La perdición del highlander (Los Duques de Escocia 4) Capítulo 8
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Capítulo 8

La sangre de Mowbray todavía no se había secado por completo sobre la alfombra de la biblioteca cuando Ewan Sinclair entró en el salón.

Llevaba unos documentos bajo el brazo y los guantes en una mano.

La llovizna había oscurecido los hombros de su levita y dejado varios mechones rojizos pegados a la frente.

El tartán Sinclair le cruzaba un hombro y caía sobre el pecho en tonos verde profundo, azul oscuro y finas líneas rojas, sujeto por un broche de plata que parecía mucho más propio de él que la pañoleta cuidadosamente anudada.

Londres podía haberle obligado a vestir como un caballero. No había conseguido convertirlo en uno.

Ewan se detuvo nada más cruzar la puerta.

No necesitó que nadie le explicara que algo había ocurrido.

Las tazas de té seguían sobre la mesa, pero nadie las tocaba.

Las puertas de la biblioteca permanecían abiertas, un tintero ocupaba un lugar absurdo junto al borde de una consola y uno de los planos de Mowbray había quedado olvidado bajo una silla.

Alexander continuaba vestido con el abrigo de calle, Eliza permanecía junto a Cathaline y Richard acababa de regresar con una bolsa de hielo alrededor de la mano derecha.

Los ojos de Ewan descendieron hasta los nudillos inflamados.

—¿Qué ha ocurrido?

Richard acomodó el hielo sobre el puño.

—Mowbray.

La respuesta bastó para que Ewan dejara los documentos sobre una mesa.

—Eso explica la mano. No explica por qué has tenido que utilizarla.

—Richard le ha pegado —intervino la duquesa de Hamilton.

Ewan apenas giró el rostro hacia ella.

—Esa parte también la había deducido, Su Excelencia —Su atención regresó al muchacho—. ¿Qué ha hecho él?

Cathaline se puso de pie antes de que Richard respondiera.

—El asunto ha terminado.

Ewan la miró.

Durante un instante, ella olvidó a sus padres, a su hermano y las palabras de Edmund. Solo vio al hombre al que llevaba tres semanas intentando apartar de sus pensamientos y la certeza de que había ido hasta allí para despedirse.

Él reparó en algo de su expresión. Cathaline lo supo porque dejó de observar la mano de Richard y la recorrió con los ojos, como si buscara una herida que no pudiera verse.

—¿Está bien? —preguntó.

—Sí.

—No lo parece.

Cathaline se obligó a levantar la barbilla.

—Lord Mowbray ya no me corteja. No volverá a esta casa y Richard le ha partido el labio. Considero que las consecuencias han sido suficientes.

Ewan recogió sus guantes, aunque no se los puso.

—¿Qué dijo?

Richard miró a Cathaline. Ella negó una vez. No deseaba volver a escuchar las palabras. Mucho menos en boca de su hermano y delante de Ewan.

Richard la ignoró.

Por supuesto.

—Insinuó que habías recibido de Cathaline ciertas libertades que ella debería haber reservado para un esposo.

La expresión de Ewan no cambió.

Aquello resultó peor que una exclamación o una amenaza.

La insolencia acostumbraba a aparecer en él con la misma facilidad que una sonrisa.

Podía responder a un insulto con una burla, convertir una advertencia en una provocación y comportarse ante un hombre furioso como si el verdadero problema fuera que la discusión no resultaba lo bastante entretenida.

Esta vez no hizo ninguna de aquellas cosas.

—Las palabras exactas —pidió.

—Sinclair —advirtió Alexander.

Ewan volvió la cabeza.

El duque de Hamilton permanecía junto a la mesa, todavía con el abrigo puesto y los guantes en una mano.

No necesitaba alzar la voz para imponer silencio.

Bajo el título inglés, la residencia de Londres y la educación recibida durante media vida, seguía siendo un hombre nacido en Arran, heredero de una casa escocesa que había gobernado tierras y hombres mucho antes de aprender a cenar bajo lámparas de cristal.

Alexander avanzó hasta quedar entre Ewan y la puerta.

—No confunda mi calma con indiferencia —dijo—. Si le pido que contenga su temperamento, es porque llevo desde que he entrado en esta habitación conteniendo el mío.

Los ojos verdes de Ewan se encontraron con los suyos.

—Ha utilizado mi nombre.

—Para insultar a mi hija dentro de mi casa. Soy perfectamente consciente de la gravedad.

—Entonces comprenderá que quiera saber dónde está.

—Lo comprendo mejor de lo que cree. También sé qué ocurrirá si un escocés furioso decide convertir un agravio contra Cathaline en una disputa entre hombres —Alexander hizo una breve pausa—. Dejemos que ella hable.

Ewan miró a Cathaline.

El cambio fue mínimo, pero ella reconoció el esfuerzo que le costaba permanecer quieto. Tenía los guantes doblados entre las manos y el pulgar presionaba el cuero con tanta fuerza que habría dejado una marca.

—Edmund ha amenazado con contar a Londres su versión del final del cortejo —explicó Cathaline—. Eso es lo que pretende.

—Entonces no parece un asunto terminado.

—No lo está. Precisamente por eso no necesito que usted le proporcione un segundo escándalo que contar.

Una sombra de su sonrisa habitual rozó la boca de Ewan.

—Qué poca confianza tiene en mí.

—La justa.

