La perdición del highlander (Los Duques de Escocia 4) Capítulo 7 #3
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Capítulo 7 #3

—Y ahora has conseguido que, cuando Mowbray empiece a hablar, Londres discuta primero tu golpe y después su insulto.

La satisfacción se borró de la expresión del muchacho.

—No iba a permitirle decir lo que ha dicho delante de mí. Soy un hombre, padre. Ya no soy un niño.

—Lo sé.

La respuesta sorprendió a Richard.

Alexander soltó su hombro y lo contempló durante unos instantes. Padre e hijo se parecían demasiado en aquel momento: la misma anchura creciente en los hombros, la misma sangre escocesa ardiendo bajo una educación inglesa que nunca había conseguido extinguirla del todo.

—Precisamente porque lo sé debes aprender a dominarlo —continuó el duque—. Te pareces demasiado a mí  para que no comprenda lo que has sentido. Pero proteger a tu hermana no significa usar los puños... y menos en Inglaterra. Ahora ve a buscar hielo.

Richard recogió el libro que había dejado caer. Antes de salir, se detuvo junto a Cathaline.

—Edmund no te merecía.

La ligereza habitual había desaparecido de su voz.

Cathaline le tocó brevemente el brazo.

—Gracias, Richard.

Lo vio alejarse con una ternura inesperada.

Su hermano podía ser impulsivo, ruidoso y desesperantemente Hamilton, pero nunca había dudado de ella.

No necesitaba comprender cada una de sus decisiones para ponerse a su lado, y aquella lealtad torpe, expresada unas veces con bromas y otras con los puños, le resultó más valiosa de lo que estaba dispuesta a admitir en voz alta.

Con Audrey, Douglas y Edward también había tenido siempre una relación estrecha, pero era distinta.

Ellos eran mayores, habían abierto camino antes que Cathaline y Richard y, de algún modo, habían terminado convirtiéndose a veces en hermanos y a veces casi en una segunda autoridad.

Richard, además, tenía mucho de Douglas: la misma impulsividad, el mismo orgullo y aquella tendencia tan Hamilton a reaccionar primero cuando alguien tocaba a los suyos.

Pero los dos pequeños habían crecido juntos cuando los demás empezaban ya a marcharse, a casarse o a construir sus propias vidas.

Quizás por eso Cathaline y Richard se entendían de una forma que no necesitaba demasiadas explicaciones.

Eran los últimos en casa. Los últimos en compartir travesuras, discusiones y secretos antes de que la familia empezara a dispersarse del todo.

Alexander esperó hasta que Richard desapareció por la puerta.

Después se acercó a Cathaline.

—¿Habías decidido terminar el cortejo antes de entrar en la biblioteca?

—Sí.

—¿Estabas segura?

Cathaline pensó en la vida ordenada que habría podido aceptar y en lo cerca que estuvo de elegirla solo porque parecía sencilla.

—Sí.

Su padre la observó durante unos segundos. Después le rozó la mejilla con los dedos, un gesto breve que pertenecía al hombre que la había sostenido de niña y no al duque que acababa de expulsar a un conde.

—Entonces esa será la única verdad que salga de esta casa —dijo—. No consentiré que nadie empañe tu decisión —Cathaline sintió aflojarse algo dentro de su pecho. Alexander se volvió hacia el cordón de la campanilla—. Haré venir a nuestros abogados mañana.

—Todavía no ha dicho nada públicamente —señaló ella.

—Ha amenazado con hacerlo.

—Y si nos adelantamos, Londres creerá que existe algo que ocultar.

El duque giró la cabeza. La dureza regresó a su expresión.

—No pienso esperar sentado a que su orgullo encuentre un periódico.

La duquesa de Hamilton se acercó y apoyó una mano sobre el brazo de su marido.

—Los abogados pueden prepararse sin que publiquemos una sola palabra. Primero averiguaremos qué hace Edmund.

Alexander no parecía satisfecho con aquella prudencia. Sin embargo, cuando miró a Cathaline, contuvo la réplica.

—Por ahora —concedió.

Cathaline recogió el abanico que había dejado sobre la mesa.

—Durante unas semanas creí que había cambiado.

—Quizás lo hizo —respondió su madre, aunque no parecía del todo apenada por la marcha de lord Mowbray.

Cathaline levantó los ojos.

Su madre observaba el lugar donde había estado el portafolios.

—Aprendió a preguntarte qué querías —continuó—. No aprendió a soportar una respuesta que no le convenía.

Aquello definía a Edmund mejor que todos los argumentos de la biblioteca.

Cathaline cerró los dedos alrededor del abanico.

—Prefiere creer que Ewan me ha comprometido antes que admitir que podía rechazarlo sola.

—Porque una explicación mancha tu nombre —dijo Eliza—. La otra hiere el suyo.

Alexander dejó escapar un sonido bajo y profundamente escocés.

—Si repite una sola palabra...

—No irás tras él —dijo su esposa.

—No he dicho que fuera a hacerlo.

Cathaline y Eliza lo miraron escépticas.

El duque de Hamilton guardó silencio.

La campanilla de la entrada sonó antes de que aquella conversación pudiera continuar.

El señor Keller apareció al cabo de un minuto.

—El señor Ewan Sinclair, Su Excelencia.

Cathaline sintió el nombre en su piel antes de comprenderlo.

Alexander endureció la expresión.

—Hágalo pasar.

Cathaline miró hacia la puerta.

Después de aquella tarde, Ewan Sinclair era el último hombre que debía cruzar el umbral de aquella casa.

Y el único al que deseaba ver.