Capítulo 6 #3
Cathaline volvió el rostro hacia él.
Ewan no sonreía.
El comentario no había sido una broma.
—Pensé que le agradaría comprobar que soy capaz de obedecerla —añadió.
—Empiezo a descubrir que no.
La confesión escapó antes de que pudiera detenerla.
Ewan se quedó muy quieto sobre la montura.
A su alrededor continuaban pasando jinetes, carruajes y conocidos capaces de reconocerlos. El aire frío olía a hojas húmedas, cuero y tierra. Aun así, Cathaline volvió a percibir aquel aroma limpio de jabón y lana que asociaba ya con Ewan Sinclair.
Ewan acercó un poco su caballo.
Nada impropio.
Solo lo suficiente para que las botas de ambos casi quedaran a la misma altura.
—Tenga cuidado, Cathaline.
El sonido de su nombre en aquella voz baja alteró algo dentro de ella.
—¿Con qué?
La mirada de Ewan descendió hacia su boca.
No duró mucho.
No necesitó hacerlo.
—Con parecer decepcionada.
Cathaline sostuvo sus ojos verdes.
—Quizás lo esté.
La mano de Ewan se tensó sobre las riendas.
—Estoy haciendo grandes progresos en Inglaterra, así que no diga eso en un lugar donde no puedo responderle.
El pulso de Cathaline golpeó bajo el cuello del vestido.
—¿Y cómo respondería?
Ewan volvió a mirar su boca.
La distancia entre los caballos ya era mínima. Si cualquiera de los dos extendía una mano, podría tocar al otro. No lo hicieron.
Aquella ausencia de contacto resultaba mucho peor que el deseo de ambos.
—No me obligue a romper mi fachada de escocés respetable —dijo él.
Cathaline sintió calor bajo el frío de noviembre.
—No parece un hombre fácil de obligar.
—Usted posee métodos poco honorables.
—Soy una Hamilton.
—Eso no constituye una defensa.
—En mi familia suele bastar.
Ewan exhaló algo parecido a una risa, pero el deseo no desapareció de sus ojos.
Cathaline bajó la voz.
—¿Se aleja porque se lo ha pedido mi padre?
La pregunta no era exactamente la que pretendía hacer. Tampoco era la conversación que había prometido evitar.
Ewan miró hacia delante, donde Richard y Mowbray continuaban hablando.
—Su padre no necesita pedírmelo dos veces.
—No ha respondido.
—Llevo semanas intentando hacerlo.
—¿Alejarse?
La boca de Ewan se endureció.
—Recordar por qué debería —Aquello le produjo una satisfacción tan inmediata que Cathaline se avergonzó de sentirla—. No me facilite tanto las cosas —añadió él.
—¿Qué cosas?
Ewan tardó demasiado en contestar.
—Volver a las Highlands.
Antes de que Cathaline pudiera responder, Mowbray redujo el paso de su caballo y regresó junto a ellos.
Sus ojos se detuvieron en la escasa distancia que separaba ambas monturas.
Después miró el rostro de Cathaline.
No podía haber oído sus palabras.
Pero había observado la cercanía.
Otra vez.
Ewan se apartó. No con la elegancia de un caballero inglés, sino con la evidente disciplina de un escocés que llevaba tres semanas recordándose a sí mismo que no debía hacer exactamente lo que deseaba.
—Lady Cathaline.
El regreso del título fue casi una provocación.
—Señor Sinclair.
Richard miró a uno y después al otro, pero tuvo el buen juicio —o la falta temporal de imaginación— de no comentar nada.
Mowbray retomó su lugar junto a Cathaline.
—El aire se está enfriando. La señorita Worth quizás prefiera regresar antes de que llueva.
La carabina, que se encontraba a suficiente distancia para no haber oído la conversación y lo bastante cerca para haberla comprendido, asintió desde el carruaje.
—Por una vez, lord Mowbray ha expresado exactamente mi opinión.
—Debemos conservar este momento —dijo Cathaline—. Tal vez no se repita.
Richard se despidió primero. Ewan inclinó la cabeza ante Mowbray, después ante la señorita Worth y finalmente hacia Cathaline.
No la miró más tiempo del necesario.
Ella sí.
Los dos hombres se alejaron hacia el otro extremo de Rotten Row.
