortesía para fingir que no acababa de ensuciar el nombre de una mujer.

Cathaline soportando todas aquellas miradas sin concederle el triunfo de marcharse.

La carta crujió entre los dedos de Ewan.

La pequeña Eliza se acercó un paso a su madre.

Audrey no preguntó qué contenía. Debió de encontrar la respuesta en el rostro de Ewan, porque dejó el contrato sobre el escritorio y llevó a la niña junto a ella.

Malcolm se puso en pie.

—¿Qué ha ocurrido?

Ewan dobló la hoja con cuidado.

—Ese miserable de Mowbray ha hablado de Cathaline delante de un salón entero.

La voz salió baja.

Sin una sola burla.

—¿Qué ha dicho? —preguntó Audrey, indignada.

Ewan le tendió la carta.

Ella leyó de pie. El color desapareció poco a poco de sus mejillas.

—Voy a Londres.

—No —dijo Malcolm.

Audrey levantó la cabeza.

—Es mi hermana.

—Y precisamente por eso no viajarás con una niña en pleno noviembre sin saber todavía qué está ocurriendo.

—Malcolm...

—Nos ocuparemos.

Audrey miró entonces a Ewan.

No había alivio en su expresión. Solo la certeza de que ya sabía quién pensaba marcharse.

Malcolm también lo comprendió.

—No hagas nada esta noche.

Ewan guardó la carta dentro del abrigo.

—No pensaba hacerlo esta noche.

—Eso no me tranquiliza.

—Nunca ha sido mi propósito tranquilizarte.

Malcolm rodeó el escritorio. No se colocó ante él como duque, sino como el hombre que había crecido a su lado, había compartido peleas, hambre y años en los que Glenmuir apenas podía mantener el tejado sobre sus cabezas.

—Cathaline te pidió que regresaras.

—Y regresé.

—También te pidió que no fueras detrás de Mowbray.

Ewan sostuvo su mirada.

—Eso no se lo prometí.

—No juegues con las palabras.

—No estoy jugando.

—Entonces dime qué piensas hacer.

Ewan miró la ventana. Las montañas no se distinguían ya bajo la lluvia y el anochecer. En otro tiempo, un Sinclair habría reunido a sus hombres y cabalgado hacia el sur para obligar a Mowbray a responder por lo dicho.

El siglo había cambiado.

El instinto no tanto.

—Conseguir que retire la declaración antes de que la publique.

—¿Cómo?

—Todavía no lo sé.

Malcolm soltó el aire con impaciencia.

—Eso es mentira.

—Es una respuesta incompleta.

—Lo que en tu boca suele ser mucho peor.

Audrey dejó la carta sobre el escritorio.

—Cathaline no querrá que intervengas.

—Cathaline está demasiado acostumbrada a dar órdenes, pero yo no estoy acostumbrado a obedecer a nadie.

—No se trata de obedecer, sino de...

—No puedo seguir hablando de esto —la cortó Ewan—. Hay cosas que un hombre no sabe explicar y que una mujer quizás no entienda del todo.

No pretendía decir que Cathaline fuera incapaz de defenderse.

La había visto hacerlo y sabía perfectamente hasta dónde podía llegar cuando alguien intentaba acorralarla.

El problema era otro. Mowbray convertía cada respuesta de ella en una nueva sospecha, cada gesto en una prueba y cada silencio en una confirmación conveniente.

Londres le exigía a Cathaline que demostrara su inocencia frente a una acusación que el conde ni siquiera tenía el valor de formular con claridad.

Malcolm avanzó hasta quedar frente a él.

—Cathaline, aunque sea hermana de Audrey, no es una Sinclair.

La frase cayó entre ambos con el peso de una vieja ley Sinclair.

Ewan apretó una mano alrededor del respaldo de la silla.

—Lo sé.

—No forma parte de nuestro clan. No puedes cabalgar hacia Inglaterra y resolver su vida porque tu sangre te diga que una afrenta contra alguien cercano debe responderse.

—No voy a resolver su vida.

—Sí que lo vas hacer y te vas a equivocar.

Ewan endureció la boca.

—No soy un muchacho.

—Precisamente. Richard lo golpeó y ahora Mowbray puede hacerse la víctima. Tú eres peor cuando piensas demasiado.

Ewan estuvo a punto de sonreír.

Malcolm no.

—Estamos en mil ochocientos setenta y nueve —continuó el duque—. No en mil cuatrocientos . No puedes tratar un salón inglés como si fuera una frontera de clan.

—Mowbray debería agradecer la diferencia de fechas.

Audrey pronunció su nombre en voz baja.

—Ewan.

La réplica murió antes de convertirse en otra insolencia.

Malcolm se acercó un paso más.

—Si haces algo, será porque puedes detenerlo sin darle más armas contra Cathaline. No porque necesites demostrar que eres capaz de protegerla. Ella no te pertenece.

Ewan sintió la frase como una mano cerrándose sobre el pecho.

—No he dicho que me pertenezca.

—No. Pero estás actuando como si su nombre ya fuera asunto de tu casa.

Nadie habló.

La niña continuaba junto a Audrey, demasiado pequeña para comprender las palabras y lo bastante sensible para percibir que los adultos habían dejado de comportarse con normalidad.

Ewan miró el tartán Sinclair sobre su propio hombro.

Cathaline era una Hamilton. Inglesa por educación, escocesa por sangre, hija de un duque y dueña de una voluntad que no había pedido protección a nadie.

No era una Sinclair.

Aquello no conseguía que el insulto doliera menos.

—Necesitaré un caballo antes del amanecer —dijo.

Malcolm cerró los ojos durante un instante.

Audrey se acercó.

—¿Adónde vas?

—Al sur.

—Eso no es un lugar.

—Es una dirección.

—¿Piensas escribirle a Cathaline?

Ewan recordó la última vez que la había visto bajo las lámparas de Hamilton Lodge, ordenándole que tomara el tren. Había obedecido porque le dio su palabra. No le había prometido permanecer en Glenmuir mientras Mowbray la convertía en espectáculo.

—No todavía.

—Se enfadará —dijo Audrey.

—Eso parece inevitable haga lo que haga.

Malcolm volvió junto al escritorio y tomó la carta de Richard.

—No viajarás solo.

—Sí.

—No era una pregunta.

—Y esta no es una disputa de Glenmuir.

—Te acabo de recordar que no lo es.

—Por eso no llevaré hombres Sinclair a Inglaterra.

Malcolm lo observó durante unos segundos. Después dejó la carta.

—Entonces partirás al amanecer, dormirás esta noche y me dirás adónde dirigirme si dentro de una semana recibo tu caballo sin ti.

Ewan arqueó una ceja.

—¿Por qué ibas a recibir mi caballo sin mí?

—Porque te conozco.

Audrey apretó los labios.

El comentario no hizo reír a nadie.

Todavía no había amanecido cuando Ewan entró en los establos de Glenmuir.