Capítulo 9
Ewan Sinclair llevaba cuatro días de regreso en las Highlands y todavía no había pasado una mañana entera bajo techo.
Había dormido dos noches en Glenmuir y las otras dos en Blairmuir, su propia finca, aunque llamar descanso a aquellas horas resultaba generoso.
Se levantaba antes que los criados, recorría los pastos mientras la escarcha seguía endureciendo los brezos y regresaba con suficiente barro en las botas para que cualquier doncella inglesa hubiera solicitado una compensación económica.
Malcolm consideraba aquella actividad una prueba evidente de que algo iba mal.
Ewan la consideraba Escocia.
Aquella mañana el cielo descendía bajo y gris sobre las montañas.
El viento arrastraba el olor de la tierra mojada y hacía temblar las ramas desnudas de los abedules.
Blairmuir se extendía a ambos lados del camino: laderas de pasto, algunos campos arrendados, un molino junto al río y la casa de piedra gris que Ewan había comprado cuatro años atrás cuando todavía necesitaba una reparación distinta cada semana.
Ya no se caía a pedazos.
Tampoco era un castillo, circunstancia que Ewan consideraba una virtud.
Cabalgaba hacia los pastos del norte cuando oyó un grito procedente del barranco.
Hizo girar el caballo antes siquiera de distinguir las palabras y espoleó al animal cuesta abajo.
Una ráfaga levantó el extremo del tartán Sinclair que llevaba cruzado sobre el hombro, sujeto por el antiguo broche de plata de su abuelo —el mismo que había pertenecido también al abuelo de Malcolm—, con el ciervo del clan grabado en el metal.
No llevaba pañoleta ni sombrero. La lluvia había dejado pequeñas gotas en su barba corta y varios mechones rojizos pegados a la frente, mientras el abrigo de montar, abierto sobre el pecho, se tensaba sobre sus hombros cada vez que recogía las riendas.
Encontró a Logan Sinclair de rodillas junto al desnivel.
—¿Qué ha ocurrido?
El hombre señaló hacia abajo. Una oveja había quedado atrapada entre dos rocas, pero no era el animal lo que le había hecho perder el color. Ross, su hijo de trece años, se encontraba varios pasos más abajo, aferrado a una raíz mientras parte del terreno se deshacía bajo sus botas.
—Ha intentado liberarla —explicó Logan—. Le dije que esperara.
—Los muchachos solo escuchan después de sobrevivir.
Ewan desmontó y arrancó del arzón la cuerda que llevaba enrollada detrás de la silla. Logan trató de detenerlo cuando empezó a rodearse la cintura con ella.
—El terreno no aguanta.
—Por eso no pienso confiarle todo mi peso.
—Enviaré a buscar hombres.
Ewan echó una mirada al muchacho. Ross no gritaba, pero tenía los labios apretados y los dedos blancos alrededor de la raíz. Un nuevo desprendimiento hizo rodar varias piedras hacia el arroyo.
—Para cuando lleguen, tu hijo habrá caído.
Entregó el extremo de la cuerda a Logan y descendió de lado, clavando las botas en la tierra húmeda.
No avanzaba con la elegancia de un caballero que quisiera conservar limpio el abrigo.
Lo hacía como un hombre que conocía aquellas pendientes desde niño, probando cada apoyo antes de confiarle el cuerpo.
Cuando alcanzó a Ross, la raíz empezó a ceder.
—Mírame —le ordenó —El muchacho levantó la cabeza—. No sueltes esa rama hasta que tenga tu brazo.
—La oveja...
—La oveja posee más lana y más sentido común que tú. Puede esperar.
Ross intentó sonreír. Ewan le cerró una mano alrededor del antebrazo y lo obligó a cambiar el peso justo cuando la raíz se arrancaba de la tierra.
Durante un instante los dos quedaron suspendidos sobre el barranco.
Logan tiró de la cuerda desde arriba. Ewan clavó una rodilla contra la roca, levantó al muchacho hasta colocarle los pies sobre terreno firme y lo empujó hacia su padre.
—Ahora la oveja —dijo Ross, todavía sin aliento.
—Acabas de estar a punto de romperte el cuello y continúas dando órdenes.
—Es de las mejores.
Ewan miró al animal.
—Eso dicen siempre de las cosas que causan más problemas.
Volvió a bajar. La pata de la oveja estaba atrapada bajo una raíz, pero no parecía rota.
Ewan apartó el barro con las manos, metió el hombro bajo la madera y empujó hasta que la raíz cedió lo suficiente.
El animal salió disparado, le golpeó el muslo con una pezuña y remontó la pendiente sin mostrar el menor agradecimiento.
Logan ayudó a Ewan a subir.
—Ha valido la pena —dijo el hombre, mirando cómo la oveja desaparecía tras el cercado.
Ewan se limpió el barro de la mejilla con el dorso de la mano y solo consiguió extenderlo.
—Pregúntamelo cuando deje de dolerme el golpe que me ha dado ese animal.
Ross permanecía junto a su padre, pálido pero entero. Ewan le dio un golpe breve en el hombro.
—La próxima vez que un animal caiga por un barranco, busca una cuerda antes de seguirlo.
—Sí, señor Sinclair.
