La perdición del highlander (Los Duques de Escocia 4) Capítulo 9 #2
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Capítulo 9 #2

El contrato garantizaba un precio mínimo durante doce meses, obligaba a los compradores a asumir el transporte ferroviario desde el depósito de Perth hasta sus almacenes de Glasgow y eliminaba una deducción por humedad que los comerciantes habían utilizado durante años para reducir el pago después de recibir la mercancía.

Ewan había conseguido, además, un anticipo al registrar cada envío y un plazo de pago mucho más corto que el habitual.

No era un milagro.

Solo había pasado tres semanas dejando que varios hombres de la City creyeran que terminarían ganando más que él.

—Aceptaron el precio completo —dijo Malcolm.

—Sí.

—Y el transporte.

—También.

—Eso no figuraba en la primera propuesta.

—Por eso no firmé la primera propuesta.

Malcolm pasó otra página.

—Han renunciado a descontar pérdidas por humedad después de que la lana salga de nuestros almacenes.

—No voy a pagar por la lluvia de Glasgow.

—¿Cómo los convenciste?

—Primero les expliqué que la lana de Glenmuir era mejor que la de sus otros proveedores. Después permití que comprobaran que ya lo sabían.

—Eso no responde.

—Comí con ellos dos veces, perdí una partida de cartas que podía haber ganado y fingí creer que uno de sus hijos tenía talento para los negocios.

Malcolm lo miró por encima de las hojas.

—¿Lo tiene?

—No.

—Pobre muchacho.

—Es rico. Sobrevivirá.

El duque continuó leyendo hasta llegar a la última firma. Ewan hizo girar el vaso entre los dedos, aunque conocía ya cada línea del acuerdo. Había aprendido a no confiar únicamente en los abogados. Un hombre que no entendía sus propios contratos terminaba trabajando para quien sí los comprendía.

Malcolm dejó los documentos sobre la mesa.

—Es mejor de lo que esperaba.

Ewan levantó una ceja.

—Repítelo.

—No.

—He soportado Londres para escuchar esas palabras.

—Has soportado Londres por razones que no aparecen en este contrato.

La broma perdió parte de su fuerza.

Ewan dejó el vaso.

—El acuerdo aumentará de manera considerable los ingresos de Glenmuir.

—Lo sé.

—Entonces procura parecer agradecido.

Malcolm se reclinó en el sillón y lo estudió con aquella paciencia que Ewan siempre había encontrado irritante.

—Hamish me habló de tus inversiones la semana pasada.

—Ese hombre habla demasiado.

—Administra una parte de tu dinero. Es conveniente que hable de vez en cuando.

—No contigo.

—Me preguntó si estaba de acuerdo con que compraras las tierras de Ferguson junto a Blairmuir.

Ewan bebió.

—No necesito tu permiso.

—Eso le respondí.

La compra no era un secreto. Tampoco constituía un asunto que Ewan hubiera considerado necesario anunciar durante la cena.

Blairmuir había crecido casi sin que nadie lo advirtiera: primero unas tierras de pasto, después el molino, varios arrendamientos, participaciones en almacenes de Glasgow y una inversión en transporte ferroviario que había resultado mucho más rentable de lo que esperaban los hombres que se habían reído cuando la propuso.

Malcolm apoyó un dedo sobre el contrato.

—Cuando Audrey llegó a Glenmuir, tú no tenías dinero para comprar media colina.

—Tenía un caballo excelente.

—Tenías un caballo, dos buenas chaquetas y una herencia materna que apenas producía para mantener ambas cosas.

Ewan sonrió.

—También tenía encanto.

—Eso es discutible.

Cinco años atrás, Glenmuir se caía a pedazos. Los tejados dejaban pasar el agua, los comerciantes pagaban por la lana mucho menos de lo que valía y los Sinclair llevaban demasiado tiempo orgullosos de sobrevivir con poco como para admitir que alguien se beneficiaba de ello.

La llegada de Audrey había cambiado la casa.

No porque Ewan hubiera tocado una sola moneda de su fortuna, sino porque ella trajo algo que los Sinclair no poseían: cuentas inglesas bien ordenadas, nombres de agentes, contactos comerciales y la costumbre de preguntar por qué un hombre cobraba una cantidad cuando podía exigir otra.

Ewan había empezado acompañándola a Glasgow porque Malcolm detestaba tratar con comerciantes y Audrey necesitaba a alguien que conociera la lana, el ganado y la diferencia entre un acuerdo y una cláusula.

Descubrió entonces que los mismos hombres que desconfiaban de Malcolm se relajaban ante una sonrisa y una copa compartida.

Les permitía hablar, averiguaba qué necesitaban y les vendía exactamente eso por un precio que los hacía sentirse inteligentes.

Las primeras comisiones fueron pequeñas.

Ewan las reinvirtió. Compró ganado cuando una enfermedad obligó a vender a varios propietarios, alquiló espacio en un almacén antes de que la nueva línea ferroviaria aumentara su valor y adquirió Blairmuir cuando sus antiguos dueños prefirieron conservar el apellido y desprenderse de la tierra.

No se había vuelto rico por herencia.

Se había vuelto rico porque aprendía deprisa y jamás dejaba dinero sobre una mesa por cortesía.

—Has pagado la última deuda de Blairmuir —continuó Malcolm—. El molino produce beneficios, tus almacenes también y Hamish asegura que podrías comprar las tierras de Ferguson sin vender una sola participación.

—Ferguson todavía pide demasiado.

