La perdición del highlander (Los Duques de Escocia 4) Capítulo 5 #2
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Capítulo 5 #2

Conocía la belleza pública de Cathaline, la que obligaba a los hombres a acercarse y a las mujeres a memorizar detalles para sus modistas.

Aquella otra resultaba peor. Era una belleza sin espectadores, más natural y más seductora, porque parecía pertenecer a la mujer y no al personaje que Londres había construido alrededor de ella.

Sus ojos encontraron los de Ewan.

La boca de Cathaline se tensó como siempre que contenía un comentario.

Él pensó en besarla.

La idea apareció completa, clara y completamente inaceptable.

—¿Qué hace usted aquí? —preguntó ella.

Alexander tomó una copa de una bandeja.

—Lo he invitado.

Cathaline miró a su padre.

—Por supuesto.

—Ha sido una conversación conmovedora —dijo Ewan.

—Todavía puede empeorar —le aseguró Alexander.

—Eso también me lo ha dejado claro.

Cathaline observó a uno y después al otro. La sospecha apareció en sus ojos, pero no dijo nada.

Pocos minutos antes de que anunciaran la cena, el mayordomo apareció en la entrada del salón. No se limitó a pronunciar un nombre. Miró primero a Alexander, como si necesitara confirmar que la cortesía inglesa continuaba siendo obligatoria incluso ante las visitas inesperadas.

Detrás de él, un lacayo sostenía un ramo desmesurado de rosas blancas de invernadero.

Los tallos eran largos, las flores estaban abiertas con una perfección casi antinatural y una cinta de seda gris mantenía unido el conjunto.

En pleno octubre, debían de haber costado lo suficiente para reparar uno de los tejados de Glenmuir.

—Lord Mowbray, Su Excelencia —anunció el mayordomo—. Desea entregar personalmente un obsequio a lady Cathaline.

La expresión de Alexander apenas cambió, pero Ewan comprendió de inmediato que el conde no había sido invitado.

El permiso formal para cortejar a Cathaline le concedía cierta libertad para visitar la residencia de los Hamilton durante las horas apropiadas.

No incluía presentarse cuando la familia estaba a punto de sentarse a cenar ni obligar a un duque a decidir si lo recibía o lo enviaba de regreso bajo la lluvia.

Edmund entró con la exactitud de siempre. Llevaba una levita gris perfectamente cortada, los guantes claros y el cabello en su sitio. Su expresión no reveló sorpresa al encontrar a Ewan junto a la chimenea, aunque sus ojos se detuvieron en él un instante más de lo necesario.

—Su Excelencia —saludó a Alexander—. Le ruego que disculpe la hora. No pretendía interrumpir una reunión familiar.

—Y, sin embargo, aquí está —respondió Alexander.

La frase no fue descortés.

Tampoco fue acogedora.

Mowbray aceptó el golpe sin perder la sonrisa y volvió la atención hacia Cathaline. El lacayo se adelantó con las flores.

—Estas rosas llegaron esta mañana desde Kent —explicó el conde—. Pensé que le agradarían, no quería que se marchitaran ni un poco antes de que las recibiera.

Cathaline miró el ramo.

Era demasiado grande para fingir que se trataba de un gesto sencillo y demasiado caro para que alguien pudiera confundirlo con una cortesía casual.

Aquellas flores no solo pretendían complacerla.

También debían recordar a todos que Edmund Mowbray poseía invernaderos capaces de producir primavera en octubre.

—Son extraordinarias —dijo ella.

Mowbray tomó el ramo del lacayo y se lo entregó. Durante un instante, sus dedos quedaron sobre la mano enguantada de Cathaline, atrapada bajo los tallos.

El contacto fue breve y perfectamente decoroso.

Ewan lo detestó con una intensidad que no tenía ninguna intención de examinar.

Cathaline levantó los ojos por encima de las rosas y lo encontró observando. No retiró la mano inmediatamente. Solo esperó un segundo antes de aceptar por completo el ramo.

Uno.

El suficiente para que Ewan comprendiera que había percibido su reacción.

—Gracias, Edmund —dijo Cathaline.

—Siempre a su servicio.

El whisky que Alexander había servido a Ewan adquirió de pronto un sabor inexplicablemente áspero.

Mowbray volvió el rostro hacia él.

—Señor Sinclair.

—Lord Mowbray.

—No sabía que los Hamilton recibían visitas esta noche.

Alexander dejó la copa sobre una mesa lateral.

—No recibimos. El señor Sinclair está invitado a cenar.

La aclaración cayó entre ambos hombres con un peso que nadie fingió no darse cuenta.

Mowbray era el pretendiente autorizado.

Ewan era el hombre al que Alexander había querido sentar a su mesa.

—Comprendo —dijo el conde.

—Me alegra —respondió Ewan—. Temía que necesitáramos un diagrama.

Cathaline le lanzó una mirada.

—El señor Sinclair ha pasado la tarde negociando con comerciantes. Al parecer, todavía no ha recuperado el gusto por las conversaciones breves.

—Lo he perdido en Inglaterra —dijo Ewan—. Aquí nadie pronuncia en una frase lo que puede ocultar dentro de cinco.

La boca de Alexander se movió en contra de su voluntad en una sonrisa complacida.

Mowbray se quitó los guantes con movimientos precisos.

—No quisiera imponerme. Solo deseaba entregar las flores.

La salida estaba allí.

