La perdición del highlander (Los Duques de Escocia 4) Capítulo 7
23%

Capítulo 7

Cathaline comprendió que iba a rechazar a lord Mowbray cuando él llegó con los planos de una casa en la que todavía no había aceptado vivir.

El portafolios de cuero apareció bajo el brazo del conde poco después de las cuatro, en una tarde de noviembre tan gris que las ventanas de la residencia Hamilton parecían cubiertas por una capa de ceniza.

Edmund no venía solo.

Lady Mowbray entró detrás de él con un vestido de terciopelo color ciruela, dos plumas oscuras sobre el sombrero y la expresión satisfecha de una mujer que llevaba varias semanas organizando una visita sin haber recibido todavía una respuesta.

Saludó a Eliza con afecto, aceptó el asiento más próximo a la chimenea y comentó que el frío anunciaba un invierno temprano.

Todo estaba dispuesto para que aquella fuera una visita agradable.

Eso hizo que resultara bastante peor.

Edmund esperó a que Cathaline le ofreciera la mano. No la retuvo ni habló de su casa antes de que ella se sentara.

Había aprendido.

—El arquitecto ha admitido finalmente que una ventana es posible —dijo, dejando el portafolios sobre la mesa—. Dos continúan siendo, según él, una ofensa personal contra la estructura de la casa.

Cathaline observó cómo desataba las cintas.

—Los arquitectos mantienen una relación muy sentimental con las paredes ajenas.

—Eso empiezo a sospechar.

Edmund extendió el plano. La galería oriental aparecía dibujada con líneas precisas: los ventanales altos, el acceso al jardín, las hornacinas ocupadas por antepasados hostiles y la futura biblioteca de la que habían hablado durante el paseo por Hyde Park.

Había una nueva ventana.

Exactamente donde Cathaline había sugerido.

—Ha seguido mi consejo.

—Le pregunté su opinión. Habría sido extraño ignorarla.

Semanas atrás, Mowbray habría presentado aquella modificación como una decisión propia y esperado que ella lo alabara. Ahora levantó los ojos del plano y aguardó de verdad su respuesta.

Cathaline sintió una presión incómoda bajo las costillas.

Había vuelto a imaginar la vida que él le ofrecía. Una casa importante, temporadas en Londres, cenas, viajes y un marido que conocía las reglas del mundo al que ella pertenecía. Una existencia ordenada con buen gusto, dinero suficiente y pocas sorpresas.

Incluso podía haber sido feliz.

Sin embargo, cada vez que intentaba concederle a Edmund el lugar de un esposo, otro hombre se interponía sin permiso.

No necesitaba aparecer entero. Bastaba el recuerdo de una voz pronunciando su nombre sin título, de una mano firme en su cintura y de aquella pausa en la que Ewan le había permitido escoger.

Cathaline no se arrepentía del beso.

Aquello era lo que volvía imposible la decisión que tenía delante.

—La ventana mejorará la galería —dijo.

Edmund sonrió.

—Entonces deberá venir a comprobarlo.

Lady Mowbray dejó su taza sobre el plato.

—La última semana del mes sería perfecta. He pedido que preparen el ala sur y que revisen las chimeneas. Por supuesto, las fechas pueden cambiar si la duquesa considera que otras serían más convenientes.

Eliza no respondió. Miró a Cathaline.

Era su decisión.

Edmund debió de percibir el error de su madre, porque intervino antes de que ella continuara distribuyendo habitaciones.

—Todavía no hemos recibido una respuesta —aclaró—. Lady Cathaline puede escoger otra fecha o rechazar la visita.

Lady Mowbray volvió los ojos hacia su hijo. Parecía no haber considerado seriamente aquella segunda posibilidad.

Cathaline descansó las manos sobre el regazo.

Podía aceptar. Viajaría acompañada por sus padres, la señorita Worth, su doncella y suficientes criados para impedir cualquier interpretación impropia. Conocería la casa y comprobaría si la vida junto a Edmund era más atractiva ahora que él había dejado de tratarla como una conclusión inevitable.

También podía esperar a que Ewan regresara a las Highlands.

A que la distancia hiciera lo que tres semanas de prudencia no habían conseguido.

Precisamente por eso no podía aceptar.

Ir a casa de Mowbray para protegerse de otro hombre no sería concederle una oportunidad a Edmund.

Sería utilizarlo.

Cathaline apartó la atención del plano.

—No iré.

Edmund conservó la sonrisa durante unos segundos.

—Si la última semana no le conviene, podemos escoger otra.

—No es la fecha.

Lady Mowbray dejó de mover la cucharilla.

Cathaline volvió el rostro hacia ella.

—Lamento cualquier disposición que haya ordenado, milady. No habrá visita.

La condesa abrió la boca, pero la presencia de Eliza pareció recordarle que no se encontraba en su propia casa.

Edmund retiró despacio una mano del portafolios.

—¿Desea terminar el cortejo?

Ya no era posible fingir que estaban hablando de una galería.

Cathaline sostuvo su mirada.

—Sí.

La palabra cayó con una sencillez que no disminuyó su peso.

Eliza permaneció inmóvil. La señorita Worth bajó los ojos hacia la taza. Lady Mowbray contempló primero a Cathaline y después a su hijo, como si alguien hubiera roto un acuerdo cuya existencia ella no había considerado necesario confirmar.

Edmund palideció.

—Comprendo.

No era cierto.