—No estamos hablando del precio.

—Entonces estamos perdiendo el tiempo.

Malcolm lo ignoró.

—No necesitas negociar mi lana. Tampoco necesitas pasar las mañanas reparando cercas ni discutir con mis pastores.

Ewan sostuvo su mirada.

—Es lana Sinclair.

La respuesta bastó.

Blairmuir era suyo. Glenmuir no.

Pero Glenmuir había sido su hogar antes de que poseyera una casa propia, antes de que supiera cuánto valía un acre o cómo conseguir que un comerciante pagara por adelantado. Malcolm era su primo, su duque y, en los días en que ninguno necesitaba nombrarlo, su hermano.

El patrimonio no cambiaba aquellas cosas.

Malcolm volvió a tocar el contrato.

—Un día deberías instalarte de verdad en Blairmuir.

—Duermo allí.

—Pasar dos noches y marcharte antes del amanecer no constituye instalarse.

—Los muebles no se quejan.

—Los criados sí.

—Les pago para que lo hagan en voz baja.

Malcolm estuvo a punto de responder, pero la puerta se abrió sin llamar.

Audrey entró acompañada por su hija. La pequeña Eliza llevaba una cinta torcida en el cabello y una muñeca sujeta por un pie. En cuanto vio a Ewan, soltó la mano de su madre y corrió hacia él.

—Arriba.

Ewan dejó el vaso lejos de su alcance y la levantó con un solo brazo. La niña examinó el barro de su chaqueta con visible interés.

—Estás sucio.

—He estado trabajando.

—Mamá trabaja y no está sucia.

—Tu madre utiliza métodos ingleses.

Audrey se acercó al escritorio.

—Los métodos ingleses incluyen no revolcarse junto a las ovejas.

—Una sola oveja.

—Eso lo mejora mucho.

Malcolm le entregó el contrato. Audrey leyó la primera página y después la segunda con mayor rapidez de la que Ewan consideraba prudente.

—¿Han aceptado ese precio?

—Mi primo ha decidido que los comerciantes de la City poseían demasiado dinero —explicó Malcolm.

—Todavía conservan suficiente para comer —contestó Ewan, haciendo brillar la cicatriz de su nariz con un gesto irónico.

Audrey levantó los ojos del papel.

—Qué considerado.

La pequeña Eliza agarró el broche de plata que sujetaba el tartán de Ewan.

—Quiero este.

—No.

—Soy Sinclair.

—Precisamente por eso deberías saber que robar un broche a otro Sinclair empieza una guerra.

La niña reflexionó.

—Te gano.

—Sin duda.

Ewan la dejó de nuevo en el suelo antes de que pudiera demostrarlo.

Audrey cerró el contrato.

—¿Y mi hermana Cathaline?

El nombre llegó con demasiada naturalidad.

Ewan se inclinó para recoger la muñeca que la niña había dejado caer.

—¿Qué ocurre con ella?

—Llevas cuatro días en Escocia y todavía no has respondido a una sola pregunta.

—Eso debería enseñarte a dejar de formularlas, querida prima política.

—No ha funcionado durante estos años. No sé por qué esperas que funcione ahora.

Audrey esperó. Ewan podría haber dicho que su hermana estaba bien. Que había rechazado a un hombre que no merecía su tiempo. Que los Hamilton sabrían contener cualquier rumor.

En lugar de eso recordó a Cathaline bajo las lámparas del vestíbulo, exigiéndole que tomara el tren mientras fingía no temer lo que pudiera hacer después.

—Está furiosa —respondió.

Audrey lo observó durante un instante.

—Entonces continúa siendo Cathaline.

—Eso dije yo.

La pequeña Eliza tiró de la falda de su madre.

—¿Tía Cathaline vendrá?

La pregunta dejó quietos a los tres adultos.

Ewan miró hacia la ventana. Desde el despacho se veían las laderas húmedas, la línea oscura de las montañas y, más allá, el camino que conducía hacia Blairmuir.

Podía imaginar a Cathaline entrando en cualquiera de los salones de Londres y obligando a todo el mundo a reparar en ella. Resultaba mucho más difícil imaginarla allí durante un invierno entero, cuando la lluvia cerraba los caminos y el viento golpeaba las ventanas durante noches completas.

No porque fuera débil.

Cathaline podía soportar cualquier cosa que hubiera decidido soportar.

La cuestión era por qué habría de escoger aquello.

Blairmuir poseía una casa amplia, tierras suficientes, buenos ingresos y un futuro seguro.

Ewan podía ofrecer a una esposa más de lo que Londres habría supuesto al verlo sin título junto a Mowbray.

Pero Cathaline no necesitaba que un hombre la mantuviera.

Ya tenía fortuna, nombre y una vida que parecía hecha a su medida.

El problema no era si Ewan tenía algo que ofrecerle.

Era si ella querría recibirlo.

Y tampoco estaba seguro de lo contrario.

¿Podría él vivir en Londres?

No durante todo el año. La idea de pasar doce meses entre cenas, humo y hombres que se ofendían por una corbata torcida le produjo una reacción física inmediata.

Quizás parte de la temporada.

Quizás una casa fuera de la ciudad.

Quizás suficientes caballos y una puerta que pudiera cerrar cuando aparecieran demasiadas invitaciones.

Ewan se dio cuenta de que estaba negociando una vida que nadie le había propuesto y miró a la niña.

—Tu tía Cathaline tiene mejores cosas que hacer que venir a ensuciarse aquí.

Audrey arqueó una ceja.