Capítulo 8 #2
La palabra le produjo a Cathaline un alivio tan grande como irracional.
Durante semanas había detestado que la llamara lady Cathaline , como si el título pudiera borrar lo ocurrido en la biblioteca.
Bastó aquel único apelativo para reconocer al hombre al que había besado y al que, contra toda sensatez, no quería perder de vista.
—No he dado ninguna orden.
—Tiene razón. Las órdenes suelen dejar menos espacio para discutir.
—No haga nada de lo que vaya a arrepentirse.
Ewan terminó de ponerse el segundo guante y la observó con aquella media sonrisa torcida que jamás habría podido pertenecer a un caballero inglés.
—Eso reduce demasiado mis posibilidades.
El coche se detuvo frente a la residencia. Keller abrió la puerta principal y una corriente de aire húmedo recorrió el vestíbulo, agitando el borde del vestido de Cathaline.
Ewan descendió el primer escalón. Antes de continuar, volvió la cabeza.
—Buenas noches, Cathaline.
No había título ni burla en su voz.
Ella cerró los dedos alrededor del abanico.
—Mañana, Ewan.
Él no prometió nada más.
Bajó los escalones y subió al coche sin aceptar la ayuda del lacayo. Cathaline permaneció bajo la luz del vestíbulo hasta que el vehículo desapareció entre la llovizna.
Había conseguido que prometiera tomar el tren.
Lo que no había conseguido era creer que Escocia bastaría para mantenerlo apartado de aquel asunto.
Con Ewan Sinclair, alejarse rara vez significaba rendirse.
El trayecto hasta la Corona y el Brezo no consiguió enfriarle el temperamento.
Ewan permaneció junto a la ventanilla mientras Londres avanzaba al otro lado del cristal: faroles reflejados sobre el pavimento mojado, carruajes cerrados, criados apresurándose bajo capas oscuras y fachadas detrás de cuyas cortinas probablemente empezaba ya a circular la noticia del final del cortejo.
No le importaba lo que Mowbray pensara de él. El conde podía considerarlo un salvaje, un oportunista o un escocés sin título suficiente para acercarse a una Hamilton. Ewan había escuchado insultos mejores de hombres mucho más inteligentes.
Pero Edmund no pretendía herirlo a él.
Había escogido su nombre para castigar a Cathaline por haberlo rechazado.
Aquello volvía el asunto distinto.
La señora Brodie estaba cerrando el registro cuando Ewan entró en la posada. Levantó la vista, recorrió el abrigo húmedo y se detuvo en su rostro.
—Le he guardado la cena.
—No tengo hambre.
La mujer dejó la pluma.
—Los hombres que han tenido un buen día piden dos platos. Los que pierden dinero piden whisky. Los que olvidan que poseen estómago suelen estar pensando en una mujer.
Ewan dejó los guantes sobre el mostrador.
—Esta vez estoy pensando en un hombre.
Lady Brodie arqueó una ceja.
—Eso rara vez mejora las cosas.
Tomó la llave de su habitación y la dejó frente a él.
—El estofado continuará abajo si recupera el juicio.
—No lo espere despierta.
—Jamás he esperado despierta a un hombre pelirrojo. La experiencia enseña algunas precauciones a una escocesa, por mucho que viva en Inglaterra.
Ewan recogió la llave y subió sin responder.
La habitación conservaba el desorden de una partida. El baúl permanecía abierto sobre la banqueta, con dos camisas, una chaqueta gruesa... Dejó los contratos de lana junto a todo lo demás. Sobre la mesa descansaba el billete del tren de la mañana.
Glenmuir lo esperaba.
Audrey preguntaría por Cathaline antes de que él alcanzara el salón.
Malcolm leería el contrato dos veces, encontraría una cláusula que fingiría detestar y admitiría que el acuerdo era favorable mediante algún insulto.
La pequeña Eliza convertiría su equipaje en un escondite en cuanto nadie la vigilara.
Era su casa.
Pensar en regresar debería haberle producido alivio.
En cambio, recordó las palabras que Richard había repetido: libertades reservadas para un esposo, falta de prudencia, una familiaridad que Londres creería tener derecho a juzgar.
Mowbray había visto suficiente para sospechar. La pañoleta corregida delante de otros. La cercanía entre ambos cuando entró en la biblioteca. La forma en que Cathaline y Ewan olvidaban a veces que existían otras personas en la habitación.
No había visto el beso.
Ewan cerró una mano sobre el respaldo de la silla.
Cathaline no había sido engañada ni seducida mediante una promesa. Él se había detenido. Ella había elegido terminar la distancia, había vuelto a besarlo cuando aún podía apartarse y le había sujetado la levita como si no pensara permitirle escapar.
Aquello no pertenecía a Mowbray.
Mucho menos a Londres.
Ewan se acercó a la mesa y tomó el billete. Había prometido subir a aquel tren y cumpliría su palabra. Buscar al conde esa noche solo conseguiría confirmar las insinuaciones que pretendía detener. Incluso un escocés furioso podía comprender algo tan sencillo cuando se esforzaba lo suficiente.
Eso no significaba que confiara en Edmund.
El orgullo podía enfriarse antes del amanecer. Lady Mowbray podía convencer a su hijo de que una declaración pública dañaría también a su propia familia. O el conde podía decidir que castigar a Cathaline valía cualquier precio.
Ewan no habría apostado una sola moneda por las dos primeras posibilidades.
Sacó una hoja del cajón, mojó la pluma en el tintero y escribió una nota breve para la señora Brodie. Cualquier carta o telegrama que llegara después de su partida y mencionara a la familia Hamilton o a lord Mowbray debía enviarse de inmediato a Glenmuir.
No añadió explicaciones.
La mujer no las necesitaría para obedecer ni le habría agradecido que las incluyera.
Después guardó el billete en el bolsillo interior del abrigo y cerró el baúl. Cathaline le había pedido que se marchara y Ewan iba a hacerlo. Le concedería a Mowbray la distancia suficiente para recuperar el juicio y comportarse como el caballero que llevaba meses fingiendo ser.
Pero no pensaba concederle nada más.
La mañana llegó oscura y húmeda. Un coche de alquiler condujo a Ewan hasta Euston mientras Londres empezaba a despertar.
En la estación, el vapor se acumulaba bajo la gran cubierta de hierro, los mozos empujaban carros cargados de equipaje y las voces de los empleados se mezclaban con el silbido de las locomotoras.
La señora Brodie había enviado con él un paquete de pan y carne envuelto en tela.
Ewan no recordó haber aceptado comida.
Tampoco se sorprendió.
Un mozo colocó el baúl en el furgón. Ewan subió al vagón, guardó el abrigo a su lado y miró por la ventanilla mientras los últimos viajeros ocupaban sus lugares.
Cuando el silbato sonó, pensó en Cathaline de pie bajo las lámparas del vestíbulo, diciéndole que no hiciera nada de lo que pudiera arrepentirse.
El tren avanzó hacia el norte y Londres empezó a desaparecer entre humo y lluvia.
Ewan había obedecido a Cathaline.
Si Mowbray conservaba algo de juicio, aquello bastaría.
Si no, la distancia entre Glenmuir y Londres no sería más que una cuestión de horarios.