La perdición del highlander (Los Duques de Escocia 4) Capítulo 7 #2
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Capítulo 7 #2

—Puede creer que me equivoco —dijo—. No puede mancharme para soportarlo.

—No sea ingenua. Le ofrecía una casa, mi nombre y una posición que ninguna mujer sensata despreciaría por un hombre incapaz de presentarse correctamente en un salón.

—Ya tengo casa, nombre y posición.

—Lleva el nombre de su padre.

Cathaline alzó el mentón.

—Y usted acaba de demostrar por qué jamás llevaré el suyo.

El golpe encontró su orgullo.

Edmund dejó de fingir que aquello era únicamente dolor.

—He tenido la decencia de cortejarla públicamente. He acudido ante su padre y la he tratado con el respeto debido a una futura esposa.

—Un respeto que ha terminado cuando le he dicho que no.

—Sinclair no le ha ofrecido nada.

Era cierto.

Ewan no le había ofrecido casa, planes ni promesas.

Cathaline no permitió que aquella verdad decidiera por ella.

—Eso no le concede a usted ningún derecho sobre mí.

—Tal vez él ya haya recibido privilegios que deberían pertenecer a un esposo.

Cathaline se quedó muy quieta.

No sintió vergüenza. Recordó el beso, su propia mano cerrándose sobre la levita de Ewan y la decisión consciente de acercarse otra vez.

No se arrepentía.

—Ahora lo comprendo —dijo ella.

Edmund frunció el ceño.

—¿Qué?

—No me quería a mí. Quería ser el hombre que me hubiera conseguido. Ahora que sabe que no lo será, prefiere hacerme indigna antes que admitir que no lo he escogido.

El color abandonó el rostro de Mowbray.

—No sabe de qué habla.

—Sé que un hombre enamorado no intenta destruir aquello que dice haber amado en cuanto deja de pertenecerle.

—Cathaline.

La voz de Richard llegó desde el extremo de la biblioteca.

No fue una llamada.

Fue una advertencia.

El joven apareció entre las estanterías con la chaqueta de montar abierta y un libro todavía en la mano. Había debido de entrar por la puerta lateral y escuchar más de lo que ninguno de los dos había imaginado.

Su rostro carecía de la ligereza habitual.

—Retire lo que ha dicho, lord Mowbray.

Edmund volvió la cabeza.

—Esta conversación no le concierne.

Richard dejó el libro sobre una mesa sin apartar la vista del conde.

—Ha cuestionado el honor de mi hermana. Empieza a concernirme bastante.

—Richard —dijo Cathaline, intentando ponerse al medio.

Él no la miró.

—Retírelo, Mowbray.

El conde tomó los guantes que había dejado junto al portafolios.

—Solo he expresado aquello que media ciudad se preguntará cuando descubra que lady Cathaline ha terminado un cortejo honorable después de permitir que Sinclair se comporte como un hombre que ya ha recibido de ella libertades reservadas a un esposo.

El silencio posterior duró apenas un latido.

Richard cruzó la distancia antes de que Cathaline pudiera interponerse.

El puñetazo alcanzó a Mowbray en la boca con un golpe seco.

La cabeza del conde se desplazó hacia un lado y su cuerpo chocó contra la mesa. El portafolios cayó al suelo; los planos se abrieron sobre la alfombra y uno de los tinteros se inclinó hasta derramar una línea negra sobre el dibujo de la galería.

Durante un instante nadie se movió.

Edmund se llevó una mano al labio. Al apartarla, la sangre manchaba el blanco impecable de su guante.

Richard permaneció frente a él con el puño cerrado y el pecho agitado.

—Richard Hamilton —susurró Cathaline, respirando con dificultad; sin creer lo que acababa de ocurrir.

Su hermano no parecía haberla oído.

Mowbray levantó la cabeza. La sorpresa desaparecía ya bajo algo mucho más peligroso.

—Ha cometido un grave error.

Richard dio otro paso.

—Repítalo.

Las puertas de la biblioteca se abrieron de golpe.

Eliza entró primero, seguida por la señorita Worth y lady Mowbray. Detrás de ellas apareció Alexander Hamilton, recién llegado de la calle, todavía con el abrigo oscuro cerrado sobre el pecho y los guantes en una mano.

La madre de Edmund vio la sangre.

—¡Dios mío!

Alexander no miró los planos ni el tintero derramado. Vio el puño de su hijo, el labio partido de Mowbray y el rostro pálido de Cathaline.

Su presencia cambió la estancia.

No necesitó gritar.

—Richard. Atrás.

El muchacho obedeció de inmediato.

No porque hubiera recuperado la calma, sino porque aquella voz pertenecía al duque de Hamilton y, antes que al duque, al hombre de Arran que le había enseñado desde niño que la furia no concedía permiso para desobedecer al jefe de su propia casa.

Alexander se colocó entre su hijo y Mowbray.

—¿Qué ha hecho?

Edmund se limpió la sangre con un pañuelo.

—Su hijo me ha atacado.

Los ojos del duque no abandonaron los suyos.

—No le he preguntado qué ha hecho mi hijo. Le he preguntado qué ha hecho usted.

