Capítulo 6
Eleanor abandonó Londres seis días después del beso que Cathaline estaba decidida a olvidar.
Lo hizo acompañada por lady Beatrice Harcourt, su doncella, tres baúles y una cantidad de equipaje de mano difícil de justificar en una mujer que aseguraba que solo permanecería fuera unas semanas.
El carruaje aguardaba frente a la residencia de los Harcourt mientras dos lacayos discutían en voz baja sobre dónde colocar una última caja.
Lady Beatrice ya se encontraba instalada en el interior, envuelta en pieles hasta la barbilla y con un frasco de sales aromáticas al alcance de la mano, como si Escocia hubiera iniciado las hostilidades antes incluso de que abandonaran Londres.
Cathaline contempló el baúl que un criado intentaba asegurar en la parte posterior.
—¿Eilean Ròs? —repitió.
Eleanor terminó de abrocharse uno de los guantes.
—Eilean Ròs.
—¿Voluntariamente?
—Empiezas a parecerte peligrosamente a lady Bexley.
Cathaline hizo una mueca.
—Retiro la pregunta.
—Yo no —intervino lady Beatrice desde el carruaje—. Llevo dos días intentando comprender por qué una joven razonable necesita cruzar Inglaterra, soportar varios trenes y después embarcarse hacia una isla donde, según el atlas, no existe una sola carretera digna de ese nombre.
—Porque llevo años estudiando historia, genealogías y escritura antigua, y quiero aprovechar que Edward está en Eilean Ròs para conocer de primera mano algunas de las costumbres escocesas más antiguas.
Lady Beatrice la observó por encima del borde de las pieles.
—También puede estudiarse una prisión desde el exterior sin necesidad de dormir en ella. Aunque empiezo a sospechar que no son los archivos lo que más te interesa. ¿Vamos, en realidad, en busca de tu futuro marido?
Eleanor dejó escapar un suspiro cargado de paciencia.
—Tía, sabe perfectamente que Edward y yo no somos más que buenos amigos.
Cathaline inclinó la cabeza mientras estudiaba a su amiga.
—Es una lástima que no os queráis de ese modo. Haríais un matrimonio excelente y tú serías mi cuñada.
Eleanor volvió hacia ella una mirada incrédula.
—Qué romántica.
—No pretendía serlo. Solo señalaba lo evidente.
Lady Beatrice asintió con visible aprobación.
—Al menos una de las dos comprende la utilidad de un buen matrimonio.
Cathaline rio.
—Lady Beatrice, empieza usted a caerme todavía mejor.
La mujer suspiró y reajustó la manta sobre sus rodillas.
—Eso confirma que el viaje ya está produciendo consecuencias preocupantes.
Eleanor negó con la cabeza y permitió que un lacayo la ayudara a subir al carruaje. Sin embargo, mientras los criados cerraban la portezuela, la conversación permaneció en los pensamientos de Cathaline.
Eleanor y Edward habrían formado una pareja impecable. Se conocían desde hacía años, pertenecían al mismo mundo y compartían educación, amistades y una forma semejante de comprender la vida. Nadie habría encontrado una sola objeción razonable a su matrimonio.
Solo faltaba algo.
Que alguno de los dos deseara al otro.
Y el nombre de Edmund Mowbray apareció en la mente de Cathaline con una facilidad que no le gustó en absoluto.
La doncella de Eleanor pasó junto a ellas protegiendo una caja de sombreros contra una llovizna que apenas merecía aquel esfuerzo. Los criados cerraron por fin el último baúl y el cochero comprobó las correas con una expresión resignada.
La noche anterior, Cathaline y Eleanor habían coincidido en una velada en Willis's Rooms. Entre una pieza musical interminable y un caballero empeñado en explicarles la situación política de los Balcanes, Cathaline había contado que Edward se había retirado al norte para escribir un tratado sobre los últimos clanes salvajes de Escocia.
Eleanor había prometido repetirle aquellas palabras a Edward.
—Cuando veas a mi hermano —dijo Cathaline—, no menciones lo del tratado que dije ayer.
Eleanor alzó una ceja.
—Será lo primero que le diga.
—En ese caso, dile también que espero una copia dedicada.
—Estoy segura de que reservará para ti el capítulo más ofensivo.
—Entonces al menos espero una encuadernación decente.
Cathaline sonrió, aunque la sonrisa perdió algo de fuerza cuando una ráfaga levantó la falda del vestido de viaje de Eleanor.
No había pensado en que la marcha de su amiga pudiera importarle tanto. Londres continuaría lleno de personas conocidas, primas lejanas, vecinas, compañeras de temporada y jóvenes dispuestas a debatir durante una hora acerca de un vestido. Sin embargo, ninguna de ellas era Eleanor.
Eleanor escuchaba sin precipitarse a convertir cada incertidumbre en una solución. Sabía cuándo reírse, cuándo guardar silencio y cuándo hacer una pregunta que Cathaline no quería responder.
Precisamente por eso Cathaline no le había hablado del beso.
Había estado a punto de hacerlo dos veces.