Richard soltó el aire por la nariz, pero el gesto de Alexander le impidió convertirlo en una risa.

Ewan no apartó los ojos de Cathaline.

—¿Amenazó con hacer una declaración pública?

—No utilizó esas palabras.

—¿Cuáles utilizó?

Cathaline sintió regresar la rabia que había contenido desde la partida de Mowbray.

—Dijo que no permitiría que Londres creyera que yo había terminado el cortejo porque lo consideraba insuficiente. Y dejó claro que no protegería una reputación que, según él, yo misma había puesto en duda.

La quietud de Ewan cambió.

No retrocedió ni avanzó, pero algo más duro apareció alrededor de su boca.

—Parece que necesita otra explicación —sugirió Ewan, apretando los guantes entre sus manos.

—No va a dársela usted.

Alexander extendió una mano hacia los documentos que Ewan había dejado sobre la mesa.

—Ha venido a despedirse, su primo Malcom debe estar esperando su regreso. No lo haga esperar más.

Ewan miró el contrato.

—He terminado los asuntos de Glenmuir. Mi tren sale mañana a primera hora.

La noticia atravesó a Cathaline con una rapidez que no consiguió disimular del todo.

Llevaba semanas sabiendo que regresaría a Escocia en cuanto terminara el acuerdo de la lana. Era lo sensato. Lo previsto. Lo que ella misma acababa de exigirle que hiciera.

Aun así, la palabra  mañana  hizo que el salón pareciera de pronto demasiado frío.

—Mantenga ese plan —dijo el duque—. Yo hablaré con nuestros abogados y averiguaré qué pretende hacer Mowbray.

Ewan inclinó ligeramente la cabeza.

—Su Excelencia.

—Esto no es una petición, Sinclair.

—Tampoco la he confundido con una.

Ewan se despidió de Eliza y después estrechó el antebrazo del muchacho. Sus ojos descendieron hacia los nudillos cubiertos por el hielo.

—La próxima vez, mantén el pulgar fuera del puño. Romperte la mano por un inglés sería una humillación difícil de explicar en Escocia.

Richard observó sus dedos como si acabara de recibir una lección de extraordinario valor.

—No habrá próxima vez —dijo Eliza.

—Naturalmente, duquesa.

La obediencia de Ewan nunca había tranquilizado a nadie, y aquella respuesta no constituyó una excepción.

Cogió los documentos y se encaminó hacia el vestíbulo.

Cathaline lo siguió.

Oyó a su padre pronunciar su nombre a su espalda, pero no se detuvo. Aquella tarde ya había permitido que demasiados hombres discutieran sobre dónde debía estar, qué debía aceptar y qué consecuencias podía soportar. No pensaba pedir autorización para cruzar su propia casa.

El vestíbulo estaba iluminado por dos lámparas de gas protegidas por globos de cristal. El señor Keller aguardaba junto al abrigo de Ewan con aquella expresión ausente que los buenos mayordomos adquirían después de escuchar durante años conversaciones que jamás repetirían.

Le entregó la prenda y se apartó para ordenar que prepararan el coche.

Cathaline esperó hasta que quedaron fuera del alcance del salón.

—No confío en usted.

Ewan introdujo un brazo en el abrigo.

—Por fin algo vuelve a resultarme familiar.

—No bromee.

—No lo hacía.

Se colocó la otra manga y ajustó el cuello con un movimiento brusco. La calma que había mantenido ante Alexander no la engañaba. Ewan no estaba tranquilo. Se estaba sujetando, y en él la contención siempre parecía el instante anterior a que algo se desplomara.

—Edmund está humillado —dijo ella—. Si lo busca esta noche, mañana mi nombre aparecerá en todos los salones de Londres junto a una pelea entre dos hombres.

—Mi nombre ya está en esos salones.

—Entonces no le dé otro motivo para pronunciarlo junto al mío.

Ewan tomó los guantes, pero continuó sosteniéndolos.

—No pienso golpearlo.

—Richard tampoco pensaba hacerlo cuando entró en la biblioteca.

—Richard tiene diecinueve años.

—Y usted posee el juicio de uno cuando se enfada.

La mirada de Ewan descendió un instante hacia su boca antes de regresar a sus ojos.

—Eso ha sido ofensivo.

—Era la intención.

Apenas dos pasos los separaban. Llevaban tres semanas sin tocarse y, sin embargo, Cathaline era demasiado consciente de la amplitud de sus hombros bajo el abrigo, del olor de la lluvia mezclado con su colonia y de la forma en que él permanecía inmóvil para no acortar la distancia.

—Dígame que mañana tomará el tren —pidió.

Ewan dejó de jugar con los guantes.

—Tomaré el tren.

La respuesta fue limpia.

Verdadera.

Cathaline sintió alivio, pero no suficiente.

—¿Y después?

—Llegaré a Glenmuir. Malcolm decidirá que el contrato es una catástrofe, Audrey me interrogará antes de permitirme quitarme las botas y mi sobrina vaciará el baúl en busca de regalos que no he comprado.

—No le he preguntado por mi hermana ni por Malcolm. Ni siquiera por la pequeña Eliza, que también es mi sobrina.

—No.

—Le he preguntado por Mowbray.

Ewan se colocó despacio uno de los guantes. Cuando levantó otra vez la mirada, la insolencia había regresado a sus ojos.

—Una orden cada vez, rubia.