La perdición del highlander (Los Duques de Escocia 4) Capítulo 6 #2
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Capítulo 6 #2

La casa antigua rodeada de jardines señoriales.

Desayunos en una habitación orientada al este.

Temporadas en Londres durante las que ella seguiría entrando en los mismos salones, viendo a su familia y ocupando el lugar que había construido durante años.

Cenas organizadas por ella. Visitas. Viajes.

Hijos educados entre una finca inglesa y una ciudad que conocería cada uno de sus nombres.

Era una vida comprensible.

Cómoda.

Incluso podía resultar feliz.

El problema aparecía cuando Cathaline intentaba imaginar a Edmund inclinándose hacia ella como correspondía a un esposo.

Entonces recordaba una biblioteca.

Una mano firme alrededor de su cintura.

La voz de Ewan pronunciando su nombre sin título ni burla.

Y el instante exacto en que él se había detenido para mirarle los labios.

No estaba comprometida con ninguno de los dos. No había faltado a una promesa ni engañado a Mowbray. Aun así, Edmund merecía una atención que Ewan conseguía robarle sin encontrarse siquiera en la misma habitación.

Aunque, con demasiada frecuencia, sí se encontraba.

Ewan no había desaparecido de Londres. Los asuntos de Glenmuir parecían multiplicarse cada vez que él terminaba uno, y la amistad entre los Hamilton y los Sinclair le ofrecía más ocasiones de cruzar sus puertas de las que Cathaline consideraba saludables.

Lo insoportable era su comportamiento.

En una cena le entregó una copa sosteniéndola por la base para impedir que sus dedos se rozaran.

En casa de los Alderley dejó que un lacayo acercara la silla de Cathaline, aunque él estaba más cerca.

Durante una visita a Alexander, pasó junto a ella en la galería, inclinó la cabeza y dijo:

—Lady Cathaline.

Ni una sola vez «rubia».

Ni una vez su nombre con aquella voz baja que todavía podía recordar contra su boca.

Después de las cenas, Ewan no buscaba excusas para quedarse. Conversaba con Richard, se despedía de la duquesa y desaparecía antes de que Cathaline pudiera decidir si deseaba hablar con él.

Ella le había dicho que el beso no debía repetirse.

Ewan la estaba obedeciendo.

Cathaline empezaba a descubrir que no existía nada tan irritante como un Sinclair fingiendo ser bien educado.

La tarde en que volvió a encontrarlo en Hyde Park, lord Mowbray llevaba casi veinte minutos resultándole especialmente agradable.

El cielo de noviembre era pálido y bajo, pero la lluvia había concedido una tregua. Rotten Row seguía concurrido: caballeros con abrigos oscuros, damas vestidas para montar, jóvenes escoltadas por carabinas y carruajes que avanzaban por el camino paralelo bajo las ramas casi desnudas.

Cathaline montaba una yegua gris de paso elegante.

Llevaba un hábito azul oscuro que se ajustaba a su cintura, guantes de cuero caro y un pequeño sombrero con velo corto.

La señorita Worth había rechazado subir a un caballo y los seguía desde un carruaje abierto, acompañada por un criado Hamilton y una expresión que sugería que consideraba la equitación una forma innecesariamente compleja de poner en peligro una reputación.

Mowbray avanzaba junto a Cathaline sobre un alazán de Kent.

—Mi madre sostiene que la galería oriental debe permanecer exactamente como está —dijo.

—¿Oscura, llena de retratos hostiles y cerrada durante nueve meses al año?

—Tiene respeto por las tradiciones.

—Eso dicen las personas que no desean mover muebles pesados.

La sonrisa de Edmund apareció con facilidad.

—Pensaba abrir dos ventanas hacia el jardín y trasladar parte de la biblioteca allí.

Cathaline volvió el rostro hacia él.

—Eso mejoraría la habitación.

—El arquitecto asegura que la pared no admite dos ventanas.

—Los arquitectos llaman imposible a cualquier idea que no hayan tenido ellos.

—Entonces ¿qué haría usted?

Cathaline lo miró con cierta sorpresa.

—¿Me está preguntando?

—Empiezo a sospechar que con usted resulta más prudente preguntar antes de decidir.

Ella sonrió.

—Está aprendiendo, milord.

—Tengo intención de sobrevivir al cortejo.

Cathaline soltó una risa.

Fue entonces cuando vio a Ewan.

Cabalgaba unos metros más adelante junto a Richard. El caballo oscuro que montaba parecía demasiado refinado para él, aunque Ewan lo manejaba con la naturalidad de un hombre que había aprendido a mantenerse sobre una silla antes de comprender para qué servían la mayoría de los cubiertos.

Llevaba un abrigo de montar de lana negra, guantes oscuros y un sombrero que no conseguía ocultar del todo el tono encendido de su barba. El corte del abrigo seguía la amplitud de sus hombros y la firmeza de su cuerpo sobre la montura.

Cathaline no necesitó recordar el beso.

Su cuerpo lo hizo por ella.

La mano de Ewan cerrándose alrededor de su cintura.

La presión de su boca.

El calor que había atravesado la seda de su vestido.

—Lady Cathaline.

La voz de Mowbray la obligó a mirarlo.

—¿Perdón?

Edmund sostenía las riendas con una mano. La expresión seguía siendo amable, pero sus ojos habían seguido la dirección de los de ella.

—Le preguntaba si cree que debería conservar los retratos.

—Solo los que no asusten a los invitados.