La primera, durante la velada de Willis's Rooms, cuando Eleanor le preguntó por qué llevaba varios minutos mirando una puerta por la que Ewan no tenía ningún motivo para entrar.
La segunda, aquella misma mañana, mientras se despedían en el salón y Eleanor preguntó si el señor Sinclair continuaba en Londres.
Cathaline había respondido que sí.
Nada más.
Ahora Eleanor la observaba con demasiada atención.
—Todavía puedes contármelo —dijo Eleanor, bajando la voz mientras un lacayo terminaba de asegurar el equipaje.
Cathaline fingió interesarse por la correa del último baúl.
—No sé de qué hablas.
—Siempre haces esa pequeña pausa cuando quieres decirme algo y decides que tu orgullo sobrevivirá mejor si te lo guardas.
Cathaline volvió la mirada hacia el carruaje. Lady Beatrice discutía con el cochero acerca de las mantas que encontrarían durante el viaje y sostenía que ninguna lana escocesa podía considerarse una protección fiable contra la neumonía.
—No hay nada que contar —respondió.
Eleanor la estudió durante unos segundos. No insistió, lo que resultó bastante más incómodo que cualquier interrogatorio.
—Entonces hazme un favor —dijo al fin—. No decidas qué quieres únicamente porque una de las dos opciones sea más fácil de explicar al mundo.
La observación alcanzó a Cathaline con una precisión desagradable.
Se alisó uno de los guantes, concediéndose un instante antes de responder.
—Vas a una isla escocesa con tres baúles, una doncella y una tía convencida de que la humedad puede heredarse. No creo que estés en situación de aconsejarme sobre decisiones sencillas.
—Precisamente por eso empiezo a madurar, Cathaline.
Desde el interior del carruaje, lady Beatrice golpeó dos veces la portezuela con el mango de la sombrilla.
—Eleanor, si no subes ahora, el cochero asegura que perderemos el tren.
Eleanor miró el pequeño reloj prendido a su vestido.
—El tren sale dentro de una hora.
—Precisamente —replicó su tía—. No pienso llegar a la estación con menos de treinta minutos de antelación y verme obligada a correr por un andén como una comerciante de pescado.
Eleanor soltó un suspiro resignado. Después se volvió hacia Cathaline y la abrazó.
Fue un gesto breve, pero lo bastante sincero para sorprenderlas a ambas. No acostumbraban a demostrarse afecto de aquella manera; solían esconderlo detrás de burlas cuidadosamente elegidas y comentarios que ninguna otra persona se habría atrevido a hacerles.
—Volveré antes de que tengas tiempo de echarme de menos —prometió Eleanor al separarse.
—Eso dependerá de cuánto tardes.
—Escríbeme.
Cathaline miró a lady Beatrice, que acababa de ordenar al cochero que comprobara por tercera vez la portezuela.
—Solo si sobrevives.
—Después de esta temporada en Londres, Eilean Ròs podría parecerme un descanso.
Eleanor subió al carruaje. Lady Beatrice reorganizó las mantas sobre sus rodillas, la doncella ocupó el asiento delantero y el vehículo empezó a avanzar.
Cathaline permaneció en la acera hasta que desapareció al final de la calle.
No había confesado nada.
Durante las dos semanas siguientes empezó a lamentarlo.
No porque le faltaran acontecimientos que ocuparan sus días.
Al contrario. Londres parecía haber decidido que noviembre no era una razón suficiente para detenerse.
Hubo recepciones, cenas, una exposición, dos veladas musicales y un baile en el que la orquesta tocó tres valses de más porque la anfitriona se negaba a admitir que sus invitados deseaban marcharse.
Lord Mowbray estuvo presente en casi todos.
Edmund había cambiado de forma casi imperceptible.
No se había vuelto otro hombre. Continuaba siendo correcto, impecable y dueño de aquella seguridad que años de fortuna y privilegio habían convertido en una segunda postura. Pero había empezado a formular preguntas donde antes ofrecía conclusiones.
En la Grosvenor Gallery le pidió a Cathaline que escogiera cuál de dos pinturas merecía ser colgada en la biblioteca de Kent.
Durante una cena le preguntó si prefería pasar el invierno en Londres o en el campo antes de hablar de los planes de su madre.
En un baile esperó a que ella le concediera una pieza en lugar de acercarse con el convencimiento de que ya le pertenecía.
Cathaline se dio cuenta del cambio.
Y le gustó.
Mowbray resultaba agradable cuando dejaba de comportarse como un hombre que había reservado una victoria. Era inteligente, poseía un humor más seco de lo que había mostrado al principio y sabía escuchar cuando la respuesta le interesaba de verdad.
Una tarde consiguió hacerla reír al contarle que un antepasado suyo había obligado a un pintor a repetir tres veces un retrato porque consideraba que el perfil derecho exageraba su nariz.
—¿Y el izquierdo? —preguntó Cathaline.
—La ocultaba detrás de una columna.
—Un hombre sensato.
—La columna no pertenecía a la casa. El pintor tuvo que inventarla.
Cathaline había reído de verdad.
A veces, mientras Edmund hablaba de Kent, ella podía imaginar aquella vida.