Capítulo 5 #3
No fue la sonrisa impecable que ofrecía en los salones, sino una risa abierta, cálida y luminosa que transformó su rostro.
Ewan olvidó durante un instante cómo terminaba la anécdota.
Mowbray lo vio.
Aquello hizo que recuperara el hilo con más calma de la necesaria.
—Esta tarde nos han llegado noticias de la recepción de lady Harcourt —comentó la duquesa de Hamilton cuando retiraron el segundo plato—. Al parecer, tu defensa de Escocia fue memorable.
Cathaline alzó una ceja.
—Lady Bexley trabaja deprisa.
—Defendió a su familia con gran lealtad —dijo Mowbray—. Aunque a veces su lengua es demasiado rápida para una dama observada por toda la sociedad.
La violencia no entró en la habitación con un golpe.
Lo hizo con el silencio.
Ewan dejó de sentir el sabor del vino. Su mano permaneció alrededor de la copa, pero los dedos se le cerraron un poco más sobre el cristal.
La noche anterior habría respondido. Habría preguntado a Mowbray con qué derecho medía las palabras de Cathaline o cuánto tiempo pensaba conservar aquella expresión satisfecha si continuaba haciéndolo.
Miró a Cathaline.
Esperó.
Ella apoyó la copa con suavidad.
—Por fortuna llevo veintitrés años practicando con mi lengua, milord. Sería una lástima desperdiciar ahora tanto esfuerzo.
Richard tosió para esconder una carcajada.
Alexander no escondió la satisfacción.
Ewan bebió para que nadie viera su sonrisa.
Cathaline lo observó desde el otro lado de la mesa. Había esperado que interviniera. El pequeño cambio en sus ojos le indicó que comprendía por qué no lo había hecho: la había dejado decidir.
Aquello pareció acercarlos más que cualquier defensa.
Mowbray mantuvo la corrección.
—No pretendía censurarla.
—Entonces ambos podemos alegrarnos de que no lo haya conseguido —respondió ella.
La duquesa de Hamilton preguntó por el proyecto ferroviario de Kent antes de que Edmund encontrara otra forma de continuar. La conversación se volvió civilizada de nuevo, aunque el conde ya no miró a Ewan con indiferencia.
Después de la cena, Eliza y Cathaline se retiraron al salón. Los caballeros permanecieron junto a la mesa con el oporto.
Mowbray habló con Alexander de unas tierras que la futura vía ferroviaria podía dividir. Richard hizo preguntas hasta que su padre lo envió a buscar un mapa. Ewan respondió cuando era necesario y guardó silencio cuando no.
Aun así, la atención se le desviaba una y otra vez hacia las puertas cerradas.
Recordaba el perfume de las rosas, los dedos de Mowbray sobre la mano de Cathaline y la forma en que ella había esperado un segundo antes de apartarse.
Había sido deliberado.
Ewan no sabía si quería besarla por ello o discutir con ella hasta que amaneciera.
Probablemente ambas cosas.
Cuando los hombres regresaron al salón, Cathaline estaba sentada junto a una lámpara, hojeando un libro. Alzó los ojos en cuanto Ewan entró.
Demasiado deprisa.
Él experimentó una satisfacción indigna.
Eliza sostenía una pequeña caja de madera.
—Quiero enviar esto a Audrey —dijo—. Son unas miniaturas familiares que me pidió para la habitación de Eliza. El álbum que debe acompañarlas está en la biblioteca, dentro del armario de los mapas.
Miró a Cathaline.
—¿Podrías buscarlo?
—Claro.
Después volvió la atención hacia Ewan.
—Y usted podría llevar ambas cosas a Glenmuir cuando regrese.
Ewan tomó la caja.
—Con mucho gusto.
—Cathaline sabe dónde está el álbum.
La expresión de Eliza no contenía nada sospechoso.
Eso la volvía mucho más sospechosa.
Cathaline dejó el libro y se dirigió hacia la biblioteca. Ewan la siguió con la caja bajo el brazo. Las puertas permanecieron abiertas. Desde el pasillo llegaban las voces del salón, el sonido de un decantador sobre una bandeja y los pasos discretos de los criados.