—Y si tu padre te ordena esperar, hazlo.
Logan alzó una ceja.
—Eso no lo haces ni tú.
—Precisamente. Alguien debe aprender de mis errores —Volvió hacia el caballo. El dolor del muslo no le impediría montar, aunque sospechaba que la marca de la pezuña sobreviviría varios días—. Reparad la cerca antes del anochecer —ordenó.
—Ya hay dos hombres trabajando en ella.
—Pon cuatro.
—El duque dijo que bastaban dos.
Ewan se detuvo con un pie en el estribo.
Blairmuir era suyo, pero aquel tramo lindaba con las tierras de Glenmuir y los hombres habían recibido órdenes de Malcolm.
Ewan conocía perfectamente el lugar que ocupaba dentro del clan.
Podía discutir con su primo, insultarlo y ganar una negociación que el duque consideraba imposible, pero nunca socavaba su autoridad delante de los hombres.
—Entonces bastan dos —dijo—. Y procura que uno de ellos no sea Ross.
El muchacho abrió la boca para protestar. Su padre le puso una mano en la nuca.
Ewan montó y tomó el camino que unía Blairmuir con Glenmuir. El aire frío le golpeaba el rostro y el barro salpicaba las botas, pero allí no había carruajes cerrados, humo acumulado entre edificios ni salones donde una mujer pudiera destruir a otra bajando la voz en el momento adecuado.
No echaba de menos Londres.
Esa parte resultaba sencilla.
Lo menos sencillo era admitir que llevaba cuatro días imaginando a Cathaline Hamilton en lugares donde ella jamás había estado.
La había colocado mentalmente sobre aquel sendero, vestida con uno de sus impecables hábitos de montar, protestando porque el caballo no era lo bastante fácil y negándose a rodear cualquier charco que Ewan hubiera cruzado delante de ella.
Cathaline no habría soportado que nadie asegurara que no pertenecía a las Highlands.
Habría alcanzado la cima solo para demostrar que podía hacerlo y después habría dedicado el resto de la tarde a criticar el viento, el barro y la ausencia de una modista decente en cien millas.
La imagen era demasiado clara.
Ewan apretó las piernas contra el caballo y aumentó el paso. Había dejado a Cathaline en Londres porque ella se lo había pedido. Había dado su palabra y la había cumplido. Pensaba continuar cumpliéndola mientras Mowbray tuviera suficiente sentido común para guardar silencio.
Aquel era un pensamiento perfectamente razonable.
No tenía ninguna confianza en que durara.
Malcolm estaba en su despacho cuando Ewan entró sin llamar, dejando tras él un rastro de barro sobre la alfombra.
La señora MacNair lo descubriría antes del mediodía y, si Ewan tenía suerte, se limitaría a mirarlo como si estuviera considerando echarlo de Glenmuir con sus propias manos.
Morna probablemente se reiría de él primero y después le preguntaría qué demonios había hecho para regresar de Londres con aquella cara.
Entre ambas mujeres, el viejo Iain, los criados que llevaban media vida sirviendo a los Sinclair y el olor persistente a turba y madera húmeda que se colaba por los pasillos, no había forma de olvidar que estaba en Glenmuir.
Allí nadie necesitaba anunciar que pertenecía a la casa. Se notaba en quién podía entrar sin llamar, en quién se permitía insultar al duque y en quién podía dejar barro sobre una alfombra sin que lo expulsaran de verdad.
El duque levantó la vista de una carpeta. Vestía de oscuro, como siempre, y ocupaba el sillón con la quietud de un hombre que no necesitaba recordar a nadie que Glenmuir le pertenecía.
—Tienes barro en la cara.
Ewan se pasó una mano por la mejilla.
—Ahora tengo menos.
—Ahora pareces haber peleado con un pantano.
—Ha sido una oveja.
—¿Ganó?
—No pienso concederle esa satisfacción.
Malcolm dejó la pluma.
—El contrato.
Ewan sacó del interior del abrigo el paquete de documentos que había llevado protegido contra la humedad y lo depositó sobre el escritorio.
—Si hubieras empezado por preguntar cómo ha quedado mi pierna, habría considerado añadirte una cláusula favorable.
—Si puedes entrar caminando y ensuciarme la alfombra, la pierna está bien.
Ewan se acercó al aparador y se sirvió una pequeña medida de whisky.
Malcolm señaló el reloj.
—Son las diez de la mañana.
—En Londres lo habrían considerado escandaloso.
—Estamos en Escocia.
—Ese era mi argumento.
Se sentó frente al escritorio mientras Malcolm desataba el cordel y comenzaba a leer. Ewan conocía aquella expresión. Su primo podía revisar veinte páginas sin mover una sola facción y encontrar después una palabra que obligara a rehacer todo el acuerdo.
Esta vez pasó de la primera hoja a la segunda sin protestar. Después a la tercera.
Ewan bebió un sorbo.
—Si continúas así, voy a pensar que sabes leer.
—Estoy buscando dónde has escondido el problema.
—En la página seis.
Malcolm pasó a la página seis, examinó las cláusulas y levantó finalmente los ojos.
—No hay ninguno.
—Entonces lo has comprendido.
El duque ignoró la respuesta y regresó al documento.