—Eso dejaría libre casi toda la pared.

Cathaline intentó sonreír.

A varios metros, Ewan levantó la cabeza.

La encontró.

No sonrió.

La mirada cruzó la distancia entre ambos y Cathaline olvidó durante un instante el parque, el caballo y al hombre que cabalgaba a su lado.

Ewan tampoco apartó los ojos enseguida.

Richard fue el primero en reconocerlos. Alzó una mano y obligó a su montura a cambiar de dirección.

Fingir que no los había visto habría resultado más revelador que detenerse a saludarlos, aunque una parte de Cathaline habría preferido que Ewan siguiera cabalgando sin acercarse.

Otra parte, mucho menos sensata, deseó que llegara más deprisa.

Richard hizo girar su montura y se reunió con ellos con la naturalidad de quien no percibía —o no consideraba asunto suyo— la tensión que acababa de instalarse en mitad de Rotten Row.

—Cathaline. Señorita Worth.

La carabina inclinó la cabeza desde el carruaje.

—Lord Richard.

Richard saludó después al conde con una breve inclinación.

—Mowbray.

—Hamilton —respondió Edmund.

Ewan permaneció medio cuerpo de caballo por detrás de Richard. Cathaline sintió sus ojos sobre ella antes de que hablara.

—Lady Cathaline.

Después de haberle oído pronunciar su nombre a una respiración de su boca, aquel título sonó casi insultante.

Cathaline alzó ligeramente la barbilla.

—Señor Sinclair.

Mowbray fue el primero en romper el silencio.

—Creía que sus negocios lo mantendrían ocupado en la City.

—Lo han intentado —respondió Ewan, acomodando las riendas entre los dedos—. Pero hasta los comerciantes han descubierto que una tarde de descanso mejora mi carácter.

—No parece que el tratamiento haya surtido todavía demasiado efecto —dijo Cathaline.

Los ojos verdes de Ewan regresaron a ella.

—Acabo de empezar.

Mowbray sonrió con cortesía.

—Lady Cathaline estaba ayudándome a decidir qué hacer con la galería oriental de mi casa de Kent.

La expresión de Ewan no cambió, pero el pulgar de su mano enguantada se tensó sobre las riendas. El gesto fue tan pequeño que probablemente nadie más lo advirtió.

Cathaline sí.

—Una responsabilidad considerable —dijo él.

—Solo para la galería —replicó ella.

—Y para cualquier hombre que tenga la imprudencia de pedirle consejo sin intención de seguirlo —Mowbray volvió el rostro hacia Cathaline—. He empezado a comprender que preguntarle su opinión y después ignorarla sería una pérdida de tiempo para ambos.

—Está aprendiendo, milord —dijo ella, satisfecha.

—Deprisa —añadió Ewan.

Cathaline lo miró.

—Eso mismo le he dicho.

Durante un instante, algo parecido a una sonrisa rozó la boca de Ewan. No llegó a formarse, pero bastó para devolverla a la biblioteca, a sus dedos cerrados sobre aquella levita y al sonido de su beso.

Mowbray pasó la mirada de uno a otro.

—Confío en que mi progreso cuente con la aprobación de ambos.

—No necesita la mía —respondió Ewan con absoluta corrección—. La opinión de lady Cathaline debería bastarle.

Era la respuesta adecuada. Prudente. Exactamente lo que Cathaline llevaba tres semanas deseando que ocurriera.

—A algunos hombres les ha costado bastante más comprenderlo —dijo ella, sin apartar los ojos de él.

La mano de Ewan volvió a cerrarse sobre las riendas.

—No confunda obediencia con olvido, lady Cathaline.

El aire frío pareció detenerse dentro de sus pulmones.

Mowbray no podía conocer el significado de aquellas palabras. No sabía nada de la biblioteca, del beso ni de la promesa que Ewan llevaba semanas respetando con una precisión insoportable.

Pero sí vio cómo Cathaline dejaba de respirar.

Y también cómo Ewan la miraba mientras esperaba que volviera a hacerlo.

Richard comenzó a hablar del alazán de Mowbray.

El caballo procedía de unas cuadras que conocía y, en menos de un minuto, ambos hombres se habían adelantado algunos metros para examinar el paso del animal.

El carruaje de la señorita Worth continuaba detrás, lo bastante cerca para garantizar la corrección y demasiado lejos para escuchar una conversación mantenida en voz baja.

Ewan quedó junto a Cathaline.

Los caballos avanzaron al paso.

Durante unos segundos ninguno habló.

—Ha aprendido a evitarme con una eficacia admirable —dijo ella.

Ewan mantuvo los ojos sobre el camino.

—No la estoy evitando.

—Durante tres semanas no ha permanecido a menos de dos pasos de mí.

Entonces la miró.

—Me sorprende que los haya contado.

—No los he contado.

—¿Está segura?

Cathaline apretó la boca.

—Se ha vuelto insoportablemente obediente.

—No recuerdo que esa virtud le haya disgustado siempre.

—En usted resulta poco convincente.

—Usted dijo que aquello no debía repetirse.

El beso apareció entre ambos con tanta claridad que Cathaline sintió de nuevo el calor en su cuerpo.

—Dije que no debía repetirse —respondió—. No que tuviera que comportarse como si no hubiera ocurrido.

Ewan tiró de las riendas. El caballo redujo el paso.

—Fingir me ha parecido la opción más prudente.

—La prudencia no le sienta bien.

—Tampoco a usted.