Mowbray esperó hasta que Richard y Ewan se encontraran lo bastante lejos para que la conversación no pudiera alcanzarlos.
—Mi madre ha vuelto a hablarme de su visita —dijo—. Pero esta vez preferiría no transmitirle la invitación como si la estuviera presionando.
Cathaline lo miró. Había algo distinto en su manera de plantearlo; una cautela que semanas atrás no habría considerado necesaria.
—¿Qué prefiere, entonces?
—Preguntarle si le agradaría conocer mi casa.
—¿A lady Mowbray le agradaría recibirme?
Una sonrisa breve apareció en la boca de Edmund.
—Mi madre lleva semanas organizándolo sin su permiso, el mío ni el de la mitad del servicio.
—Eso no responde a mi pregunta.
Mowbray sostuvo su mirada.
—Nos agradaría mucho que fuera.
La sencillez de la respuesta sorprendió a Cathaline. No hablaba de lo conveniente que resultaría la visita ni de lo que Londres pensaría al respecto. Hablaba de su propio deseo, sin convertirlo en una obligación para ella.
—¿Durante cuánto tiempo? —preguntó.
—Tres o cuatro días. Sus padres serán bienvenidos, naturalmente. Y puede llevar la compañía que considere necesaria.
Cathaline miró hacia el vehículo donde aguardaba la señorita Worth.
—La señorita Worth consideraría necesaria la presencia de un regimiento.
Edmund siguió la dirección de sus ojos.
—La casa es grande. Encontraremos habitaciones para todos.
Cathaline no pudo evitar sonreír.
—Parece haberlo pensado bastante.
—Intento aprender de mis errores.
—Una cualidad poco habitual entre los hombres.
—Confío en que la tenga en cuenta cuando tome una decisión.
El tono continuaba siendo ligero, pero la invitación ya no lo era. Visitar su casa significaría entrar en una parte más íntima de su vida, conocer el lugar que algún día podría convertirse también en el de ella.
Mowbray no insistió.
—No tiene que responderme ahora.
—Lo consideraré.
Algo cálido, casi satisfecho, apareció en sus ojos.
—Por el momento, eso es más de lo que esperaba.
Edmund se inclinó desde la montura y tomó brevemente su mano enguantada. No intentó retenerla. Solo rozó los nudillos con los labios y volvió a soltarla.
El gesto fue correcto.
Atento.
Agradable.
Cathaline pensó que podía aceptar la invitación.
Podía viajar a Kent con sus padres, conocer la propiedad, ver aquella galería y decidir qué retratos merecían ser retirados. Podía descubrir cómo se sentiría ocupando un lugar en la vida de Edmund Mowbray.
Por primera vez, la posibilidad no le pareció una trampa.
Al llegar a la salida del parque, Mowbray se despidió. Cathaline entregó las riendas al mozo y subió al carruaje sin capota junto a la señorita Worth.
El carruaje empezó a avanzar.
Vio a Edmund alejarse por Park Lane. Su figura era elegante, segura, perfectamente integrada en el mundo que la rodeaba. Con él podía imaginar una vida entera: cada habitación, cada temporada, cada obligación y casi todas las satisfacciones.
Después miró hacia atrás.
Ewan y Richard seguían al otro lado de la calle. Richard estaba inclinado sobre uno de los estribos, ocupado en algo que Cathaline no alcanzó a distinguir. Ewan, en cambio, ya la estaba mirando.
No hizo ademán de acercarse.
Tampoco se despidió como habría hecho cualquier hombre bien educado.
Se limitó a inclinar la cabeza, con aquella media sonrisa insolente que parecía decirle que podía marcharse cuanto quisiera, pero que ninguno de los dos iba a fingir que aquello terminaba allí.
Cathaline sostuvo la mirada.
«Maldito escocés».
Ni siquiera desde el otro lado de una calle conseguía comportarse.
El vehículo empezó a avanzar y Ewan siguió mirándola hasta que la distancia los obligó a perderse de vista.
Edmund le había ofrecido una vida que podía imaginar con una claridad casi tranquilizadora.
Ewan no le había ofrecido nada parecido.
Ni casa.
Ni planes.
Ni promesas.
Solo una carta, un beso y aquella manera intolerable de mirarla como si supiera perfectamente que, cuando llegara el momento de escoger, él seguiría siendo el problema.
Y eso era lo peor.