No estaban verdaderamente solos.
Pero por primera vez aquella noche nadie se encontraba a menos de varios pasos.
La biblioteca olía a cuero, cera y madera antigua. Una lámpara ardía sobre la mesa central. Cathaline cruzó hasta un armario alto junto a los mapas de Arran y abrió las puertas inferiores.
—Mi padre le ha preguntado por la carta —dijo sin mirarlo.
No era una pregunta.
Ewan dejó la caja sobre la mesa.
—Sí.
Cathaline se giró.
—¿Se lo ha explicado?
—No.
La sorpresa cruzó sus facciones.
—¿Ni siquiera cuando se lo pidió?
—Especialmente entonces.
—Podía haberle explicado que no contenía nada impropio.
—Lo hice.
—¿Y aun así no le dijo qué había escrito?
—No.
Cathaline cerró las puertas del armario con más suavidad.
—¿Por qué?
Ewan sostuvo su mirada.
—Porque esa carta es suya. Ya no es mía.
Cathaline no sonrió ni respondió de inmediato. Sus dedos permanecieron sobre la pequeña llave del armario mientras la luz de la lámpara perfilaba el cuello claro que emergía del vestido rosa.
—Ha tenido una conducta sorprendentemente correcta esta noche —dijo al fin.
—Londres está destruyéndome.
—No parece sufrir demasiado.
—Disimulo bien.
—Ha soportado incluso a lord Mowbray.
—He soportado cosas peores.
Cathaline levantó la barbilla.
—¿Qué cosas?
Ewan miró su boca.
—A usted.
La ligereza desapareció de los ojos de Cathaline.
Durante un instante volvieron a encontrarse bajo la lluvia, junto a la corriente que casi se la había llevado. Ewan recordó el peso helado de su cuerpo entre sus brazos, la piel pálida y aquellos ojos claros abriéndose poco a poco antes de cerrarse otra vez.
Cathaline también lo recordó.
Él lo supo por el modo en que cambió su respiración.
—Si no puede soportarme, ¿qué hace aquí?—murmuró ella.
—Soy adicto a los problemas.
—Tal vez usted mismo sea el problema.
—Tal vez sí. ¿Usted qué opina?
Cathaline dio un paso hacia él.
—Opino que usted es un gran problema, señor Sinclair.
Estaba demasiado cerca.
Ewan percibió su perfume, tenue y cálido, algo floral bajo el olor limpio de la seda. Podía ver el pulso en la base de su cuello, el brillo de sus ojos y la pequeña separación de sus labios antes de hablar.
La había visto deseada por salones enteros.
Aquello era distinto.
No había admiradores, abanicos ni músicos. Solo Cathaline frente a él, lo bastante cerca para que el calor de su cuerpo atravesara la distancia.
—Aunque ha sido usted extraordinariamente prudente esta noche —añadió ella.
—No me gusta.
—Se nota.
—Me está costando mucho.
Un destello apareció en los ojos de Cathaline.
—¿La prudencia?
Ewan habría debido reírse, recoger el álbum y regresar al salón. Habría debido permitir que el tren hacia Escocia lo salvara al cabo de unos días.
En vez de hacerlo, respondió:
—Usted, otra vez.
Cathaline se quedó sin palabras.
Solo un segundo.
Pero Ewan la conocía desde hacía años y jamás la había visto perder una respuesta.
La satisfacción duró poco.
Ella bajó los ojos hacia su boca.
El movimiento fue mínimo.
Suficiente.
Ewan se acercó, aunque se detuvo antes de tocarla. La distancia quedó reducida a una respiración.
—Cathaline.
Era la primera vez que pronunciaba su nombre sin título, sin ironía y sin refugiarse en «rubia».
Ella levantó los ojos.
—Ewan.
Aquel sonido en su boca terminó con la poca sensatez que aún conservaba.
—Dígame que vuelva al salón.
Cathaline no retrocedió.
—¿Obedecería?
—Por una vez, debería intentarlo.
—No le he preguntado qué debería hacer.
Ewan permaneció inmóvil. No iba a robarle aquel instante. No después de haber pasado días recordándole que nadie debía decidir por ella.
Cathaline lo comprendió.