Eliza la cerró con la misma elegancia con la que habría cerrado una puerta.

—Ha venido desde el otro extremo de Londres y la cena está a punto de servirse. Acompáñenos, Edmund.

Mowbray inclinó la cabeza.

—Será un honor.

Alexander miró a su esposa.

Eliza sostuvo la mirada con absoluta indiferencia.

El duque no discutió. Si consideraba que la mesa ya contenía demasiados hombres interesados en su hija, decidió reservar la observación para cuando ninguno de ellos pudiera escucharla.

Un criado se llevó las rosas para colocarlas en agua. El perfume blanco y denso permaneció en el salón después de que las flores desaparecieran.

Richard entró poco después y redujo el paso al descubrir a Ewan junto a sus padres y a Mowbray cerca de Cathaline.

—Sinclair. No esperaba encontrarlo aquí.

—Yo tampoco esperaba que me invitaran.

Richard miró a su padre.

—Eso explica muchas cosas.

—Si has venido a cuestionar a mis invitados, puedes regresar por donde has entrado —dijo su padre.

Richard tomó una copa de la bandeja de un criado.

—No se me ocurriría. Solo intento averiguar qué ha hecho Sinclair para merecer una cena en vez de un disparo.

Ewan levantó ligeramente su vaso.

—Todavía no hemos llegado al postre.

La cena se sirvió en un comedor más íntimo que el gran salón utilizado para las recepciones. Las paredes estaban cubiertas por seda verde oscura y, sobre la chimenea, un paisaje de Arran bajo un cielo gris recordaba que aquella familia podía vivir en Londres sin haber olvidado de dónde procedía.

Los criados habían colocado las rosas blancas en dos jarrones de cristal sobre una consola. Una sola flor, más pequeña que las demás, descansaba en un recipiente estrecho cerca del lugar de Cathaline.

Desde el asiento que ocupaba frente a ella, Ewan no podía levantar los ojos sin verla junto a aquella rosa.

Parecía casi una imagen nupcial.

No le gustó.

Mowbray ocupó el lugar a la derecha de Cathaline. No era la posición de un esposo ni la de un prometido, pero sí la de un hombre a quien se le permitía esperar ambas cosas.

Ewan quedó frente a ellos.

Era una mala disposición para un hombre decidido a recuperar la sensatez. Cada vez que levantaba la mirada encontraba la curva de la boca de Cathaline, el movimiento de sus dedos alrededor de la copa o el delicado hueco de su garganta cuando bebía.

Mowbray señaló la flor.

—Me alegra comprobar que ha conservado una de las rosas.

Cathaline volvió los ojos hacia ella.

—Resultaba imposible no reparar en ellas.

Edmund recibió la frase como un elogio.

Ewan comprendió que no lo era.

Sus miradas coincidieron por encima de la mesa y Cathaline advirtió que él la había entendido mejor que el conde. Algo parecido a una sonrisa rozó su boca.

Mowbray también lo vio.

La conversación comenzó con el acuerdo que Ewan había negociado en la City. Alexander escuchó con verdadero interés mientras él explicaba las condiciones obtenidas para la lana de Glenmuir.

—Malcolm intentó conseguir algo semejante el año pasado —dijo el duque.

—Malcolm considera que una negociación consiste en dar una orden y esperar que el otro hombre obedezca.

—¿Y usted qué ha hecho?

—He permitido que el comerciante creyera que el acuerdo era idea suya.

Alexander levantó la copa.

—Una técnica más civilizada.

—No se lo diga a Malcolm. Lleva años convencido de que soy inútil con las cuentas.

—No eres inútil —intervino Cathaline—. Solo buscas excusas para no hacerlas.

Ewan volvió la atención hacia ella.

—Eso demuestra que me conoce mejor de lo que sería prudente admitir en esta mesa.

Mowbray dejó los cubiertos con precisión.

—Entiendo que lady Cathaline pasó una temporada considerable en Glenmuir.

—Varias semanas —respondió ella—. El río se llevó el camino y los Sinclair decidieron que aquello les concedía derecho a retener a todo el mundo.

—El camino decidió por nosotros —dijo Ewan—. Nosotros solo aprovechamos la oportunidad para enseñarles algunas costumbres útiles.

Cathaline arqueó una ceja.

—Si se refiere a discutir alrededor de una botella de whisky, ya conocíamos el método. Mi padre es escocés.

—Me refería a las actividades del patio.

Ewan no alteró el tono.

Cathaline sí dejó de mover la copa.

Él recordó una ventana de Glenmuir, el rostro pálido de Cathaline detrás del cristal y sus ojos siguiéndolo mientras partía troncos sin camisa.

Ella supo exactamente qué estaba recordando.

—Algunas de aquellas actividades eran costumbres —trató de aclarar Cathaline.

—Según recuerdo, puso mucho empeño en observarlas.

Una leve calidez apareció sobre los pómulos de Cathaline.

Mowbray pasó la mirada de uno a otro.

No conocía el significado del intercambio, pero comprendió que existía uno.

—Los Sinclair no dejan demasiado espacio para ignorar ciertas cosas —dijo Cathaline, recuperando la compostura.

Eliza cambió el rumbo de la conversación preguntando por Audrey y la pequeña Eliza. Ewan contó que la niña había decidido mejorar una reunión del consejo llevando dos muñecas, una cesta de bizcochos y un perro que terminó debajo de la silla de Malcolm.

Cathaline rio.