Pero había recibido la respuesta delante de ambas familias, sin ambigüedad ni posibilidad de atribuirla a una fecha mal escogida.

Miró hacia la biblioteca contigua.

—¿Podemos hablar unos minutos?

Cathaline comprendió que deseaba conservar la dignidad de los dos y asintió.

Las puertas de la biblioteca permanecieron abiertas. Desde allí podían ver a las tres mujeres en el salón, aunque la distancia y el crepitar de la chimenea les concedían cierta privacidad.

Edmund avanzó hasta una mesa donde Richard había dejado varios libros abiertos aquella mañana. Apoyó una mano en el respaldo de una silla, pero no se sentó.

—Creía que consideraría seriamente la visita.

—Lo he hecho.

—Durante tres días.

Cathaline arqueó una ceja.

—No sabía que llevara la cuenta.

—No la llevaba.

Mentía, pero ella no encontró ninguna satisfacción en descubrirlo.

Edmund respiró despacio.

—¿La he ofendido?

—No.

La respuesta pareció desconcertarlo más que cualquier acusación.

—Ha escuchado mis opiniones —continuó Cathaline—. Ha corregido algunas actitudes que me incomodaban y me ha permitido conocerlo mejor. Le estoy agradecida.

—Eso no parece un motivo para terminar.

—No lo es. Por eso me ha costado decidirme.

Algo semejante a la esperanza regresó a los ojos de Edmund.

—Entonces concédanos más tiempo.

—No sería honrado.

—¿Por qué?

Cathaline no quería hablarle de Ewan. No necesitaba presentar a otro hombre como justificación para una elección que le pertenecía.

—Porque puedo estimarlo y, aun así, no desear convertirme en su esposa.

La esperanza desapareció.

—¿No me desea a mí o desea a Sinclair?

La pregunta llegó con demasiada rapidez. Llevaba días esperando la oportunidad de formularla.

—Mi negativa no necesita el nombre de otro hombre para ser válida.

—Resulta difícil olvidar ese nombre cuando lleva semanas apareciendo entre nosotros.

—Ewan no se ha interpuesto en su cortejo.

El nombre salió sin título.

Edmund se dio cuenta.

—Ewan —repitió.

Cathaline no corrigió la familiaridad. Hacerlo habría sido más revelador.

Mowbray soltó el respaldo de la silla.

—Llegó con una carta privada, convirtió la velada de lady Ashbourne en un espectáculo y desde entonces ha encontrado razones suficientes para permanecer cerca de su familia. La observa en cada habitación como si los demás hombres no existiéramos.

—Ha dedicado mucha atención al señor Sinclair.

—He dedicado atención a la mujer a la que pretendía pedir en matrimonio.

—Nunca le prometí que aceptaría.

La primera grieta apareció en la seguridad de Edmund.

—Me permitió creer que existía una posibilidad.

—Porque existía.

La sinceridad pareció herirlo más que una mentira tranquilizadora.

—Hasta que apareció él.

—No. Hasta que comprendí que no podía prometerle nada sin engañarme a mí misma.

Edmund apartó la vista hacia las ventanas. Las ramas desnudas del jardín golpeaban suavemente los cristales.

—Los vi juntos en esta misma biblioteca —Cathaline se quedó inmóvil—. Vine a buscarla después de la cena. Estaban demasiado cerca. Usted tenía las mejillas encendidas y Sinclair parecía haber olvidado por qué sostenía aquella caja de miniaturas.

No había visto el beso.

Pero había comprendido que algo había sucedido.

—También la vi arreglarle la pañoleta delante de un salón lleno —continuó—. Y cada vez que entra en una habitación, usted olvida durante unos minutos que yo estoy a su lado.

Aquella última acusación era la más cierta.

Cathaline no permitió que se notara.

—Lo que crea haber observado no modifica mi respuesta.

—La explica.

—No necesito que la explique. Necesito que la acepte.

Edmund se volvió hacia ella.

—He pasado meses intentando comprenderla. He cambiado cosas que la incomodaban.

—No le pedí que cambiara para obtenerme.

—Pero apreció el esfuerzo.

—Sí.

—Y, aun así, todo deja de importar cuando Sinclair aparece.

Cathaline dejó el abanico cerrado sobre la mesa.

—Un hombre puede agradarme sin que yo desee casarme con él.

—Y una dama puede conceder demasiada familiaridad a otro mientras permite que el primero crea que todavía tiene una posibilidad.

La voz de Edmund continuaba siendo baja y educada. Precisamente por eso, Cathaline oyó con tanta claridad la acusación escondida.

—Tenga cuidado, milord.

—Eso mismo debería haber hecho usted.

Ella lo miró sin moverse.

—¿Disculpe?

—Una dama en su posición no puede alentar semejante familiaridad y sorprenderse cuando alguien se pregunta qué la ha provocado.

La culpa que Cathaline había sentido por herirlo desapareció.

—No estoy sorprendida. Estoy decepcionada.

Edmund apretó los labios.

—No he dicho nada que Londres no haya empezado a pensar.

—Londres no está en esta biblioteca. Usted sí.

—Sinclair cruzó Inglaterra por usted.

—Me entregó una carta.

—Eso sostiene usted.

—Eso sé yo.

La corrección de Edmund se volvió más fría.

—Quizás la carta no sea la única confianza que han intercambiado.

La insinuación cayó entre ambos.

Una puerta se abrió en algún lugar detrás de las estanterías. Cathaline no apartó los ojos del conde.