Capítulo 5 #4
Sus dedos se cerraron sobre la solapa de su levita y fue ella quien terminó de borrar la distancia.
El primer contacto de su boca fue breve.
Casi prudente.
Ewan tuvo tiempo de sentir la suavidad de sus labios, el temblor contenido de su respiración y la forma en que Cathaline parecía esperar que él hiciera algo más.
Entonces ella volvió a besarlo.
La prudencia dejó de tener utilidad y se convirtió en perdición.
Ewan cerró una mano alrededor de su cintura y la acercó.
La seda del vestido cedió bajo sus dedos; su cuerpo encajó contra el suyo con una calidez que lo hizo olvidar la biblioteca, las puertas abiertas y al duque de Hamilton a pocas habitaciones de distancia.
Por no mencionar a lord Mowbray, que desapareció por completo de su mente.
Cathaline se aferró a su levita.
No besaba como una mujer tímida. Lo hacía con la misma decisión con la que entraba en un salón, desafiaba a un conde o cruzaba un país porque alguien había intentado impedírselo.
Ewan inclinó la cabeza y profundizó el beso.
Ella entreabrió los labios.
El sabor tenue del vino, la respiración de Cathaline mezclándose con la suya y el pequeño sonido que escapó de su garganta deshicieron algo dentro de él.
La mano que sostenía su cintura subió por su espalda hasta detenerse bajo la línea de sus hombros. Sintió los dedos de ella en la nuca, rozándole el cabello, y durante un instante pensó que podría besarla hasta olvidar por completo que existía un mundo fuera de aquella habitación, incluida Escocia.
Había imaginado su boca.
No lo suficiente.
Nada podía haberlo preparado para la forma en que Cathaline respondía, para el calor de su cuerpo o para aquella necesidad inmediata de acercarla todavía más.
Unos pasos sonaron en el corredor.
Después llegó la voz de Mowbray.
—¿Lady Cathaline?
Ambos se separaron.
Cathaline respiraba deprisa. Tenía las mejillas encendidas y los labios ligeramente hinchados. Ewan sospechaba que su propio aspecto resultaba mucho menos fácil de corregir.
Ella se llevó una mano al cabello, aunque ningún mechón se había soltado.
—Esto ha sido una imprudencia —susurró.
—Sí.
—No debe repetirse.
Ewan la miró.
—Como ordene.
Ninguno creyó aquella frase.
Cathaline recogió el álbum del estante y se volvió justo cuando Mowbray apareció bajo el arco de la puerta.
El conde se detuvo.
No había sido invitado a aquella cena. Había llegado con flores, había conseguido un lugar en la mesa y ahora encontraba a Cathaline apartada con el mismo hombre cuya presencia llevaba dos días alimentando los rumores de Londres.
Sus ojos recorrieron la distancia entre ellos, el color de las mejillas de Cathaline y la rigidez con la que Ewan sostenía la caja.
No había visto el beso.
Pero percibió algo.
—Lady Cathaline —dijo con absoluta corrección—. Su madre preguntaba si había encontrado el álbum.
Cathaline levantó el volumen.
—Aquí está.
Su voz sonó perfecta, como siempre.
En menos de un instante había vuelto a convertirse en lady Cathaline Hamilton: espalda erguida, expresión tranquila, cada emoción encerrada detrás de una educación impecable.
Ewan conocía ahora lo que ocultaba aquella corrección.
Sabía cómo se aferraba a la levita de un hombre.
Cómo respiraba contra su boca.
Cómo pronunciaba su nombre cuando ya no le quedaba ninguna burla detrás de la que esconderse.
Mowbray le ofreció el brazo.
—Permítame acompañarla.
Cathaline lo aceptó.
Antes de salir, miró a Ewan.
Solo un instante.
Fue suficiente para que el beso regresara completo.
Ewan recogió la caja y los siguió al salón.
No volvió a quedarse a solas con ella.
Alexander habló de negocios. Eliza guardó las miniaturas dentro del álbum. Richard hizo dos comentarios que su padre fingió no escuchar. Las rosas blancas continuaban perfumando la habitación con una dulzura excesiva.
Mowbray permaneció cerca de Cathaline hasta el final de la velada, cortés y atento, como si su presencia pudiera restaurar un orden que él todavía ignoraba que ya se había roto.
Ewan se despidió poco después de las once.
Rechazó el coche que Alexander ofreció y echó a andar bajo el frío de octubre. Necesitaba el aire, la distancia y varias millas de calles oscuras para recordar que continuaba siendo un hombre razonable a pesar de sus muchas imprudencias.
Cathaline iba a seguir recibiendo el cortejo de Mowbray.
Él regresaría a Escocia.
El beso había sido una imprudencia y no volvería a repetirse.
Todas eran afirmaciones perfectamente sensatas.
El problema era que todavía sentía a Cathaline en la boca.
Recordaba sus dedos en el cabello, el cuerpo cálido contra el suyo y aquella segunda vez que lo había besado, cuando podría haberse apartado y había escogido acercarse más.
Ewan había cruzado Inglaterra preguntándose por qué no pudo limitarse a enviar una carta.
Después de aquella noche, la pregunta había dejado de importarle.
Mientras caminaba bajo las lámparas de gas, con Londres extendiéndose frío y húmedo a su alrededor, empezó a preguntarse algo mucho peor.
Cómo demonios iba a volver a las Highlands y fingir que dejarla en Londres no importaba.