Mowbray guardó silencio.

Lady Mowbray avanzó hacia él.

—Edmund, ¿qué ha ocurrido?

—Lady Cathaline ha decidido romper el cortejo.

Lady Mowbray miró a Cathaline como si aquella decisión explicara la sangre.

—¿Después de todos los preparativos? No esperaba semejante inconstancia de una joven de su posición.

Eliza giró hacia ella sus ojos turquesa.

—Mi hija no ha contraído ninguna obligación porque usted haya abierto unas habitaciones.

Lady Mowbray apretó los dedos alrededor del bolso.

—Quizás debí preverlo. Lady Audrey se perdió en un castillo de las Highlands, lord Douglas enterró su futuro en Arran y ahora Cathaline rechaza una casa inglesa. Al parecer, Escocia termina reclamando a todos los Hamilton.

La expresión de Alexander se endureció.

Eliza, sin embargo, contestó antes que él.

—Mi esposo nació en Arran, lady Mowbray. Mis hijos no se han perdido. Han escogido sus hogares. Y, después de lo ocurrido esta tarde, no parece que el honor esté peor guardado en los castillos escoceses que en ciertas casas inglesas.

Lady Mowbray palideció.

La señorita Worth se llevó una mano a las sales que guardaba en el bolso, aunque todavía no las abrió.

Alexander volvió la atención hacia Edmund.

—Conteste a mi pregunta.

Richard habló desde detrás de su padre.

—Dijo que Cathaline había concedido a Ewan libertades que debía reservar para un esposo.

La quietud del duque se hizo absoluta.

Cathaline conocía a su padre. Sabía que aquella serenidad no significaba que su cólera hubiera disminuido.

Significaba que había descendido a un lugar mucho más antiguo, allí donde el título inglés dejaba paso al hombre criado entre las historias de un clan que jamás había considerado el honor de sus mujeres una cuestión negociable.

Alexander se quitó despacio los guantes y los dejó sobre la mesa.

—En esta casa, la palabra de mi hija basta —dijo él—. Ella le ha dicho que no. Usted podía aceptarlo como un caballero o marcharse como algo menos. Ha escogido.

Mowbray mantuvo el pañuelo contra el labio.

—Solo he señalado lo que Londres pensará.

—Londres puede pensar lo que le plazca. Usted no utilizará el nombre de Cathaline para reparar su orgullo.

—No permitiré que se diga que el cortejo terminó porque ella me consideró insuficiente.

Cathaline comprendió al fin qué era lo que de verdad no podía soportar.

No era perderla.

Era ser el hombre al que ella había rechazado.

Se inclinó y recogió el plano principal. Una mancha de sangre atravesaba la nueva ventana de la galería.

Se lo tendió.

—Se ha olvidado su casa.

Edmund tardó unos segundos en aceptarlo.

—Esto no terminará aquí.

Richard volvió a avanzar, pero la mano de Alexander se cerró sobre su hombro sin necesidad de mirar atrás.

Cathaline sostuvo el plano hasta que Mowbray lo tomó.

—Sí terminará. No volverá a cortejarme y no habrá visita —Después se dirigió a lady Mowbray—. Lamento las molestias causadas por sus preparativos, milady. Espero que, a partir de hoy, deje de organizar habitaciones, fechas y futuros relacionados conmigo.

La condesa mantuvo la cabeza erguida.

—Comprendo.

No parecía comprenderlo.

Pero tampoco se atrevió a discutirlo delante de Alexander y Eliza.

Edmund guardó el plano dentro del portafolios. El borde quedó atrapado bajo la tapa y, por primera vez desde que Cathaline lo conocía, no se detuvo a corregirlo.

—Cuando empiecen las preguntas, no espere que proteja una reputación que usted misma ha puesto en duda.

Alexander dio un paso hacia él.

—Abandone mi casa.

No hubo amenaza en la voz.

Una amenaza le habría concedido a Edmund la posibilidad de desafiarlo.

Aquello era una orden.

Lady Mowbray sujetó el brazo de su hijo.

—Vámonos, hijo. No tenemos necesidad de esto.

El señor Keller apareció antes de que nadie lo llamara. Debía de haber escuchado el golpe desde el vestíbulo o percibido que aquella visita había dejado de necesitar té. Recogió del suelo la cinta desprendida del portafolios y se la entregó a Mowbray con una inclinación impecable.

La madre y el hijo salieron juntos con las cabezas erguidas y las miradas llenas de desaprobación.

Edmund no miró a Richard ni un solo momento.

Sí miró a Cathaline un segundo.

Ya no había afecto en sus ojos. Solo una humillación fría y el deseo de obligarla a pagar por ella.

Las puertas se cerraron.

Durante unos segundos, la casa entera pareció contener el aliento.

La señorita Worth se sentó y abrió por fin el pequeño frasco de sales.

—La duquesa me pidió que protegiera la reputación de lady Cathaline. Nadie mencionó que también tendría que proteger a sus pretendientes de los Hamilton.

Richard abrió y cerró la mano.

—Solo he protegido el honor de mi hermana.

Alexander se volvió hacia él.

La furia no había desaparecido de su rostro. Solo había cambiado de dirección.